El Negro Jefe
El baúl de los recuerdos. Obdulio Varela lideró a Uruguay a una victoria épica en el Mundial de 1950. El Maracanazo es una hazaña que venció el paso del tiempo y el capitán celeste fue un símbolo eterno de esa gesta.
El estadio Maracaná se estremece. El gol de Friaca acerca a Brasil al soñado título del mundo. En las tribunas, la multitud goza. Ajeno a esa felicidad y con la pelota debajo del brazo, Obdulio Varela conversa con el árbitro George Reader. Le habla de una presunta posición adelantada. El juez no le hace caso. No importa. Ese hombre con la camiseta celeste obtiene su cometido: la imponente mole de cemento se hunde en el silencio. En ese instante, Uruguay empieza a construir su hazaña más grande: El Maracanazo. Esa gesta solo fue posible porque el equipo oriental contaba nada más y nada menos que con El Negro Jefe.
La figura de Obdulio alcanzó una dimensión mítica justamente por el liderazgo que ejerció en el momento en el que el seleccionado uruguayo necesitaba demostrar personalidad en un contexto absolutamente adverso. ¡Y vaya si era adverso tener que vérselas contra Brasil en un Maracaná colmado por más de 200 mil torcedores que clamaban por la victoria! El capitán de los celestes salió a jugar el partido más difícil, el que tiene como escenario el terreno del carácter. Ese en el que los más valientes triunfan y los pobres de espíritu sucumben sin remedio.
“¡Los de afuera son de palo!”, gritó Varela ante la sumisión de los propios dirigentes uruguayos que acompañaban a la delegación. Reaccionó con vehemencia cuando le sugirieron que perder por poca diferencia contra el poderoso conjunto local era un resultado digno. Obdulio no se entregaba mansamente. Jamás. Y sus palabras le ganaron por goleada al paso del tiempo y aún hoy son repetidas como un mandato divino por más que quienes las pronuncian jamás hayan oído hablar del Negro Jefe.

El Negro Jefe fue el líder que Uruguay necesitaba para consumar su histórico triunfo en 1950.
La proeza se consumó el 16 de julio de 1950 en el partido que definió la Copa del Mundo disputada en Brasil. Fue la única vez que un torneo no tuvo una final en el sentido formal del término. En esa oportunidad, el título se decidió en una rueda por puntos entre los cuatro mejores equipos del certamen: Brasil, Uruguay, España y Suecia. El destino, caprichoso, quiso que los dueños de casa y los celestes se midieran justamente en la última fecha como únicos candidatos a quedarse con el primer puesto.
Brasil era el máximo aspirante para apoderarse del trofeo que recientemente había sido bautizado como Copa Jules Rimet en reconocimiento al dirigente francés que le dio vida a los Mundiales dos décadas antes. El elenco dirigido por Flavio Costa había desplegado un juego demoledor que le permitió golear 4-0 a México y superar 2-0 a Yugoslavia -además empató 2-2 con Suiza- en la fase inicial y aplastar 7-1 a Suecia y 6-1 a España en la ronda decisiva.
Nadie creía en Uruguay. No lo hacían ni sus propios dirigentes. El equipo dirigido técnicamente por Juan López había superado con holgura por 8-0 a Bolivia, su único rival en la primera etapa ante la deserción de Turquía, Escocia e India. Apenas Lopecito y sus jugadores, con Obdulio a la cabeza, confiaban en las posibilidades de reeditar los viejos buenos tiempos de 1930, cuando el seleccionado capitaneado por José Nasazzi había inaugurado el rito de las vueltas olímpicas en los Mundiales.

