Tucho Méndez los sacaba a bailar a todos
El baúl de los recuerdos. Fue ciento por ciento habilidoso y, por si eso resultara poco, hacía goles a raudales. Se lució en la época dorada del fútbol argentino. Figura cumbre de Huracán, Racing y la Selección.
El cabello oscuro peinado a la gomina, el bigote grueso y tupido, las piernas combadas hacia afuera, la sonrisa amplia, gardeliana, tanguera… Así, con esa estampa bien porteña Norberto Doroteo Méndez salía a la cancha y daba espectáculo. Habilidoso empedernido, tenía un amor incondicional por la pelota. Por si fuera poco, era inteligente y criterioso para jugar. Y hacía goles, muchos goles. Quedó en el recuerdo popular como Tucho, un fenómeno que se lució en la época dorada del fútbol argentino. Un fenómeno que, con el balón en su poder, sacaba a bailar a todos sus rivales.
¡Y cómo no los iba a bailar si había aprendido a danzar con la pelota en su poder en los potreros de Parque de los Patricios y Pompeya y, ya de grande, había perfeccionado su arte en el Premier, el Marabú y el Chantecler! Sí, los piques impredecibles de la redonda en los terrenos irregulares y desafiantes se hermanaron con las pistas de las milongas más famosas de Buenos Aires para darle vida al estilo único y sensacional de Tucho. Cortes y quebradas al ritmo del 2x4 que los porteños de ley llevaban en la sangre.
“Qué saben los pitucos, lamidos y shushetas; / qué saben lo que es tango, qué saben de compás. / Aquí está la elegancia, qué pinta, qué silueta! / qué porte, qué arrogancia, qué clase pa'bailar!”. Alberto Castillo cantaba los versos de Así se baila el tango y, sin proponérselo, desafiaba a quienes no entendían lo que significaba jugar como Tucho.

A pura gambeta, Tucho deja en el camino a un rival.
Ya en 1942, cuando con la orquesta de Ricardo Tanturi, entonó por primera vez el tema compuesto por Elías Randal y Marvil, daba pistas para desentrañar el vínculo de Méndez con la pelota: “Así se corta el césped mientras dibujo el ocho, / para estas filigranas yo soy como un pintor. / Ahora una corrida, una vuelta, una sentada; / así se baila el tango... un tango de mi flor!”.
Cada vez que salía a la cancha, Tucho deleitaba con su festín de cortes y quebradas, de amagos para un lado y para el otro. Siempre con la pelota cerca de su botín derecho y, por supuesto, con el arco de enfrente en la mira. Porque no era un artista de las gambetas efectistas, de esas que levantan a los hinchas de sus asientos, sino de las que servían para ganar partidos. Y hacía goles, muchos para un entreala derecho -un número 8-, incluso en los tiempos en los que esa posición todavía tenía más de mediocampista ofensivo que defensivo.
“Faltando un minuto están cero a cero / Tomó la pelota, sereno en su acción / Gambeteando a todos se enfrentó al arquero / Y con fuerte tiro quebró el marcador”. En El sueño del pibe, Reinaldo Yiso -autor de la letra- y Juan Puey -creador de la música- no hicieron más que narrar lo que Méndez también se dedicó a hacer dentro de la cancha. Y, claro, con imparables maniobras individuales que constituían el sello distintivo de su juego.

Méndez armó su espectáculo de cortes y quebradas en todas las canchas que recorrió.
En su larga carrera Tucho festejó 140 goles en torneos oficiales de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA). Lo hizo con las camisetas de Huracán -el equipo de sus inicios-, Racing -con el que festejó tres títulos consecutivos- y Tigre -el de sus últimos tiempos antes de retornar al Globo. También sumó varios -fueron 19- con los colores de la Selección argentina. Todavía hoy, con 17 tantos, comparte con el brasileño Zizinho la condición de máximo artillero histórico de la Copa América.
Es cierto: Así se baila el tango y El sueño del pibe no estaban inspirados en el fabuloso entreala derecho. En cambio, Manuel Pose escribió los versos y Victorio Papini las notas en el pentagrama de Norberto Méndez, Tucho, una obra de la canción ciudadana que sí nació para homenajear al futbolista que llegó al mundo el 5 de enero de 1923 en Pompeya. “Tucho Méndez / en las canchas fue creciendo; / Tucho Méndez / con sus sueños convivió; / Tucho Méndez / fue paseando por el mundo / ese arte tan profundo / que en un crack lo convirtió”, contaron los autores en una suerte de resumen de lo que Méndez fue para el fútbol argentino.
EL SUEÑO DEL PIBE
“Vas a ver qué lindo / Cuando allá en la cancha / Mis goles aplaudan / Seré un triunfador / Jugaré en la quinta / Después en primera / Yo sé que me espera / La consagración”. Otra vez los versos de Yiso ilustran a la perfección el recorrido que se imaginaba el pibe Norberto Doroteo, hijo de Doroteo Méndez y Rosa Villarruel, cuando corría detrás de la pelota en los potreros de Pompeya y Parque de los Patricios. En ese último barrio, en la colonia de vacaciones de Huracán, empezó a hacerse notar.

