Meazza, el niño que se hizo grande y llevó a Italia a la cima
El baúl de los recuerdos. Rechazado por Milan, se incorporó al Inter y desde muy joven demostró su calidad. Dudaban de él, pero venció a las críticas y fue la figura del seleccionado bicampeón en 1934 y 1938.
Apenas tenía 17 años Giuseppe Meazza cuando el técnico húngaro Arpad Weisz, decepcionado por un partido muy flojo del Inter, decidió darle una oportunidad a ese casi niño al que sus compañeros miraban con desconfianza. Menos de una década más tarde, ese muchacho de físico pequeño, pero enorme calidad, se convirtió en la gran figura de la Italia campeona del mundo en 1934 y 1938. Y tan monumental fue su imagen que San Siro, uno de los estadios más emblemáticos de la península, lleva su nombre.
El pequeño Peppino, al que en Inter llamaban Balilla porque con esa denominación se hablaba de los integrantes de las categorías menores de la institución, ya estaba acostumbrado a que lo miraran con desdén. Mucho antes de incorporarse a ese equipo, había sentido el rechazo del otro club de la ciudad, el Milan. Esa frustración inicial caló hondo en su corazón pues siempre había sido hincha del conjunto rojinegro.
Mirado de reojo por sus propios compañeros, Meazza debutó con dos goles y no solo se ganó el respeto de todos, sino que se erigió en un emblema interista. En su largo vínculo de 13 años con el equipo se alzó con tres títulos de liga y una Copa Italia. Todavía hoy, casi un siglo después de su presentación con la camiseta negra y azul a bastones verticales, es el máximo artillero de la historia, con 284 goles en 408 partidos.

Peppino debutó muy joven en Inter y con el tiempo se convirtió en su máximo goleador histórico.
Su fulgurante irrupción en el elenco milanés tuvo como lógica consecuencia su citación para integrar el seleccionado italiano. Vittorio Pozzo, un estudioso del fútbol que se había formado en Inglaterra, había tomado las riendas de la Squadra azzurra en diciembre de 1929 y el 9 de febrero del año siguiente incluyó al atacante en la formación con la que los peninsulares derrotaron 4-2 a Suiza. Meazza, nacido el 23 de agosto de 1910, se lució y, tal como lo había hecho en el Inter, le puso a la firma a dos de los cuatro tantos del representativo nacional.
Ya nadie estaba en condiciones de subestimar a ese muchacho de 19 años que reunía todas las cualidades que se esperaban de una futura estrella del fútbol: excelente dominio del balón, creatividad para diseñar jugadas de ataque, personalidad ganadora y un poderoso remate. Por el contrario, los tifosi, siempre apasionados como los hinchas de cualquier seleccionado que represente a un país de sangre latina, se entregaron a los festejos que propiciaban los goles de ese centrodelantero con la camiseta azul de Italia.
Tres semanas más tarde, Meazza contribuyó con un tanto a la victoria por 2-0 sobre Alemania en Fráncfort. Y sus aportes se hicieron más significativos para que las huestes de Pozzo se alzaran con la primera edición de la Copa Internacional, una competición no oficial creada en 1927 por el técnico austríaco Hugo Meisl que enfrentaba a las selecciones más fuertes de Europa. Se trataba, en cierta medida, de un anticipo de lo que hoy se conoce como Eurocopa.

