Johan Cruyff, el genio rebelde que encabezó una revolución que no tuvo recompensa
El baúl de los recuerdos. Fumador empedernido, jugaba como pocos y se sacrificaba más que el resto en la cancha. Fuerte de carácter, imponía siempre sus convicciones. Lideró a La Naranja Mecánica que perdió el título contra Alemania Federal en 1974.
Si la historia la escriben los que ganan, Johan Cruyff les ganó a todos por goleada por más que en su única participación mundialista haya sido derrotado por Alemania Federal en la final de 1974. Sin haber sido campeón se convirtió en una leyenda de la Copa del Mundo. Lideró a La Naranja Mecánica holandesa que asombró con su Fútbol Total y lo hizo en sus propios términos. Si hasta usó una camiseta diferente a las de sus compañeros para no alimentar un negocio que no era el suyo. Fue, sin dudas, el genio rebelde que encabezó una revolución que no tuvo la recompensa de un título.
La camiseta anaranjada con las dos rayas negras en las mangas y el número 14 es un ícono del fútbol. También un símbolo de la rebeldía con la que Hendrik Johannes Cruijff-Draaijer -tal su verdadero nombre- recorrió las canchas. La cuestión no resulta novedosa, pero vale la pena recordarla: Holanda -en ese entonces nadie le decía Países Bajos- tenía un contrato con Adidas, la marca de las tres tiras. Cruyff, modelo de Puma, no estaba dispuesto a contribuir a incrementar las ganancias de una empresa con la que no lo unía vínculo alguno. Y jugó con una casaca confeccionada especialmente para él.
Este ejemplo permite entender cuán firme era el carácter de este excelente delantero surgido en las categorías menores del Ajax, ascendido a los cielos del universo de la Copa del Mundo con la selección holandesa y consagrado en el Barcelona, al que cambió para siempre. Tanto cuando jugó en el equipo catalán como cuando lo dirigió técnicamente, se encargó de construir una identidad futbolística que hoy no solo representa al Barça, sino a toda España. Las generaciones que hoy veneran a Pep Guardiola debieran saber que quien inspiró y moldeó a ese entrenador fue, justamente, Cruyff.

La famosa camiseta con las dos tiras en las mangas.
Sus convicciones eran tan fuertes que no dudaba en lanzar afirmaciones que podían resultar antipáticas, pero que ponían en valor su dimensión como jugador. “Me piden goles y triunfos y yo doy goles que traen victorias. A cambio exijo dinero, más que nadie. Y me lo pagan. Entonces, ¿qué sentido tiene discutir si es mucho o demasiado?”, decía cuando le recriminaban sus demandas económicas. Sabía que era un futbolista importante y que sus ingresos debían ir de la mano con sus aportes al equipo que lo contratara.
Esa firmeza lo llevó a ausentarse del Mundial de 1978. Durante mucho tiempo se sostuvo que no integró la selección neerlandesa en señal de rechazo a la dictadura militar que en esos oscuros días gobernaba a la Argentina. Él mismo se encargó de aclarar en 14. La autobiografía, un libro en el que contó su historia, que rechazó intervenir en el certamen porque junto a su familia sufrió un intento de secuestro a finales de 1977 y ese hecho cambió para siempre su forma de ver el fútbol. Entendió que lo importante era estar junto a los suyos. Tanto es así que poco después se fue de Barcelona, su lugar en el mundo.
El siguiente destino fue Estados Unidos. Jugó en Los Angeles Aztecs y en Washington Diplomats, de la North American Soccer League (NASL), la competición que sentó las bases de la actual Major League Soccer (MLS). Sentía que a los 32 años ya no podía jugar tan bien como antes, pero que mientras hubiese un equipo dispuesto a pagar las elevadas sumas que exigía, iba a estar dentro de una cancha. Cuando tuvo ganas, volvió una temporada a España para vestir la camiseta del Levante, en Segunda División, antes de regresar al torneo norteamericano.