En el vestuario, junto con Víctor Rodríguez Andrade antes de salir a la cancha.
Las pretensiones de los orientales no se antojaban demasiado sólidas después del empate 2-2 con España y del ajustado triunfo por 3-2 contra Suecia. El nivel de juego tampoco contribuía a insuflar fe en los representantes de la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF) presentes en Río de Janeiro. No apoyaban al equipo. Todo lo contrario: clamaban piedad ante el poderoso Brasil en el que se lucían el goleador Ademir, el habilidoso Zizinho y el talentoso Jair. “¡Cumplidos solo si ganamos!”, les espetó Varela.
Veterano de mil batallas -había debutado en la selección en 1939-, Obdulio tenía ya 32 años. A esa edad, muchos de sus colegas empezaban a pensar en el retiro. Él todavía tenía mucho para ofrecerle a ese Uruguay con el que había ganado el Campeonato Sudamericano -la actual Copa América- de 1942. Detrás de él se encolumnaba un grupo de jugadores que le hacía honor a la tradicional garra charrúa, tales los casos del zaguero Matías González y los medios Schubert Gambetta y Víctor Rodríguez Andrade. El toque de distinción lo aportaba El Pepe Juan Schiaffino y los goles los hacían el efectivo puntero derecho Alcides Ghiggia y Omar Míguez.
No había equivalencias entre ambos contendientes. El recorrido de uno y otro en el Mundial ofrecían imágenes muy diferentes. Tampoco los antecedentes inmediatos modificaban esa visión: en los cinco años anteriores al choque en el Maracaná se habían visto las caras en 12 oportunidades y la mitad se saldaron con triunfos brasileños. De hecho, las dos últimas, en mayo de ese año, fueron victorias por 3-2 y 1-0 por la Copa Río Branco. Y en1949 se habían impuesto 5-1… Los uruguayos apenas recogieron tres éxitos en ese lapso...

Varela quedó eternizado como un ícono del fútbol.
Una atmósfera de indisimulado triunfalismo se cernía sobre cada punto del país más extenso de Sudamérica. En las calles se festejaba a cuenta el título del mundo. Brasil se encontraba en plena campaña electoral y no había político que se privara de pasar por la concentración para saludar a “los futuros campeones”. Hasta Costa se presentaba como candidato en la votación y aprovechaba la publicidad extra de ser el técnico del equipo que, según todos suponían, iba a alzar la Copa Rimet.
Los futbolistas asistían resignados a ese desfile interminable de personalidades que se sentían con el derecho de acercarse para desearles buena suerte. No tenían más alternativa que sonreír y saludar. Ellos no estaban ajenos a que debían disputar un partido de fútbol y que todo podía pasar en 90 minutos de un juego pleno de imprevisibilidad. Estaban al tanto, por supuesto, de la calidad de varios de sus rivales y de la personalidad de otros, en especial de Varela, el líder de esos abanderados de la garra charrúa.
Hasta las emisoras de radio interrumpían la transmisión de sus programas para anunciar a los cuatro vientos: “Mañana es el gran día. Mañana Brasil será campeón del mundo”. El clima era festivo, como si el famoso Carnaval de Río se hubiese trasladado a julio. Todo era alegría. La seguridad con la que se hablaba del triunfo del equipo era abrumadora. Tal vez incluso para los propios jugadores, a pesar de que en sus cabezas anidaba la preocupación por el rival que iban a tener enfrente.

El saludo de los capitanes antes del gran duelo en el Maracaná: Augusto, de Brasil, y Obdulio.
Entre los futbolistas uruguayos, en cambio, solo había tiempo para pensar cómo contener a los imparables delanteros brasileños. Ellos no estaban en condiciones de entregarse mansamente al pesimismo de los dirigentes. Querían ganar. Por más que pareciera imposible, según el propio Obdulio lo admitió en una entrevista con el diario montevideano Hechos en 1968: “Estaba bravísimo el asunto. Brasil era una máquina. Eso lo tienen que saber todos: ganamos porque ganamos, nomás. Jugamos cien veces ese partido y únicamente lo ganamos solo en la oportunidad en la que lo ganamos”.
Así de sincero era El Negro Jefe. Él se ocupó de explicarle a Eusebio Tejera, el encargado de marcar al impredecible Zizinho, que mantuviera la vista fija en la pelota para no perderse en los mil y un amagos del habilidoso delantero. El técnico López había planteado un estrategia simple: aguantar todo lo que se pudiera y aprovechar cualquier posibilidad de contraatacar que surgiera en un partido en el que Brasil iba a ser el protagonista estelar. No se equivocaba, pues nadie esperaba demasiado de Uruguay…
“Nos llenaron de pelotazos, fue un disparate”, contó Varela en una clara definición del dominio brasileño. Casi desde el instante mismo en el que el árbitro Reader dio la orden de salir a jugar, los locales pusieron la mira en el arco de los celestes. Uruguay soportaba el asedio con la seguridad de Roque Máspoli en la valla y la firmeza de González -ese día se ganó el apodo de León del Maracaná- como bastión de una retaguardia que incluía a Tejera, al Mono Gambetta, a Rodríguez Andrade y al propio Obdulio.