A los 19 años ya integraba la selección italiana.
Italia se topó en esa edición del torneo con Austria -en ese momento, uno de los mejores equipos del Viejo Continente-, Checoslovaquia, Hungría y Suiza. La participación de Meazza se redujo a la jornada final, en la que los azzurri doblegaron 5-0 a los húngaros con tres goles suyos. Sí, llegó a la selección para ponerle el broche de oro a la consagración peninsular con un punto de ventaja sobre el famoso Wunderteam (Equipo maravilla) austríaco en el que daba cátedra el exquisito centrodelantero Matthias Sindelar.
La Copa Internacional era casi la única posibilidad de los equipos europeos para medir fuerzas en esos tiempos. Casi todos ellos, con la excepción de Bélgica, Francia, Yugoslavia y Rumania, habían boicoteado la primera Copa del Mundo, disputada en 1930 en Uruguay, y más allá de los partidos amistosos, no había demasiadas oportunidades para vérselas con otros representativos nacionales. Tanto es así, que la segunda se jugó de 1931 a 1932, la siguiente entre 1933 y 1935 y la posterior en el período 1936-1937.
CAMPEÓN PARA SATISFACER AL DUCE
Italia se preparaba a las órdenes de Pozzo para el Mundial de 1934, cuya organización le había sido otorgada por la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA). La designación como sede caminó de la mano con una insólita disposición: por primera y única vez en la historia, los locales debieron afrontar un partido eliminatorio para participar en el torneo que iban a albergar.
Sí, se corrió el riesgo de que la Copa del Mundo del 34 no tuviera al anfitrión entre los 16 participantes. Esa posibilidad se redujo a la nada porque Italia aplastó sin demasiada consideración a Grecia por 4-0, con un doblete de Meazza. Los otros tantos llegaron a través del brasileño Anfilogino Guarisi, delantero de Lazio, y de Giovanni Ferrari, de Juventus. Ese partido se llevó a cabo en Milán el 25 de marzo, apenas dos meses antes del puntapié inicial del Mundial.

En Inter era centrodelantero, pero en la selección se afirmó como entreala derecho.
Más allá de que el duelo con los griegos fue apenas un trámite administrativo celebrado en una cancha de fútbol, Italia tenía la obligación de ser campeona. Y no solo por el potencial del equipo construido por Pozzo, sino porque Benito Mussolini, el dictador que gobernaba el país, veía en la competición creada por el francés Jules Rimet el marco ideal para que el régimen fascista mostrara sus fortaleza. “Nosotros vamos a organizar la Copa del Mundo como nunca se organizó antes un acontecimiento deportivo. De acuerdo. Pero lo importante no es organizar la Copa, lo importante es ganarla”, les dijo El Duce a las autoridades de la Federación Italiana de Fútbol (FIGC).
Como Pozzo era consciente de que para Mussolini, quien estaba en el poder desde 1922, la victoria era el único resultado admisible, a partir de 1932 se había dedicado pacientemente a conformar un plantel poderoso para estar a la altura de las circunstancias. Por eso había recurrido a la estrategia de incorporar en calidad de oriundi -o descendientes de italianos- al brasileño Guarisi y a los argentinos Enrique Guaita, Raimundo Orsi, Atilio Demaría y Luis Monti.
Meazza, quien a esa altura ya sumaba 20 goles en 22 presentaciones internacionales, estaba afirmado como una de las piezas fundamentales de la estructura diseñada por Pozzo. El único inconveniente que debió sortear el Comisario Único -como llamaban al DT- era que el hombre del Inter actuaba como centrodelantero en su equipo y para esa posición también tenía a Angelo Schiavio, del Bologna, quien hacía una década había debutado en la selección y ostentaba un notable registro de 11 tantos en 17 partidos.

