Bobby Charlton, el crack que hizo jugar a Inglaterra

El baúl de los recuerdos. Habilidoso, creativo y goleador, fue la figura del seleccionado campeón del mundo en 1966. Símbolo eterno del Manchester United y del fútbol de su país.

Aunque llegó al mundo el 11 de octubre de 1937 con el nombre de Robert Charlton, quedó inmortalizado en la historia del fútbol como Bobby. Con ese apodo se erigió en el símbolo máximo de la Inglaterra que ganó el Mundial de 1966 y del Manchester United, el club al que estuvo unido de por vida. Habilidoso, inteligente y con un notable poder de definición, fue un crack que jugó el mejor fútbol que se vio en su país.

Está universalmente aceptado que los ingleses no crearon el fútbol. El puntapié inicial de este deporte se dio lejos de esa tierra y existen indicios de su práctica en distintas culturas varios años antes de la era cristiana. Ajenos a esas cuestiones, los británicos siempre se sintieron inventores del arte de patear una pelota por el simple hecho de haber redactado las reglas que lo rigen.

Durante mucho tiempo presumieron de una superioridad más autoproclamada que demostrada en una cancha. Por eso ignoraron supinamente las ediciones iniciales de la Copa del Mundo y se llevaron una desagradable sorpresa cuando, de una vez por todas, aceptaron acudir al torneo celebrado en 1950 en Brasil. No solo no se alzaron con el título del mundo del que se sentían legítimos aspirantes, sino que sufrieron una inesperada derrota a manos de Estados Unidos.

Jo Gaetjens es paseado en andas después de decretar el inesperado triunfo estadounidense sobre Inglaterra en 1950.

Recién después de ese fracaso y de una humillante caída por 6-3 en 1953 contra la magnífica Hungría de Ferenc Puskas, Sandor Kocsis, Jozsef Boszik y Nandor Hidegkuti en el mismísimo estadio de Wembley, comprendieron que estaban equivocados. En realidad, se permitieron admitir a regañadientes que su condición de inventores del fútbol debía ser confirmada en el verde césped.

Impulsada por las gambetas de dos excelentes punteros como Stanley Matthews -a quien el técnico Walter Winterbottom se resistía a utilizar porque tenía 39 años- y Tom Finney, la selección inglesa mejoró levemente en Suiza 1954. Se despidió en los cuartos de final con un traspié frente a Uruguay en un partido en el que se produjo el heroico adiós de Obdulio Varela, el emblemático capitán de los celestes.

Un retroceso en Suecia 1958 -no superó la fase de grupos- y la eliminación otra vez en los cuartos de final en 1962 contra un Brasil que se movía al compás del genial Garrincha determinaron la salida de Winterbottom después de un extenso ciclo de 16 años al frente del seleccionado.

Robert Charlton fue el mejor jugador inglés de la historia.

Alf Ramsey, quien había integrado el equipo que decepcionó en 1950, tomó las riendas con vistas al Mundial del 66 que Inglaterra debía acoger. En esa época Bobby Charlton ya estaba afirmado como pilar de la selección y llevó de la mano al conjunto británico hacia la obtención del título.

UN SOBREVIVIENTE

Cuando nació en la ciudad minera de Ashington, Northumberland, su futuro como futbolista estaba escrito, aunque Bobby quizás no lo sabía. Tal vez podía intuirlo porque su madre, Elizabeth Milburn, tenía varios hermanos que jugaban, entre ellos John, a quien conocían como Jackie y que aún hoy es venerado como una leyenda del Newcastle.

Charlton todavía era un niño cuando decidió irse del colegio al que lo enviaron sus padres porque contaba con un equipo de rugby y nadie contemplaba la posibilidad de formar uno de fútbol. Poco después, a punto de cumplir 16 años, su fama había trascendido los certámenes escolares. Bob Armstrong, un hombre que recorría las canchas en busca de futuros talentos, le recomendó a Matt Busby, entrenador del Manchester United, que contratara al muchacho: “Es un “fenómeno y lo podemos fichar para las categorías juveniles”.

Tenía apenas 18 años cuando debutó en Manchester United.

Mientras el tiempo pasaba, Bobby mostraba atributos que no hacían más que ratificar que Armstrong no estaba equivocado. Muy habilidoso y con inusitadas potencia y precisión en el pie izquierdo, escalaba con rapidez en la consideración de Busby. El técnico seguía de cerca la evolución de ese joven que entendía que las cualidades que la naturaleza le había otorgado no eran suficientes y que, sin que nadie lo supiera, en sus ratos libres consumía varias horas al día practicando remates con la derecha.

