Gerd Müller, el Bombardero alemán
El baúl de los recuerdos. Fue un goleador implacable que le dio el título al seleccionado de su país en 1974. Durante más de tres décadas lideró la tabla histórica de artilleros de la Copa del Mundo.
Rainer Bonhof escapó por la punta derecha y envío un centro al corazón del área neerlandesa. De espaldas al arco estaba Gerd Müller, quien con la velocidad de un rayo dio una media vuelta que redujo a la nada la marca de Arie Haan y Ruud Krol. Con la misma rapidez, el delantero sacó un derechazo inatajable para Jan Jongbloed. Esa definición tan simple como contundente le dio una sorprendente victoria a Alemania Federal sobre La Naranja Mecánica en 1974 y ratificó que ese atacante no era un goleador más. Era El Bombardero de la nación.
Ese gol constituía un clásico en el repertorio de Müller. Todos conocían su instinto para encontrar el más mínimo resquicio para doblegar a un arquero. Pero ese 7 de julio de 1974 en Múnich hizo mucho más que otro tanto en su prolífica carrera. Ese día decretó el inesperado triunfo de su selección sobre una Holanda -no se le decía Países Bajos en ese entonces- que había asombrado al mundo con el Fútbol Total, un estilo que cambió para siempre la forma de jugar.
Holanda, dirigida técnicamente por Rinus Michels, había desplegado una concepción del deporte que sepultaba las ideas que hasta el momento rodaban junto a la pelota en las canchas. Ese equipo introdujo ideas hoy comunes como la presión alta, la polifuncionalidad -todos atacaban y todos defendían- la precisión en velocidad y la actualmente venerada función de falso 9 que cumplió un fenómeno como Johan Cruyff. El destino no le dio la recompensa de un título mundial, pero, más allá de eso, La Naranja Mecánica aún hoy es reconocida por haber enseñado el camino a muchos elencos exitosos.

La media vuelta de Müller está a punto de vencer el arco holandés en la final de 1974.
Uno de los responsables de que La Naranja Mecánica se quedara con las manos vacías fue, justamente, Müller. Hasta se podría decir que al delantero y a sus compañeros la historia les reservó un papel de villanos, pues privaron de la victoria a un seleccionado que le mostró al mundo que existía otro fútbol. La Alemania Federal campeona en 1974 era un equipo clásico, con especialistas en cada puesto y con una identidad táctica que no llamaba la atención… Es cierto: tenía personalidad ganadora y excelentes jugadores, pero no rompió ningún molde.
Müller era el clásico centrodelantero alemán de las décadas del 50, 60, 70 y 80. Efectivo, muy fuerte y con un estilo casi desprovisto de sutilezas. No se adivinaba en él a un genio rebelde como Cruyff, capaz de liderar a su equipo con su desbordante temperamento, hacer el gol más bello y también el más simple y, por si con eso no bastara, armar juego para sus compañeros y colaborar con la marca como si fuera un mediocampista defensivo.
No lo conocían como El Bombardero de la nación por casualidad. Sus definiciones se percibían inapelables, impiadosas, devastadoras… Sabía encontrar el resquicio necesario para burlar a la retaguardia rival y someter a los arqueros. Pese a que no llamaba la atención por su habilidad, su relación con la pelota era bastante fluida y, aunque su físico no se asemejaba al de un tanque, imponía su presencia tanto en el área como en el juego aéreo. Y su pique corto en el último tramo de la cancha era demoledor. Tenía instinto asesino. Un goleador serial.