El equipo uruguayo que protagonizó la mayor hazaña de la historia de los Mundiales.
Apenas alguna corrida del veloz Ghiggia se vislumbraba como tímida respuesta. El puntero derecho mantenía un duelo muy especial con Cayetano Bigode, quien apelaba al juego brusco cada vez que el 7 de Peñarol se le escapaba. Las infracciones del defensor se interrumpieron en un abrir y cerrar de ojos ante una advertencia de Varela. “Que sea la última vez. ¿Entendiste?”, le dijo mientras le daba un sonoro cachetazo. El árbitro contempló la escena con incredulidad y no supo cómo reaccionar.
Brasil había llegado a ese partido con un punto de ventaja sobre Uruguay. El empate le aseguraba el título, aunque los torcedores que desbordaban las tribunas no se conformaban con la igualdad. Clamaban por una goleada. La desilusión se apoderó de ellos cuando el primer tiempo terminó 0-0, pero estallaron en un grito ensordecedor cuando Friaca, a los tres minutos del complemento, puso en ventaja a su equipo.
En ese instante irrumpió la personalidad de Varela y cambió el trámite del partido. Tomó la pelota que descansaba en el arco de Máspoli, la puso debajo del brazo derecho y se acercó al juez para reclamarle una presunta posición adelantada. Reader rechazaba su protesta con un movimiento de cabeza. El capitán insistía y, de a poco, la intranquilidad ganaba la escena. Los hinchas empezaron a temer que el árbitro anulara el gol. La firmeza de Obdulio parecía haberle doblado el brazo al público. Cuando Uruguay reanudó el juego, el Maracaná estaba sumido en un silencio estremecedor.

El gol de Alcides Ghiggia que hizo posible el Maracanazo.
Apenas pasados los 20 minutos del segundo período, Varela le alcanzó la pelota a Ghiggia, quien avanzó con rapidez y dejó desairado a Bigode. También eludió el cierre de Juvenal antes de enviar un centro al corazón del área. Pepe Schiaffino empalmó la pelota con violencia y la incrustó en el fondo del arco de Barbosa. El 1-1 todavía consagraba a Brasil, pero en el estadio imperaba una sensación de derrota. Contra todos los pronósticos, Uruguay había tomado el control del juego.
Ghiggia no se anima a tutear a Varela. Lo trataba de usted, con respeto. Casi con admiración. En el entretiempo se había acercado al capitán y le había pedido que le entregara el balón cortito y al pie. El puntero prefería librarse de su marcador sin tener que ganar en velocidad antes de vérselas con el zaguero Juvenal. Obdulio respetó esa indicación en el gol del empate y también un rato después, cuando su pase puso en marcha la corrida del wing. Era imposible imaginar que esa corrida le iba a deparar un lugar en la historia de las Copas del Mundo.
Otra vez dejó atrás a Bigode y avanzó en diagonal hacia el arco. Barbosa recordó la maniobra del empate y se movió hacia el centro para cubrir el posible remate de Schiaffino. Dejó un espacio muy pequeño, justo para que el remate de Ghiggia ingresara sin resistencia en el arco y sentenciara el épico triunfo uruguayo. El puntero lanzó un alarido que retumbaba con inusitada claridad en un estadio hundido en el silencio y la decepción. Las huestes del Negro Jefe pasaban 2-1 al frente y les quedaban apenas diez minutos para ser campeonas del mundo.