El joven Méndez, con la camiseta de Miriñaque, un equipo de Pompeya.
Hincha del Globo, había acumulado cierta fama en el club Miriñaque, de su barriada natal, y se ilusionaba con jugar al lado de Herminio Masantonio, su ídolo. No tardó demasiado en concretar su sueño, ya que su tránsito por las divisiones inferiores del club fue rápido, vertiginoso en realidad. El 13 de abril de 1941, a los 18 años, se dio el gusto de compartir la ofensiva con Masa en el triunfo por 4-2 sobre Lanús. Bruno Barrionuevo; Carlos Marinelli, Jorge Alberti; Roberto Sbarra, Manuel Giúdice, Jorge Titonell; Rubén Perdomo, Méndez, Masantonio, Emilio Baldonedo y Plácido Rodríguez fueron los once del equipo vencedor.
“Mamita querida / Ganaré dinero / Seré un Baldonedo / Un Martino o un Boyé / Dicen los muchachos / Del Oeste Argentino / Que tengo más tiro / Que el gran Bernabé”, postulaban Yiso y Puey en ese inmortal tango que evocaba a figuras como Emilio Baldonedo -compañero de Tucho en Huracán-, Rinaldo Martino -figura del San Lorenzo campeón de 1946-, El Atómico Mario Boyé -puntero derecho de Boca y Racing- y Bernabé Ferreyra -de River-, el primer gran ídolo popular del fútbol argentino. Y sí: Méndez tenía un fuerte remate que en el día de su debut le permitió marcar el tercer gol del Globo.
Al joven Méndez le apareció una oportunidad por una lesión de Ramón Guerra, quien llevaba un par de años como entreala derecho titular. Sin embargo, la buena impresión que causó Tucho postergó al tucumano y alumbró a un trío ofensivo que escribió brillantes páginas en la historia de Huracán: Méndez, Masantonio y Baldonedo. Ellos le pusieron la firma a más de 500 goles del Globo: 81 de Tucho, 267 de Masa y 165 de Perita. Compartieron la ofensiva quemera de 1941 a 1943 y en 1945. Ese puñado de años les bastó para conformar una fuerza de ataque eterna en Parque de los Patricios.

Tucho con Emilio Baldonedo y Herminio Masantonio, un trío que sumó más de 500 goles en Huracán.
Como si el tango tuviera dones proféticos, Méndez ganó dinero. Dejó su empleo en el Correo, que continuó a los que ocupó en la fábrica de pastas Conesa y en el frigorífico Mezzadri, para dedicarse exclusivamente al fútbol. Su sueño se hizo realidad. Cerró su primer año con cinco goles en 26 partidos y en los torneos siguientes afianzó su rol de figura determinante: además de gambetear a cuanto rival se le cruzara en el camino y de someter a los arqueros, le agregó a su repertorio sacrificio y también mostró inteligencia para generar juego.
Muy pronto llegaron los primeros títulos, esos que Huracán tiene grabados en su camiseta como símbolos del pasado glorioso que cimentó su condición de protagonista estelar del fútbol argentino. En 1942 y 1943 obtuvo la Copa Escobar, una competición bastante particular que consistía en partidos de dos tiempos de 20 minutos cada uno y que, en caso de empate, se definía por la cantidad de tiros de esquina a favor. Sí, el reproche que habitualmente se le hace al período amateur tuvo plena vigencia en la era profesional... Y en 1944 sumó, además, la Copa de Competencia Británica. Tucho contribuyó con diez goles a esas consagraciones quemeras.
TRICAMPEÓN DE AMÉRICA
“Pa' que bailen los muchachos / via' tocarte, bandoneón. / ¡La vida es una milonga!”, propusieron Aníbal Troilo -entrañable amigo de Tucho- y Enrique Cadícamo en Pa' que bailen los muchachos y Méndez llenó las canchas de cortes y quebradas. Tanto fue así que Guillermo Stábile, el técnico de la Selección argentina, no dudó en otorgarle un lugar en el equipo nacional, aunque eso significara tener que sacrificar a Vicente de la Mata y José Manuel Moreno, dos maravillosos futbolistas que compartían el puesto con el atacante de Huracán.

