Luis Monti, el único finalista con dos camisetas diferentes
El baúl de los recuerdos. Apodado Doble Ancho, fue subcampeón en 1930 con Argentina y ganó el Mundial del 34 con Italia. Pasó de ser amenazado de muerte si vencía a tener en riesgo su vida en caso de perder.
Le decían Doble Ancho y el solo hecho de pronunciar su apodo causaba pánico. Todos sabían que Luis Monti -el hombre en cuestión- era un duro y que superarlo en la mitad de la cancha constituía una tarea titánica. Este centromedio se convirtió en pieza clave de la Selección argentina. En 1930 fue amenazado de muerte por el público uruguayo y jugó la final con el alma en pedazos. Perdió. En 1934 vistió la camiseta de Italia y, aunque ganó el título, también puso en riesgo su vida por el hostigamiento del Duce Benito Mussolini.
“Lo que es mi destino: en el Uruguay me querían matar si ganaba. Y aquí me matan si no ganamos”, decía Monti en 1934 en una cruel burla de la fatalidad. Sus palabras, horas antes del partido decisivo contra Checoslovaquia, exponían el curioso capricho del destino que lo puso contra la espada y la pared en el certamen disputado en Italia tal como le había ocurrido cuatro años antes en Montevideo.
El hecho de que Doble Ancho haya integrado dos seleccionados nacionales no era causal. Todo lo contrario. Sus características se antojaban ideales en el antiguo esquema piramidal (traducido en números era un 2-3-5) cuando en gran parte de Europa empezaba a extenderse la WM (3-2-2-3 o 3-4-3), el dibujo táctico desarrollado en Inglaterra a partir de la modificación de la ley del offside en 1925. A partir de ese año, se consideraba que un jugador estaba habilitado si tenía por delante a dos rivales en vez de a los tres que se consideraban hasta entonces.

Doble Ancho forjó su fama de duro con grandes actuaciones en San Lorenzo.
Ese cambio tuvo que ver con una cuestión que hoy sería observada con extrañeza. Como bastaba con que un zaguero se adelantara hasta la mitad de la cancha para dejar en posición adelantada a cualquier rival que quedara ubicado a sus espaldas, la cantidad de goles disminuyó significativamente en Inglaterra: de un promedio de 3,27 tantos por partido en 1909 se pasó a 2,53 en 1924. Todo por esa treta de adelantar a uno de los hombres del fondo. Hacia 1929, el guarismo había crecido a 3,63.
El surgimiento de la WM implicaba, en términos defensivos, agrupar más jugadores en las cercanías del arco propio para reducir los espacios libres disponibles para los atacantes rivales. A los integrantes de la dupla de zagueros del sistema piramidal se les unió el antiguo centromedio o centrehalf. Para que se entienda mejor: el mediocampista central -el número 5- se convirtió en uno de los miembros de la última línea.
En la Argentina, como en toda Sudamérica y en una porción de Europa -y, por supuesto, en Italia-, el 2-3-5 sobrevivió hasta bien entrada la década del 30. Incluso, en los años 40 en muchos países el antiguo esquema surgido en 1880 se mantenía vigente. Para esa forma de jugar, un futbolista como Monti era decisivo porque el centromedio tenía la doble misión de marcar y construir juego. Esa función se había perdido en la WM.