Su físico pequeño no daba una idea clara de cuán temible era El bombardero.
SEPULTÓ LAS DUDAS CON GOLES
A este hombre nacido el 3 de noviembre de 1945 le costó hacerse un nombre en el fútbol. Su pequeño físico no se correspondía con el del atacante poderoso que Alemania había proyectado desde hacía mucho tiempo. De hecho, surgió cuando todavía estaba en plenitud Uwe Seeler, una figura ilustre del Hamburgo que había llegado a la selección pocos meses después del título mundial de 1954, cuando los germanos habían postergado a la maravillosa Hungría de Ferenc Puskas, Sandor Kocsis y Nandor Hidegkuti.
A mediados de los 60, el croata Zlatko Cajkovski conducía técnicamente a Bayern Munich, que participaba en las ligas regionales porque la Bundesliga (liga alemana) todavía no había sido creada. El entrenador, que en sus tiempos de futbolista había sido un destacado mediocampista ofensivo que vistió la camiseta de Yugoslavia en los Mundiales de 1950 y 1954, en junio de 1964 le dio lugar entre los titulares a Franz Beckenbauer, un exquisito volante que fue un puntal en la campaña que le dio el título -y el ascenso- en la liga del sur (Regionalliga Süd).
Así como no dudó en confiar en el futuro Káiser, de solo 17 años, Cajkovski tenía muchas dudas con Müller, quien acababa de llegar procedente de TSV Nördlingen. No encajaba en su noción del atacante central que necesitaba Bayern Munich. Lo veía veloz, fuerte y decidido, pero su físico robusto no le llamaba la atención. Sin embargo, no tuvo otra alternativa que rendirse ante las evidencias y ubicarlo en la ofensiva. Los resultados fueron arrolladores: metió 33 goles en 26 partidos y resultó un factor fundamental en el título del Bayern.

A pesar de que el técnico del Bayern Munich no confiaba en él, a Müller le tomó poco tiempo demostrar su importancia para el equipo.
El conjunto bávaro proyectó, más allá de las dudas de Cajkovski, a Müller como un atacante con un venturoso porvenir. Los goles se sucedían: 14 en 33 partidos en la temporada 1965/66 y 28 en 32 en la campaña 1966/67. Esa última producción le permitió ser, por primera vez, máximo artillero de la Bundesliga. Con su efectividad había sepultado las reservas del técnico y asomaba como un candidato para la sucesión de Seeler, quien se acercaba a los 30 años.
Poco después de la derrota a manos de Inglaterra en la final del Mundial de 1966, el entrenador del seleccionado alemán, Helmut Schön, reparó en las condiciones del nuevo atacante del Bayern y lo incluyó entre los titulares en la victoria sobre Turquía por 2-0 en Ankara. Ese 12 de octubre del 66 jugaron Josef Maier (conocido universalmente como Sepp); Horst-Dieter Höttges, Willi Schulz, Wolfgang Weber, Hartmut Heidemann; Wolfgang Overath, Hans Küppers, Günter Netzer; Jürgen Grabowski, Müller y Bernd Rupp. Küppers y Rupp hicieron posible el triunfo.
En su siguiente presentación con el seleccionado dejó en claro que Schön no se había equivocado con él: el 8 de abril de 1967 se lució con cuatro goles en el 6-0 sobre Albania por las Eliminatorias para la Eurocopa de 1968. Volvió a marcar contra Francia (ganó Alemania 5-1) en un amistoso en el que ingresó en el segundo tiempo en reemplazo de Beckenbauer. Durante los últimos 20 minutos compartió el ataque con Seeler, autor de dos tantos en esa ocasión.