La vuelta olímpica con José Salomón. Méndez ganó tres veces la Copa América.
Tres de los mejores entrealas derechos de la historia coincidieron en el tiempo y en el espacio. Capote, el rosarino que dejaba el tendal de adversarios a su paso cuando encaraba con la pelota dominada, pasó a desempeñarse como puntero derecho para que ingresara Tucho. Y Moreno, que en ese tiempo todavía era El Fanfa y se convirtió en El Charro cuando en 1946 retornó de su estancia en México, ocupó el puesto de insider (el término inglés para entreala) por la izquierda para que Méndez se mantuviera entre los once.
Tucho milongueaba de lo lindo. Y lo demostró también cuando se vistió de celeste y blanco. El 9 de enero de 1945 recibió su bautismo internacional contra Paraguay por la Copa Chevallier Boutell. Argentina ganó 5-3 con cuatro goles de René Pontoni y uno de Martino. Sí, Mamucho Martino, el de El sueño del pibe. Los de Stábile formaron con Héctor Ricardo (Rosario Central); José Salomón (Racing), Rodolfo De Zorzi (Boca); Carlos Sosa (Boca) (reemplazado por Enrique Espinosa, de Atlanta), Ángel Perucca (Newell´s), Bartolomé Colombo (San Lorenzo); Juan Carlos Muñoz (River), Méndez (Huracán), Pontoni (San Lorenzo), Martino (San Lorenzo) y Félix Loustau (River).
Stábile lo convocó para afrontar el Campeonato Sudamericano Extra de ese año como parte de un plantel de una jerarquía descomunal, de lo mejor que presentó el fútbol argentino a lo largo de su historia. El DT debió hacer milagros para escoger entre jugadores de un nivel soberbio, al punto que en la ofensiva juntó a Boyé, De la Mata, Méndez, Pontoni, Martino, Loustau, Manuel Pelegrina (Estudiantes), Juan José Ferraro (Vélez) y Armando Farro (San Lorenzo) y prescindió de una estrella como Adolfo Pedernera, que en ese momento era el cerebro de La Máquina, una célebre delantera de River.

Una delantera de lujo: Boyé, Méndez, Di Stéfano, Moreno y Loustau.
Tucho no tardó demasiado en llegar al primer gol con el Seleccionado, ya que en su tercera presentación, en el contundente 9-1 sobre Colombia, doblegó dos veces al arquero Andrés Acosta. Ferraro y Pontoni-ambos en dos ocasiones-, Martino, Boyé y Loustau completaron el triunfo. También se hizo presente en el marcador en el 1-1 contra Chile y se convirtió en el gran protagonista de la victoria por 3-1 frente a Brasil. Ese 15 de febrero batió en tres oportunidades a Oderman. En una de esa conquistas se despachó con un violento remate desde más de 30 metros que ratificó que realmente tenía “más tiro que el gran Bernabé”.
El paseo triunfal de los albicelestes en este torneo celebrado en Chile, que en las jornadas iniciales incluyó un 4-0 contra Bolivia y un 4-2 sobre Ecuador, se cerró con una victoria por 1-0 frente a Uruguay. Tucho, con seis anotaciones, compartió el primer lugar de la tabla de goleadores con el brasileño Heleno de Freitas.
La actuación de la fuerza de ataque argentina había sido espectacular. El libro La Máquina – Una leyenda del fútbol (librofutbol.com, 2021) rescató un testimonio del técnico en el que ponía de manifiesto su satisfacción: “Allí aparece el ataque inolvidable: Boyé, Méndez, Pontoni, Martino y Loustau. Sin desmerecer la capacidad de otros, creo que ha sido el mejor que se formó”.

Argentina contaba en los 40 con cracks como Méndez, Martino, Labruna y De la Mata.
“Siga el baile, siga el baile / De la tierra en que nací; / La comparsa de los negros / Al compás del tamboril”. Tan rutilante como la aparición de Méndez en el Seleccionado resultó la actuación del jugador de Huracán en el Sudamericano de 1946. Eran tiempos en los que mientras la Segunda Guerra Mundial cubría de sangre los campos de batalla, en el extremo sur de América el fútbol se competía con frenesí. Con una asiduidad llamativa se llevaban a cabo las ediciones del torneo que enfrentaba a las selecciones de esa parte del planeta.
La competición que hoy en día se conoce como Copa América se disputó en 1941 (Argentina ganó el título), 1942 (se impuso Uruguay), 1945, 1946, 1947 y 1949 (arrojó la consagración de Brasil). Es verdad: los últimos capítulos de esa década se dieron cuando la conflagración ya había concluido, pero fueron parte de un ciclo de una intensa actividad. Los albicelestes enlazaron tres éxitos consecutivos del 45 al 47 con Tucho como pieza clave. Méndez no se cansaba de sacar a bailar a sus adversarios…
En 1946, el certamen se desarrolló en la Argentina, con las canchas de Independiente, San Lorenzo y River como escenarios. Y Méndez volcó su profundo repertorio de figuras tangueras como si danzar con la pelota en los pies fuera un medio para un fin. Si el fin justifica los medios, los de Tucho hacían que el resultado se antojara sublime. Dos goles en el 7-1 sobre Bolivia y uno en el triunfo por 3-1 contra Uruguay constituían la expresión numérica de su tarea.