Rebelde con causa, cuando Ajax lo consideró acabado se unió al Feyenoord, el clásico rival.
Ya veterano, aceptó regresar al Ajax, con el que había conseguido varios títulos en la década del 70. Sumó otros éxitos con la camiseta del club del que siempre fue hincha, pero los dirigentes lo consideraron terminado y lo dejaron ir. Se tomó revancha: jugó en el rival de toda la vida, el Feyenoord, y se desquitó festejando campeonatos con un equipo que hacía una década debía conformarse con ver de lejos el período de esplendor del Ajax. Poco después, en 1984, le puso punto final a su carrera con la satisfacción de haberles demostrado a quienes lo despreciaron que todavía podía ser el líder de un conjunto con ambiciones.
Había vuelto al Ajax porque en su tierra fustigaban su desmesurado gusto por los dólares estadounidenses. En ese equipo y en el Feyenoord acalló las críticas con un nivel muy parecido al de sus mejores años. Sus terminantes decisiones también lo llevaron a rechazar el llamado de la selección con vistas a las Eliminatorias para España 1982 y para la Eurocopa de 1984. Ni siquiera el clamor de los hinchas bastaba para torcerle el brazo a un hombre que vivió según los dictados de su voluntad, sin imposiciones.
GENIO Y FIGURA DEL AJAX
Hermanus Cornelis Cruijff y Petronella Bernarda Draaijer vivían muy cerca de la antigua cancha del Ajax, en Ámsterdam. A nadie podía llamarle la atención que Johan -nacido el 25 de abril de 1947-, el segundo hijo del matrimonio, se viera tempranamente seducido por el fútbol. Papá Manus, dueño de una verdulería, lo llevaba a ver los partidos del equipo del que era hincha y a los diez años lo hizo socio del club. Esa fue la puerta de acceso a las categorías menores del conjunto rojiblanco.

Apenas irrumpió en el Ajax dejó en claro que era un jugador fantástico.
El joven delgado, de físico aparentemente débil, piernas largas y nariz prominente, se destacó enseguida por la habilidad para gambetear a los rivales como si fueran conos, por sus goles, la velocidad de sus desplazamientos y por una llamativa inteligencia para entender el juego. Trepaba en las diferentes divisiones del Ajax hasta que un duro golpe lo obligó a madurar bruscamente: en 1959, cuando apenas tenía 12 años, murió su padre, víctima de un infarto. Él y su hermano Henny, 24 meses mayor, quedaron solos con su madre, que trabajaba en la lavandería del Ajax.
Cinco años más tarde, llegó a su casa después de firmar el primer contrato con el club y fue claro con Nella: “Señora, deje de lavar esa ropa. Ahora usted tendrá que atender a Johan Cruyff, el más grande jugador de fútbol del mundo”. Así de grande era la fe que tenía en su talento único para brillar en una cancha. El 15 de noviembre de 1964 le metió un gol al GVAV Groningen y una semana más tarde repitió contra el Feyenoord y todo cambió para siempre, tanto para el joven Jopie -como lo llamaba su madre- como para Ajax.
El técnico del equipo era Rinus Michels -Marinus Michels, en realidad- y notó rápidamente que contaba con un jugador diferente. Diseñó un trabajo físico especial para fortalecer el físico de ese muchacho al que todos en Ajax percibían como el líder de los buenos tiempos por venir. Y no se equivocaban: desde la llegada de Cruyff, el equipo ganó los títulos de la liga local, la Eredivisie o División de Honor, en las temporadas 1965/66, 1966/67, 1697/68, 1969/70, 1971/72 y 1972/73 y las Copas de 1966/67, 1969/70, 1970/71 y 1971/72.

Llevó a Ajax a la conquista de una enorme cantidad de títulos.
Al principio, el centrodelantero vestía la camiseta número 9, pero la casualidad le otorgó el 14 con el que quedó inmortalizado. Antes de un partido contra PSV Eindhoven en la temporada 1970/71 se encontró con que otro compañero había tomado su habitual casaca y escogió una que estaba libre. Usó precisamente el 14 y como Ajax ganó, vio esa circunstancia como un buena señal y lo mantuvo para siempre, incluso en una época en la que habitualmente los equipos salían a la cancha identificados del uno al 11.
Su influencia en el equipo fue decisiva. Ajax apenas había festejado dos títulos de liga y uno de Copa en la década que precedió al debut de Cruyff. Ese dato estadístico permite entender que hubo un antes y un después de Jopie. Michels no solo supo aprovechar el inmenso talento de ese delantero, sino que, además, le dio vida a una nueva forma de jugar en la que el atacante tenía reservado un rol fundamental: el Fútbol Total. Sin un fenómeno como Cruyff, esa revolución quizás nunca habría existido.
Michels partía de un sistema táctico muy común en esos tiempos: el 4-3-3. Los jugadores se distribuían así en el campo antes del pitazo inicial. No bien la pelota comenzaba a rodar, se acababan las posiciones fijas. Todos atacaban y todos defendían. Con una preparación física excepcional, los futbolistas ejercían una presión desbordante sobre sus rivales para obtener la pelota -fueron los padres de la hoy famosa presión alta- y salían al ataque con temible voracidad. El movimiento constante, la velocidad en los desplazamientos y el depurado trato del balón eran los pilares de esa concepción revolucionaria.