Una imagen de la primera vez del futuro gran goleador en la selección.
La irrupción de un promisorio goleador de 21 años como Müller y la vigencia de Seeler, de casi 30, sembraban interrogantes sobre cómo resolvería Schön la estructura ofensiva de la selección. Se trataba de dos hombres de un estilo similar, más allá de que el experimentado atacante del Hamburgo sacaba ventajas en el juego aéreo. El DT resolvió la cuestión sin demasiados contratiempos: debían aprender a jugar juntos y a complementarse de la mejor manera posible. Lo hicieron en un 3-1 sobre Yugoslavia -también válido por la clasificación al certamen europeo- en el que cada uno marcó un tanto.
Los alemanes federales quedaron al margen de la fase final de la Eurocopa y no tuvieron más remedio que reagrupar fuerzas y concentrarse en las Eliminatorias para el Mundial de México. Müller aportó cuatro goles en el 12-0 contra Chipre, uno en las victorias sobre Austria (2-0 y 1-0), Chipre (1-0) y Escocia (3-2) y en el empate con los británicos (1-1). Para finales de 1969, su foja de servicios en el equipo nacional era sobresaliente: 17 conquistas en 15 partidos. Tenía por delante la vidriera del principal torneo de selecciones para exhibir sus credenciales de artillero.
LA CONSAGRACIÓN EN MÉXICO 70
En Europa se sabía que el nombre de Gerd Müller era sinónimo de gol. El atacante se había despachado con 50 tantos en las dos temporadas previas al Mundial. Bayern disfrutaba a pleno de una camada de jóvenes encabezada por Beckenbauer, Sepp Maier y su artillero, pues entre 1965 y 1969 ganó tres veces la Copa de Alemania y una la Bundesliga. Las noticias del Viejo Continente no se replicaban en el resto del planeta como lo hacen hoy en día y, debido a ello, la fama del delantero todavía no se había desperdigado.

Junto al veterano Uwe Seeler compuso una dupla temible.
Le bastó el puntapié inicial de México 70 para que todos aquellos que no sabían de su existencia se enteraran de que en el centro del ataque de Alemania Federal se agazapaba un temible artillero dispuesto a saltar sobre las defensas rivales como si fueran presas a punto de ser cazadas. La dupla Seeler – Müller fue demasiado para Marruecos, un debutante la competición creada por el francés Jules Rimet cuatro décadas antes. Un gol de cada uno de los centrodelanteros -el de Müller fue un cabezazo casi sobre la línea de sentencia- resultó una positiva carta de presentación.
En el 5-2 sobre Bulgaria se erigió en la figura del partido con tres tantos. El primero llegó con una definición en el área chica tras un centro desde la punta derecha, luego doblegó a arquero Simeon Simonov desde el punto penal y, finalmente, demostró que su físico pequeño no era un obstáculo para que ganara las batallas en el juego área y con un cabezazo letal estableció el 5-1 parcial. Seeler anotó el cuarto tanto y el puntero derecho Stan Libuda abrió la cuenta.
En su tercer compromiso las huestes de Schön se encontraron con Perú, un equipo que había eliminado un año antes a Argentina en la mismísima Bombonera y que contaba con notables futbolistas como El Nene Teófilo Cubillas en el ataque y Héctor Chumpitaz en la retaguardia. Nadie pudo contener a Müller, que consiguió su segundo triplete en los Mundiales: ayudado por la fragilidad defensiva de los dirigidos por el brasileño Didí batió dos veces sin oposición al arquero Luis Rubiños y en la tercera marcó con otro certero cabezazo.

Una definición cara a cara con el peruano Luis Rubiños, a quien le marcó tres goles.
El 14 junio, casi cuatro años después de la finalísima de 1966, ingleses y alemanes volvieron a estar frente a frente. Pugnaban por un lugar en las semifinales de la Copa del Mundo. Los británicos no pudieron contar con su arquero, el gran Gordon Banks, víctima de un problema estomacal y debieron recurrir a Peter Bonetti, mucho menos confiable que el titular. Los de Schön llegaban en alza con la dupla Seeler – Müller en un nivel altísimo y esa situación representaba un problema para un guardavalla con poco rodaje como Bonetti, quien disputó en esa ocasión su séptimo y último encuentro en el seleccionado.
Allan Mullery y Martin Peters pusieron en ventaja a los vigentes campeones del mundo y el duelo parecía encaminarse hacia un cómodo triunfo inglés. Además, Robert Charlton prevalecía sobre Beckenbauer en la mitad de la cancha. Claro, en el fútbol nada es definitivo y el partido cambió por completo cuando el entrenador Alf Ramsey se confió y sustituyó a Bobby con Colin Bell, que se mostró incapaz de contener al talentoso volante alemán, a quien le concedió una repentina libertad para manejar los tiempos del partido.
A Beckenbauer, quien descontó cuando promediaba el segundo tiempo, se unió el zurdo Overath y Schön dispuso el ingreso del veloz Grabowski en reemplazo de Libuda para aprovechar el débil flanco izquierdo de la defensa inglesa. El encuentro cambió de manos. Seeler empató con un cabezazo y como el 2-2 persistió en lo que restaba del tiempo reglamentario, el suspenso se extendió al alargue. Müller, que había sido una amenaza latente hasta entonces, capturó un pase en el área y casi cara a cara con Bonetti lo sometió venció con una volea que llevó a Alemania a las semifinales.

