Garrincha, el rey de la gambeta
El baúl de los recuerdos. Con una habilidad que se burlaba de la inercia, el puntero derecho fue clave en los títulos que Brasil logró en 1958 y 1962. Apareció en escena junto con Pelé y maravilló al mundo.
¿Existe la fórmula secreta para detener a Garrincha? ¿Cómo se combate a ese fenómeno que abre las defensas con tanta facilidad? Esas y otras preguntas aparecían cada vez que un técnico debía diseñar la estrategia que mantuviera a su equipo a salvo de ese brasileño que fue, sin dudas, el rey de la gambeta.
La preocupación se antojaba sensata, pues el puntero derecho parecía haber firmado un pacto diabólico con la pelota. La mantenía en su poder y desarticulaba las retaguardias rivales con increíble naturalidad. Abría surcos inmensos en los que sembraba las semillas que muchas veces les dieron vida a los goles del seleccionado verdiamarillo bicampeón en 1958 y 1962.
No parecía existir una complicación tan grande. Se podría decir que Garrincha siempre hacía lo mismo con el balón en su poder. Sin embargo, la forma en la que trepaba por las bandas era un misterio sin solución. Resultaba curioso, ya que todo el mundo debía saber que amagaba para adentro un par de veces, luego salía hacia afuera, paralelo a la línea de cal, y terminaba la maniobra con una corrida hasta el fondo como paso previo a un centro fuerte y rasante al corazón del área.

El inglés Ray Wilson no pudo detener al genial wing en el Mundial de Chile.
Para hacer realidad esa jugada que en apariencia era tan sencilla, el delantero brindaba un espectacular recital de amagos, enganches y frenos que se burlaban de la inercia. Ese hombre no parecía ser humano: se detenía y cambiaba de rumbo como si la física no aplicara a sus desplazamientos. Sus desbordes incluían, además, el hábito de tirarles caños a sus marcadores, como si no fuera suficiente con dejarlos en el camino. No. Por si fuera poco, se burlaba de ellos.
Era un descarado Garrincha. No reparaba en la frustración que debía apoderarse de quienes era ridiculizados sin piedad. Se movía con una frescura impropia de un deporte en el que había tanto en juego. Quizás el secreto haya sido que gozaba de absoluta libertad para buscar el sendero más artístico posible hacia el gol. Porque, conviene remarcarlo, la mayoría de sus acciones culminaban con la pelota dentro del arco de enfrente. No perdía tiempo en lujos innecesarios. Odiaba los fuegos artificiales. Provocaba explosiones que se traducían en festejos a gritos de los hinchas.
Es cierto: para que las maniobras que enarbolaba por el costado derecho del ataque llegaran a buen puerto resultaba necesario que un compañero estuviera atento y ubicado en el lugar exacto para empujar el balón. Brasil lo tenía. Y, si no lo hubiese tenido, seguramente habría buscado a quien le pusiera el punto final a las encantadoras oraciones que redactaba el número 7. Bueno… el 7 o a veces el 11 o el 16 como ocurrió en los Mundiales. En realidad, lo que se leía en su espalda era lo de menos. Lo decisivo era su aporte a la estructura colectiva, porque en su individualidad tan marcada jugaba para el equipo.

El amago ya sirvió para que el esfuerzo de dos adversarios quedara reducido a la nada.
Para el técnico que perdía horas de sueño tratando de ponerle límites a ese endiablado wing existían alternativas. No tantas, pero algunas tenía a disposición. Doblarle la marca podría haber sido una opción viable, pues el desequilibrio de Garrincha en el mano a mano se antojaba notable. Otra posibilidad habría sido armar una zona escalonada que le sumara obstáculos a su paso. Se corría así el riesgo de descuidar a otros futbolistas brasileños, pero al menos el puntero derecho iba a quedar neutralizado. A veces no quedaba más remedio que apostar por el mal menor…
El problema era que el fútbol de Garrincha no tenía lógica ni respondía a patrones definidos. También encaraba en diagonal con la valla rival en la mira. Entonces, no bastaba con preocuparse por lo que sucedía en el extremo izquierdo de la defensa. Se debía prestar atención a lo que ocurriera por el medio. Esa capacidad para definir por su cuenta o para abrirle paso a un compañero agigantaba la complicación que surgía cuando se veía al brasileño en la cancha.
La velocidad de sus corridas asomaba como otro motivo de alerta. Esas piernas chuecas le permitían moverse con rapidez. Por lo pronto, era más ligero que quienes intentaban frenarlo. Tenía esa ventaja. Iba en movimiento mientras los oponentes lo aguardaban clavados en el piso, con miedo al papelón. Esa cualidad adquiría mayor importancia porque no tenía incidencia en su aptitud para manejar la pelota. A ritmo lento o a un paso vertiginoso, era imparable. Peor aún, se lo advertía indescifrable.