El capitán festeja con Ghiggia.
Los de Costa buscaron por todos los medios. Lo hicieron con más desesperación que determinación. No pudieron con el inexpugnable Máspoli. El tiempo estaba en su contra. Cuando Reader pitó el final, el Maracaná se convirtió en una desgarradora postal de derrota. Los futbolistas lloraban. Los hinchas también. El mundo se detuvo para ellos. El fracaso más grande del fútbol brasileño acababa de darle vida a la mayor proeza uruguaya en los Mundiales: El Maracanazo.
“Aunque no nos den la Copa, somos campeones”, les indicó Obdulio a sus compañeros minutos después del triunfo. Nadie se acercaba para entregarles el trofeo. De pronto, apurado y sin entender qué había ocurrido, apareció Rimet y con un escueto “mes felicitations” puso la estatuilla dorada que llevaba su nombre en manos de Varela. Ni siquiera el francés creía en Uruguay y no tenía un discurso en castellano preparado para la ocasión. Los celestes habían sorprendido al mundo. Su hazaña solo fue posible porque los lideraba El Negro Jefe.
MÁS QUE UN CAPITÁN, UN SÍMBOLO
En Uruguay no era necesario perder el tiempo con demasiados detalles. No había que recitar “Obdulio Jacinto Varela” para referirse al hombre que llevaba el número 5 en la espalda y la cinta de capitán grabada a fuego en el brazo izquierdo. Bastaba con decir “Obdulio”. Y lo hacían con veneración. Imponía respeto por su voz de mando, a pesar de que en la vida diaria era introvertido y muy reservado. Su personalidad afloraba cuando notaba que sus compañeros necesitaban que alguien los guiara.

Dos históricos centromedios rioplatenses: El Pibe de Oro Ernesto Lazzatti y Obdulio.
Más que un nombre, Obdulio constituía casi una marca. Así lo había bautizado Juana, su madre, quien además le dio su apellido ante la ausencia de un padre que asumiera la responsabilidad de criar al niño nacido el 20 de septiembre de 1917. Y para ayudar a su progenitora, trabajó desde muy pequeño como albañil mientras que el fútbol, al que se entregó desde que pudo domar la pelota en los potreros, le abrió a los 16 años las puertas de Deportivo Juventud, con el que jugó en la categoría Intermedia.
En 1938 se unió a Montevideo Wanderers y, a pesar de que había firmado contrato con el elenco albinegro, no dejaba su antiguo oficio y hasta alguna vez lo tuvo que ir a buscar el técnico Alberto Suppici, quien había estado al frente del seleccionado uruguayo campeón del mundo en 1930. Varela se hizo notar rápidamente por su influencia en la mitad de la cancha, tanto por cómo recuperaba la pelota como por la visión del juego para hacerla circular sin comprometerla.
Su consagración llegó en el estadio Centenario, en el que su equipo le ganó 2-1 a Peñarol con una actuación memorable de Varela. “No sé lo que me pasó. Dominé la cancha desde el comienzo y todos los ataques de Peñarol morían en mis pies. Puede que alguna vez haya jugado mejor, pero no recuerdo haberlo hecho como ese día”, evocó alguna vez El Negro Jefe sobre lo sucedido ese 7 de agosto de 1938. Quizás ese día convenció a los dirigentes carboneros de que más temprano que tarde tenían que incorporar a ese combativo centromedio.

La conversación con Alberto Suppici, el DT que lo llevó por primera vez a la selección uruguaya.
Suppici se desempeñaba al mismo tiempo como entrenador de la selección y a nadie debía llamarse la atención que unos meses después del debut de Varela en Wanderers decidiera citarlo para integrar el representativo nacional. El técnico buscaba al sucesor de Lorenzo Fernández, el rudo centromedio de la primera Copa del Mundo que había dejado su puesto en 1935. Todavía permanecía en la retaguardia el defensor Ernesto Mascheroni, uno de los campeones mundiales del 30.
El 29 de enero de 1939, Obdulio ingresó en el segundo tiempo en reemplazo de Abdón Reyes en un partido válido por el Sudamericano de Lima que terminó con el triunfo celeste por 3-2. Los goles del ganador llegaron a través de Severino Varela -unos años después fue figura del Boca bicampeón de 1943 y 1944-, Adelaido Camaití y Oscar Chirimini. Raúl Muñoz y Roberto Luco descontaron para los peruanos.
Ya en su tercera presentación internacional, en un amistoso en el que Uruguay venció 3-2 a Chile en el Centenario, Obdulio actuó por primera vez como titular. Transcurrió un período de pruebas en el que Suppici buscó diferentes variantes para esa posición y el jugador de Wanderers aprobó con buena calificación esos exámenes y se afirmó como centrehalf. Fue inamovible en el Sudamericano de 1941 en Chile y hasta metió su primer gol con la camiseta celeste en el 2-0 contra Perú. En esa oportunidad batió a Juan Honores, un arquero que pasó luego por Newell´s y Platense en la Argentina.