El implacable Bombardero derrota al inglés Peter Bonetti.
El estadio Azteca albergó el choque entre italianos y alemanes que se instaló en la historia de los Mundiales como El partido del siglo. Fue un 4-3 espectacular para los peninsulares. A nadie se le habría ocurrido siquiera imaginar que los azzurri, abrazados al cerrado catenaccio que los hacía privilegiar la defensa sobre el juego ofensivo, podían imponerse a un adversario que disponía de muchos recursos en la creación y el ataque. Pero pasó y, según Seeler, las razones de la derrota eran claras: “Nosotros éramos más fuertes, pero los italianos eran más hábiles. Y estábamos muy cansados después del gran partido contra Inglaterra”.
Roberto Boninsegna puso en ventaja a Italia, que se las ingenió para cuidar el resultado hasta prácticamente el último suspiro. Abroquelados en el fondo, los dirigidos por Ferruccio Valcareggi se habían encontrado con el trámite de partido que mejor se adecuaba a sus posibilidades. A Alemania el reloj le jugaba en contra y el cuadro se presentaba todavía peor porque Beckenbauer se dislocó el hombro derecho debido a una infracción del zaguero Pierluigi Cera y Schön ya no disponía de cambios para recomponer la estructura.
Más empujado por el corazón que por la razón, el equipo alemán se topó con el empate a los 45 minutos del segundo tiempo, cuando un centro de Grabowski encontró al defensor Karl-Heinz Schnellinger solo ante un descuido de la defensa italiana y no tuvo oposición para sellar el 1-1 que llevó el partido al suplementario. Esa media hora se desarrolló con una intensidad impropia del estilo de los azzurri y muy cercana a la desesperación que se había apoderado de sus exhaustos rivales.

Anotó dos goles en el espectacular duelo con Italia por las semifinales de México 70.
Una desinteligencia entre el defensor Fabrizio Poletti y el arquero Enrico Albertosi le abrió la puerta a Müller para empujar la pelota al fondo del arco, pero Italia igualó a través de Tarcisio Burgnich, otro zaguero lanzado al ataque. Antes del cierre del primer período del alargue, Luigi Riva, un peligroso delantero del Cagliari, adelantó a su equipo. El público, extenuado, vibraba. Se juntaron los dos centrodelanteros alemanes con una combinación de cabezazos y Müller estableció el 3-3 parcial y llegó a su décimo tanto en el Mundial.
A Valcareggi, el conservador DT azzurro, lo salvó Gianni Rivera, un talentoso jugador del Milan a quien en su país conocían como El Bambino de oro. Él concretó el 4-3 definitivo con un golazo que catapultó a Italia a la final contra el excelso Brasil en el que Pelé brillaba con luz propia. Alemania Federal apenas accedió al consuelo de vencer a Uruguay en el duelo por el tercer puesto. En cambio, Müller podía golpearse el pecho con el orgullo de haber sido el máximo artillero del Mundial. México 70 había consagrado a un delantero letal.
CAMPEÓN DEL MUNDO
Después de la Copa del Mundo ya no había dudas de que asociar el apellido Müller con el gol no se reducía solo al continente europeo. Su condición de artillero implacable había traspasado todas las fronteras y su fama creció hasta alcanzar límites inimaginables. Su presencia era decisiva en el Bayern Munich y en la selección alemana y se veía recompensada por distinciones como el Balón de Oro al mejor jugador europeo de 1970 (obtuvo el de Plata en 1972 y el de Bronce en 1969 y 1973) y el Botín de Oro al máximo anotador de 1970 y 1972.