El Seleccionado que se quedó con el título en el Sudamericano de 1945.
En el fútbol, más allá de la actual tendencia a intentar explicar todo con datos y estadísticas, existen cuestiones imposibles de cuantificar. El arte no se mide, se disfruta. ¿A quién se le ocurriría analizar lo que producía Tucho en el verde césped con una colección de números y porcentajes de efectividad? Sí, claro, cualquier persona puede hacer un recuento de goles para calificar la gestión de un delantero, pero la magia de la gambeta se goza. Sin cifras. Con los sentidos a flor de piel.
En ese Sudamericano se había formado otra delantera plena de talento. Boyé o Juan Carlos Salvini (Huracán) o De la Mata, Méndez, Pedernera, Labruna y Loustau. La superabundancia de cracks obligaba a que en esa ocasión Pontoni y Martino esperaran su turno entre los suplentes. Con esa fuerza ofensiva, Argentina dio cuenta de Paraguay (2-0), Bolivia (7-1), Chile (3-1) y Uruguay (3-1).
A la implacable campaña solo le quedaba el duelo con Brasil, que era el único rival que en el cierre del torneo estaba en condiciones de discutirles el título a los albicelestes. El encuentro desarrollado en el estadio de River fue una guerra enmarcada en los términos de un partido de fútbol. El libro La Máquina – Una leyenda del fútbol repasó las alternativas de ese choque:
“Argentina jugó un partidazo y se impuso 2-0 con goles de Méndez, que se erigió en la principal carta ofensiva de esa era triunfal de los albicelestes en el ámbito continental.
Pero ese cotejo del 10 de febrero en la cancha de River quedó marcado por una acción desgraciada. Una violentísima infracción del insider izquierdo Jair le provocó una fractura de tibia y peroné al capitán José Salomón. Esa lesión provocó el prematuro retiro de un excelente defensor que hasta ese momento tenía el récord de presentaciones con la camiseta nacional, con 46 encuentros. El zaguero había debutado en 1940 y había estado presente también en los títulos de 1941 y 1945. Su importancia en la estructura del equipo era tal que no se concebía que pudiera faltar a algún partido.

Salomón saluda al capitán brasileño Domingos Da Guia antes del partido decisivo del Sudamericano de 1946.
Mientras el back de Racing se retorcía del dolor, argentinos y brasileños se trenzaron en una pelea descomunal que (el periodista de El Gráfico Félix Daniel) Frascara contó de este modo: `El partido duró nada más que veintiocho minutos, es decir, hasta que explotó la bomba de la agresión colectiva. Salomón caído tras un encontrón con Jair; (Juan Carlos) Fonda y (León) Strembel persiguiendo a Chico y a Jair; puñetazos y puntapiés; revuelo general, confusión, zancadillas, palos´.
El árbitro uruguayo Nobel Valentini dispuso las expulsiones de Chico, puntero izquierdo brasileño, y de De la Mata. La gresca duró una hora y los tantos de Tucho llegaron en el segundo tiempo. En ambas situaciones, el insider derecho había recibido precisos pases de Pedernera, claramente definido como el armador de las acciones ofensivas de la Selección, una función que desde hacía cinco años cumplía en La Máquina de River”.
Méndez volvió a ser el máximo anotador del equipo, con cinco conquistas, aunque esa vez compartió ese halago con Labruna. La misma cantidad reunió el brasileño Zizinho. Los tres escoltaron al principal artillero de la competición, el uruguayo José María Medina. Tucho ya llevaba dos títulos y 11 goles, pero a su recorrido triunfal por la Copa América todavía le quedaba una etapa.

Tucho en la tapa de El Gráfico. Aún hoy es uno de los máximos goleadores de la Copa América.
“Vestido como dandy, peinao a la gomina / Y dueño de una mina más linda que una flor / Bailás en la milonga con aire de importancia / Luciendo la elegancia y haciendo exhibición”, decían los versos de Miguel Bucino en Bailarín Compadrito para ratificar el señorío de Méndez en esa competición.
Guayaquil albergó en 1947 la tercera edición consecutiva del Campeonato Sudamericano. Y otra vez Argentina se quedó con el primer puesto. Para plasmar ese éxito goleó 6-0 a Paraguay, 7-0 a Bolivia y 6-0 a Colombia, derrotó 3-2 a Perú, 2-0 a Ecuador y 3-1 a Uruguay y apenas cedió un punto en el empate 1-1 con Chile. La delantera de ese formidable Seleccionado contaba habitualmente con Boyé, Méndez, Pontoni o Alfredo Di Stéfano, El Charro Moreno -corrido a la izquierda para que jugara Tucho en el sector derecho- y Loustau.
El atacante de Huracán gritó dos tantos contra los del Altiplano y los celestes y uno frente a paraguayos y ecuatorianos. Con esa producción totalizó 17 goles en igual cantidad de partidos en la Copa América. Más allá del espectacular promedio de un tanto por encuentro del argentino, hoy, bien entrado el siglo XXI, esa competición aún tiene a Méndez y a Zizinho como máximos artilleros históricos. Y como si eso no fuese suficiente, Tucho ostenta un récord envidiable: tres títulos en tres participaciones.