Hizo tan grande al Ajax que lo condujo para que ganara tres veces seguidas la Copa de Campeones de Europa.
El papel de Cruyff en ese sistema era crucial. Desde su función de centrodelantero manejaba los hilos del equipo. Por supuesto, hacía goles. Muchos goles. Fueron 254 en 321 partidos de 1964 a 1974, pero además retrocedía al estilo del llamado falso 9 del presente y desde esa posición diseñaba los ataques con precisos pases para sus compañeros. Siempre encontraba al jugador mejor ubicado en el lugar más propicio para anotar. Eso no era todo: el 14 -¿cómo no identificarlo con ese número?- no dudaba en sacrificarse para colaborar en la marca. No le temblaba el pulso a la hora de arrojarse al piso para recuperar la pelota.
No resultaba casual que Cruyff tuviera esas características. Uno de los futbolistas que más había influido en él era el argentino Alfredo Di Stéfano. La Saeta Rubia, prócer del Real Madrid, había modificado el estilo de centrodelantero veloz y punzante con el que se formó en River para convertirse en un jugador de toda la cancha. “Di Stéfano no suda los campos de fútbol, los riega con su sangre”, había explicado alguna vez el periodista Pepe Peña. Y el neerlandés adhería fervientemente a esa forma de jugar.
La superioridad de Ajax en los Países Bajos se extendió al ámbito continental. En la temporada 1970/71 ganó la Copa de Campeones de Europa -la antigua denominación de la Champions League- con un triunfo por 2-0 sobre el Panathinaikos griego en la final con tantos de Dick van Dijk y Arie Haan. Cruyff contribuyó con tres goles a esa conquista que le permitió al equipo borrar la frustración de 1969, cuando cayó en el choque decisivo con el Milan. Ese éxito fue el primer eslabón de una impresionante cadena de éxitos.

Marcado por Ricardo Elbio Pavoni en uno de los duelos con Independiente por la Copa Intercontinental de 1972.
Doce meses después de la victoria sobre los griegos, Ajax repitió con un 2-0 sobre el Inter de Milán con dos goles de Cruyff. El 14 ya había definido el acceso a la final con un tanto clave en las semifinales contra Benfica. En esa campaña totalizó cinco conquistas y fue el máximo artillero de esa edición del certamen. Pocos meses después, el genial neerlandés jugó por primera y única vez en la Argentina. Eso ocurrió en el marco de la Copa Intercontinental de 1972.
Cruyff no la pasó del todo bien en su excursión por el país para visitar el 6 de septiembre a Independiente en Avellaneda. Si bien marcó un golazo luego de librarse de la pegajosa marca del Zurdo Miguel Ángel López y someter a Miguel Ángel Pepé Santoro con un toque sutil, un rato después, El Tano Dante Mírcoli le cometió una violentísima infracción que lo hizo salir lesionado de la cancha. Ese duelo terminó 1-1 y en Ámsterdam se consumó el éxito del Ajax por 3-0 con dos tantos de Johnny Rep y uno de Johan Neeskens.
En ese entonces el técnico ya no era Michels. Lo sucedió el rumano Stefan Kovacs, quien mantuvo la estructura del equipo y supo extender el ciclo triunfal para consumar un histórico triplete continental. La Copa de Campeones de Europa de 1972/73 quedó otra vez en manos del Ajax, que superó 1-0 a Juventus con un gol de Rep. Aunque la final fue, obviamente, el partido más importante, el elenco neerlandés se había lucido con una impresionante victoria por 4-0 sobre el Bayern Munich en el que actuaban figuras de la selección alemana como Sepp Maier, Franz Beckenbauer y Gerd Müller, entre otros.