Hasta una figura como Bobby Charlton sucumbió ante las gambetas del brasileño.
La cuestión no habría resultado tan difícil si el rango de acción de Garrincha se hubiese limitado a un sector más o menos determinado del campo. Pero no. Él no dudaba en irse a la otra punta para hacer daño en el costado opuesto. No sabía de posiciones fijas. Pensaba, creaba, improvisaba, avanzaba, volvía sobre sus pasos… El repertorio era infinito. Se hacía evidente que los entrenadores que pretendían edificar una muralla para detenerlo estaban frente a un desafío mayúsculo. No por nada Garrincha era el rey de la gambeta. Fue, sin dudas, el mejor puntero derecho de la historia.
“BOTELLAS EN VEZ DE SESOS”
Increíble, pero real, las funciones de gala de Garrincha sobre la línea de cal corrieron el riesgo de no producirse por un inaudito diagnóstico de un psicólogo. Joao Carvalhaes, que integraba el cuerpo técnico encabezado Vicente Feola y sugirió que no era aconsejable incluir al habilidoso puntero de Botafogo entre los titulares del seleccionado brasileño en Suecia 1958.
“Tiene botellas en vez de sesos en la cabeza”, advirtió Carvalhaes cuando Feola analizaba las distintas alternativas que tenía a su disposición para conformar el ataque para el debut contra Austria. Así como el psicólogo le bajó el pulgar a Garrincha, también consideró que Pelé, un adolescente de 17 años que brillaba desde hacía dos temporadas en Santos, era demasiado joven para soportar la presión de vestir la camiseta verdiamarilla en un certamen de la magnitud de la Copa del Mundo.

El psicólogo del seleccionado desaconsejaba la inclusión de Garrincha y Pelé en la formación titular.
Así fue como el entrenador desestimó a ambos futbolistas y optó por Joel, de buen trato con la pelota, aunque sin esa relación tan asombrosa que Garrincha mantenía con el balón. En lugar de Pelé, que además arrastraba una lesión de rodilla, apareció Dida. En cambio, el técnico sí le hizo lugar a otra novel promesa: Joao Altafini, a quien en su país conocían como Mazzola porque su estilo se asemejaba al del italiano Valentino Mazzola, uno de los jugadores del Torino fallecidos en la tragedia aérea de Superga en 1949.
La palabra de Carvalhaes era relevante para los dirigentes de la Confederación Brasileña de Fútbol (CBF), quienes si bien confiaban en los conocimientos de Feola por su profusa experiencia, dudaban de su carácter a la hora de tomar decisiones fuertes.
Aun a pesar de esas reservas, el técnico había demostrado determinación para poner en práctica el 4-2-4, un esquema táctico al que la maravillosa Hungría que increíblemente perdió con Alemania Federal en 1954 había presentado en sociedad en el Mundial de Suiza. En esa distribución especial era decisiva la presencia de Orlando como segundo marcador central, a la izquierda del capitán Bellini.

El técnico Vicente Feola no tenía a Pelé y a Garrincha en sus planes.
Brasil se presentó en el torneo con un cómodo triunfo por 3-0 sobre Austria con dos tantos de Mazzola y uno de Nilton Santos, un notable marcador de punta izquierda. Todo parecía marchar sobre ruedas, pero un opaco empate 0-0 con Inglaterra en el que las huestes de Feola fueron incapaces de superar a un mediocre rival encendió las alarmas.
Bellini, Nilton Santos y Didi, los tres principales referentes del equipo, se reunieron con Feola y lo pusieron entre la espada y la pared. Exigieron que Pelé y Garrincha estuvieran en el cierre de la fase de grupos, contra Unión Soviética. “Voy a hacer lo que ustedes piden porque si ganamos o perdemos ustedes van a quedar como responsables”, les contestó el DT sin ánimo de enfrentarse con quienes llevaban la voz cantante entre los futbolistas.
El 15 de junio de 1958 Gotemburgo presenció la triunfal irrupción de dos genios incomparables. Garrincha y Pelé salieron a escena como parte de un cuarteto ofensivo que se completó con el centrodelantero Vavá -reemplazó a Mazzola- y Zagallo. Además, en la mitad de la cancha Feola había prescindido de Dino Sani, un jugador de gran riqueza técnica, para incluir a Zito, mucho más útil en las tareas de marca. De ese modo, Didí, un fantástico estratega dueño de una pegada única, tenía más libertad en la creación.