En 1947, Méndez logró su tercer título consecutivo con la Selección.
Y TAMBIÉN CON RACING
“Bailen todos, compañeros, / porque el baile es un abrazo: / Bailen todos, compañeros, / que este tango lleva el paso”. Mientras consumaba su faena triunfal con la Selección, cada domingo Méndez invitaba a milonguear con la camiseta de Huracán. Doce meses después de la copa que El Globo se llevó en 1944, el equipo cerró el torneo del 45 en un destacado sexto puesto y contó con la delantera más efectiva del año: con 76 tantos en 30 partidos le sacó diez de ventaja a River, el campeón.
La contribución de Tucho resultó determinante: aportó 13 goles y fue junto con Llamil Simes (marcó 15 tantos), Delfín Unzué (14) y Salvini (13) los factores desequilibrantes del conjunto que dirigía técnicamente José Laguna -figura quemera en los años 10 y 20 del siglo pasado. Claro que todos los aplausos fueron para Méndez, que rendía en idéntico nivel en Huracán y en la Selección. Ese año fue el último de Masantonio en Parque de los Patricios y se podría decir que terminó de cederle la posta al entreala derecho.
Las campañas del Globo en 1946 y 1947 estuvieron alejadas del fulgor de las de los certámenes anteriores. En el primero de esos años llamó la atención el rendimiento de Di Stéfano, quien llegó a préstamo procedente de River en tiempos en los que debía aguardar a la sombra de Pedernera. A la futura Saeta Rubia del Real Madrid le decían El Alemán en aquel tiempo y con diez tantos en 25 partidos dejó en claro que tenía un futuro enorme. Méndez mermó su producción goleadora en un ataque en el que, más allá de los números, empezaba a cosechar elogios por su entendimiento con Salvini y Simes.

El fabuloso delantero marcó una época en Huracán.
Racing era el único equipo de los tradicionales cinco grandes del fútbol argentino que todavía no había saboreado las mieles del éxito. Los títulos en el período profesional se los repartían Boca, River, Independiente y San Lorenzo. La Academia necesitaba un campeonato y decidió apostar fuerte para llevarse el de 1948: adquirió al trío Salvini, Méndez y Simes para apuntalar sus pretensiones. Una operación económica descomunal que implicó el desembolso de 150 mil pesos y la cesión definitiva a Huracán del arquero Héctor Ricardo y los defensores Juan Manuel Filgueiras y Héctor Uzal.
Los de Avellaneda habían incorporado dos años antes a un exquisito centrodelantero de Rosario Central, Rubén Bravo, a quien se conocía como El Maestro. La llegada de los tres hombres de Huracán y la continuidad del habilidoso Ezra Sued en la punta izquierda terminaban de darle forma a un ataque feroz que transformaba al equipo de Stábile -el DT de la Selección conducía al mismo tiempo a Racing- en el favorito para terminar en lo más alto de la tabla.
Esa idea pareció instalarse ya en la primera jornada, en la que los albicelestes derrotaron 4-1 a Boca en la mismísima Bombonera con dos goles de Bravo y otros tantos de Simes. Antonio Rodríguez; Saturnino Yebra, Mario Filippo; Fonda, Saúl Ongaro, Ernesto Gutiérrez; Salvini, Méndez, Rubén Bravo, Simes y Juan Oroz actuaron ese 18 de abril. Sin embargo, dos derrotas consecutivas a manos de Estudiantes y Tigre aplacaron el entusiasmo. Tucho marcó sus primeros dos tantos en esas caídas (uno en cada partido y en ambos casos desde el punto penal).