En 1970 ganó el Balón de Oro.
Su rostro representaba el de la nueva era de Alemania Federal, que dejaba atrás la época de una leyenda como Seeler. Müller, Beckenbauer, Sepp Maier, Grabowski, Netzer, Bonhof, Hans-Hubert Berti Vogts, Paul Breitner y Ulrich Uli Hoeness se consolidaron como piezas fundamentales del equipo comandado por Schön. Desde el título mundial de 1954, el seleccionado no conseguía un campeonato. La Eurocopa de 1972 cortó ese período en el que el punto más alto había sido la final del Mundial 66 en el que los germanos perdieron con Inglaterra por culpa del gol fantasma de Geoffrey Hurst.
Müller contribuyó con cuatro goles a la clasificación para la fase final que se disputó en Bélgica. Hizo dos en el 3-0 sobre Turquía en Estambul, uno contra el mismo rival en el 1-1 en Colonia y el de la victoria por 1-0 frente a Albania en Tirana. Alemania lideró con holgura el Grupo 8, en el que obtuvo diez de los 12 puntos posibles -ganó cuatro partidos y empató dos- y relegó a una Polonia en plena evolución que en septiembre de 1972 logró la medalla dorada en los Juegos Olímpicos de Munich.
En los cuartos de final de la Euro, Alemania se libró de Inglaterra, a la que venció 3-1 en Wembley con goles de Hoeness, Netzer y Munich y no pasó apremios en la revancha, saldada con un 0-0 en Berlín. El papel del Bombardero de la nación fue todavía más relevante en los tramos decisivos del torneo. En las semifinales les puso la firma a los dos tantos en el 2-1 contra Bélgica y en la final lideró a su selección con otro par de conquistas en el 3-1 sobre la Unión Soviética que le dio el título al equipo de Schön.

Su aporte goleador contra Unión Soviética fue decisivo para la obtención del título en la Eurocopa de 1972.
Ser el mejor seleccionado de Europa asomaba como un antecedente muy positivo para el Mundial de 1974, que iba a celebrarse en suelo alemán. Por si fuera poco, Bayern Munich, que reunía a la base del seleccionado, se llevó en la temporada 1973/74 la Copa de Campeones de Europa -la actual Champions League-, en cuya final superó al Atlético Madrid que dirigía técnicamente El Toto Juan Carlos Lorenzo. Tras un empate 1-1 en el estadio de Heysel, en Bruselas, fue necesario un desempate en el que Müller cumplió una soberbia labor con dos goles para el 4-0 de los bávaros.
La selección arribaba a la Copa del Mundo como una de las máximas favoritas para quedarse con el título. Tenía una combinación casi ideal de futbolistas con experiencia internacional como Beckenbauer -El Káiser ya se había afirmado como un fantástico líbero-, Müller, Maier y Vogts y la sangre nueva representada por Breitner, Bohnoff y Hoeness. La Euro del 72 había sido el escenario ideal para que Schön amalgamara las piezas con vistas al gran compromiso de 1974. La única duda estaba en quién iba a ser el encargado de la creación en el medio. La pulseada se la ganó Overath -respaldado por Beckenbauer y Müller- a Netzer.
Su principal rival era Holanda con su revolucionario Fútbol Total. También se presentaban como posibles amenazas Polonia, que llegaba bañada en el oro olímpico de 1972 y sostenida por una destacada generación de jugadores encabezada por el goleador Grzegorz Lato, el exquisito volante Kazimierz y un seguro arquero como Jan Tomaszewski y, en menor medida, Brasil, que ya no tenia a Pelé, pero conservaba a algunos integrantes del maravilloso seleccionado campeón en México 70 como Rivelino y Jarzinho.