En su debut mundialista, el genial puntero estrella un remate en un poste del arco de Lev Yashin.
No bien empezó el partido, Garrincha se escapó de su marcador y estrelló un remate en el poste izquierdo del arquero Lev Yashin, universalmente famoso por el apodo de Araña Negra. Menos de 60 segundos más tarde, un disparo de Pelé le sacó astillas al otro palo. La abrumadora superioridad que mostró Brasil desde el instante mismo en el que la pelota comenzó a recorrer el césped del estadio Ullevi le llamó la atención a Nilton Santos: “En ese momento pensé `¡cuánto tiempo pasó y no hemos hecho ningún gol!´. Iban apenas dos minutos de juego”.
El formidable defensor del Botafogo no tuvo que esperar mucho más para ver a su equipo en ventaja. A los tres minutos de juego, Vavá conectó un pase de Didí y abrió la cuenta. El segundo tanto también fue obra del centrodelantero, quien envió al fondo del arco de Yashin un pase de Garrincha. En ese momento nació una sociedad casi perfecta que le dio varios goles a Brasil tanto en Suecia 1958 como en Chile 1962, los certámenes a través de los cuales los verdiamarillos escribieron las primeras páginas exitosas de su rica historia mundialista.
Un solo partido había bastado para que el equipo de Feola recibiera elogios a granel. La habilidad desconcertante de Garrincha y la perfección de Pelé no hicieron más que entronizar a los brasileños como candidatos al título. Su juego no tenía comparación con el resto de los participantes, ya que hasta ese momento solo sobresalían Francia, impulsada por los goles del temible Just Fontaine, el sólido seleccionado sueco y, en menor medida, la Unión Soviética que debutaba en las Copas del Mundo.

Garrincha, Didí, Pelé, Vavá y Zagallo se unieron para llevar a Brasil a la cima del mundo.
En los cuartos de final, Brasil se topó con Gales, un equipo muy entusiasta que no pudo contar en esa instancia con John Charles, un gigante de 1,88 metros que hacía goles a raudales en la Juventus italiana al lado del argentino Enrique Omar Sívori. La tenacidad de los británicos obligó a los sudamericanos a aguardar hasta los 21 minutos de la etapa complementaria para vulnerar la valla del seguro Jack Kelsey. Y lo lograron gracias a un golazo de Pelé, quien le tiró un sombrero al defensor Stuart Williams antes de someter al arquero del Arsenal inglés.
Garrincha, mientras tanto, enloqueció a su marcador, Mel Hopkins, con amagos, enganches y escapadas por el flanco derecho que por la única razón que no terminaron en goles de Vavá o Pelé fue por la muralla que los galeses habían instalado en las cercanías del arco de Kelsey. El 1-0 resultó austero, pero ratificó que no iba a ser sencillo para ningún equipo detener la marcha triunfal de un Brasil que había hallado a dos estrellas inesperadas.
Tal vez el adversario más calificado para contener ese aluvión de fútbol que se había desatado en suelo escandinavo era Francia, una selección que se nutría del caudal goleador de Fontaine, respaldado por la suprema habilidad de Raymond Kopa, compañero del argentino Alfredo Di Stéfano y del húngaro Ferenc Puskas en el Real Madrid que dominaba sin oposición las primeras ediciones de la Copa de Europa, la hoy famosa Champions League. De un lado, Garrincha, Didí, Vavá y Pelé; del otro Fontaine, Kopa, Roger Piantoni y Jean Vicent… Se esperaba un partidazo y lo fue.