Salvini, Méndez, Bravo, Simes y Sued, los atacantes del Racing tricampeón.
Recién a partir de la 10ª fecha terminó de afianzarse el Racing aspirante al título. Desde ese momento, el equipo de Stábile hilvanó siete triunfos consecutivos y finalizó la rueda inicial en la primera posición, junto con River. El destino les hizo una zancadilla a los académicos cuando al torneo le quedaban apenas cinco capítulos. Estaban en lo más alto de la tabla con 35 puntos, uno más que Independiente y con tres de ventaja respecto de River, pero se desató una huelga de futbolistas y las ilusiones se hicieron añicos.
Los jugadores reclamaban mejores condiciones laborales y, ante la falta de respuestas, decidieron un paro que cambió el curso del torneo. Las jornadas restantes se completaron con equipos integrados por juveniles y el título quedó en manos de Independiente. La pena en la porción albiceleste de Avellaneda fue enorme porque Racing rendía a la perfección y sacaba rédito de un ataque demoledor: 19 goles de Simes, 15 de Méndez y 14 de Bravo. Todo eso quedó ensombrecido por esas cinco fechas en las que las estrellas faltaron.
La sensación de injusticia le cedió paso a una consagración aplastante de Racing en 1949. La Academia les sacó seis unidades -en tiempos de dos puntos por partido ganado- a River y Platense. Rodríguez; Higinio García, José García Pérez; Fonda, Alberto Rastelli, Gutiérrez; Salvini, Méndez, Bravo, Simes y El Turco Sued interrumpieron un período sin títulos que se había iniciado luego del campeonato amateur de 1925. Otra vez Simes encabezó la ofensiva con 26 goles, escoltado por Bravo, con 19, y Tucho con 14.

Junto con Di Stéfano y Boyé se dio el gusto de protagonizar el filme Con los mismos colores.
Estrella con brillo propio, su carismática presencia llegó al cine. En 1949 protagonizó el filme Con los mismos colores, en el que compartió cartel con Di Stéfano y Boyé. El director Carlos Torres Ríos pergeñó una cinta en la que tres purretes amigos llegaban a la Selección después de iniciarse en un club de barrio. No sería descabellado afirmar que la película se inspiró en una historia real: Tucho, La Saeta Rubia y El Atómico fueron campeones de América en 1947 con la camiseta argentina.
Racing ya se había sacado un peso de encima y por eso en 1950 transitó con naturalidad hacia el bicampeonato. De hecho, se quedó con el título dos fechas antes del epílogo del torneo y dejó siete puntos atrás a los escoltas Boca e Independiente. A esa altura quedaba claro que los albicelestes disponían de una envidiable ventaja: a pesar de que la huelga de 1948 había desatado el éxodo de los futbolistas más importantes de la Argentina, ellos conservaron una estructura plena de talento.
Mientras Racing se daba el lujo de reunir en sus filas a Salvini, Méndez, Bravo, Simes, Sued y Boyé -su más reciente y rutilante incorporación- para atacar e importantes futbolistas para defender, las canchas se habían quedado huérfanas. Ya no brillaban estrellas como Pedernera, Di Stéfano, Pontoni y Martino, ni valiosos delanteros como Camilo Cervino, Mario Fernández, Aristóbulo Deambrossi y Francisco Campana ni destacados jugadores como Oscar Basso, Néstor Pipo Rossi, Ángel Perucca, Julio Cozzi, Roberto Coll y Manuel Giúdice, entre otros.

Racing fue el gran dominador del fútbol argentino entre 1949 y 1951.
En ese contexto, Racing fue amo y señor de los torneos locales. En 1951 se convirtió en el primer tricampeón de la era profesional luego de batir a un Banfield de histórica campaña en una final que se definió con un gol de Boyé. No fue un buen año para Tucho, víctima de una grave lesión que solo le permitió dar el presente en tres partidos. Así y todo, más allá de que el último eslabón de esa cadena de éxitos lo tuvo más como espectador como protagonista, Méndez había sumado tres títulos consecutivos con La Academia.
QUE LE QUITEN LO BAILAO
Como establecía otro popular tango de los años 40, el delantero académico podía festejar en grande: “Juego, canto, bebo, río... y aunque no me quede un cobre, / al sonar la última hora... ¡que me quiten lo bailao!”.
Claro que la noción de que “no le quedara un cobre” parecía mucho más que parte de Que me quiten lo bailao, otra composición de Miguel Bucino. Se dudaba de su recuperación y hasta se especuló con su venta a Nacional, de Uruguay. En Racing pensaban que Tucho ya no estaba en condiciones de volver a las pistas de baile... A las canchas. Poco importaba su regreso a la Selección en 1950 y que en 1951 haya estado en el equipo argentino que perdió ajustadamente 2-1 con Inglaterra el día en el que Miguel Rugilo, el arquero de Vélez, se volvió leyenda como El León de Wembley.
Así y todo, fue incluido en las alineaciones con las que Racing se puso en marcha en el torneo del 52. El caudal de goles disminuyó drásticamente, pero se encargó de distribuir juego y habilitar a sus compañeros de ataque. Tanto es así que recién en la 19ª fecha volvió a someter a un arquero: fue el 28 de septiembre en un 4-2 sobre Ferro. Increíble, pero real, su anterior conquista había sido el 26 de noviembre de 1950, cuando sorprendió con un tanto conseguido directamente desde un tiro de esquina en el triunfo por el mismo marcador contra Rosario Central.