El 6 de octubre de 1956, con 18 años y apenas 36 meses después de haber llegado al club, debutó en el equipo principal del Manchester United. Su presentación no pudo haber sido mejor, ya que le hizo dos goles al arquero Eddie Marsh en la victoria por 4-2 sobre Charlton Athletic. Más allá de su fulgurante aparición, le costó asentarse en la formación titular. De todos modos, en la temporada inicial de su carrera profesional -la 1956/1957 se dio el gusto de integrar el plantel que obtuvo el título de Primera División.

Le marcó otros tres tantos al Charlton en febrero de 1957 en un triunfo del United 5-1 como visitante y cerró el certamen con una interesante producción en ofensiva: diez goles en 14 encuentros. Era un hecho que Busby había dado con un delantero tan habilidoso como eficaz. Claro, también era joven y tenía mucho tiempo por delante. Podía esperar, aunque no demasiado. Su calidad se imponía ante la experiencia de otros compañeros. Y ya en el torneo siguiente jugó 21 veces y sumó ocho conquistas.

La tragedia de Munich apagó la vida de ocho jugadores del Manchester United.

Una tragedia impidió que Manchester United fuera protagonista en la lucha por el título en esa ocasión. El 6 de febrero de 1958 el plantel regresaba de un viaje a Belgrado, donde el día anterior había sellado su acceso a las semifinales de la Copa de Campeones de Europa -la actual Champions League- con un empate 3-3 con Estrella Roja. Charlton había anotado dos goles, que junto al que había marcado un mes antes en el 2-1 en Old Trafford consumaron la clasificación de los Busby Babes (Bebés de Busby), el apodo que recibía el equipo que dominaba el fútbol inglés.

Los Busby Babes acumulaban dos títulos seguidos en el certamen inglés y para el periodismo de la época asomaban como el principal rival del Real Madrid, que se había quedado con las ediciones de 1955/1956 y 1956/57 con un equipazo que contaba, entre otros con los argentinos Alfredo Di Stéfano y Héctor Rial (con pasado en San Lorenzo), el francés Raymond Kopa y el velocísimo puntero español Francisco Gento.

Manchester United estaba listo para oponerle resistencia con un plantel casi íntegramente formado en sus divisiones inferiores y en el que se destacaban Duncan Edwards -la figura-, el capitán Roger Byrne, el goleador Dennis Viollet, Thomas Taylor, Eddie Colman y el ascendente Bobby Charlton. El viaje de regreso a Inglaterra truncó las posibilidades de ese equipo que estaba listo para hacer historia.

Después de la tragedia de Munich, debió liderar la reconstrucción de su equipo.

Estaba prevista una escala en Munich. El cruento invierno había desatado una feroz nevada que congeló la pista del aeropuerto alemán. Esa condición no le fue comunicada a tiempo al piloto del avión, James Thain, que hacía todo lo posible para despegar. En el tercer intento logró cobrar la altura necesaria para emprender el vuelo, pero, debido al frío, falló uno de los motores y la aeronave cayó sobre un terreno en el que se encontraban los depósitos de combustibles. Las llamas se apoderaron del bimotor de hélice modelo Airspeed AS-57 Ambassador.

La tragedia de Munich se cobró la vida de ocho jugadores: Duncan, Byrne, Colman, Taylor, Geoff Bent, Mark Jones, David Pegg y Liam Whelan. Además, fallecieron 15 personas, entre las que se encontraban periodistas (uno de ellos era Frank Swift, un famoso arquero de los años 30 y 40), hinchas y personal del Manchester y la tripulación del avión. Dos jugadores, Jackie Blanchflower y Johnny Berry, sobrevivieron, pero sufrieron lesiones de tal magnitud que debieron interrumpir sus carreras. También se salvaron, entre otros, Busby y Charlton, quien debió permanecer un largo tiempo internado para reponerse de sus heridas.

El accidente le provocó serias lesiones físicas y, sobre todo, emocionales.

Bobby, de solo 20 años, resultó muy afectado por la catástrofe. Era naturalmente callado y bastante tímido, pero después de ese 6 de febrero de 1958 se volvió todavía más silencioso y sombrío. Había perdido a la mayoría de sus camaradas, de los amigos con los que empezaba a hacerse un nombre en el mundo del fútbol. Luego de ese helado día en Munich tuvo, a pesar de su juventud, que ponerse sobre los hombros al equipo e impulsarlo hacia la cima. Y debía hacerlo con las únicas fuerzas que tenía, las de un sobreviviente.

DEMASIADO JOVEN PARA TRIUNFAR

El desastre aéreo que le puso un abrupto punto final a la era de esplendor de los Busby Babes también le provocó un daño irreparable a la selección inglesa. El técnico Winterbottom debía buscar sustitutos para Duncan, una estrella cuyo prestigio había superado las fronteras del Reino Unido, Byrne y Taylor. Tenía en sus manos una tarea nada sencilla en los meses previos al Mundial de Suecia, que iba celebrarse a partir de junio de ese año.