Les puso la firma a los dos goles contra Inter en la final europea de 1972.
En ese encuentro correspondiente a los cuartos de final, Ajax se impuso con dos goles de Haan, uno de Cruyff y otro de Gerrie Mühren. Entre las varias funciones de gala que brindó el espectacular equipo creado por Michels y sostenido por Kovacs, el partido del 7 de marzo de 1973 contra Bayern Munich en Ámsterdam quedó en el recuerdo como una de las mayores exhibiciones de ese ciclo.
CAMBIÓ AL BARCELONA PARA SIEMPRE
Le habían concedido el Balón de Oro en 1971 y se lo consideraba uno de los mejores jugadores del mundo cuando armó las valijas a mediados de 1973 y se incorporó al Barcelona, que pagó casi un millón de dólares -una fortuna para la época- en busca de un jugador que se convirtiera en el referente necesario para dejar atrás una larga sequía en materia de títulos. Los catalanes llevaban 14 años sin campeonatos y la espera había devenido en desesperación. Se encomendaban a Cruyff como el salvador que necesitaban.
El neerlandés ansiaba mudarse a la Ciudad Condal, al punto que había rechazado una propuesta de Real Madrid. Sentía que la única posibilidad de dejar Ajax era sumarse a Barcelona. El hecho de que Michels fuera el entrenador de ese equipo incrementaba aún más el interés del futbolista por vestir esa camiseta. El impacto de Cruyff en el Barça no pudo haber sido más instantáneo: no bien llegó le dio el título de la Liga española que se le negaba desde 1960.

Se sumó al Barcelona para devolverlo a los primeros planos tras una década de frustraciones.
El campeonato al que se abrazaron los catalanes en la temporada 1973/74 con ocho puntos de ventaja sobre Atlético Madrid (se otorgaban dos unidades por partido ganado) se debió en gran medida a la decisión de Michels de implementar un sistema parecido al Fútbol Total al que había desarrollado en Ajax. Claro, debió ajustarlo a las posibilidades del Barcelona, pero en líneas generales imitaba la presión alta, la velocidad en el ataque y la movilidad de los jugadores para que no se ataran a posiciones fijas.
Cruyff llevó de la mano al equipo al título con una actuación fabulosa, que incluyó 16 goles, uno de ellos en un impactante 5-0 sobre Real Madrid en el mismísimo estadio Santiago Bernabéu. Se complementó a la perfección con Carles Rexach y con el peruano Hugo Sotil. En el mediocampo se destacaba Juan Manuel Asensi y en la defensa daba sus primeros pasos firmes el rudo Migueli. El funcionamiento se aceitó todavía más a partir de mediados de 1974, cuando arribó Neeskens, exintegrante del Ajax y figura de peso en La Naranja Mecánica.
Del mismo modo en el que lo había hecho en sus días en el certamen neerlandés, Cruyff cambió para siempre la identidad futbolística del Barcelona. Amparados por él se formaron muchos jugadores que fueron determinantes en los años siguientes. Su personalidad ganadora se contagió en el club y en poco tiempo se instaló la idea de que el Barça no podía darse el lujo de esperar casi tres lustros para volver a ser campeón. Por eso, no resultó extraño que en la temporada 1977/78 ganara la Copa del Rey, una competición que no conseguía desde hacía siete años.

Su paso por Barcelona marcó un antes y un después en la historia de ese equipo.
El intento de secuestro que sufrió en 1977 precipitó el final de su relación con la entidad catalana. Si se había negado a jugar en la selección, también iba a poder alejarse de un equipo al que amaba, pero que de ninguna manera ubicaba por encima del bienestar de su familia. Se despidió con dos títulos y 60 goles en 180 partidos, pero, sobre todo, con el mérito de haber insuflado su espíritu indomable en un Barcelona que a partir de su llegada se sentía capaz de ganar cuanto certamen se cruzara en su camino.
En sus días en España agigantó su ya de por sí inmensa figura con el Balón de Oro al mejor futbolista europeo en 1973 y 1974. Con el que se había llevado en 1971 pasó a liderar la lista de jugadores con más galardones. Dejó atrás a su admirado Di Stéfano -lo recibió en 1957 y 1959- y recién fue alcanzado por su compatriota Marco van Basten en 1992 y antes por el francés Michel Platini en 1985. Claro, en el siglo XXI aparecieron en escena Lionel Messi -tiene ocho- y el portugués Cristiano Ronaldo -acumula cinco- para cambiar la historia de ese premio.
Inició su etapa en el soccer estadounidense en 1979, primero en Los Angeles Aztecs y luego en Washington Diplomats. Tenía 32 años y pese a que su intención era concentrarse más en su familia que en el fútbol, fue distinguido como el jugador más valioso (MVP) en su primera temporada. Aunque la NASL había perdido en 1977 al brasileño Pelé por su retiro definitivo, brillaban estrellas como los alemanes Beckenbauer (Cosmos de Nueva York) y Gerd Müller y el norirlandés George Best (ambos en el Fort Lauderdale Strikers), el portugués Eusebio (Buffalo Stallions), el italiano Giorgio Chinaglia (Cosmos) y el inglés Robert Bobby Moore (Seattle Sounders), entre otros.