Una batalla en el juego aéreo contra Uruguay en 1927.
La nueva concepción táctica tardó en ser adoptada en la Argentina, por lo que la labor de escoger a un centromedio para la Selección se reducía a buscar al elemento más capacitado para un trabajo bien conocido. Monti se había afianzado como el mejor en el puesto cuando ya había pasado el tiempo de notables jugadores como Francisco Olázar (Racing), Cándido García (River), José Luis Boffi (Vélez) y Luis Vaccaro (Argentinos Juniors).
Surgido en Huracán, con el que ganó el título de la Asociación Argentina de Football en 1921, tuvo un breve paso por Boca antes de consagrarse definitivamente en San Lorenzo. En Boedo fue campeón de la Asociación Amateurs de Football en 1923, 1924 y 1927. Apareció en la mitad de la cancha de la Selección en 1924, se afianzó cuando dejó el puesto Vaccaro y solo soportó algo de competencia a partir de 1927 con la irrupción de Adolfo Zumelzú, de Sportivo Palermo.
De gran contextura física -de ahí el apodo Doble Ancho-, enorme fortaleza, capacidad para la marca, personalidad ganadora y precisión en los pases, se distinguía por ser el soporte anímico de cualquier equipo que integrara. A contramano de Zumelzú, que era técnicamente superior y sus desplazamientos se percibían lujosos, Monti asomaba como el centromedio ideal para las ásperas batallas en el mediocampo. Y, por si fuera poco, también se hacía respetar por su liderazgo.

El equipo argentino que ganó la Copa América en 1927.
En 1927 compartió con Zumelzú el equipo argentino que ganó el Campeonato Sudamericano disputado en Lima. Un año más tarde lo designaron capitán del Seleccionado. Y estrenó esa condición nada más y nada menos que en los Juegos Olímpicos de Ámsterdam. Argentina superó 11-2 a Estados Unidos, 6-3 a Bélgica y 6-0 a Egipto. Solo quedaba el partido por la medalla dorada nada más y nada menos que contra Uruguay, el rival de siempre que había subido a lo más alto del podio en París 1924.
El empate 1-1 en la final disputada el 10 de junio le agregó suspenso a la definición por el escalón más alto del podio. Tres días más tarde, los vecinos rioplatenses volvieron a verse las caras. Roberto Figueroa puso en ventaja a los celestes y Monti estableció la igualdad transitoria antes de la media hora del período inicial. Cuando quedaban poco más de 15 minutos de acción, Héctor Scarone, una de las figuras uruguayas, sentenció el partido y permitió el doblete olímpico de los orientales.
El clásico rioplatense ratificó ante los ojos del mundo que en el extremo sur de América existían dos seleccionados de un poderío que los europeos desconocían. El Viejo Continente estaba lejos de aglutinar a los mejores equipos y las dos victorias olímpicas de los uruguayos lo certificaban. Esa sensación se hacía todavía más palpable con la participación argentina. Si el oro y la plata les pertenecían a esos conjuntos de los que jamás habían oído hablar quería decir que la universalidad del deporte estaba garantizada.

En Ámsterdam con el uruguayo José Nasazzi antes de jugar la final olímpica.
AMENAZAS EN MONTEVIDEO
Para uruguayos y argentinos verse las caras en una cancha era muy habitual. Casi un asunto de todos los días. Tanto es así que en los 24 meses que siguieron al cotejo en Ámsterdam se enfrentaron ocho veces. Quizás por esa razón tanto unos como otros sabían que el futuro les tenía reservado un encuentro inevitable en la final del primer Mundial, en 1930.
El francés Jules Rimet, presidente de la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA), le había dado vida a la Copa del Mundo y en ambas márgenes del Río de La Plata se aguardaba con expectativa ese certamen. Era una nueva oportunidad para dirimir fuerzas con el título más importante en juego: ser el mejor seleccionado del planeta. Bueno… al menos de la escasa representación de 13 países que habían aceptado ser parte de esa flamante contienda.
Como no podía ser de otro modo, Monti fue designado en el plantel mundialista por el entrenador Olázar, quien había sido un brillante centromedio del Racing dominador de la década del 10. El técnico conocía a la perfección el puesto y, por lo tanto, era consciente de que sí o sí debía contar con Doble Ancho en la Selección. También recurrió a Zumelzú en una elección que le permitía contar con dos jugadores de características bien diferentes para esa posición.

