Nasazzi, el símbolo de la garra charrúa que conquistó al mundo
El baúl de los recuerdos. Fue el líder y capitán de los primeros éxitos uruguayos. Aún hoy es venerado como un defensor que impuso respeto y marcó una época.
José Nasazzi fue el capitán de Uruguay cuando ser capitán era mucho más que llevar un brazalete. Su figura, inmensa como la de un coloso, imponía respeto desde el fondo de la defensa. Lideró a los celestes en la obtención de la medalla dorada en los Juegos Olímpicos de 1924 y 1928 y en la del título del Mundial de 1930, pero, sobre todas las cosas, quedó eternizado como el símbolo de la garra charrúa que conquistó al mundo.
“Pusimos fibra, espíritu, coraje y patentamos en un Campeonato del Mundo eso que todavía llaman la garra charrúa”, explicó alguna vez Nasazzi en las páginas de la revista El Gráfico. El capitán se encargó de exponer una verdad que quedó grabada en la memoria colectiva del universo futbolero. Y la manifestación inicial de esa cualidad se dio precisamente en 1930, cuando los celestes doblegaron en la final a Argentina, un rival de mayor riqueza técnica, pero con un profundo déficit de entereza anímica.
“Perdimos por cobardes”, le confesó a La Prensa en 2002 Francisco Varallo, uno de los integrantes del Seleccionado argentino que cayó 4-2 en Montevideo. Los uruguayos, en cambio, ganaron porque pusieron “más sangre”, según el testimonio del propio Nasazzi. Solo así sería posible explicar cómo los albicelestes se derrumbaron en el segundo tiempo y permitieron que se les escurriera como el agua entre los dedos la ventaja de 2-1 lograda en los 45 minutos iniciales.

La medalla recibida por El Mariscal como campeón del mundo.
Nasazzi resultó decisivo en esa remontada. Cumplió una soberbia actuación con oportunas salidas a los costados para disimular las flaquezas del Negro José Leandro Andrade en el flanco derecho y superar en un duelo a todo a nada al puntero izquierdo argentino, Mario Evaristo. También colaboró con su compañero de zaga, Ernesto Mascheroni, para enfrentar a un peligroso goleador como El Filtrador Guillermo Stábile, máximo anotador del torneo con ocho conquistas en cuatro partidos.
Todos los uruguayos sabían lo que el capitán era capaz de hacer dentro de la cancha. Ya en los Juegos Olímpicos de 1924 en París y en los de 1928 en Amsterdam había dado muestras de su solvencia y de su claridad conceptual para plantarse cuando las circunstancias lo requerían como un líbero en tiempos en los que esa función aún era desconocida.
Los orientales también estaban al tanto de su don de mando, de la autoridad que le reconocían sus compañeros y hasta el entrenador Alberto Supicci. “Yo los voy a cuidar, pero tú tienes que decirles a los muchachos que hagan lo que saben dentro del campo y guiarlos”, le encomendó el técnico al capitán. Así de importante era Nasazzi en ese Uruguay arrasador de finales de la década del 20 y principios de la del 30. Tanto que, como se estilaba en aquella época, sus compañeros le guardaban distancia al salir a la cancha. Primero entraba en escena él, el líder, y luego sus hombres.

Nasazzi encabeza a Uruguay. Detrás, José Leandro Andrade le concede la distancia que en señal de respeto se le daba al capitán.
DELANTERO, DEFENSOR, SIEMPRE CAMPEÓN
Aunque se instaló en la historia como uno de los zagueros más emblemáticos del fútbol uruguayo, cuando tuvo su primer contacto con el seleccionado, en 1923, era centrodelantero. En esa posición fue citado para el Campeonato Sudamericano -la actual Copa América-, pero ante la presencia de Pedro Petrone aceptó ser reubicado como defensor. Y en ese puesto se erigió en un bastión del equipo celeste que se quedó con el título.
Doce meses más tarde ya no solo se enfrentaba con solvencia a los atacantes rivales, sino que fue designado capitán. A los 23 años -había nacido el 24 de marzo de 1901- su personalidad resultaba decisiva para llevar al elenco oriental a la victoria. En ese 1924 que cambió para siempre el mapa del fútbol tal como se lo conocía, Uruguay se consagró por primera vez campeón olímpico en París.
Nadie sabía demasiado de esa selección arribada de la lejana Sudamérica. Si hasta los yugoslavos, sus primeros rivales, se dieron una vuelta por la práctica para ver con qué iban a encontrarse. Cuando notaron la presencia de los balcánicos, los celestes comandados por Nasazzi empezaron a llevarse por delante la pelota como si fuese un objeto desconocido para ellos. Simularon no saber jugar y pocas horas después aplastaron 7-0 a sus oponentes.