Los tres futbolistas del Manchester United habían estado en el último partido de la selección antes de la tragedia, el 27 de noviembre de 1957. En esa victoria por 4-0 sobre Francia en Wembley se había definido con dos de Taylor y otros tantos de Robert Bobby Robson, quien ese día debutaba y mucho después dirigió técnicamente al seleccionado en México 1986 e Italia 1990. Winterbottom disponía de tres encuentros de preparación antes del Mundial de Suecia. Eran muy pocas oportunidades para reconstruir el equipo.

En abril de 1958 le llegó la oportunidad de jugar en el seleccionado inglés.

El 19 de abril de 1958, en Hampden Park, Glasgow, incluyó desde el arranque a Charlton en el triunfo por 4-0 contra Escocia. Tal como había ocurrido en su debut en Manchester, Bobby tuvo su bautismo internacional con un gol. Si bien en el United actuaba como puntero izquierdo, en el seleccionado ocupó una posición más central en una ofensiva integrada por Bryan Douglas, Charlton, Derek Kevan, John Haynes y el veterano Finney.

No se sentía cómodo lejos de la línea de cal, pero jamás se habría atrevido a cuestionar la decisión de Winterbottom, el prestigioso entrenador que llevaba 12 años al frente del seleccionado. Y menos iba a hacerlo si en el 2-1 sobre Portugal en Wembley se llevó todos los aplausos con un doblete. Sin embargo, su crédito se apagó en un abrir y cerrar de ojos cuando Inglaterra sufrió una apabullante derrota por 5-0 a manos de Yugoslavia en Belgrado.

Fue incluido en el plantel de 22 jugadores que viajaron a Suecia, pero no le dieron oportunidades para exhibir su habilidad y capacidad de definición en la Copa del Mundo. Winterbottom confirmó en la punta izquierda a Finney, un excelente delantero que ya tenía 35 años, pero marginó a otros dos veteranos como el fenomenal Matthews -de 43 y ganador del primer Balón de Oro de la historia apenas 12 meses antes- y Nathaniel Lofhouse, de 32. Según el entrenador, era demasiado joven para un desafío de tamaña importancia.

El técnico Walter Winterbottom lo consideraba demasiado joven para ser titular.

El empate 2-2 con la Unión Soviética en el debut no pareció un resultado tan negativo, en especial porque Inglaterra había hecho pocos méritos para alcanzar la igualdad. El siguiente encuentro, contra Brasil, arrojó otra opaca presentación de los británicos, pero eso no bastó para que Winterbottom cambiara de opinión. Entendía que la clasificación a los cuartos de final iba a definirse contra Austria. Mientras los inventores del fútbol se sentían satisfechos, los sudamericanos habían tomado nota de ese frustrante 0-0 y optaron por abrirles la puerta para salir a jugar a los geniales Pelé y Garrincha.

Inglaterra apenas igualó 2-2 con los centroeuropeos y debió disputar un desempate con los soviéticos para decidir quién iba a escoltar a los brasileños. La derrota por 1-0 demostró que los planes del técnico no habían sido los adecuados para que el seleccionado evitara una prematura eliminación que no hacía más que sembrar más dudas sobre el potencial de los británicos que era discutido desde el histórico traspié contra Estados Unidos en 1950.

La revancha para Bobby tardó cuatro años. Se había afirmado como pieza fundamental de la reconstrucción del Manchester United. Le faltaba hacerlo en la selección. Como Finney recién se despidió unos meses más tarde -ya con 36 años-, después del fracaso en Suecia Charton aún jugaba en posiciones más centrales. Eso no le impidió anotar dos goles en un 3-3 con Irlanda del Norte y uno de penal -curiosamente, ejecutado con su pie derecho- en un 5-0 sobre la Unión Soviética en la última presentación de Finney.

Un joven Bobby bromea con Tom Finney (a la izquierda) y Billy Wright, capitán del seleccionado.

Los goles de Charlton se hicieron moneda corriente. Todos los simpatizantes británicos sabían que Bobby se perfilaba como la futura gran estrella de la selección, aun a pesar de que Winterbottom se empecinaba en hacerlo jugar lejos de la línea de cal, el sector de la cancha en el que brillaba en Manchester United. En las Eliminatorias para Chile 1962 ratificó esa idea con cuatro tantos en dos partidos contra Luxemburgo.

Finalmente, el técnico no tuvo otra alternativa que confiarle la camiseta número 11 porque no había en toda Inglaterra otro puntero mejor que él. Sus nuevos socios en la ofensiva eran dos atacantes que se destacaban en Italia: James Greaves, un efectivo goleador del Chelsea que desde el año anterior militaba en Milan, y Gerald Hitchens, otro despiadado definidor con pasado en Aston Villa y buen presente en Inter. Permanecía en el equipo Haynes, en la mitad de la cancha se había afianzado Ron Flowers y en la defensa empezaba a hacerse notar Robert Bobby Moore.