El argentino José Salomón y Varela, dos capitanes emblemáticos.
En ese entonces los seleccionados del extremo sur del continente se enfrentaban con inusitada frecuencia en la competición que hoy se conoce como Copa América. La Segunda Guerra Mundial cubría de sangre y muerte el hemisferio norte mientras los Campeonatos Sudamericanos disfrutaban de un período de estrellas espectaculares. Argentina ganó los títulos de 1941, 1945, 1946 y 1947; Uruguay lo hizo en 1942 y Brasil en 1949. Precisamente en el certamen que se jugó en el 42 en Montevideo, Obdulio se dio el gusto de ser campeón y figura de los celestes.
El torneo le había deparado buenas noticias desde el inicio al futbolista de Wanderers: marcó un gol en el 6-1 con el que Uruguay debutó contra Chile. El seleccionado que desde hacía unos meses dirigía técnicamente Pedro Cea -otro campeón del mundo en 1930- ganó los seis partidos del Sudamericano y consiguió el título con un triunfo por 1-0 sobre Argentina con un tanto de Bibiano Zapiraín. Su actuación fue sobresaliente en la marca -su punto fuerte- y en la distribución del juego.
Como todo uruguayo que en su niñez se nutrió del relato de las hazañas del seleccionado que obtuvo las medallas doradas en los Juegos Olímpicos en París 1924 y Ámsterdam 1928 y luego el título mundial en 1930, Varela tenía como referentes a los integrantes de ese equipo. Obviamente miraba a Lorenzo Fernández, el centrojás en esas gestas, pero también le llamaba la atención la autoridad del capitán Nasazzi. Sin lugar a duda, Obdulio se erigió en el heredero del Mariscal y tanto uno como el otro quedaron en la historia como dos capitanes únicos e irrepetibles.

El Campeonato Sudamericano de 1942 fue el primer título de Varela con el seleccionado.
Su presencia era fundamental en la mitad de la cancha del seleccionado. Desde ese sector del terreno impulsaba al equipo hacia adelante. Más temprano que tarde, su temperamento llevó a que lo designaran capitán de Uruguay. No le hacía falta gritar ni dar largos discursos, ya que su carácter retraído le impedía hablar más de la cuenta, pero siempre tenía a mano las palabras adecuadas para cada momento. Su voz era escuchada y respetada. Y, por supuesto, todos lo escuchaban y seguían sus instrucciones porque sabían que Obdulio los guiaba en la dirección correcta.
Hizo gala de esa condición que desarrolló con el correr de los años tanto en la selección como en Peñarol, institución a la que se incorporó en 1943. De chico era hincha carbonero y si había algo que deseaba era defender sus colores. Llegó al club y se quedó hasta su último día como jugador profesional en 1955. Registró un ciclo muy rico en títulos: fue campeón en 1944, 1945, 1949, 1951, 1953 y 1954. Estaba hecho a la medida del equipo. Y más que capitán, era un símbolo del seleccionado celeste y de su club.
LÍDER, SIEMPRE LÍDER
El retorno de los Mundiales tras el paréntesis obligado por la Segunda Guerra Mundial encontró a Obdulio con una edad bastante avanzada. Tenía 32 años y se podría decir que la oportunidad le llegó bastante tarde. Sin reparar en cuántos almanaques se habían consumido a lo largo de su carrera, Varela viajó a Brasil como líder de un seleccionado que combinaba veteranos como Máspoli y Gambetta que estaban, quizás, ante su última oportunidad y jóvenes con un enorme futuro como Schiaffino, Ghiggia, Palomo Míguez, Julio Pérez y Rodríguez Andrade.