Aunque en su equipo jugaba de centrodelantero, rápidamente se ganó un lugar en la defensa celeste.
Después de superar a Estados Unidos (3-0), Francia (5-1), Holanda (2-1) y Suiza (3-0), obtuvieron la medalla dorada en esa competición que el Comité Olímpico Internacional (COI) organizó junto con la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA). El bautismo triunfal de Uruguay les demostró a los europeos que muy lejos del Viejo Continente existía un modo diferente de entender el juego. Un modo que combinaba fuerza, habilidad y hambre de gloria.
Nasazzi sorprendió con una función hasta entonces inédita. Se paró unos metros más atrás que su compañero de zaga, Pedro Arispe, e inventó la función de líbero cuando todavía nadie hablaba de ella. Con velocidad y precisión en los cierres y rigor físico, el capitán se transformó en el respaldo ideal que necesitaban los celestes para darse ese histórico baño dorado.
Pasaron apenas unos meses cuando Uruguay volvió a ganar el Sudamericano que por segundo año consecutivo se disputó en ese país. El capitán faltó a la edición de esa competición de 1925, pero en 1926 regresó para cosechar su tercer cetro de campeón. Ganaba todo lo que se cruzaba en su camino como referente de un equipo que contaba con piezas decisivas como el arquero Andrés Mazali, Andrade -bautizado en París como La maravilla negra-, el centromedio Lorenzo Fernández y los atacantes Santos Urdinarán, Héctor Scarone, El Manco Héctor Castro, Pedro Cea y Petrone.

Junto con el centromedio Lorenzo Fernández, otro pilar del seleccionado oriental.
En Ámsterdam, en ocasión de los Juegos Olímpicos de 1928, Nasazzi otra vez condujo a Uruguay a la medalla dorada. Para hacer realidad esa conquista, los celestes debieron afrontar dos tremendos duelos con los argentinos, sus vecinos rioplatenses. El primero concluyó 1-1 con goles de Petrone y del Piloto Olímpico Manuel Nolo Ferreira para los albicelestes. Volvieron a verse las caras tres días más tarde y prevalecieron 2-1 los orientales con tantos de Roberto Figueroa y Scarone. Luis Doble Ancho Monti empató transitoriamente.
Lo único que le faltaba a Uruguay para terminar de convencer a los incrédulos de su superioridad era ser campeón del mundo. Y en el primer Mundial de la historia, disputado en 1930 en Montevideo, confirmó su supremacía con una actuación en la que jamás dejó dudas de su poderío. Con el estadio Centenario como escenario de sus hazañas, el equipo entrenado por Supicci y liderado por Nasazzi derrotó sucesivamente a Perú (1-0), Rumania (4-0) y Yugoslavia (6-1).
En cada uno de esos encuentros, las huestes de Supicci sacaron rédito del caudal goleador de Cea, la clase de Scarone y la fuerza de Lorenzo Fernández en el medio. Nasazzi, parado en el fondo, aportó como siempre fortaleza física, quites de quirúrgica precisión y don de mando. No por nada en su tierra le habían destinado apodos tan contundentes como El Terrible, El Mariscal o El Único. Todo eso representaba el capitán para el público.