La incorporación de Jimmy Greaves y Gerry Hitchens rompió con la tradición inglesa de contar únicamente con jugadores que actuaran en la liga local. Winterbottom apostaba fuerte. Pese a eso, el debut en el Mundial de Chile agigantó las dudas con las que la selección partió de su tierra. Perdió 2-1 con una Hungría que aún tenía en el arco a Gyula Grocsis, sobreviviente del sensacional conjunto subcampeón de 1954 y en la delantera llamaban la atención Lajos Tichy y Florian Albert, un goleador de una calidad enorme.

El seleccionado inglés que acudió al Mundial 62.

Sin otra alternativa que ganar, los británicos enfrentaron luego a una Argentina de muy pocas luces que había arrancado con un apretado triunfo por 1-0 sobre Bulgaria. El técnico albiceleste, El Toto Juan Carlos Lorenzo, estaba preocupado por el desequilibrio de Charlton en la banda izquierda y armó un curioso dispositivo que fracasó estrepitosamente porque eligió jugadores incapaces de marcar a un jugador de la velocidad de Bobby. Todas sus decisiones fueron erróneas.

Para empezar, designó a Vladislao Cap, un mediocampista defensivo, para ocupar el lateral derecho. Como respaldo optó por El Rata Antonio Rattín, otro volante central de gran personalidad, pero lento y con poca movilidad. Y, por si hacía falta otra decisión cuestionable, Federico Sacchi, un zaguero de una técnica sublime, se paró en la mitad del terreno. Los defensores centrales Rubén Marino Hacha Brava Navarro y Raúl Páez y el elegante marcador de punta izquierdo Silvio Marzolini completaban un plan destinado a fracasar antes de que el árbitro soviético Nikolai Latyschev dispusiera el comienzo del partido.

Bobby se adueñó de la pelota y no hubo un solo argentino capaz de quitársela. Manejó el partido a su antojo. Apenas pasado el cuarto de hora inicial, desbordó por el costado izquierdo y lanzó un centro que encontró a Alan Peacock libre de marca para buscar el arco de Antonio Roma con un cabezazo. El balón iba camino al gol, pero Hacha Brava Navarro, férreo zaguero de Independiente, metió la mano y Flowers abrió la cuenta desde el punto penal.

Bobby recibe el saludo de sus compañeros luego de su gol contra Argentina en Chile 1962.

A la incapacidad argentina para contener al puntero del Manchester United se sumó la derrota absoluta de los delanteros para incomodar a la retaguardia inglesa. Juan Carlos Oleniak, El Marqués Rubén Sosa, El Nene José Francisco Sanfilippo y La Bruja Raúl Belén perdían una y otra vez contra la defensa liderada por Bobby Moore. Solo faltaba que los británicos decidieran darle el golpe final a un elenco albiceleste sin rumbo. Y eso ocurrió cerca del epílogo del primer tiempo cuando Charlton corrió velozmente de la izquierda hacia el centro y sacó un remate inatajable para Roma.

Greaves le puso la firma al tercer tanto al capturar un deficiente rechazo del arquero argentino. La contundente victoria despejaba las reservas que el público inglés tenía para con el equipo de Winterbottom, pero, cuando quedaba poco para el cierre, El Nene Sanfilippo dio muestras de su infalible puntería y descontó casi sin oposición después de recibir un buen pase de Sacchi. La primera ronda se cerró con un opaco 0-0 con Bulgaria en el que unas cuentas incursiones infructuosas de Charlton y oportunidades desperdiciadas por Greaves y Haynes confirmaron que los británicos tenían serias dificultades para llegar al gol.

Si bien Inglaterra había avanzado a los cuartos de final de un Mundial luego de ocho años, su futuro no se antojaba venturoso. Debía vérselas con un Brasil que había sobrevivido a la ausencia de Pelé por una inoportuna lesión y que había encontrado a un inesperado salvador en Amarildo, su ignoto reemplazante. El mayor desafío que presentaba el campeón reinante para los europeos era todavía más preocupante: se llamaba Garrincha y con el correr de los partidos había dejado en claro que la corona de O´Rei le quedaba muy bien.

Frente a frente, Garrincha y Bobby Charlton. En ese partido, el brasileño se llevó todos los aplausos.

Winterbottom aplicó una fórmula similar a la que había recurrido El Toto Lorenzo en el duelo Inglaterra – Argentina. Y su estrategia tampoco funcionó. Para que Ramon Wilson -conocido en su país como Ray- no debiera lidiar mano a mano con el formidable Garrincha, le ordenó a Flowers y a Bobby Charlton que se encargaran de marcar escalonadamente al puntero derecho brasileño. El técnico británico jamás imaginó que el genial Mané no solo iba a enloquecer a sus ocasionales custodios, sino que tenía en mente reducir a la nada a toda la defensa.