El debut celeste en Brasil 1950 se dio contra la débil Bolivia.
Juan López, el entrenador del seleccionado, comprendía perfectamente la importancia de Obdulio en el plantel. Lopecito preparaba el equipo y le encomendaba al capitán el manejo del grupo. Disponía del hombre ideal para marcarle el rumbo a sus compañeros en una competición a la que arribaron con la misión de mantener en alto el prestigio que los uruguayos habían forjado con su doble éxito olímpico y su título mundial. Claro, esos laureles estaban algo marchitos y Brasil 50 asomaba como la oportunidad para reverdecerlos.
Más allá del orgullo que impulsaba a los uruguayos, nadie les daba crédito en los días previos al Mundial. El principal candidato era, como se antojaba obvio, Brasil. Su mayor rival parecía ser Inglaterra, que, después de años de autoaislamiento amparado en su pretendida superioridad por considerarse la tierra de los inventores del fútbol, decidió medir fuerzas con otras selecciones. Los británicos se llevaron una sorpresa enorme al perder con un adversario muy modesto como Estados Unidos con un gol del haitiano Jo Gaetjens.
Tampoco lo fue una Italia reducida a la nada por la muerte de 18 jugadores del Torino -el mejor equipo de la península- en la tragedia aérea de Superga, el 4 de mayo de 1949. En cambio, sorpresivamente dieron de qué hablar Suecia -campeón olímpico en Londres 1948- y España, que contaba con un implacable goleador como Telmo Zarra y los punteros Estanislao Basora y Agustín Gainza como estandartes. Esos dos equipos se instalaron en la ronda final junto con Brasil y Uruguay, que dio cuenta de Bolivia con mucha facilidad.

Antes del partido Uruguay - España se saludan los capitanes Varela y Agustín Gainza.
El verdadero Mundial para los celestes comenzó contra España en el cuadrangular final. Si bien se pusieron en ventaja con un gol de Ghiggia, los peninsulares les sacaron ventaja con dos tantos de Basora. Cuando faltaba un cuarto de hora, un remate de Obdulio desde 25 metros selló la igualdad. El capitán salió al rescate de Uruguay con una de sus especialidades: los disparos de larga distancia. Lo mismo ocurrió en el 3-2 sobre Suecia: los escandinavos ganaban 2-1 y tras el empate de Míguez un tiro libre de Varela encontró bien ubicado al Palomo libre de marcas para establecer el 3-2 definitivo.
Hasta la jornada de cierre de la ronda final nadie había reparado en Uruguay. Los brasileños debieron haber pensado en ellos como último obstáculo para consumar el título con el que se habían ilusionado desde el puntapié inicial del torneo. El exitismo de los locales quedó hecho añicos por el coraje de un seleccionado que gestó una hazaña imposible como El Maracanazo. Ese triunfo tan heroico como sorprendente solo fue posible porque el capitán de los celestes era El Negro Jefe, el único hombre capaz de domar con su templanza a 11 rivales, 200 mil hinchas y a un árbitro y dejar sin palabras a Rimet.
UNA DESPEDIDA HEROICA
En 1954, en ocasión del Mundial de Suiza, Obdulio se despidió a lo grande. A los 36 años le tocó ponerse al frente de un equipo que contaba con varios de sus lugartenientes del 50 como Máspoli, Rodríguez Andrade, Míguez y Schiaffino, pero le faltaban El León del Maracaná Matías González, Julio Pérez, Gambetta y Ghiggia, autor del eterno gol que definió el partido. En cambio, aparecían dos zagueros muy seguros como José Emilio Santamaría y William Martínez y el buen puntero Julio César Abbadie.

Obdulio Varela y Juan Schiaffino encabezan al equipo celeste.
Tal como pasó en Brasil 50, la presentación en suelo helvético no arrojó demasiados motivos como para ver en Uruguay a un rival de cuidado. El triunfo por 2-0 sobre Checoslovaquia fue bastante opaco, al punto que recién se destrabó cuando quedaban 20 minutos con un gol de Míguez y se cerró cerca del final con un tiro libre de Schiaffino. Esa percepción inicial quedó desestimada con un holgado 7-0 contra Escocia en el que el equipo de Juan López no le tuvo misericordia a los rústicos jugadores británicos.
“Los uruguayos destrozaron a los escoceses, los ridiculizaron, jugaron con ellos. Los humillaron”, sentenció Brian Glanville, un famoso escritor y novelista inglés que se lució como analista de fútbol durante medio siglo. Y no se equivocó en su juicio: los goles de Carlos Borges (tres), Míguez (dos) y Abbadie (dos) llegaron a través de acciones colectivas que los atacantes definieron dentro del área y mano a mano con el arquero Fred Martin. Sí, los celestes se habían anotado en la lista de aspirantes al título.
En esa nómina figuraba una maravillosa Hungría que revolucionó el deporte con un adelanto del Fútbol Total de La Naranja Mecánica de Holanda en 1974 y que, al mismo tiempo, rendía tributo al exquisito Wunderteam austriaco de los años 30. En menor medida llamaba la atención Alemania Federal, aunque el equipo de Sepp Herberger al final protagonizó uno de los resultados más asombrosos de la historia al derrotar a esa fantástica Hungría.