Frente a frente con el chileno Elías Figueroa, un zaguero de enorme calidad.
Los locales dejaron muchas dudas en su debut mundialista contra Chile (1-0). Se vieron rescatados por un gol de larga distancia de Breitner que disimuló la incapacidad alemana para complicar a una firme retaguardia en la que sobresalían Elías Figueroa -un zaguero de enorme calidad- y Alberto Quintano. El triunfo por 3-0 sobre Australia llevó algo de calma, pero no la suficiente como para apaciguar las críticas por la falta de cohesión en el juego. Müller cerró la cuenta en esa oportunidad al superar con un cabezazo al arquero Jack Reilly luego de córner ejecutado por Hoeness.
Con la clasificación a la ronda decisiva asegurada, el equipo de Schön afrontó un partido con más de política que de fútbol contra Alemania Democrática, la porción del país que estaba bajo la órbita de la Unión Soviética y que en 1949 surgió como Estado. El choque entre esos seleccionados hizo que, por única vez hasta entonces, aquellos que habían quedado del lado comunista del Muro de Berlín -erigido en 1961- pudieran volver a pisar por unas horas su tierra natal. En realidad, apenas 1.500 ciudadanos del régimen comunista viajaron ese 22 de junio de 1974 a Hamburgo.
La tensión durante los 90 minutos se asemejó a una pesada mochila que los jugadores de uno y otro equipo se colgaron de los hombros. Varios helicópteros sobrevolaron los alrededores del estadio y en las azoteas había francotiradores dispuestos a disparar ante la menor amenaza a la paz. El fútbol pasó a un segundo plano ese día, pero no para Alemania Democrática, que se impuso 1-0 con un gol de Jürgen Sparwasser. “Era golpear al enemigo. Golpear al enemigo donde más le duele. Mucha gente entonces lo veía así. Si en mi lápida pusieran `Hamburgo, 1974´, todos sabrían quién yace debajo”, dijo alguna vez el autor del tanto que definió el pleito.

De cabeza, sometió al australiano Jack Reilly.
La derrota no dejó un sabor demasiado amargo para Alemania Federal, pues ese resultado le permitió evitar en la siguiente ronda a la temible Naranja Mecánica. En ese Mundial se instauró un sistema de competencia que se repitió en 1978 y que encuadraba a los dos primeros equipos de los cuatro grupos de la fase inicial -participaban 16 seleccionados- en dos zonas previstas para definir a los protagonistas de la final. Los dos mejores de cada cuadrangular accedían al duelo decisivo por el título y sus escoltas inmediatos definían el tercer y cuarto puesto.
A Alemania Federal le tocó medirse con Suecia, Polonia y Yugoslavia, mientras que Alemania Democrática debió vérselas con Holanda, Brasil y Argentina. Salvo por el campeón olímpico de 1972, el local no encontraba obstáculos muy importantes en la denominada Segunda Vuelta Final. Schön se vio forzado a hacer varios cambios luego de la caída contra los vecinos orientales, pero ninguno modificaba en demasía la estructura del equipo, ya que mantenía a Overath, uno de los jugadores más criticados por el público.
Los dueños de casa dominaron casi a voluntad a Yugoslavia, a la que derrotaron 2-0. Breitner rompió la paridad en el primer y cerca del final apareció Müller para adelantarse al cierre del zaguero Josip Katalinksi y, casi cayéndose, aumentar la diferencia en el marcador. En el triunfo por 4-2 sobre Suecia se registró en uno de los mejores partidos del Mundial. Bajo una lluvia infernal, Alemania ganó con goles de Overath tras pase de Müller, Bonhof, Grabowski y Hoeness, de penal. Ralf Edström había puesto en ventaja a los escandinavos y luego descontó Roland Sandberg. Maier había sido la figura con varias atajadas que mantuvieron a salvo a su equipo.