Angelo Schiavio y Meazza se complementaron a la perfección en la Squadra azzurra.
Schiavio tenía 29 años y muchas batallas protagonizadas en las canchas italianas. Pozzo sabía que su efectividad constituía un activo difícil de despreciar. Era cierto que su función se superponía con la de Meazza, pero el técnico estaba seguro de que las excelentes condiciones técnicas del atacante del Inter le iban a permitir actuar como entreala derecho, más allá de que el propio Peppino no estaba demasiado feliz con esa situación.
La ductilidad de Meazza y su perfecta complementación con Ferrari le abrieron paso a Pozzo para instrumentar una variante táctica del sistema piramidal -el antiguo 2-3-5 que aún seguía vigente- conocida como El Método. Consistía en retrasar a sus dos interiores -Meazza y Ferrari- y conformar un dibujo táctico que se traducía como 2-3-2-3. De ese modo, Italia contaba con una mayor generación de juego con la asociación entre los dos hombres que se replegaban con Monti, el centromedio. Y, al mismo tiempo, se les quitaban referencias a los defensores contrarios a la hora de marcar.
Pozzo tenía un estilo de conducción muy paternalista. Trataba a sus jugadores como si fuesen sus hijos y, de algún modo, veía a Schiavio como a uno de sus vástagos. Cuando el delantero debutó en la selección el entrenador era Augusto Rangone, pero el futuro Comisario Único cumplía funciones dirigenciales en la FICG. Había seguido su evolución como futbolista y por eso recurrió a él en 1932, cuando el atacante de Bologna llevaba tres años sin vestir la camiseta del conjunto azzurro.

Vittorio Pozzo encontró en Meazza a un excepcional líder futbolístico.
A priori, el centrodelantero de Pozzo era Meazza, pero con vistas al Mundial volvió a citar a Schiavio. Incluso, los había hecho convivir dos veces en 1933 en la misma alineación: en una goleada 3-0 sobre Suiza con dos tantos del hombre del Bologna y uno del del Inter y en el empate 1-1 con Inglaterra. Uno representaba el pasado, el otro encarnaba el futuro… y el técnico deseaba que ambos fueran campeones con la selección.
El puntapié inicial para la Squadra azzurra se dio contra Estados Unidos, un seleccionado que combinaba profesionales ingleses que habían emigrado con futbolistas norteamericanos. Italia superó ese compromiso con una inapelable holgura, pues se impuso 7-1 con un triplete de Schiavio, un doblete de Mumo Orsi, un gol de Orsi y otro de Meazza. El jugador del Inter cerró la cuenta con un fuerte remate luego de quitarse de encima la marca de un defensor.
No era un secreto que no había equivalencias entre italianos y estadounidenses, pero para contentar desde el principio a Mussolini se antojaba necesario que los de Pozzo mostraran su superioridad ya en el primer partido. Sin embargo, el Comisario Único tenía claro que el Mundial para su equipo comenzaba en los cuartos de final. En esa instancia surgía España como un rival de cuidado. Y los antecedentes inmediatos lo confirmaban: los azzurri habían perdido con ese adversario en 3-2 en 1930 y empatado 0-0 un año después.

En 1934 el atacante del Inter aportó dos goles para la obtención del título mundial.
Uno de los puntales del equipo dirigido por Amadeo García de Salazar era el arquero Ricardo Zamora, a quien llamaban El Divino. Se trataba de un guardavalla con apariencia de invencible al que solo Adolfo Baloncieri, un futbolista retirado en 1933 después de una larga carrera de 14 años, había sido capaz de hacerle dos goles con la camiseta azzurra en un partido internacional.
Meazza había estado cara a cara con Zamora en dos oportunidades y jamás había podido doblegarlo. Tampoco lo logró en el duelo del 31 de mayo de 1934 que se convirtió en un bochorno en el que los italianos apelaron a todos los medios para quedarse con la victoria. El partido fue un brutal carniceria encabezada por un duro como Doble Ancho Monti, quien era famoso por su rigor en la marca. La complacencia del árbitro belga Louis Baert hizo posible esa cruenta batalla.
Abrió la cuenta el español Luis Regueiro y Ferrari estableció el 1-1 final luego de aprovechar una fuerte falta de Schiavio sobre Zamora. La igualdad obligó a que los contendientes se vieran las caras nuevamente 24 horas más tarde. La violencia del primer encuentro dejó a siete jugadores de La Furia Roja -entre ellos estaba Zamora- y a cuatro italianos fuera de combate. Del mismo modo que Baert había hecho la vista a un lado un día antes, el suizo Rene Mercet también permitió todo tipo de excesos, como la infracción que Meazza cometió sobre el arquero Nogués antes de establecer el 1-0 definitivo.