La selección uruguaya que afrontó el Mundial 54.
La elevada edad de varios de los puntales celestes podía parecer un déficit, pero a partir del Maracanazo todos habían aprendido que no convenía subestimar a los uruguayos. Lo vivió en carne propia la todavía orgullosa Inglaterra, que sucumbió en los cuartos de final contra las huestes comandadas desde el centro del campo por Obdulio. El 26 de junio de 1954, Varela escribió el capítulo final de su épica trayectoria en las Copas del Mundo. Y su despedida le hizo honor a la leyenda en la que se había convertido.
“Fue una tarde cálida. Una tarde propicia para que mostraran lo mejor de sí los jugadores de 39 años de edad”, consideró Glanville. Su lectura tenía que ver, obviamente, con El Negro Jefe y también con el puntero derecho inglés Stanley Matthews, a quien el técnico Walter Winterbottom se obstinaba en relegar porque estaba cerca de su cuarta década de vida. Así y todo, cada vez que entraba en acción dejaba en evidencia el juicio erróneo de su entrenador.
Matthews, que en 1956 fue el ganador del primer Balón de Oro de la historia y colgó los botines recién en 1965, a los 50 años, fue uno de los pocos futbolistas británicos que salió airoso del duelo con los uruguayos. La mejor demostración de su vigencia se notó cuando uno de sus precisos centros le permitió a Nat Lofthouse igualar transitoriamente luego de que los rioplatenses se pusieran muy temprano en ventaja con un tanto de Borges.

Varela festeja su gol a Inglaterra en el Mundial de Suiza.
Cuando se aproximaba el epílogo de la primera etapa, Obdulio hizo honor al análisis de Glanville. Junto con Pepe Santamaría y Martínez edificó un sólido triángulo defensivo que ahogaba los ataques de sus oponentes y a los 39 minutos sacó un remate de larga distancia que viajó sin escalas hacia el arco de Gilbert Merrick. No bien el 2-1 parcial se hizo realidad, Varela entendió que algo malo había ocurrido. Sintió las fibras musculares de su pierna derecha desgarrarse y supo que el Mundial había terminado para él.
Fiel a su naturaleza, no abandonó a sus camaradas. Se paró a un costado del campo y siguió dando indicaciones, como si fuese un entrenador con la ventaja de estar dentro de la cancha. Ya no podía apoyar a los suyos con su físico, pero sí con su espíritu ganador y su visión de juego. Pepe Schiaffino retrocedió hasta la posición del capitán y el resto de los uruguayos se ayudaron para disimular, además, la lesión que sufrió en el segundo tiempo Rodríguez Andrade. Así, con un equipo que se deshacía poco a poco, Uruguay ganó 4-2 y accedió a las semifinales.
Sin Varela y con Rodríguez Andrade entregado a un esfuerzo descomunal, los celestes dejaron la vida contra los magos húngaros. Estuvieron dos goles abajo y cuando parecían derrotados encontraron a un salvador inesperado en el cordobés Juan Eduardo Hohberg y empataron agónicamente el encuentro. De la emoción, el exatacante de Rosario Central sufrió una indisposición cardíaca y estuvo legalmente muerto hasta que los médicos lo resucitaron. Volvió también al juego, pero ya era tarde para detener a la fabulosa selección centroeuropea, que les causó a los celestes la primera derrota mundialista.

La última imagen del Negro Jefe en los Mundiales: deja la cancha lesionado contra Inglaterra.
Poco importaba que unos días después Uruguay cayera a manos de Austria y finalizara el certamen en el cuarto puesto. Lo realmente trascendente resultaba el cierre de una era en la que la venerada garra charrúa había tocado el cielo con las manos y se había ganado el respeto de todos. Ese tiempo de tamañas gestas permanecerá eternamente asociado con la imponente imagen de Obdulio Varela, El Negro Jefe.