Uno de sus equipos en Estados Unidos fue Los Angeles Aztecs.
Para Los Angeles marcó 14 goles en 27 partidos y un año más tarde se fue al Washington Diplomats, con el que festejó diez tantos en igual cantidad de presentaciones. Hizo una pausa con un breve período en el Levante, de la Segunda División española, para retornar a Washington y alejarse nuevamente después de unos pocos encuentros. Los reproches que se le hacían en su país por preferir sus buenos contratos en Norteamérica y por su rechazo a la selección le tocaron el orgullo y una década después de su partida se unió nuevamente al Ajax.
Sepultó cualquier cuestionamiento con otros dos campeones de la liga neerlandesa con el equipo de sus inicios. Por si fuera poco, también ganó la Copa. Les demostró a sus críticos que era el Cruyff de siempre, pero los dirigentes del Ajax parecieron no estar de acuerdo y lo dejaron libre. Furioso, cruzó la vereda y firmó para Feyenoord. Si la venganza es un plato que se sirve frío, el famoso número 14 saboreó ese manjar con gusto y se consagró campeón de la liga y de la Copa con el clásico rival del elenco de Ámsterdam. A los 37 años ya no tenía nada para demostrar. Podía irse con la frente en alto.
UN TÉCNICO REVOLUCIONARIO
Tras colgar los botines no le puso límites a la cantidad de cigarrillos que fumaba por día. No era un secreto que en el mejor momento de su carrera daba más de una pitada en el entretiempo de los partidos, pero era Cruyff y nadie jugaba como él. Cuando inició su etapa como técnico, el tabaco era su compañero más fiel. Le rindió un homenaje a Michels, su maestro, con una adaptación muy personal del Fútbol Total tanto en Ajax -su primera escala como DT- como en el Barcelona.

En su rol de técnico cambió el fútbol tal como lo había hecho en sus días como jugador.
En el equipo del que se había enamorado en su niñez empezó a diseñar el estilo que se transformó en su marca personal: Fútbol Total con más circulación de pelota y menor movilidad de los jugadores. A diferencia de lo que había construido Michels, Cruyff decidió que la posesión todavía resultaba fundamental, pero que la que debía circular era la pelota, no los hombres. Impulsaba un juego más cercano a una expresión de arte colectivo que a una función de atletas que corrieran de un lado a otro.
El Ajax made by Cruyff cosechó dos ediciones consecutivas de la Copa de los Países Bajos (1985/86 y 1986/87) con un equipo que representaba cabalmente su concepción del juego. Van Basten, Frank Rijkaard, Dennis Bergkamp y Ronald Koeman fueron algunas de las piezas más valiosas de ese conjunto en el que estrenó una variante táctica excepcional: el líbero, Koeman, se ubicaba delante de los stoppers, de manera de asociarse al circuito creativo con los mediocampistas. Ya no era el último bastión defensivo, sino el iniciador de los ataques.
Trasladó ese concepto al Barcelona, que lo contrató de cara a la temporada 1988/89. Mantuvo el rol de Koeman en Ajax cuando lo llevó al Barça y lo asoció con Pep Guardiola, quien desde su lugar de mediocampista central debía juntarse con el líbero para jugar. Sí, jugar siempre. Y, por supuesto, con la pelota al pie. Edificó un equipazo al que los hinchas definían como el Dream Team y que incluía al danés Michael Laudrup, el búlgaro Hristo Stoitchkov y el brasileño Romario, entre otros. La Ciudad Condal fue una fiesta y hasta 1994 se alzó con cuatro ligas consecutivas (de 1990/91 a 1993/94), una Copa del Rey y tres Supercopas Españolas.