Acompañados por los argentinos, los uruguayos inauguraron el rito de las vueltas olímpicas en los Mundiales.
En la finalísima, Uruguay se encontró nuevamente con Argentina. En realidad, los dueños de casa tenían claro que el único oponente calificado con el que iban a toparse eran los albicelestes. Solo tenían en mente el último partido, previsto para el 30 de julio. Sabían la fecha exacta del compromiso decisivo y, de antemano, el nombre del rival.
También los hinchas estaban al tanto de esa situación. Desde el debut albiceleste contra Francia saldado con un 1-0 con un agónico gol de tiro libre de Monti, se encargaron de hacerles pasar malos momentos a los vecinos rioplatenses con un comportamiento abiertamente hostil. Doble Ancho, el sostén espiritual de los argentinos, fue el blanco elegido. Le destinaron amenazas de muerte tanto a él como a su familia en Buenos Aires.
Le torcieron el brazo a un valiente que era capaz de enfrentar él solo al rival que le tocara en suerte. Monti tenía el ánimo por el piso. Temía por su vida y, fundamentalmente, por la de su familia. Por la de su madre… No quería jugar. Lo convencieron los dirigentes que acompañaban a la delegación. Le pidieron algo insólito: que renunciara a ser quien era y no impusiera su vigor en la mitad de la cancha. Si algo caracterizaba a Doble Ancho era su fuerza, condimento perfecto para una personalidad que hasta ese Mundial parecía a prueba de todo.

El capitán uruguayo y su colega argentino, Manuel Ferreira, se saludan antes de la final.
“Yo lo miré a Luis y si no se puso a llorar fue de casualidad. Lo hicieron jugar. Monti no quería (…). Te juro por mi madre que me estaba atando los zapatos cuando terminó el primer tiempo e íbamos ganando fácil 2-1 y Monti le dijo a (Fernando) Paternoster: `Si hoy ganamos nos matan a todos´”, evocó Varallo en ese contacto con La Prensa en 2002. Y agregó: “Le pregunté a Luis qué pasaba, porque yo tenía mucha confianza con él, y me contestó: `Mirá, Varallito, no hay alambrado olímpico, no hay nada. Viste al término del primer tiempo las cosas que nos han hecho. Acá no podemos ganar´”.
La final fue una auténtica batalla. Tanto futbolística como anímica. De un lado, la fuerza y la personalidad ganadora de Uruguay; del otro, la mayor calidad individual de los argentinos. Pablo Dorado puso en ventaja a los dueños de casa, pero Carlos Peucelle y El Filtrador Stábile dieron vuelta el resultado. Al término del primer tiempo, ganaban los albicelestes. El público decidió jugar su partido con amenazas, insultos y alguna escaramuza en el camino al vestuario.
Tal como lo relató Varallo, quien jugó lesionado y solo aguantó 20 minutos, Monti se derrumbó en el entretiempo. Doble Ancho, el guapo que parecía indestructible, se cayó a pedazos. “Esos partido se ganan guapeando, como nos ganaron los uruguayos. Pero no solo Monti se achicó. Al gallego (Pedro) Arico Suárez El Manco Castro le dio un trancazo y también se achicó (…). Igual, era el más duro de la defensa porque (José) Della Torre y Paternoster no tocaron a nadie. Juan Evaristo, que era flojito, tampoco…”, explicó el entonces atacante de Gimnasia.

El seleccionado uruguayo campeón del mundo en 1930.
Varallo tenía apenas 19 años y no entendía lo que sucedía. Mientras su estado físico se lo permitió, encabezó, junto con Peucelle y Stábile, a una Selección argentina al borde de un ataque de nervios. Guapo, mantuvo duelos encarnizados con el centromedio Fernández: “Me decía: `Botija, la próxima vez te hundo en el césped´”. También tuvo un curioso diálogo con el capitán celeste: “Al fullback Nasazzi, que era un fenómeno, una vuelta le reproché que al único que le daban patadas era a mí y me dijo `Sí, Varallito, vos metés y hay que darte´”.
Y metió mucho Uruguay ese día. Tanto que con goles de Cea, Santos Iriarte y Castro consumó el 4-2 que le otorgó el título. “Nos ganaron de guapos, perdimos por cobardes”, sentenció Varallo. Por eso, la gloria fue celeste y Nasazzi, el capitán se lució como el mariscal de la victoria. A los 29 años ganó el título que le faltaba.
Con el paso del tiempo siguió parado en el fondo de la defensa y volvió a ser campeón de América en 1935. En 1936 dejó la selección. Se despidió envuelto en la veneración de un pueblo que veía en él nada más y nada menos que al símbolo de la garra charrúa.