Con elegantes sacos posan los once de Argentina en su primer compromiso mundialista.
Argentina debutó el 15 de julio en el Parque Central, la cancha de Nacional. Los albicelestes intentaban por todos los medios vulnerar la resistencia del arquero Alex Thepot, pero a medida que pasaban los minutos ese objetivo se hacía cada vez más lejano. Cuando el 0-0 se presentaba como un resultado imposible de modificar, un violento tiro libre ejecutado por Monti se incrustó en la valla de los galos y la victoria tan buscada se hizo realidad.
El centromedio de San Lorenzo quedó inmortalizado como autor del primer gol argentino en los Mundiales. Más allá del lugar que se ganó en el universo de las estadísticas, Monti tenía un lugar en la historia con Uruguay, especialmente con el público de ese país. Un año antes, en un cotejo por la Copa Lipton, había tenido un cruce muy violento que le provocó una lesión a Lorenzo Fernández, el centrehalf celeste. Por eso desde el preciso instante en el que la delegación albiceleste arribó a Montevideo se despertó la animosidad contra Doble Ancho.
Para colmo, Monti le dio un fuerte golpe al francés Lucien Laurent -autor del primer gol de los Mundiales- y lo dejó maltrecho. Esa acción enfureció al público, que insultaba a los argentinos y, en particular, al centromedio. El clima se enrareció al punto que Roberto Cherro, delantero de Boca, renunció a jugar los siguientes partidos y en su lugar ingresó Guillermo Stábile, quien terminó el torneo como máximo goleador, con ocho tantos en cuatro encuentros.

Adolfo Zumelzú (el tercero de los parados, desde la izquierda) reemplazó a Monti en el 6-3 contra México.
Quizás para apaciguar los ánimos, Olázar optó por el ingreso de Zumelzú en reemplazo de Monti. Con dos conquistas del jugador de Sportivo Palermo, Argentina derrotó 6-3 a México. El Filtrador Stábile debutó con un triplete y parecía que todo iba viento en popa. El problema apareció en los días posteriores a ese triunfo cuando se comprobó que el centromedio que sustituyó a Doble Ancho terminó el encuentro con una lesión que le iba a impedir estar en el resto del Mundial.
Monti regresó en la victoria por 3-1 sobre Chile y volvió a hacerse notar, pero por la paciencia que exhibió. Augusto Rouquette, uno de los dirigentes que acompañaba al Seleccionado albiceleste, se reunió con el jugador de San Lorenzo y le recomendó que refrenara su espíritu vehemente. “Por favor, Monti, nada de incidentes. A usted lo necesitamos”, suplicó. Obediente, Doble Ancho se contuvo cuando Guillermo Subiabre, autor del gol de los trasandinos, no tuvo mejor ocurrencia que reaccionar ante una infracción del centromedio con un puñetazo en el rostro. No buscó venganza. Monti no fue Monti.
Las huestes de Olázar dejaron atrás las semifinales con un cómodo 6-1 contra Estados Unidos. Su centromedio tuvo una jornada muy tranquila y siguió al pie de la letra las instrucciones de Rouquette. El problema estalló en los días siguientes. A la concentración argentina en el barrio Santa Lucía llegaron cartas con amenazas de muerte contra Monti y su familia. El jugador temía por la vida de su madre. Además, por la noche aparecían bandas musicales improvisadas que le dedicaban tenebrosas serenatas. No podía ni siquiera descansar en paz.