El equipo que en 1958 le dio a Brasil su primer cetro de campeón.
Francia acumulaba 15 goles en cuatro partidos -ocho de Fontaine- y aunque Brasil no poseía tamaña capacidad de definición había brindado las mejores exhibiciones futbolísticas del torneo. Esos 90 minutos en el estadio Rasunda, de Solna, fueron un canto al juego de ataque. Y uno de los que más bellas notas entonaba era Garrincha, quien convirtió un pésimo rechazo del capitán galo Robert Jonquet en un pase exacto para la definición de Vavá. Respondió Kopa -un intérprete tan capacitado como el brasileño- con un pase en profundidad que Fontaine transformó en el 1-1.
Didí sacó uno de sus impresionantes remates y coló la pelota en un ángulo del arco de Claude Abbes. Luego llegó el momento de Pelé, con tres goles. En el primero envió al fondo de la valla francesa un centro de Zagallo y luego le puso el broche de oro a dos espectaculares desbordes de Garrincha, quien en ambas acciones dejó con las piernas anudadas a Jean-Jacques Marcel antes de dejar al futuro O´Rei listo para marcar un par de tantos maravillosos. El descuento de Piantoni con un remate cruzado solo sirvió para descontar en un 5-2 que depositó a Brasil en la final.
El único obstáculo que los verdiamarillos tenían entre ellos y la Copa Rimet era Suecia. Los dueños de casa no poseían ningún genio en sus filas, pero tenían muy bien aprendido el libreto que había escrito el técnico inglés George Raynor. Los escandinavos habían ganado la medalla dorada en los Juegos Olímpicos de Londres en 1948 y contaban con algunos puntales de ese éxito como los mediocampistas Nils Liedholm y Gunnar Gren. Las otras piezas valiosas eran Kurt Hamrin y Lennart Naka Skoglund, dos punteros hábiles y veloces.

Pelé y Garrincha celebran uno de los goles en la final contra Suecia.
Si bien nadie dudaba de que Brasil era el favorito, Suecia no pensaba quedarse de brazos cruzados. Raynor había dado una muestra de optimismo con un pronóstico un tanto audaz: “Si a los brasileños alguien les marca el primer gol, entrarán en pánico”. Su equipo intentó probar la veracidad de esa afirmación cuando Liedholm batió al arquero Gilmar antes de los cinco minutos de juego. De pronto, los fantasmas que perseguían a los verdiamarillos desde El Maracanazo de 1950 se corporizaban.
Esta vez, sin embargo, estaban Pelé y Garrincha. “Va a ser así: voy a dejar tres o cuatro suecos en el camino, después tiro un centro rasante y Vavá la empujará adentro”, les anticipó el incontenible puntero a los periodistas sobre cómo iba a ser el primer gol brasileño. Y, a diferencia de Raynor, acertó con su predicción. Su único error fue que no previó que esa jugada no iba a darse una vez, sino dos. En ambas ocasiones escaló por el costado derecho sin que nadie pudiera detenerlo y dejó al centrodelantero en una excelente posición para batir a Kalle Svensson.
Con el 2-1 para los de Feola, le tocó el turno a Pelé de estirar la brecha en el marcador. Zagallo marcó el cuarto y pese al descuento de Simonsson ya todo estaba dado para la consagración verdiamarilla. Casi con el pitazo final del árbitro francés Maurice Guigue, el adolescente del Santos que empezaba a probarse la corona puso el 5-2 definitivo. “Brasil es imposible de vencer”, se resignó Raynor. Y tenía razón: los de Feola habían hecho realidad el tan deseado título del mundo gracias un joven genial y a un fenómeno que tenía “botellas en vez de sesos en la cabeza”.

Pelé brillaba en Santos y Garrincha lo hacía en Botafogo. En la selección se juntaban para asombrar al mundo.
SE PROBÓ LA CORONA DE PELÉ
Garrincha se lucía en el Campeonato Carioca con el Botafogo. Tenía a su lado a varios de sus compañeros en la selección como Nilton Santos, Didí y Zagallo. Y gracias a sus fabulosas gambetas se producían los goles de Quarentinha y Amarildo. Al mismo tiempo, Pelé conducía al Santos al éxito en el Campeonato Paulista y la Copa Libertadores. Sus socios más calificados eran el centrodelantero Coutinho y el puntero izquierdo Pepe. Pero, por más que sus caminos no se cruzaran, Garrincha y Pelé se unían para hacer de Brasil una potencia futbolística temible.
El Mundial de Chile 1962 encontró a los campeones de 1958 como los máximos aspirantes a retener el cetro obtenido en Suecia. Ya no estaba Feola al frente, que había tenido un problema de salud. Lo reemplazó Aymoré Moreyra, aunque su figura de técnico se redujo a la de un mero acompañante, pues las decisiones más importantes pasaban por Nilton Santos, Didí, Zito y el zaguero Mauro, el nuevo capitán del seleccionado. Al fin de cuentas, estaban Pelé, de 21 años, y Garrincha, de 28, y bastaba con aferrarse a sus genialidades y respaldarlas con un equipo que estuviera a la altura de ellos.
Moreyra aceptó la sugerencia de los veteranos Nilton Santos y Didí -habían estado en Suiza 1954 y pasaban largamente los 30 años- de mantener a Zagallo en la punta izquierda. La misión del hombre del Botafogo era distinta a la que había cumplido cuatro años antes: debía ubicarse en una posición más retrasada para colaborar en la recuperación de la pelota en la mitad de la cancha. Eso dejaba sin lugar a Pepe, uno de los camaradas de Pelé, pero lo importante era apuntalar la estructura del equipo.