Garrincha, que apenas medía 1,69 metros, decretó la ventaja de Brasil con un cabezazo tras ganarle en el salto al zaguero Maurice Norman, de 1,85. Empató transitoriamente Hitchens, pero en el segundo tiempo el puntero del Botafogo pateó un tiro libre violentísimo que rebotó en el pecho del arquero Ronald Springett y le quedó servido en bandeja a Vavá para quebrar la paridad. Un golazo de Mané sentenció el 3-1 que depositó a los verdiamarillos en las semifinales y confirmó que Inglaterra era un equipo de vuelo bajo que solo tomaba altura cuando Charlton recibía la pelota. Bobby ya no era demasiado joven triunfar.

EL EJE DEL CAMPEÓN DEL MUNDO

Charlton perdía el pelo, pero mantenía intactas su habilidad, la precisión de sus remates y su importancia en el seleccionado. Cuando Ramsey sucedió a Winterbottom el 27 de febrero de 1963, él estuvo en la alineación que fue vapuleada 5-2 en un partido correspondiente a las Eliminatorias del Campeonato Europeo, conocido universalmente como Eurocopa. El inicio de la nueva era no pudo haber sido peor y no permitía alumbrar grandes expectativas para el Mundial de 1966, que iba a disputarse justamente en Inglaterra.

En 1966 ocupó una posición más central y manejó los hilos de Inglaterra.

En términos formales, Ramsey recién fue confirmado al cabo de su tercera presentación con el seleccionado. Después de dos derrotas -a manos de Francia y Escocia- y un empate con Brasil recibió la designación definitiva. La Asociación de Fútbol (FA) puso en sus manos el compromiso más importante que tenía por delante la tierra de los inventores de ese deporte y, poco a poco, los resultados comenzaron a aparecer: Inglaterra venció 4-2 a Checoslovaquia, 2-1 a Alemania Democrática y 8-1 a Suiza.

Charlton asomó como la figura decisiva de esa serie triunfal con seis goles, tres de ellos contra los helvéticos en Basilea. Los triunfos se sucedían y en todos sobresalía Bobby. Entre los éxitos podía citarse el 2-1 sobre Resto del Mundo, que contó con estrellas como Di Stéfano, el arquero soviético Lev Yashin, el checo Josef Masopust, el francés Kopa, el portugués Eusebio y el español Gento. Los británicos ya tenían a futuros emblemas como el guardavalla Gordon Banks, quien en poco tiempo se convirtió en un pilar decisivo del seleccionado.

Ramsey parecía haber encontrado la fórmula de la victoria, pues Inglaterra se libraba de rivales como Portugal, República de Irlanda y Estados Unidos, al que aplastó 10-0 con un gol de Charlton y cuatro de Roger Hunt, un atacante de discretas condiciones técnicas, pero sumamente eficaz. Con el optimismo en alza, los británicos acudieron a la Copa de las Naciones de 1964. Ni siquiera se imaginaban los dolores de cabeza que les tenía reservados ese torneo internacional que Brasil organizó para celebrar el aniversario de la Confederación Brasileña de Fútbol.

Aunque era zurdo, había aprendido a pegarle con la derecha. No tenía problemas de perfil.

El 30 de mayo, en el imponente estadio Maracaná, los campeones mundiales de 1958 y 1962 redujeron a la nada a Inglaterra con un apabullante 5-1 con goles de Rinaldo -dos-, Pelé, Julinho y Roberto Dias. Jimmy Greaves se hizo cargo del descuento. Cuatro días más tarde, el empate 1-1 con Portugal en San Pablo no sirvió para recomponer el ánimo. Y menos todavía el traspié por 1-0 con Argentina, que se impuso con un tanto del Tanque Alfredo Hugo Rojas y terminó con el título de ese certamen que Brasil había preparado para ganar sin oposición.

Paso a paso, Ramsey agregaba piezas al equipo para el Mundial. George Cohen, Norbert Nobby Stiles, John Charlton -Jackie, el hermano del delantero del Manchester United- y Allan Ball se sumaban a Banks, Moore, Wilson, Greaves y, por supuesto, Bobby, que a fines de 1965 ya acumulaba 62 partidos y 35 goles con la camiseta de la selección. Si bien todavía actuaba como puntero izquierdo, la posición en la que llevaba más de una década de excelentes desempeños, estaba a punto de asumir nuevas funciones que iban a transformarlo en un jugador indispensable en el esquema que el técnico tenía en mente.