Tucho sale a escena con el escudo que solían usar en su camiseta los campeones del torneo local.
Otra lesión incrementó las dudas sobre sus posibilidades de resurgimiento. Cerró el año con apenas tres tantos en 18 partidos. Esos guarismos quizás invitaban a suponer que el juicio de la dirigencia de Racing era correcto. Para eso había que hacer a un lado los goles que los de Stábile habían conseguido gracias a los pases que Tucho les sirvió a Boyé, Manuel Blanco y el cordobés Simes. Después del problema físico de 1951, Méndez asomó como un jugador más predispuesto a abastecer a los otros atacantes que a batir a los arqueros rivales.
Y como si tuviera que dar pruebas de que aún estaba vigente, en la victoria por 1-0 de la Selección argentina frente a España en el viejo estadio de Chamartin -en el que era local Real Madrid antes de emplazar el Santiago Bernabéu- cumplió una excelente labor. Desplegó sus dotes de gambeteador empedernido, se conectó magníficamente con los otros delanteros y se fue ovacionado de la cancha. Contra las críticas, Méndez habría estado en condiciones de gritar a los cuatro vientos: “¿Quién fue el raro bicho / que te ha dicho, che pebete / que pasó el tiempo del firulete?”.
Permaneció en Avellaneda hasta 1954. Sus últimas dos temporadas en Racing continuaron sin demasiada eficacia en la definición, dado que sumó cinco goles en 27 partidos. Encima, el equipo se mostraba irregular y, aunque amagó en 1953 con discutirle el título a un River voraz en el que emergía como mayor atributo La Maquinita, la delantera integrada por Santiago Vernazza, Eliseo Prado, el uruguayo Walter Gómez, Labruna y Loustau, un año más tarde solo fue espectador del triunfo de un Boca de vuelo bajo.

El famoso gol de Ernesto Grillo a Inglaterra.
Cuando más se dudaba de él en La Academia, más se intuía a Tucho decidido a dar cátedra en la Selección. Jugó muy bien cuando ingresó en reemplazo del debutante Carlos Cecconato en el triunfo por 3-1 sobre Inglaterra el 14 de mayo del 53 que eternizó como figura a Ernesto Grillo por sus dos goles, uno de los cuales fue definido en su momento como “imposible”. Se decía que el atacante de Independiente lo había conseguido desde un ángulo muy cerrado, tanto que cada vez que se lo evocaba parecía reducirse hasta no ser más que una pequeña hendija por la que apenas pasaba la pelota.
Más allá de las exageraciones del periodismo de la época, la conquista de Grillo fue espectacular, pues había dejado en el camino a tres jugadores británicos antes de vulnerar el arco defendido por Ted Ditchburn. Hasta la maravilla consumada por Diego Armando Maradona contra Inglaterra en México 1986, en la Argentina se celebró el Día del Futbolista el 14 de mayo por el primer tanto del atacante rojo en ese encuentro.
Otro dato anecdótico de esa jornada fue la decisión de Stábile de construir el ataque con cinco hombres de Independiente: Rodolfo Micheli, Cecconato (Méndez lo sustituyó a los 43 minutos del primer tiempo), Carlos Lacasia, Grillo y Osvaldo Cruz. El técnico del Seleccionado solía apelar a estructuras bien ensambladas para asegurarse un mejor funcionamiento colectivo y varias veces recurrió al quinteto rojo, del mismo modo que incluía a defensores de Racing o mediocampistas de Boca.

Ya veterano, hizo valer su experiencia en Tigre.
“Vos dejá nomás que algún chabón / chamuye al cuete / y sacudile tu firulete, / que desde el cerebro al alma / la milonga lo bordó. / Es el compás criollo y se acabó”. La versión de El firulete (milonga de Mariano Mores y : Rodolfo Taboada) en la voz de Julio Sosa -El Varón del tango- es pegadiza e invita a ser tarareada no bien sus acordes rompen la monotonía del silencio. Y en el tramo final de su carrera profesional, Tucho se burló de los interrogantes sobre su futuro y demostró que todavía tenía gambetas y pases mágicos para dar pruebas de su vigencia.
Armó las valijas y se mudó a Tigre. Su primer año en el conjunto de Victoria resultó una confirmación de que su jerarquía resistía el paso del tiempo y el azote de las lesiones. Con una alineación que generalmente estaba conformada por El León de Wembley Rugilo; Luis Gaggino, Rodolfo Bores; Fernando Gianserra, Enrique Brunetti, Jorge Hidalgo; Héctor De Bourgoing, Méndez, Luis Cesáreo, Cándido González y Eugenio Aguilar o Juan Burgos, los de Victoria causaron asombro con una notable sexta ubicación en la tabla.
Tucho había hecho de las suyas y no solo metió un gol de chilena en un 4-1 contra Gimnasia, sino que, además, abrió el camino para las conquistas de Aguilar y Cesáreo en el impactante 3-0 frente a Boca y en otros partidos les sirvió goles a esos atacantes y al marplatense González, a Burgos y a Aguilar. En 1957 Tigre no pudo sostener el nivel del 56 y finalizó penúltimo. Ese año, Méndez se reencontró con Simes, su antiguo camarada en Racing, pero ni esa vieja sociedad mantuvo a flote al equipo.