El conjunto brasileño que ganó el título en Chile 1962.
Después de un primer tiempo decepcionante en el debut contra México, Brasil se despertó en el complemento y se impuso 2-0 con goles de Zagallo y de Pelé, quien antes de depositar la pelota en la valla de La Tota Antonio Carbajal -el primer futbolista que disputó cinco Mundiales- dejó en el camino a tres defensores norteamericanos. A pesar del triunfo, en la segunda presentación un opaco empate 0-0 con Checoslovaquia tuvo sabor a derrota para los de Moreyra.
Tan solo había transcurrido media hora de juego cuando Pelé probó puntería y su remate se estrelló contra un palo. El delantero del Santos sufrió un desgarro inguinal y apenas pudo pararse a un costado del campo para ver cómo Brasil chocaba una y otra vez con una defensa muy dura y con un seguro arquero como Viliam Schroif. La lesión de O´Rei le causó un impacto durísimo a su equipo y al Mundial.
También fue llamativo el hecho de que nadie haya lesionado a Pelé en un torneo caracterizado por la violencia en la mayoría de los partidos. El ejemplo más evidente de esa carnicería humana fue el duelo entre Chile e Italia que acabó con dos expulsados y varios heridos. Brasil era el único que podía aportar pasajes de buen juego en un certamen en el que todos se preocupaban más por defender que por atacar. La ausencia de la principal figura le asestaba a esa Copa del Mundo un golpe difícil de soportar.

Con la pelota en su poder, el puntero deja en el camino a un defensor mexicano.
Los campeones del 58 se jugaban su plaza en los cuartos de final contra España, que tenía en su plantel a una nutrida representación de extranjeros como el uruguayo José Emilio Santamaría, el paraguayo Eulogio Martínez y dos cracks como Di Stéfano -no pudo jugar ni un minuto por una lesión- y Puskas. A Brasil le bastaba con un empate para clasificarse, pero el partido se le hizo cuesta arriba. Los europeos le causaron varios sustos a Gilmar hasta que Adelardo puso en ventaja a los dirigidos por Pablo Hernández Coronado y el argentino Helenio Herrera.
No conforme con el 1-0 transitorio, España insistió con las corridas del veloz Francisco Gento por la punta izquierda y los intentos de Puskas, Adelardo y Joaquín Peiró. Contra las cuerdas, Brasil encontró a un impensado salvador en Amarildo, el reemplazante de Pelé. El delantero del Botafogo empató tras un centro de Zagallo y sentenció el 2-1 con un cabezazo luego de un pase perfecto de Garrincha, quien hizo gala de su habilidad dejando en el camino a Pachín y a Gracia.
Esa primera maniobra destacada de Garrincha fue el prólogo de su despegue definitivo. Quizás entendió que Brasil necesitaba un ángel que desplegara sus alas y le hiciera levantar vuelo porque el equipo apenas si se había arrastrado en sus tres primeros partidos. Y contra Inglaterra en los cuartos de final cumplió una tarea maravillosa y llevó de la mano al seleccionado verdiamarillo hacia una victoria que lo entronizó nuevamente como candidato al título.