El 4 de mayo de 1966, solo dos meses antes del puntapié inicial de la Copa del Mundo, en un 2-0 sobre Yugoslavia Charlton se movió a una posición estratégicamente decisiva. Mutó en mediocampista ofensivo, casi una suerte de centrodelantero que armaba juego desde atrás -sin llegar a parecerse al hoy tan famoso falso 9- que se encargaba de manejar los hilos del seleccionado. El técnico daba un giro de 180 grados en la concepción del fútbol inglés y prescindía de punteros clásicos del estilo de Matthews, Finney o el propio Bobby.

El equipo inglés que se alzó con el título del mundo en 1966.

Aparecía en escena el 4-4-2, un esquema táctico con el que Ramsey procuraba asegurar el control de la pelota en el medio campo, con Ball y Martin Peters corriendo por los costados -como wines retrasados- para enviar centros para los centrodelanteros Hunt y Greaves, mientras Stiles se encargaba de marcar y Charlton organizaba los ataques con un rol de mando que evidenciaba la madurez que había alcanzado a esa altura de su carrera. Era otra Inglaterra, la que el DT intuía que debía surgir para tener posibilidades en la Copa del Mundo.

Su idea tardó en aparecer porque hacía falta mucho coraje para desestimar una función que formaba parte de la idiosincrasia futbolística de la nación. Así, John Connolly se desempeñó como puntero izquierdo en el deslucido 0-0 del debut contra Uruguay en Wembley. Ball alternó la tarea de reforzar el mediocampo con atacar por la franja derecha y Charlton y Greaves -las principales usinas de juego- pasaron inadvertidas. El público abucheó a un equipo que no satisfizo las expectativas.

La situación mejoró considerablemente con un triunfo por 2-0 contra México. Terry Paine tomó el lugar de Connolly y Peters sustituyó a Ball en un esquema que seguía sin aproximarse al que Ramsey deseaba implementar. Para que ese progreso fuese posible resultó imprescindible que Bobby desarrollara en plenitud el rol de conductor dentro de la cancha. Inglaterra bailaba al compás de la música que Charlton interpretaba. Hizo un golazo desde fuera del área con un derechazo -vale la pena recordar que era zurdo-, estuvo a punto de aumentar con un cabezazo apenas desviado e inició la maniobra que desembocó en el tanto de Hunt.

Jackie y Bobby Charlton, hermanos y campeones del mundo.

Francia se las ingenió para complicar a los dueños de casa durante un largo período del último partido de la fase inicial. Un cabezazo de Jackie Charlton que dio en un poste y derivó en Hunt terminó en el gol que rescató a una Inglaterra en problemas. Con el marcador a su favor, el conjunto local se apoderó del control del juego y, con Bobby sin una posición fija, se lanzó en búsqueda del segundo gol, que llegó a través de Hunt.

Los de Ramsey habían alcanzado los cuartos de final. El rendimiento estaba lejos de ser convincente, pero todavía quedaba mucho camino por recorrer y disponían de tiempo para mejorar. El siguiente rival era Argentina, que mostraba una solidez defensiva basada en la rudeza de su última línea y un ataque eficiente que respondía a los dictados de Ermindo Onega, un lujoso conductor. El partido resultó un bochorno, tanto por la decisión de los albicelestes de enfriar el juego, como por la floja tarea del árbitro alemán Rudolf Kreitlein y por la nulidad de los ingleses para imponer el ritmo.

A Rattín, el capitán argentino, le habían recomendado que exigiera la presencia de un intérprete para resolver cualquier diferendo que pudiera presentarse con el juez. El Rata protestaba una y otra vez, Kreitlein no entendía una palabra porque el jugador de Boca solo hablaba castellano y él alemán. Se hartó, expulsó al mediocampista y estalló el escándalo. El encuentro estuvo detenido casi media hora hasta que se ordenó el caos. Un centro de Peters cabeceado por Geoffrey Hurst -fue titular en reemplazo de Greaves- depositó a los ingleses en las semifinales.

Contra Portugal, Charlton no solo marcó dos goles, sino que jugó un partido espectacular.

Portugal, con el goleador Eusebio como estandarte, asomaba como un adversario de sumo cuidado. Los lusitanos habían dado cuenta en los cuartos de final de Corea del Norte, el sorpresivo verdugo de Italia. Los lusitanos eran uno de los mejores equipos del Mundial e Inglaterra aún estaba lejos de anotarse en la lista de candidatos al título. No alcanzaba con la conducción de Bobby para disimular la falta de creatividad porque Ball y Peters se limitaban a enviar pelotazos para que Hunt y Hurst trataran de hacer pesar su importancia en el juego aéreo.