Cruyff conversa con Pep Guardiola, uno de sus mejores alumnos.
Si algo le faltaba al Barcelona era dar un golpe sobre la mesa en el contexto internacional. La obsesión era la Copa de Campeones de Europa. Y por fin se dio el gusto de tenerla en sus manos en la temporada 1991/92 con una victoria por 1-0 en la final sobre Sampdoria con un agónico golazo de tiro libre de Koeman cerca del cierre del tiempo suplementario. El equipo tuvo un recorrido pleno de solidez y también puso en evidencia su carácter para sobrevivir a una dura eliminatoria contra el Kaiserlautern en los octavos de final. Se mantuvo a salvo con un empate 3-3 en Alemania.
Permaneció en el club hasta 1996 y dejó lecciones que marcaron a fuego el estilo del Barcelona. Puso en funcionamiento una particular versión del falso 9 con Laudrup como socio de Guardiola para asegurar la cuota necesaria de creatividad y desequilibrio. Impuso el respeto reverencial por la pelota como una condición prioritaria y fortaleció La Masía, la cuna de las futuras generaciones de jugadores culés. La contribución más significativa fue haber impregnado su filosofía futbolística en notables continuadores de su obra como Rijkaard y el propio Pep. También como DT, Cruyff dejó su marca.
EL LÍDER DEL FÚTBOL TOTAL
Campeón y símbolo del Ajax, emblema en la recuperación del Barcelona, se desquitó del club de sus amores cuando le bajaron el pulgar, estrella en los Estados Unidos y técnico disruptivo… Todo lo que hizo Cruyff lo hizo bien. La verdad es que existió algo que se le negó y fue, nada más y nada menos, que el título del mundo. Es cierto, su actuación en Alemania Federal 1974 -su única vez en los torneos creados por el francés Jules Rimet- se antoja tan cercana a la perfección que parece un dato menor que no haya ganado.

Su decisiva presencia elevó el nivel de la selección neerlandesa.
Cuando integró el plantel neerlandés en esa Copa del Mundo tenía una larga experiencia en el representativo de su país. Su debut con la camiseta anaranjada había sido el 7 de septiembre de 1966 en un empate 2-2 con Hungría. En ese encuentro correspondiente a las Eliminatorias para la Eurocopa de 1968 marcó su primer gol internacional, el segundo de su equipo. En esa oportunidad compartió la alineación con varios compañeros del Ajax como Bennie Müller, Piet Keizer, Klaas Nuninga y Sjaak Swart. No era ilógico porque el elenco de Ámsterdam acaba de obtener la liga local.
El entrenador era el alemán Georg Kessler. Aún se estaba lejos de la noción de Fútbol Total, pero el hecho de que Ajax fuera el principal proveedor de jugador podía considerarse un anticipo de lo que iba a pasar con Michels al frente del seleccionado. Más allá de los estilos y los conceptos tácticos, Holanda se nutría del mejor equipo del país y, obviamente de Cruyff, la joven promesa que empezaba a transformarse en una realidad concreta. Eso ocurría a pesar de que en su segundo partido, contra Hungría, fue expulsado y se perdió varios encuentros.
Salvo por alguna lesión inoportuna, estaba entre los titulares que Kessler elegía. Y refrendaba esa confianza con goles, como los tres que le anotó a Luxemburgo en un 8-0 por las Eliminatorias para la Eurocopa de 1972. Holanda no se clasificaba para los certámenes europeos y mucho menos para los Mundiales. Pero esa ausencia no iba a durar para siempre: el seleccionado se ganó un lugar en Alemania Federal 1974 con el checoslovaco František Fadrhonc como entrenador. Cruyff colaboró con siete goles en esa etapa, lo que no hizo más que confirmar que era un puntal de los naranjas.