Garrincha, Didí, Vavá, Amarildo y Zagallo, el quinteto ofensivo en suelo chileno.
El entrenador inglés, Walter Winterbottom, había tomado ciertas precauciones, como si intuyera que ese 10 de junio en Viña del Mar Garrincha tenía decidido exhibir lo mejor de su repertorio. Para respaldar al defensor Ramon Wilson -conocido popularmente como Ray Wilson- les ordenó a Robert Bobby Charlton y a Ronald Flowers que retrocedieran en el terreno para respaldar a su compañero. Lo que el técnico nunca imaginó era que el endiablado número 7 iba a extender su campo de acción más allá del flanco derecho del ataque.
Dejó su posición habitual varias veces para ubicarse en el lugar que solía ocupar Pelé y desde allí guio a su equipo. Privó a los ingleses de cualquier referencia posible para marcarlo y hasta cabeceó al gol un córner de Zagallo desde la punta izquierda. Lo insólito fue que él, que medía 1,69 metros le ganó en el salto a Maurice Norman, de 1,85. Los británicos igualaron con un tanto de Gerald Hitchens, pero esa circunstancia no alteró el ánimo de Garrincha, determinado a ser la carta de triunfo de Brasil.
En el segundo tiempo enloqueció a Wilson mientras se mantuvo en las cercanías de la línea de cal y al resto de los ingleses cuando se movía hacia el centro. Era el amor y señor del partido. Ejecutó un tiro libre que rebotó en el pecho del arquero Ronald Springett. Vavá capturó la pelota y desniveló el marcador. Pero faltaba un acto más de Garrincha. Recibió el balón de Amarildo y enfiló hacia el área grande. Amagó, se libró de la marca de Robert Bobby Moore, enganchó hacia el centro y dejó desairados a Norman y Wilson antes de definir al ángulo superior izquierdo de la valla británica.

Garrincha le gana en el salto a un defensor más alto que él y marca uno de sus goles contra Inglaterra en 1962.
Ya con Garrincha como estandarte, Brasil se cruzó con Chile en las semifinales. El estadio Nacional, de Santiago, hervía de emoción. El público local se ilusionaba con la posibilidad de alcanzar la final. Poco les importaba que enfrente tuvieran al campeón reinante y al mejor jugador del torneo. Si la fe movía montañas, por qué no iba a alcanzar para impulsar al equipo de Fernando Riera a una victoria imposible. La esperanza se derrumbó en media hora, el tiempo que le llevó al wing derecho encarrilar a los verdiamarillos hacia el triunfo.
Zagallo sacó un centro que Vavá no pudo empalmar. La pelota cayó en poder de Garrincha, quien acertó a un ángulo del arco de Misael Escutti. Más tarde, el genial puntero ganó en las alturas y de cabeza aumentó las cifras en favor de Brasil. Descontó Jorge Toro y lo que podía vislumbrarse como una reacción chilena se interrumpió con un gol de Vavá. Los dueños de casa se acercaron con un tanto de penal de Leonel Sánchez y otra vez Vavá se encargó de reducir a la nada el esfuerzo de los conducidos por Riera.
Tal como había ocurrido contra Inglaterra, Garrincha había sido determinante para el éxito de los campeones. Otros dos goles, un sinfín de gambetas que desafiaban los límites de la lógica y su amenazante presencia en las cercanías del arco chileno confirmaban que Chile 62 era su Mundial. No lo podían parar y le pegaban. Harto de recibir golpes, se dio vuelta y se desquitó de su verdugo. El árbitro peruano Arturo Yamasaki decidió expulsarlo.

Harto de que le pegaran, el puntero se desquitó y fue expulsado en las semifinales contra Chile.
Las horas previas a la finalísima del 17 de junio se consumieron en la espera de la resolución del Comité de Disciplina. Todas las miradas apuntaban al inglés Stanley Rous, presidente de la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA), quien hasta recibió una carta del gobierno brasileño en la que se le suplicaba que fuera piadoso. En medio de la incertidumbre, el dirigente anunció que Garrincha no iba a ser suspendido y que podía estar desde el arranque en el duelo con Checoslovaquia, un adversario al que los verdiamarillos debían volver a enfrentar.
No se supo hasta poco después del partido, pero el delantero amaneció ese día engripado. Y ya sea por su estado de salud o por una inesperada zancadilla del destino, Garrincha fue casi un espectador más en esos 90 minutos. Su labor pasó inadvertida y los aplausos fueron para Amarildo. Con un golazo desde un ángulo muy cerrado, el reemplazante de Pelé igualó el encuentro en el que los checos habían arrancado en ventaja con un gol de Josef Masopust, uno de sus pilares. Zito y Vavá consumaron el 3-1 que le otorgó por segunda vez la Copa Rimet a Brasil.
A pesar de que había sido la sombra de sí mismo en la final, Garrincha había iluminado el Mundial con su fútbol pleno de imprevisibilidad y magia. Ante la ausencia de Pelé, el puntero derecho demostró que la corona de O´Rei le quedaba muy bien.