Charlton se encargó de aventar cualquier preocupación que nublara el optimismo del público local. Primero tomó un rebote de un disparo de Hunt y batió al arquero Jose Pereira con un preciso remate y, cuando Portugal intentaba emparejar el trámite, envió al fondo de la valla lusitana un pase de Hurst. Su gol, producto de un derechazo inapelable, fue la frutilla del postre para una actuación memorable. Su seleccionado necesitaba quien la guiara y él cumplió ese papel a la perfección. El descuento de Eusebio no opacó la decisiva jornada del estratega inglés.

Así como había sido la carta de triunfo contra Portugal, Bobby no pesó en la finalísima contra Alemania Federal. Ese 30 de julio en Wembley, él y el joven Franz Beckenbauer, a quien el técnico Helmut Schön le confirió la marca personal del inglés, se anularon mutuamente. Los locales no contaron con su principal generador de juego y sus oponentes perdieron a un mediocampista talentoso al asignarle una labor oscura, pero útil.

El duelo entre Charlton y Franz Beckenbauer fue una de las claves de la final disputada en Wembley.

El partido que definió el título quedó en la historia por el polémico gol de Hurst convalidado por el árbitro suizo Gottfried Dienst a instancias del asistente (en ese tiempo se les decía jueces de línea) soviético Tofik Bakhramov. El disparo del atacante del West Ham impactó en el travesaño y en el césped. El zaguero Wolfgang Weber despejó la pelota con desesperación, pero la dupla Dienst-Bakhramov decidió que en ese tanto, el tercero de Inglaterra, la pelota había traspuesto la línea. Más allá de ese fallo, aún hoy, seis décadas después, no existe una sola fotografía que permita asegurar sin margen para la duda que el tanto haya sido legítimo.

Los dueños de casa ganaron 4-2 en tiempo suplementario con tres conquistas de Hurst y una de Peters. Helmut Haller y Weber anotaron para los alemanes. Si bien no había sido gravitante en el cotejo que le dio el título a Inglaterra, Bobby había guiado a su equipo hacia la finalísima. Charlton era el eje de ese campeón del mundo.

UN SÍMBOLO ETERNO

El título le permitió a las huestes de Ramsey saldar un deuda histórica. Los autoproclamados inventores del fútbol habían alcanzado la cima del deporte cuyas reglas habían redactado. En ese momento ya nadie recordaba las frustraciones del pasado y mucho menos la controversia en torno del gol que encaminó a Inglaterra hacia el triunfo contra Alemania Federal. Los británicos disfrutaban la etapa más brillante de su paso por las canchas del mundo.

En 1966 recibió el Balón de Oro. Sin dudas, era el mejor jugador de Europa.

En los meses siguientes se ganaron por primera vez el boleto a la fase final de la Eurocopa de 1968. En las Eliminatorias dejaron en el camino a Escocia, Gales e Irlanda del Norte. Salía a la cancha con los mismos hombres que les habían dado la victoria en Wembley y cuando viajaron a Italia, sede de la ronda decisiva, integraban el lote de candidatos. Sin embargo, debieron despedirse prematuramente en las semifinales al perder con Yugoslavia. El consuelo llegó con el tercer puesto, obtenido mediante un 2-0 sobre la Unión Soviética con goles de Charlton y Hurst.

Bobby se mantenía fiel al Manchester United. Lo unía con ese equipo un lazo inquebrantable. Desde niño era simpatizante de los Diablos Rojos y soñaba con vestir su camiseta. No tardó en convertirse en un pilar de los Busby Babes hasta que la tragedia de Munich malogró a esa generación de futbolistas. Como sobreviviente, lideró a las siguientes camadas de futbolistas en la lenta reconstrucción. Los campeonatos de la liga y de la Communitty Shield en 1965 y 1967 confirmaron el regreso a los primeros planos.

Manchester United estaba otra vez en la cima. Le faltaba jactarse de ser el mejor equipo del Viejo Continente, que era a lo que aspiraba cuando el accidente aéreo de 1958 le impidió discutir la supremacía del Real Madrid. En 1968, una década después del desastre, los dirigidos por Busby derrotaron en la final de la Copa de Campeones de Europa al Benfica portugués. Bobby fue el autor de dos de los goles en el 4-1 en Wembley. George Best, un imparable puntero norilandés, y Brian Kidd hicieron posible el triunfo. Jaime Graca descontó para los lusitanos.

En Manchester United se entendió a la perfección con Denis Law y George Best.

Los Diablos Rojos no pudieron con el Estudiantes construido por Osvaldo Zubeldía en los choques por la Copa Intercontinental. Los pincharratas ganaron 1-0 en La Bombonera y en la revancha, en Old Trafford, el empate 1-1 en el que Néstor Togneri no le dejó tocar la pelota a Charlton les dio a los platenses el título más importante de su historia. Esa final resultó lo único que no consiguió Bobby en esos tiempos, ya que en 1966 le habían otorgado el Balón de Oro como mejor jugador de Europa y en los dos años siguientes obtuvo el de plata.