Meazza observa la contención del arquero Peter Platzer ante el remate de Giovanni Ferrari.
En las semifinales Austria esperaba a los dueños de casa. Se trataba de un nítido choque de estilos. El preciosismo de los centroeuropeos contra la vehemencia de los peninsulares. Y tanta era la vehemencia que Mussolini volvió a entrar en escena para reprocharle a Pozzo las críticas que recibió la selección por su juego brusco. El técnico no tuvo más remedio que agachar la cabeza y pedirle a Monti, el abanderado de la fuerza, que no le cometiera infracciones al maravilloso Sindelar.
La lluvia que transformó el estadio San Siro en un lodazal permitió que las faltas de los dueños de casa quedaran disimuladas. Y también ayudó a los fines italianos el hecho de que el centrodelantero austríaco jugó el que debió haber sido uno de los pocos malos partidos de su vida. Así y todo, los azzurri volvieron a ganar con una jugada plena de polémica: Meazza se le tiró encima al arquero Peter Platzer y le dejó el camino libre al argentino Guaita para concretar el 1-0 que instaló a las huestes de Pozzo en la final.
El Comisario Único había exprimido a fondo las posibilidades de sus jugadores. Había formado un equipo muy fuerte tanto en el aspecto físico como en el futbolístico, pero la exigencia del Mundial resultaba inmensa. Muchos de los futbolistas estaban al borde de la extenuación. Los cuatro partidos en 15 días habían sido durísimos, en especial los dos contra España y la semifinal en un suelo barroso frente a Austria. El nerviosismo que generaba la presión de Mussolini incrementaba el clima adverso para un plantel con mucha experiencia y demasiado tiempo transcurrido en las canchas.

El salto del joven Meazza cuenta con el respaldo del experimentado Luis Monti.
El promedio de edad era alto para la época: 29 años. Los más jóvenes eran Demaría (25), Guaita (24), Meazza (23) y el centrodelantero suplente Felice Borel (20). El arquero y capitán Giampiero Combi (31), Monti (33), el defensor Luigi Allemandi (30), los medios Attilio Ferraris (30) y Luigi Bertolini (29), Orsi (33) y Schiavio (29) estaban en la recta final de sus carreras. Se le podría sumar al zaguero Virginio Rosetta (32), que solo actuó en el debut. Algunos como Doble Ancho y Schiavio, además, arrastraban problemas físicos que sembraban dudas en el DT. Pero necesitaba que hicieran un último esfuerzo.
En las horas previas al cotejo del 10 de junio en el Estadio Nacional del Partido Nacional Fascista Mussolini concretó su amenaza más sórdida. El Duce se presentó en el vestuario ante Pozzo y los jugadores y, sin una sombra de duda, les advirtió: “Si los checos juegan correctamente, ustedes juegan correctamente. Pero si los checos pegan, ustedes pegan más que los checos. Y acuérdense: tienen que ganar. Si no ganan…”. Completó la frase con una despreciable sonrisa mientras se pasaba el dedo índice de izquierda a derecha por el cuello.
Sí, los futbolistas iban a jugarse la vida en esos 90 minutos. Y el temor se apoderó de ellos cuando el puntero derecho Antonin Puc puso en ventaja a una Checoslovaquia que se amparaba en la seguridad del arquero Frantisek Planicka. El partido se le había hecho cuesta arriba a Italia por el planteo táctico del técnico Karel Petru. Meazza y Ferrari no podían encontrarse con Schiavio, los desbordes de Guaita y Orsi desembocaban irremediablemente en las manos de Planicka y el tiempo no estaba a favor de los peninsulares.