Mané festeja su segundo campeonato del mundo. En 1962 fue el líder de un Brasil que sobrevivió a la ausencia de Pelé.
EL OCASO
Pese a que pasó mucho tiempo arropado por la admiración y los aplausos del pueblo brasileño, la vida de Garrincha nunca fue sencilla. Todo lo contrario. Desde que llegó al mundo como séptimo hijo de la familia de Mario Francisco y María Cristina dos Santos, Manuel Francisco dos Santos -como fue bautizado por sus padres- supo de privaciones y dificultades.
Nacido el18 de octubre de 1933, muy pronto sus hermanos lo apodaron Garrincha. No se trataba de un seudónimo ligado con el cariño, sino con la torpeza con la que se movía un pájaro nativo de Pau Grande, su ciudad. Manuel -o Mané, como lo llamaban al principio en su hogar – tenía los pies girados hacia adentro, la pierna derecha seis centímetros más corta que la izquierda y la columna vertebral torcida. Todo eso explicaba sus dificultades para caminar.
Desde muy pequeño trabajó en la fábrica en la que su padre era sereno. Esa actividad no le satisfacía. Soñaba con jugar al fútbol, pero su físico no lo ayudaba. Por esa razón le bajaron el pulgar cuando se presentó a pruebas en Fluminense, Vasco da Gama, América y Sao Cristovao. En Botafogo le ocurrió lo mismo, pero algunos de sus compañeros vieron en él algo que se percibía más significativo que sus piernas chuecas y sus patéticos movimientos y pidieron que le dieran otra oportunidad. Finalmente, fue aceptado y en 1953 -a los 20 años- firmó su primer contrato como profesional.

El Botafogo campeón carioca de 1961.
Estaba urgido de dinero porque desde los 15 años, cuando aún era un niño, había entablado una relación con una mujer llamada Doña Nair. En un abrir y cerrar de ojos se convirtió en padre de siete hijos. Dejó a su familia poco después de su impactante labor en el Mundial de Chile. Conoció a Elza Soares, una popular cantante de bossa nova. En 1968, después de cinco años de relación, se casó con ella y la pareja ocupó las páginas de todos y cada uno de los medios gráficos brasileños.
Eran mediáticos en una época en la que ese término ni siquiera se pronunciaba. Garrincha sufría críticas despiadadas debido a que no cumplía con la cuota alimentaria de sus siete hijos y nada cambió para bien cuando a su matrimonio con la cantante se agregó una niña nacida en 1967. Tanto a él como a Elza también les reprochaban exóticas costumbres que hacían añicos la noción de ejemplo de superación que parecían personificar a la perfección, pues ambos habían dejado atrás las penurias que les causó la pobreza en la que se criaron.
La deficiente mecánica de los desplazamientos motivada por su llamativa estructura corporal empezó a cobrarle un precio muy alto al futbolista. Las lesiones se hacían recurrentes y el Botafogo, que recaudaba una fortuna en cada partido amistoso, le negaba la posibilidad de someterse a un tratamiento que pudiera mitigar sus problemas físicos. Garrincha sufría, pero jugaba. Y también se entregaba a dos enemigos que lo acompañaban desde hacía años: el tabaco y el alcohol. “No tengo vicios ni soy farrero”, repetía en una mentira hacia afuera que también se decía a sí mismo.

Su matrimonio con la cantante Elza Soares fue tan intenso como controvertido.
Quizás el doctor Carvalhaes tenía razón en su diagnóstico de 1958. A Garrincha le costaba sentar cabeza. A lo largo de su vida tuvo 14 hijos con diferentes mujeres. Algunas de sus parejas fueron amores de una noche que llenaron de pesadillas sus días. Con Elza Soares, a quien maltrataba físicamente, permaneció hasta 1977. Incluso viajaron juntos a Italia, adonde se exiliaron cuando los perseguía la dictadura militar brasileña. Se separaron poco después del nacimiento del segundo hijo, Manoel, a quien se conocía como Garrinchinha. El niño murió en un accidente automovilístico en 1986, con apenas diez años.
La tragedia ya había atravesado a la familia en 1969, cuando Garrincha, en estado de ebriedad, causó un incidente de tránsito en Portugal que provocó el fallecimiento de su suegra. Elza, su hija Sara y el jugador salieron ilesos. El hecho tuvo consecuencias penales para el bicampeón del mundo: lo condenaron a dos años de prisión, pero no pasó un solo día en la cárcel. Le concedieron libertad condicional. Su vida era un caos y su carrera profesional hacía rato había entrado en un cono de sombras.
En medio de ese turbulento mar de escándalos, lo convocaron para acudir al Mundial de Inglaterra, en 1966. Feola, el DT campeón en 1958, había retomado la dirección técnica de Brasil. Ya nadie recordaba que la influencia del Gordo en esa conquista no había sido tanta y que la transformación del equipo a partir de la aparición de Pelé y Garincha había sido más consecuencia de la presión de los jugadores más experimentados del plantel que de la convicción del entrenador.