El centromedio argentino impone su presencia en las semifinales contra Estados Unidos.
Al borde de un ataque de nervios, Monti pidió no estar en la final contra Uruguay. Viajaron desde Buenos Aires los dirigentes de San Lorenzo Pedro Bidegain y Eduardo Larrandart para persuadirlo. Su presencia era vital para la suerte del equipo. No estaba disponible Zumelzú y la única alternativa posible era la inclusión de Alberto Chividini, un jugador azulgrana que había abandonado la función de centromedio justamente cuando Doble Ancho llegó a Boedo. El capitán Manuel Nolo Ferreira fue otro de los que buscó hacerle cambiar de opinión.
Monti se vio contra las cuerdas y aceptó salir a la cancha. Estaba deshecho anímicamente y, para empeorar el cuadro de situación, volvieron a exigirle que no respondiera a las agresiones que pudiera sufrir. “¡Se caía un jugador y Monti lo levantaba! Pobre Monti… yo lo compadezco porque tenía a todos contra él”, reveló Francisco Varallo, atacante de Gimnasia, en una entrevista con La Prensa en 2002.
Así y todo, con el marcador 1-1 por un gol de Pablo Dorado para Uruguay y de Carlos Peucelle para Argentina, Monti lanzó un largo pase hacia el área que fue capturado por Stábile, quien estableció el 2-1 parcial antes del final del primer tiempo. Y en el cuarto de hora que precedió al inicio del complemento, Doble Ancho se derrumbó. Fue el destinatario de todos los insultos del público cuando se dirigía al vestuario.

La formación con la que Argentina afrontó la final de Uruguay 1930.
“Le miré la cara a Luis y si no se puso a llorar fue de casualidad. Yo me estaba atando los zapatos cuando terminó el primer tiempo e íbamos 2-1 y Monti le dijo a (Fernando) Paternoster: `Si hoy ganamos, nos matan a todos´. Yo le pregunté qué pasaba, porque yo tenía mucha confianza con él, y me contestó: ´Mirá, Varallito, no hay alambrado olímpico, no hay nada. Acá no podemos ganar´”, explicó Varallo.
El abatimiento de Doble Ancho impactó con dureza en el entonces joven delantero tripero y en el resto de sus compañeros. Ninguno de ellos se habría imaginado ver a un duro como Monti haciendo un esfuerzo enorme por no romper en llanto.
José Nasazzi, el capitán de Uruguay que se llevó el título con un 4-2 rubricado en el segundo tiempo con goles de Santos Iriarte y El Manco Héctor Castro, se refirió a la suerte que corrió el centromedio argentino ese 30 de julio en Montevideo.
“Ese día nos ayudó mucho la presión externa. Durante la semana, los hinchas, sabedores de que Monti era un hombre fundamental en los argentinos, lo presionaron, lo amenazaron. Monti, en una final, por su fuerza era capaz de ganarla solo. Los dirigentes argentinos, además, le pidieron que jugara liviano. ¡Cómo se equivocaron! Monti no pegó y jugó caballerescamente. Perdió importancia, pero no fue un cobarde como dijeron después. Cumplió órdenes”, le dijo Nasazzi a la revista El Gráfico.

Monti fue una pieza clave de la Selección durante siete años. Solo perdió dos partidos.
Casi un año después, el 4 de julio de 1931, Monti vistió por última vez la camiseta celeste y blanca en el empate 1-1 con Paraguay por la Copa Chevallier Boutell. Aurelio González marcó el tanto para los albirrojos, que contaron en sus filas con El Machetero Delfín Benítez Cáceres, que poco después se incorporó a Boca, y con Constantino Urbieta Sosa, quien jugó para Argentina en el Mundial de 1934. En su despedida, Doble Ancho metió un gol, el quinto en sus 16 partidos con la Selección.
Aunque su derrotero internacional tuvo una fuerte imagen de derrota final por la caída contra Uruguay en Montevideo, el centromedio solo perdió dos veces y ambas fueron contra los celestes en los duelos correspondientes a los Juegos Olímpicos del 28 y al Mundial del 30. Ese dato arroja un contundente ejemplo de cuán importante era Monti para el Seleccionado.
VENCER O MORIR
Doble Ancho dejó San Lorenzo cuando se instauró el profesionalismo y mantuvo un vínculo con Sportivo Palermo que fue muy breve por el interés de la Juventus, de Italia, por contarlo en sus filas. Todavía señalado con el dedo acusador por su colapso anímico de 1930, armó las valijas y viajó a la península para sumarse al equipo turinés. Su fama de hombre fuerte y decisivo había trascendido las fronteras y era conocida más allá del Río de la Plata.