La selección que se apoderó del título mundial en 1934.
Orsi empató cuando apenas quedaban nueve minutos de acción. El tiempo suplementario representó una pesada carga para los protagonistas. Los checos también estaban cansados, por supuesto. Y no contaban con que a Italia la impulsaba la fuerza extra que significaba el instinto de conservación. Meazza se encontró con Guaita y el argentino envió un centro que el oportunista Schiavio depositó en el fondo del arco de Planicka. El propio centrodelantero admitió que había sacado fuerzas “de la desesperación”.
En el palco oficial, Mussolini mostraba una amplia sonrisa y les entregó un presente personal a los futbolistas, que debieron usar un ridículo uniforme militar para darle un tinte impropio a la celebración por el título. Italia era campeona del mundo gracias a la sabiduría de Pozzo, la fuerza de Monti, los goles de Schiavio y la clase de Meazza, la figura de un equipo que mostró valentía y convicción para luchar contra un destino trágico.
FIGURA, CAPITÁN Y CON OTRO TÍTULO BAJO EL BRAZO
Ver la Copa del Mundo -que todavía no había sido bautizada Jules Rimet- en manos italianas incrementó la súbita pasión por el fútbol que había atrapado a Mussolini en las meses previos al torneo disputado en su país en 1934. Antes de ese certamen, apenas había visto un par de partidos, pero entendió la importancia de ese deporte en el humor social de la población. Por eso, no conforme con el título obtenido por el equipo de Pozzo, renovó la exigencias para los años siguientes.
Afortunadamente para su supervivencia, el técnico no solo poseía un bagaje de conocimientos técnicos, estratégicos y de preparación física inéditos para la época, sino que contaba con una generación de muy buenos futbolistas. Eso le permitió satisfacer las demandas del Duce en los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936. Italia se colgó del cuello la medalla dorada con un seleccionado integrado por un grupo de jugadores muy jóvenes que, a pesar de ser profesionales, se hicieron pasar por amateurs con certificados de estudiantes expedidos para la ocasión.

El capitán Meazza encabeza la salida de Italia al campo de juego.
Además, Italia volvió a llevarse la Copa Internacional del período 1933-1935 con una alineación que tenía muchos puntos de contacto con la que le permitió ser campeona del mundo. Entre ellos estaba Meazza, que había marcado un gol contra Suiza en el 3-0 en Ginebra y otro en el 5-2 en Roma. Con otros dos tantos, había sido el mejor elemento azzurro en la derrota por 3-2 a manos de Inglaterra en Londres en un amistoso en noviembre de 1934. Todavía se consideraba a los británicos como los inventores del fútbol y no se veía con malos ojos una derrota ajustada contra ese rival.
También había anotado en la caída por 4-2 frente a Hungría en Budapest y en una victoria por 3-1 en esa misma ciudad y dos veces en un triunfo 3-2 sobre Francia en Roma. Esos partidos amistosos le permitían a Pozzo diseñar lentamente el plantel para participar en el Mundial de Francia en 1938. La renovación avanzaba a pasos agigantados porque los viejos campeones del 34 se retiraban lentamente. Meazza se afianzaba como líder en la ofensiva, aunque siempre como entreala derecho en una productiva sociedad con Ferrari que seguía dando buenos resultados.
La cuarta edición de la Copa Internacional se puso en marcha en 1936, pero no llegó a su fin por el estallido de la Segunda Guerra Mundial en 1939. Hasta ese momento, Italia renovó sus credenciales de candidata a quedarse con el título con éxitos sobre Suiza (4-2 con un tanto de Meazza), Hungría (2-0) y Checoslovaquia (1-0), más allá de haber perdido 2-0 con Austria y empatado 2-2 con los helvéticos. Peppino ya era el capitán del equipo y contaba con nuevos socios en el ataque como el puntero derecho Piero Pasinati, el longilíneo goleador Silvio Piola y el wing izquierdo Gino Colaussi.