En México 1970 se produjo su despedida del seleccionado. Unos meses antes de la Copa del Mundo alcanzó un honor que en ese tiempo no era tan frecuente: cumplió cien partidos con la camiseta inglesa. El 21 de abril, en la victoria por 3-1 sobre Irlanda del Norte, recibió su centésima gorra. En este punto es oportuno explicar que la denominación de caps que reciben los partidos internacionales proviene de la costumbre británica de entregar a los futbolistas uno de esos clásicos accesorios para cubrir sus cabezas luego de cada encuentro.

En el primer paso en la defensa del título del mundo Inglaterra doblegó 1-0 a Rumania con un gol de Hurst. La victoria fue posible por otra excelente actuación de Charlton, quien, como si el tiempo se hubiese detenido, manejó los hilos del equipo de Ramsey. A ese partido le siguió un inolvidable duelo con un Brasil que había reunido a un quinteto creativo excepcional con El Rey Pelé y su corte integrada por Jairzinho, Gerson, Tostao y Rivelino.

Bobby posa con sus gorras al cumplir cien partidos en la selección.

Ese 7 de junio de 1970 arrojó para la posteridad una increíble atajada de Banks ante un cabezazo demoledor de Pelé. “Yo marqué el gol, pero Gordon Banks lo paró”, dijo, resignado, el brasileño. A pesar de la frustración de O´Rei, los verdiamarillos se impusieron 1-0 con un gol de Jairzinho. Charlton y sus viejos camaradas del 66 Banks, Moore, Hurst, Ball y Peters no pudieron hacer nada para evitar el triunfo de una visión del juego que acercó al fútbol a la dimensión de arte como nunca había estado.

El acceso a los cuartos de final se saldó con un 1-0 contra Checoslovaquia con un tanto de Allan Clarke, de penal. En esa instancia, apareció otra vez Alemania Federal en el horizonte. Se trataba de una clase de revancha de lo que había pasado cuatro años antes en Londres. Sí, claro, no era exactamente lo mismo porque no estaba en juego un título del mundo, sino la oportunidad de mantener en alto la pretensión de luchar por el que se discutía en México.   

En verdad, no era la primera vez que estaban cara a cara después del duelo del 66. El 1 de junio de 1968 se habían enfrentado en un partido amistoso en Hannover. Beckenbauer había decretado la victoria alemana. Charlton no había estado en ese cotejo que representó el primer éxito de los teutones desde que esos seleccionados empezaron a medirse en 1901. El antecedente podía no tener importancia, pero no dejaba de ser una señal de preocupación para Inglaterra.

En México 70 se repitió el mano a mano con Beckenbauer, pero esa vez Charlton dominó al joven alemán.

Las alarmas se encendieron todavía más cuando horas antes del choque se supo que Banks tenía un malestar estomacal que lo iba a dejar al margen. Su lugar debía ser cubierto por Peter Bonetti. La ausencia del arquero titular pareció no haber tenido consecuencias inmediatas, ya que Inglaterra se puso rápidamente en ventaja con tantos de Alan Mullery y Peters. Y, por si fuera poco, dominaba las acciones con un sólido trabajo de Bobby Charlton, quien, además, reducía a la nada las intenciones creativas de Beckenbauer.

En la final del 66 ambos futbolistas se habían encargado de que ninguno de los dos pesara en el juego. En México, por el contrario, el británico le ganó el duelo al Káiser. Su presencia era fundamental para que Alemania no contara con uno de los mejores aliados del zurdo Wolfgang Overath en la misión de abastecer a los atacantes Uwe Seeler y Gerd Müller. Increíble, pero real, Ramsey repitió en el segundo tiempo una variante que había usado en los dos partidos anteriores y retiró del campo a Charlton.

Entró Colin Bell, pero fue incapaz de al menos acercarse a la importancia que había tenido la figura del Manchester United en el cotejo. Beckenbauer halló terreno fértil para atacar y descontó. Un cabezazo de Seeler estableció la igualdad. Ramsey tomó una postura excesivamente cautelosa y sustituyó a Peters por Norman Hunter, un mediocampista defensivo. Esa modificación dejó a los delanteros Francis Lee y Hurst desconectados del resto del equipo. Inglaterra no volvió a acercarse al arco de Sepp Maier y Müller, el máximo artillero de ese Mundial, doblegó a Bonetti en el tiempo suplementario.

Charlton quedó instalado en la historia como el emblema del país de los inventores del fútbol.

Esa fue la última vez de Charlton con la camiseta de la selección, de la que se convirtió en un símbolo eterno. El 14 de junio de 1970 disputó su 106º partido. Gritó 49 goles y llenó de fútbol al representativo de su país durante más de una década porque nadie hizo jugar a Inglaterra como lo había hecho Bobby.