Un golazo de tiro libre contra Bulgaria en Inglaterra 1966.
Feola, fiel a sus viejos campeones, había dispuesto el regreso a la selección de Bellini y Orlando, quienes en 1962 les dejaron sus lugares a Mauro y a Zózimo. Mantuvo al arquero Gilmar y al veterano lateral derecho Djalma Santos, quien ya había estado en Suiza 54 y tenía 37 años. Por supuesto no podía prescindir de Pelé, quien en el primer cuarto de siglo de su vida estaba en el punto más alto de su espectacular trayectoria. Garrincha, con 32 almanaques consumidos en su existencia, no se parecía en nada al que deslumbró al mundo en Suecia y en Chile.
“Sí, ya sé que muchos están viejos, pero fueron dos veces campeones del mundo”, respondía Feola ante los cuestionamientos que recibía por la conformación de la lista de 22 mundialistas. “Su devoción por la veteranía rayaba en la gerontofilia”, opinaba Brian Glanville, un reconocido escritor y novelista inglés que se desempeñaba como analista de fútbol. La realidad pareció darle la razón al técnico, pues Brasil debutó con un triunfo por 2-0 sobre Bulgaria con dos espectaculares tantos de tiro libre marcados, respectivamente, por Pelé y Garrincha.
La victoria no resultó del todo dulce para los verdiamarillos. Los búlgaros se habían dedicado a pegarle sin misericordia a Pelé y lo dejaron fuera de combate para el partido contra Hungría. Si bien los centroeuropeos no podían ser tomados como herederos de la magnífica selección subcampeona de 1954, disponían de excelentes jugadores como el centrodelantero Florian Albert y el puntero Ferenc Bene. Brasil debió prescindir del lesionado O´Rei, quien fue reemplazado por el talentoso Tostao. También apareció desde el arranque un sapiente zurdo llamado Gerson.

La selección brasileña de 1966 contaba con varios campeones del 58 y del 62 que ya estaban lejos de su mejor nivel.
Bené adelantó a Hungría muy temprano y Tostao empató antes del primer cuarto de hora. Garrincha pasó absolutamente inadvertido y su presencia fue solo testimonial en un partidazo que se definió en el segundo tiempo con tantos de Janos Farkas y Kalman Meszoly, de penal. Muchos habían arribado a Liverpool para ver en acción a las estrellas brasileñas y terminaron aplaudiendo a Albert. No, no se trataba de un cambio de mando en el fútbol mundial, sino de una señal evidente de que Brasil contaba con los mismos nombres de 1958 y 1962, pero con jugadores muy diferentes.
Así como Hungría había entregado los mejores pasajes de fútbol de calidad en la Copa del Mundo, Portugal se hacía notar por la peligrosidad del goleador Eusebio y la clase del mediocampista ofensivo Mario Coluna, dos emblemas del Benfica campeón de la Copa de Europa en las temporadas 1960/1961 y 1961/62. Los lusitanos fueron los encargados de despedir a las glorias brasileñas. Con dos tantos de Eusebio y uno de Simoes se impusieron 3-1 (descontó Rildo) en un encuentro en el que reapareció Pelé. Demolido por las infracciones del defensor Morais, O´Rei dejó prematuramente la cancha y sin él su equipo quedó reducido a la nada.
Garrincha quedó al margen del duelo con los portugueses. Feola había optado por Jairzinho en la punta derecha -actuó sobre la izquierda en los partidos anteriores- y por Paraná en el otro costado. No había sido casual que el viejo Mané fuera dejado a un lado. Poco y nada quedaba del jugador del que los torcedores de su país decían que era “la alegría del pueblo”. Solo persistía el recuerdo de sus endemoniadas maniobras. Porque, sin dudas, ese hombre que sucumbió ante la pobreza y el alcohol antes de morir en 1983 a los 49 años vencido por una cirrosis hepática, había sido el rey de las gambetas.

Garrincha fue una de las mayores estrellas de la historia de los Mundiales.