Ferrari y Meazza conformaron una excelente dupla de creadores de juego para Italia en 1934 y 1938.
A contramano de la mayor parte de los seleccionados europeos que poco a poco iban adoptando la WM inglesa, Pozzo seguía aferrado al Método. Cuando en 1936 Monti vistió por última vez la maglia azzurra, el técnico puso manos a la obra y salió a buscar un centromedio que pudiera interpretar a la perfección el puesto como lo hacía el argentino. Eligió al uruguayo Miguel Andreolo, a quien en la península itálica renombraron como Michele. El futbolista surgido en Nacional había ganado el Sudamericano de 1935 con el seleccionado celeste antes de emigrar al Bologna ese mismo año.
Tal como había ocurrido en la víspera al Mundial del 34, Pozzo construyó un equipo muy poderoso que en los meses anteriores a Francia 1938 goleó 6-1 a Bélgica con un tanto de Meazza y 4-0 a Yugoslavia con otra conquista del atacante del Inter. Apenas tres campeones viajaron a París: el defensor Eraldo Monzeglio (32 años), Meazza (27) y Ferrari (30). Esta vez se trataba de un plantel con un prometedor futuro por delante.
Aunque en Inter se mantenía su condición de goleador despiadado, en el seleccionado que jugó en Francia la tarea de Meazza era diferente. Se encargaba de diseñar las maniobras ofensivas en sociedad con Ferrari. En ese certamen sacó a relucir su gran dominio del balón y su inteligencia táctica. Había alcanzado una madurez que le permitía ajustarse a las necesidades del equipo. Con los colores interistas respetaba a la perfección su rol de definidor implacable y con la selección armaba las acciones para las conquistas de Piola o Colaussi.

Vestida de negro, Italia hace el saludo fascista antes del partido contra Francia en 1938.
El clima político en Francia no era saludable para los italianos. Tampoco para los alemanes. El régimen nazi de Adolf Hitler había anexado a Austria a su territorio y la inminencia de la guerra se hacía más palpable. El saludo con el brazo en alto de los germanos desataba la reprobación del público. Los azzurri imitaban ese gesto en cada partido y si bien Pozzo dudaba de la conveniencia de alentar el repudio de los galos, más le preocupaba la reacción de Mussolini si se enteraba de que algún jugador no había respetado el rito.
Para colmo, a las huestes del Comisario Único se les ocurrió saludar dos veces y los insultos se apoderaron de las tribunas del estadio Municipal de Marsella. Pietro Ferraris abrió la cuenta casi desde los vestuarios y eso le dio calma a Italia. Claro que esa sensación duró hasta que Arne Brustad estampó la inesperada igualdad cuando apenas restaban siete minutos. Se hizo necesario media hora de alargue, durante la cual Piola selló el 2-1 luego de recibir un pase de Meazza, quien encabezó la reacción de su equipo.
Si el rechazo a los italianos era mayúsculo en Francia por el régimen encabezado por Mussolini y por el modo en el que saludaban antes de jugar, el hecho de que los de Pozzo tuvieran que medirse con los locales empeoró todo. Debido a la similitud de las camisetas, los peninsulares le cedieron el azul a los galos y utilizaron casacas negras que recordaban a las camisas negras del fascismo, por lo que la atmósfera se hizo irrespirable.

El saludo entre Meazza y el húngaro Gyorgy Sarosi.
Pese a que Francia opuso una férrea resistencia, su nivel era muy inferior al de su oponente. El panorama se hacía más complejo si, como ocurrió, Meazza se encontró con espacios para buscar a los peligrosos Piola y Colaussi con bastante frecuencia. El puntero izquierdo abrió el marcador y más allá del empate transitorio de Oscar Heisserer, dos goles del espigado centrodelantero -el segundo luego de un pase de Peppino- derrumbó por completo los esfuerzos de los locales.
Italia había renovado su candidatura al título. En las semifinales apareció en el horizonte un rival de peso: Brasil, que venía de soportar dos infernales partidos contra Checoslovaquia y se perfilaba como un contendiente con sólidas aspiraciones. Increíble, pero real, el técnico de los sudamericanos, Adhemar Pimenta, decidió que los campeones del mundo no estaban en su mejor momento y se podía dar el lujo de prescindir de Leónidas, su mejor jugador. Su apuesta de cuidar al Diamante Negro y a varias de sus estrellas para que llegaran a punto para la final, le salió muy mal.
Mientras Leónidas esperaba absurdamente que sus compañeros doblegaran a los italianos, Meazza se paseaba triunfal por el césped del estadio Velodrome, de Marsella. Colaussi estampó el 1-0 para los de Pozzo y el capitán estiró la diferencia con un remate desde el punto penal que superó la resistencia del arquero Walter. Recién cerca del epílogo descontó Romeu, cuando las esperanzas de Brasil se habían reducido a la nada.