Fue pieza clave de Juventus. Ganó cinco títulos de Liga y una Copa Italia.
Le costó un tiempo hacerse un nombre en su nuevo equipo. Algunas lesiones habían conspirado contra sus posibilidades de alcanzar su mejor forma física y por eso tardó en ser el temible Monti que pretendían ver en acción en Juventus. Una vez que se puso en el estado ideal se transformó en el implacable recuperador de pelotas en la mitad de la cancha que los turinenses habían ido a buscar a la Argentina. Con Doble Ancho como pieza fundamental, La Vecchia Signora cosechó cuatro títulos consecutivos en la Liga y uno en la Copa Italia.
La FIFA les había otorgado a los peninsulares la sede del Mundial de 1934. Mussolini, el dictador que gobernaba el país con puño de hierro desde 1922, entendió que el torneo representaba una fabulosa herramienta de propaganda para el régimen. “Nosotros vamos a organizar la Copa del Mundo como nunca se organizó antes un acontecimiento deportivo. De acuerdo. Pero lo importante no es organizar la Copa, lo importante es ganarla”, les dejó en claro a las autoridades de la Federación Italiana de Fútbol (FIGC).
El técnico del seleccionado azzurro era Vittorio Pozzo, un estudioso del fútbol que se había formado en Inglaterra, la tierra de los inventores de ese deporte. Ya en la década del 30 contaba con fichas llenas de datos de los mejores jugadores del mundo. Nada se le escapaba al Comisario Único, tal como lo llamaban. Por eso, cuando le transmitieron las instrucciones de Mussolini, no dudó: “Yo voy a hacer un equipo para salir campeón en 1934. No para las Olimpiadas de Berlín o para diez años de plazo”.

Los cuatro argentinos campeones con Italia en 1934: Monti, Enrique Guaita, Raimundo Orsi y Atilio Dimaría.
Recorrió el país de punta a punta en busca de los hombres más capacitados para sus planes. Y cuando no encontraba a un italiano que respondiera como él deseaba, apelaba al recurso de anexar al plantel a descendientes de familias peninsulares con el particular rótulo de oriundi. Así convocó a los argentinos Raimundo Orsi (figura de Independiente en el amateurismo), Atilio Demaría (integrante del plantel subcampeón en Uruguay 1930) y Enrique Guaita (punzante puntero de una famosa delantera de Estudiantes conocida como Los Profesores) y al brasileño Anfilogino Guarisi (un atacante que jugaba en Lazio desde 1931).
A pesar de que en gran parte del continente se había extendido la WM como reguero de pólvora, Pozzo seguía confiando en el viejo esquema piramidal. El entrenador tenía, en realidad, su propia versión de ese sistema táctico: El Método. Consistía en replegar varios metros a los entrealas para transformar el 2-3-5 en un 2-3-2-3. De ese modo, les quitaba referencias a los defensores rivales y ganaba en la generación de juego porque los dos insiders contaban con mayor espacio para la creación.
Para esa concepción del juego era imprescindible contar con un centromedio de la vieja escuela. En la WM esa función había devenido en tercer defensor y eso dificultaba el trabajo del Comisario Único. Encontró la solución en 1932, cuando una vez que Monti volvió a ser el vigoroso jugador del que tan buenas referencias tenía, no dudó en hacerlo tramitar la nacionalidad italiana para integrarlo a la Squadra azzurra. El 27 de noviembre de ese año, Doble Ancho debutó en el seleccionado italiano en una victoria por 4-2 sobre Hungría.