Müller y el capitán Franz Beckenbauer fueron dos puntales del éxito alemán en la Copa del Mundo del 74.
El pasaporte a la finalísima tenía solo dos aspirantes: Alemania Federal y Polonia. Al igual que en el partido anterior, lluvia y más lluvia se abatió sobre ese torneo pasado por agua. Otra vez Sepp Maier resultó vital para que evitar que los intentos de sus rivales pusieran contra las cuerdas a los de Schön. Los locales dispusieron de un penal, pero Tomaszewski contuvo el remate de Hoeness. Un cuarto de hora antes del cierre del encuentro, Müller definió cruzado y decretó el 1-0 que depositó a su selección en el partido por el título contra Holanda. La Naranja Mecánica aplastó 4-0 Argentina y se impuso 2-0 a Alemania Democrática y 2-1 a Brasil.
Nadie dudaba de que Holanda asomaba como favorita para quedarse con la victoria. Su juego arrollador se antojaba muy superior al compacto, pero carente de brillo de Alemania. Los pronósticos parecieron confirmarse cuando a los dos minutos de acción Johan Neeskense sometió desde el punto penal a Maier luego de una infracción de Hoeness sobre Cruyff. El transitorio 1-0 pareció satisfacer el apetito de los naranjas y eso despabiló a los locales. También desde los doce pasos igualó Breitner tras una falta Wim Jansen contra Bernd Hölzenbein.
Cuando al primer tiempo le restaban dos minutos, El Bombardero de la nación dejó con las manos vacías a la fabulosa Naranja Mecánica. Bonhof corrió por el flanco derecho y depositó la pelota en el área holandesa. Müller giró, dejó desairados a Haan y a Krol y vulneró la valla de Jongbloed. El 2-1 persistió hasta el cierre del partido porque los neerlandeses fueron incapaces de quebrar la resistencia de Maier, quien, al igual que contra Suecia y Polonia, adquirió la dimensión de una muralla impenetrable.

La Copa del Mundo en manos de Müller, un actor decisivo de esa conquista.
Dos décadas después de su sorpresivo éxito sobre la Hungría de Puskas, Hidegkuti y Kocsis, Alemania Federal conseguía su segundo título del mundo de la mano de Maier, Beckenbauer y el temible Müller. Tal como les había ocurrido a los Magos magiares de 1954 y su fútbol maravilloso, la revolución de La Naranja Mecánica no tenía el premio que su fútbol disruptivo y adelantado a su tiempo había desplegado en el torneo.
Con sus diez goles en México 70 y los cuatro que sumó en 1974, Müller se convirtió en ese entonces en el máximo anotador de los Mundiales con 14 conquistas. Dejó en el pasado los 13 logrados por Just Fontaine en Suecia 1958. La nueva marca se mantuvo imbatida hasta 2006, cuando el brasileño Ronaldo llegó a las 15 conquistas. Después apareció otro alemán, Miroslav Klose, para estirar el registro a 16, superado hoy por la intensa puja que sostienen Lionel Messi y el francés Kyilian Mbappé.
Aunque lo despojaron del primer lugar en la tabla de artilleros de la Copa del Mundo, El Bombardero hizo historia y aún hoy está al frente de los definidores de la Bundesliga con 365 festejos. Y recién en 2012, con sus 91 conquistas en el Barcelona, Messi redujo a la nada el récord de 85 goles en un año que Müller atesoraba desde 1972.

Barbado y con la camiseta del Fort Lauderdale Strikers corre detrás de Beckenbauer, figura del Cosmos.
Su carrera continuó asociada con el éxito en Bayern Munich, para el que jugó hasta 1979 y forjó una colección de títulos: cuatro ligas y otras tantas Copas de Alemania, tres Copa de Campeones de Europa, una Intercontinental y una Recopa. Actuó durante tres temporadas en el Fort Lauderdale Strikers, de los Estados Unidos. Su insaciable apetito se mantuvo en ese equipo, con el que marcó 72 tantos en 107 partidos para cerrar una carrera en la que totalizó 1483 conquistas en 1226 encuentros. Sí, hizo una cantidad impresionante de goles… No por nada en Alemania será siempre recordado como El Bombardero de la nación.