La Naranja Mecánica revolucionó el fútbol en el Mundial 74.
Poco más de dos meses antes del puntapié inicial de la Copa del Mundo, Fadrhonc fue sustituido por Michels. En menos de 90 días el entrenador se encargó de trasladar el Fútbol Total del Ajax a la selección. Corría con una ventaja enorme, pues la base del conjunto nacional era el equipo que había dirigido entre 1965 y 1971 con Cruyff como estandarte. Haan, Keizer, Ruud Krol, Neeskens, Rep y Wim Suurbier se desempeñaban en ese elenco que el DT había convertido en una máquina de jugar y que se había llevado tres Copas de Campeones de Europa consecutivas.
“Era la escuela de pensamiento del Ajax, que produciría jugadores que estarían entre los mejores del mundo en el aspecto técnico”, resumió en su autobiografía Cruyff, que ya estaba en el Barcelona. Michels había ideado una complementación perfecta entre sus antiguos dirigidos en el mejor equipo de la liga local con los puntales de su clásico adversario, el Feyenoord: Wim Jansen, Wim Rijsbergen, Wim van Hanegem -un zurdo talentoso encargado de conducir el seleccionado desde adentro-, Theo de Jong, Rinus Israel, Eddy Treijtel y Harry Vos.
El peso específico de Cruyff se percibía inmenso. No solo era el capitán, sino que además convenció a Michels de que el arquero titular fuera Jan Jongbloed, del FC Amsterdam, por su facilidad para jugar con los pies. Para el 14 representaba una cualidad fundamental en un seleccionado en el que la prioridad pasaba por manejar la pelota. El gran perjudicado resultó Jan van Beveren, del PSV Eindhoven, de muy buenos reflejos, pero poca ductilidad en el trato del balón con sus extremidades inferiores.

Rinus Michels fue el hacedor de un equipo revolucionario y Cruyff resultó clave para llevar esas ideas a la cancha.
La fama y los éxitos del Ajax ayudaron a que Holanda apareciera entre las selecciones favoritas para consagrarse en el Mundial. Y La Naranja Mecánica -bastaron pocos partidos para que se ganara ese apodo- lo demostró desde su presentación en el torneo. Dominó casi a voluntad a un Uruguay de ritmo demasiado pausado que jamás fue capaz de oponer resistencia. Dos goles de Rep le dieron forma a un 2-0 que quedó un tanto exiguo en las cifras en función de la supremacía de los europeos.
Cruyff no se hizo presente en el marcador, pero se presentó en la Copa del Mundo como el estratega del equipo desde su posición de centrodelantero retrasado. Su velocidad y movilidad hacían que los celestes jamás pudieran encontrarlo y mucho menos detenerlo. Frente a Suecia cumplió una tarea similar, pero Holanda no pudo vulnerar la cerrada defensa de los escandinavos y no tuvo otra alternativa que conformarse con un cerrado 0-0.
La primera excelsa demostración del potencial llegó en el cierre de la fase de grupos. Un triunfo por 4-1 sobre Bulgaria dejó en claro que la dinámica, el manejo del territorio y de la pelota, además de una presión asfixiante que no le dio respiro a su rival constituían las características de una forma de jugar inédita. Van Hanegem decidía los tiempos del partido y Cruyff, desde su posición más cercana al mediocampo que a la delantera, les quitaba referencias a los defensores y paseaba su clase sin oposición. Era el amo y señor de La Naranja Mecánica.

En el camino queda Daniel Carnevali. Se viene el primer gol en el 4-0 de Holanda sobre Argentina.
Si hiciera falta resumir en 90 minutos todo lo bueno que las huestes de Michels podían hacer en una cancha, el inapelable 4-0 sobre Argentina en el inicio de la segunda ronda sería el mejor ejemplo. El 26 de mayo, un mes antes del duelo por la Segunda Vuelta Final -así se llamaba esa instancia del Mundial-, Holanda había aplastado 4-1 a los albicelestes. “Quiero la revancha ya mismo. Estos nunca más nos hacen cuatro goles”, dijo, desafiante, Víctor Rodríguez, uno de los integrantes del trío de técnicos que se completaba con Vladislao Cap y José Varacka.
Rodríguez se equivocó. No solo Holanda hizo cuatro goles, sino que le tuvo piedad a un Seleccionado argentino que contaba con excelentes jugadores, pero que le rendía culto al caos en el aspecto táctico porque los tres entrenadores no se ponían de acuerdo sobre el estilo que debían impregnarle al equipo. Cruyff ridiculizó a los albicelestes con una tarea espectacular. Marcó dos tantos, pero, especialmente, desorientó a sus adversarios con una tarea que sintetizaba a la perfección cómo tenía que moverse un delantero para que los defensores jamás lo detuvieran.
El capitán neerlandés abrió la cuenta tras recibir un pase delicioso de Van Hanegem y gambetear al arquero Daniel Carnevali y la cerró al capturar un rechazo del guardavallas y doblegarlo con una volea fulminante. Entre esos goles, se tomó el tiempo de trepar por la izquierda como si fuera un puntero y lanzar un centro perfecto para el cabezazo inatajable de Rep. El tanto restante llegó a través un violento remate de Krol desde fuera del área. Holanda era una aplanadora.