El argentino era el centromedio que Italia necesitaba para ganar el Mundial de 1934.
El argentino ya tenía 31 años, una edad que invitaba a la mayoría de los jugadores a empezar a plantearse la posibilidad de retirarse. Sin embargo, para Pozzo ese no era un problema pues tenía bien claro que el paso del tiempo era lo de menos siempre y cuando los elegidos para participar en el Mundial llegaran en buen nivel a 1934. Los 22 integrantes de la lista definitiva del equipo tenían un promedio de 29 años, algo inusual para la época. Solo Giuseppe Meazza, goleador del Inter, y El Indio Guaita tenían menos de 26.
Con Monti, Italia se aseguró al futbolista ideal para imponer presencia en el mediocampo y liderar con su fuerte personalidad a sus camaradas. Solo Doble Ancho estaba en condiciones de hacer todo eso y, además, asumir la tarea de iniciar las jugadas de ataque con los entrealas Meazza y Giovanni Ferrari, quien actuaba con él en Juventus. No había en todo el país un centrehalf como él y Pozzo era totalmente consciente de ello.
“Monti fue medio campeonato. Era mi compañero en Juventus. ¡Qué jugador! ¡Qué personalidad! Se paraba en la mitad de la cancha y su sola presencia metía miedo. No quisiera saber qué les pasó a sus adversarios que alguna vez fueron con debilidad a trabarle una pelota…”, sostuvo en una entrevista con El Gráfico su compatriota Orsi. Las palabras de Mumo ratificaban que si Italia deseaba ganar el título no tenía otra alternativa que disponer de un centromedio como Doble Ancho.

Monti vistió durante apenas dos años la camiseta de Italia.
La presentación azzurra fue apenas un trámite: goleó 7-1 a Estados Unidos. El verdadero Mundial para Italia arrancó en los cuartos de final contra España, un rival que contaba con un arquero con apariencia de invencible como El Divino Ricardo Zamora y un eficaz goleador llamado Isidro Lángara. El vasco, atacante del Oviedo, en los años 40 dio sobradas muestras de su poder de fuego -110 tantos en 121 partidos- en San Lorenzo, al que se incorporó para escaparse de la Guerra Civil que estalló en 1936.
La columna vertebral se completaba con varios miembros del Athletic Bilbao, dominador de las competiciones domésticas con títulos en 1931, 1933 y 1934 y las Copa del Rey de 1931, 1932 y 1933. Se trataba de los medios Leonardo Cilaurren (jugó en River entre 1939 y 1941) y José Muguerza y los delanteros Guillermo Gorostiza, José Iraragorri y Lafuente.
Los españoles habían dado cuenta de Brasil por 3-1 con dos tantos de Lángara y uno de Iraragorri, de penal. Leónidas, a quien tiempo después se conoció como El Diamante negro, descontó para el bando perdedor, que por entonces usaba camiseta blanca. Ese triunfo sepultó de un día para el otro los cuestionamientos que recibía el equipo dirigido por Amadeo García de Salazar.

Giampiero Combi, capitán de Italia, saluda a su colega español, Ricardo Zamora.
El enfrentamiento mundialista no hizo más que exacerbar una fuerte rivalidad que se había establecido casi 15 años antes, cuando España ganó 2-0 por los Juegos Olímpicos de Amberes en 1920. Zamora, quien ya ocupaba la valla de su selección, había sido expulsado por devolver una agresión de un delantero azzurro.
El duelo disputado en Florencia el 31 de mayo de 1934 fue escandaloso. Se pegaron sin misericordia y Monti fue uno de los abanderados del juego brusco. Doble Ancho contó con la inestimable colaboración del árbitro belga Louis Baert, quien parecía decidido a solo cobrar las infracciones cometidas por los españoles. Si bien los locales dominaban, no podían someter al seguro Zamora. Por el contrario, quedaron en desventaja por un gol de Luis Regueiro.
Cuando faltaba un minuto para el cierre del período inicial, llegó un centro sobre el área española. Cuando Zamora iba a atenazar la pelota, el delantero Angelo Schiavio lo tomó con los brazos y no lo dejó mover. El balón cayó en poder de Ferrari, quien estableció la igualdad que se mantuvo hasta los 90 minutos y durante la media hora de un alargue en el que los protagonistas se molieron a golpes.
Un día más tarde se llevó a cabo un partido de desempate. España no pudo contar con siete jugadores -uno fue Zamora- lesionados por la barbarie italiana. Los peninsulares debieron prescindir, entre otros, de Ferrari y Schiavio para ese encuentro que resultó tan violento como el anterior. Tal como había ocurrido 24 horas antes, el arbitraje volvió a favorecer a los dueños de casa. El suizo Rene Mercet ignoró una falta de Meazza sobre el arquero Nogués en el gol azzurro y anuló sin razón lo que habría sido el empate marcado por Campanal.