En 1957 se reencontró con Llamil Simes, el penúltimo de los hincados.
A pesar de ese detalle para nada menor, Stábile, el técnico que estaba al frente del Seleccionado nacional desde 1939, optó por la experiencia de Tucho para apuntalar a una nueva camada de futbolistas que iniciaban su ciclo internacional. Méndez viajó como parte de la delegación que iba a intervenir en el Torneo Panamericano de 1956, en México. Solo pudo jugar en el triunfo por 4-3 sobre Costa Rica y dejó la cancha a los 54 minutos, cuando una lesión obligó a su reemplazo por Francisco Loiácono, de Gimnasia.
Rogelio Domínguez (Racing); Federico Pizarro (Chacarita) (luego Luis Cardoso, de Boca), Federico Vairo (River); Nicolás Daponte (Lanús), El Nene Héctor Guidi (Lanús) (lo reemplazó Eliseo Mouriño, de Boca), Gutiérrez (Racing); Luis Pentrelli (Gimnasia), Humberto Maschio (Racing), Enrique Omar Sívori (River) y Ernesto Cucchiaroni (Boca) acompañaron a Tucho en su 31º y último partido en la Selección. Atrás quedaban 11 años de vínculo con la camiseta celeste y blanca, 19 goles y el tricampeonato en la Copa América.
“Igual que baldosa floja / salpico si alguien me pone el pie, / no sé... querer, / mi amor... se fue, / yo iré... bailando / mientras las tabas / me den con que...”. El correr del tiempo adelantaba que el final estaba cerca. Nada es para siempre, pero Méndez sentía que todavía le quedaba hilo en el carretel. Y, entonces, siguió bailando y salpicando los campos de juego con sus firuletes, en una metáfora futbolera de lo que relataba la milonga Baldosa floja.

Como no podía ser de otro modo, Tucho Méndez cerró su carrera en Huracán, el club de sus inicios.
Después de 47 partidos y siete goles en Tigre, llegó el final, que no podía ser en otro lugar que no fuera Huracán. Ya veterano, con 34 años, regresó a Parque de los Patricios. “Huracán es mi vieja, Racing es mi mujer”, repetía cuando lo consultaban sobre los equipos en los que más tiempo militó. Ese intenso sentimiento hacía imposible que no retornara al club de sus orígenes. Con siete goles en 20 partidos, Méndez lideró a un Globo que finalizó sexto en el campeonato.
El equipo decayó levemente en 1958, pero Tucho volvió a desplegar su clase para guiar a figuras como Oscar Coco Rossi y Osvaldo Crosta. Cubrió su pecho con la camiseta del elenco quemero el 7 de diciembre en el traspié por 4-2 a manos de San Lorenzo en la cancha de Ferro, en la que Huracán fue local. Compartió su último partido con Edgardo Madinabeytia; Luis Julio, Miguel Vidal; Fernando Gianserra, Adolfo Benegas, Oscar Villano; Crosta, Coco Rossi, Julio Marcarián y Feliciano Grande y en el adiós señaló un gol, el 84º en 247 partidos en El Globo.
A lo largo de casi dos décadas, Méndez se había distinguido por su habilidad, sus goles y su capacidad para generar juego. Sus gambetas quedaron impregnadas en el recuerdo de todos cuantos lo vieron en acción. De todos los que alguna vez disfrutaron su estilo de cortes y quebradas. Tucho murió el 22 de junio de 1998 a los 75 años. Pero nadie se olvidó de los firuletes que hizo en la cancha.

Se retiró en 1958, luego de dos décadas a pura milonga en las canchas.
Y aunque Julio Sosa no haya cantado inspirado en él, en el aire se percibe que al escuchar la voz del Varón del tango con el clásico “Pero escuchá… fijate bien, / prestale mucha atención. / Y ahora batí si este compás / no es un clavel reventón; / es el clavel, es el balcón, / es el percal, el arrabal, / el callejón, y es el loco firulete / de algún viejo metejón”, no hacía más que evocar las ocasiones en las que Tucho sacó a bailar a sus rivales.