Johan Neeskens, Cruyff y Wim van Hanegem, tres pilares de La Naranja Mecánica.
Contra Alemania Democrática no rindió de igual manera, pero se las ingenió para causarles problemas a los encargados de marcarlo por su ubicación estratégicamente alejada del área, como un falso 9 excepcional. Los de Michels vencieron 2-0 con goles de Rep y Rob Rensenbrink. Solo les restaba medirse con Brasil para definir cuál de los dos iba ganarse el derecho de disputar la final del torneo. Y contra los campeones del mundo en México 70 volvió a aparecer la versión incontenible de La Naranja Mecánica.
Los verdiamarillos, que ese día usaron una camiseta azul, eran conscientes de que detener a los neerlandeses no parecía una misión sencilla y apelaron al juego brusco para amedrentarlos. Escogieron el método equivocado porque recibieron tres tarjetas amarillas y una roja -para el defensor Luiz Pereira- y no cumplieron su objetivo. Holanda los demolió con un andar vertiginoso a pesar del terreno embarrado -ese Mundial se caracterizó por un clima particularmente lluvioso- y se instaló en la final con un 2-0 que no dejó margen para la duda.
Cruyff, imparable, se recostó sobre el flanco derecho y lanzó un centro al corazón del área que Neeskens transformó en gol con un toque que se adelantó al cierre de Luiz Pereira. El capitán de los naranjas definió el pleito con una acrobática pirueta que le permitió depositar en el fondo del arco de Leao un centro de Krol, el excelente marcador de punta izquierda que en ocasiones parecía un delantero más. Solo quedaba un partido para que Holanda cerrara con el título del mundo su arrollador paso por el certamen.

El penal de Uli Hoeness sobre el capitán de Holanda.
El fútbol, imprevisible, le negó el triunfo. Increíble, pero real por cómo terminó ese encuentro, a los dos minutos de acción La Naranja Mecánica ganaba 1-0. Movió desde el centro y se desató una secuencia de pases interminable: Rensenbrink se la dio a Rep, luego la tocaron Cruyff, Van Hanegem, Rijsbergen, Krol, Suurbier, Krol, Rijsbergen, Krol, Cruyff, Rijsbergen, Van Hanegem, Rep, Neeskens, Rijsbergen y Cruyff. Fueron más de 40 pases sin que ni un solo alemán pudiera reaccionar.
El capitán neerlandés recibió el balón en la mitad de la cancha y aceleró hacia el arco de Sepp Maier, eludió a Berti Vogts -su marcador personal- y se internó en el área. Lo derribó Uli Hoeness y el árbitro John Taylor sancionó el penal que Neeskens, con un fuerte disparo al medio, aprovechó para darle a su equipo la ventaja por 2-1 que fue definitiva. Lo insólito del caso fue que Holanda no aceleró para confirmar su superioridad, sino que pareció conformarse y optó por cederle el protagonismo a los dueños de casa.
Esa decisión fue fatal porque el equipo alemán aceptó el convite y revirtió el resultado adverso con tantos de Paul Breitner -de penal- y el infalible Gerd Müller antes del cierre del primer tiempo. Cruyff se ubicó muy cerca de sus compañeros del medio para eludir el asedio de Vogts y poco a poco perdió importancia en el trámite del encuentro. Allí apareció el genial Beckenbauer para empujar a Alemania desde el fondo. Cuando en el complemento los naranjas advirtieron su error arremetieron desordenada y tenazmente sobre la valla de Maier.

Franz Beckenbauer observa cómo Cruyff pierde ante el seguro Sepp Maier.
Cruyff reasumió la conducción y lideró la avanzada sobre el inexpugnable arquero alemán. Una y otra vez Sepp ahogó cada intento de los holandeses. El 2-1 final fue un castigo enorme para el equipo de Michels. Su Fútbol Total había cambiado para siempre la forma de entender el juego y brindado lecciones que muchos otros tomaron en los años siguientes. Pero su fabuloso capitán, el eterno 14, se quedó con las manos vacías, porque la revolución que lideró no tuvo la recompensa del título del mundo.