Con varias bajas en sus filas, pero con el infaltable Monti, Italia venció a España.
“Contra España fueron los partidos más difíciles del torneo y Monti resultó un espectáculo. Corrió. Le pegaban, se levantaba sin un gesto y seguía corriendo y metiendo. ¿La verdad? Vencimos de prepotencia. Cuando volvimos a la concentración Monti tenía las piernas moradas, raspadas, llenas de golpes”, evocó Orsi.
Por más que Mussolini quería ganar a toda costa, le preocupaban las duras críticas que recibía la selección italiana por el salvajismo que desparramaba en la cancha. Envío claras instrucciones a la concentración para que los hombres de Pozzo moderaran su comportamiento, en particular el de Monti. El técnico sabía que no debía desobedecer y obró en consecuencia.
“Hoy lo vas a marcar a Sindelar. Pero al primer foul que le hagas, te saco yo del campo”, le ordenó a Doble Ancho. Italia debía vérselas con una fantástica selección austríaca a la que apodaban Wunderteam (Equipo Maravilla) por su juego pleno de calidad. La estrella de los centroeuropeos era Matthias Sindelar, un exquisito delantero conocido como Mozart por su virtuosismo y El hombre de papel por la palidez de su rostro.

El salto como respaldo de Giuseppe Meazza frente a Austria.
Austria era una potencia en el fútbol europeo. A las órdenes de Hugo Meisl, su estilo era revolucionario por la brillantez individual y colectiva y por cuestiones hasta entonces desconocidas como una movilidad casi constante y una presión asfixiante. Si bien había acumulado durante más de un año -entre abril de 1931 y diciembre de 1932- un invicto de 14 partidos -con 11 victorias-, su mejor momento había pasado. La participación en el Mundial se antojaba como el último acto de un equipo memorable.
Monti estaba desconcertado. Habían recurrido a él para que repartiera leña y de pronto le pedían que hiciera todo lo contrario. Las órdenes que recibía se parecían demasiado a las que le habían dado cuatro años antes en Montevideo, cuando temía por su vida y no tenía más remedio que jugar. Para su fortuna, el 3 de junio de 1934 diluvió en Milán y el estadio San Siro se volvió un lodazal. El estado de la cancha disimuló las infracciones cometidas por Doble Ancho y eso, sumado a un trabajo inusualmente opaco de Sindelar, les abrió el camino a la victoria a los italianos.
Claro, como una constante en esa Copa del Mundo, el gol del triunfo estuvo ensombrecido por la controversia. Orsi ejecutó un córner, Meazza se lanzó sobre el arquero Peter Platzer y facilitó la definición de Guaita con la valla totalmente desguarnecida. Los de Pozzo estaban en la final y les quedaba solo un partido para satisfacer las demandas de El Duce. Y contra los deseos de Mussolini no había la más mínima posibilidad de rebelarse.

Vittorio Pozzo les da instrucciones a sus dirigidos. Monti conversa con un auxiliar, junto al arquero Combi.
“Si los checos juegan correctamente, ustedes juegan correctamente. Pero si los checos pegan, ustedes pegan más que los checos. Y acuérdense: tienen que ganar. Si no ganan…”, les exigió Mussolini a los jugadores reunidos por Pozzo en el vestuario poco antes de salir a la cancha para medirse con Checoslovaquia. El dictador completó la idea con un gesto que heló la sangre de los futbolistas: se pasó un dedo por el cuello de izquierda a derecha.
La amenaza caló hondo en un atribulado Monti, quien nuevamente entendía que se jugaba el pellejo en un partido de fútbol. Fue entonces cuando pronunció la frase que exponía con claridad cuán cruel era el destino con él: “Lo que es mi destino: en el Uruguay me querían matar si ganaba. Y aquí me matan si no ganamos”.
Los checos no se presentaban como un obstáculo fácil de superar. Su arquero, Frantisek Planicka, era uno de los mejores del mundo y en la ofensiva se destacaban el goleador Oldrich Nejedly y el puntero derecho Antonin Puc. “Son ellos los que tienen que estar nerviosos, los que tienen la obligación de vencer. Hay que dejarlos venir y explotar el contraataque”, alertaba el guardavalla y capitán del equipo.

Con Monti en sus filas, Italia se quedó con el título del mundo en 1934.
A diferencia de lo que había ocurrido en 1930 en Montevideo, Monti se sentía en casa. La ovación del público cuando el seleccionado italiano ingresó en el Estadio Nacional del Partido Nacional Fascista, en Roma, lo estremeció. Sus rivales esta vez eran solo 11 checos. No, 11 checos y Mussolini, quien desde su palco respondió con una enorme sonrisa al clásico saludo con el brazo derecho extendido. El Duce esperaba ansioso el triunfo. Nada que no fuera la victoria podía aguardarse ese 10 de junio.
Karel Petru, el entrenador de Checoslovaquia, había armado la trampa perfecta. Les permitía a sus adversarios desbordar cómodamente por los costados con los argentinos Guaita y Orsi y los obligaba a enviar centros en busca de Schiavio que una y otra vez se perdían en las seguras manos de Planicka. Pozzo respondió con un cambio de piezas: el centrodelantero se tiró a la punta derecha y El Indio, a quien en Italia llamaban El Corsario Negro, ocupó el lugar dejado por su compañero. Era un intento por cambiar la fisonomía del ataque, pero no funcionó.
Puc debió abandonar la cancha para que lo atendieran luego de recibir una dura infracción y regresó justo para doblegar al arquero Giampiero Combi. Quedaba menos de un cuarto de hora y la derrota se cernía sobre los azzurri. Un frío insoportable corría por la espalda de los jugadores locales hasta que, cinco minutos más tarde, Orsi recibió un pase de Guaita, se quitó de encima a su marcador, Josef Kostalek, y con un fuerte remate batió a Planicka. El 1-1 obligó a jugar media hora de alargue.

Las dos camisetas de Doble Ancho.
Los dos equipos estaban extenuados. Ya nadie podía levantar las piernas. Los dueños de casa hicieron un último esfuerzo. Meazza se encontró con Guaita, quien lanzó un centro al corazón del área para Schiavio. El veterano delantero sacó un remate que superó la estirada del arquero y sentenció el 2-1 definitivo. Cuando le preguntaron de dónde había sacado las fuerzas para ese disparo, el atacante fue contundente: “De la desesperación”. Él también sabía que su cuello estaba en riesgo.
Italia era campeona del mundo y Monti se había quitado el peso que cargaba sobre sus hombros y que le había estrujado el corazón desde hacía cuatro años. Doble Ancho quedó en la historia como el prototipo del centromedio vigoroso. Como un símbolo de otros tiempos. Y para el mundo de las estadísticas y los récords atesoró uno que jamás será igualado: disputó dos finales mundialistas con dos camisetas diferentes. Perdió y ganó. Y en ambas se jugó la vida.