Junto con el equipo campeón, Pozzo levanta la Copa del Mundo obtenida por Italia en Francia 38.
Otra vez la Squadra azzurra llegaba al partido decisivo por el título. Otra vez Mussolini exigía el triunfo. Otra vez era ganar o morir. El Duce repitió el mensaje amenazante de cuatro años antes. Parecía creer que la selección vencía por sus caprichos y no por la calidad de sus jugadores y la sapiencia de Pozzo… El dictador no entendía que Hungría era un adversario respetable, con jugadores de una calidad excelsa como el capitán Gyorgy Sarosi.
Pozzo parecía tener la fórmula del éxito cada vez que se encontraba con los húngaros. En los cuatro años anteriores Italia había ganado tres partidos y empatado el restante. Además, los centroeuropeos adherían a una visión muy lúdica del fútbol que para el DT azzurro -un maestro de la táctica y la estrategia- se antojaba una potencial ventaja. La total despreocupación por la marca y la naturaleza plenamente ofensiva del equipo que conducía Karoly Dietz hacía que el favoritismo estuviera del lado de los campeones del 34.
Italia no contó con los sabios consejos de Pozzo, quien fue invitado a ver el encuentro desde un lejano palco, de manera que no pudiera dar instrucciones a sus dirigidos. Pícaro, el entrenador empezó a proferir gritos en un extraño dialecto que llegaba a oídos de su colaborador Luigi Burlande y se trasladaba inmediatamente al capitán Meazza. Peppino llevó la batuta y manejó los tiempos del partido. Como buen líder, llevó a los suyos hacia la victoria.

El presidente de Francia, Albert Lebrun, le entrega la Copa del Mundo a Meazza.
El entreala derecho recibió un pase del puntero Amedeo Biavati e inmediatamente dirigió la pelota para el ingreso goleador de Colaussi. Empató Pal Titkos tras una fantástica maniobra de Sarosi, pero la reacción húngara se fue a pique con otra brillante aparición de Meazza. Tiró una doble pared con Piola y el centrodelantero de la Lazio desniveló el resultado. Los húngaros no tuvieran la oportunidad de responder porque Pozzo ordenó una presión asfixiante sobre el capitán, que casi desapareció de escena.
Por el contrario, la figura de Meazza se agigantó aún más. Se acercaba a Andreolo para recibir la pelota y desde cerca de la mitad del campo iniciaba los ataques. Por esa vía llegó un preciso pase para la entrada en diagonal de Colaussi, quien aumentó la brecha en el marcador. En el segundo tiempo, la desesperación se apoderó de Hungría, que se mostraba incapaz de vulnerar la pegajosa marca que Pozzo dispuso sobre las piezas clave del equipo de Dietz. Aunque Sarosi se las ingenió para descontar, la superioridad de Italia se percibía inocultable.
Meazza recorría la cancha con elegante arrogancia y manejaba los hilos de su selección. Con una Hungría cada vez más pálida, Piola le dio vida al 4-2 definitivo y ya no había margen para la duda: los azzurri habían retenido el título del 34. Mussolini tenía nuevamente motivos para festejar. El Duce podía darse el lujo de creer que sus deseos eran órdenes imposibles de rechazar, aunque ignoraba que se hacían realidad porque Italia tenía en sus filas a un fenómeno como Peppino, el niño en el que nadie creía y se hizo tan grande que llevó a su selección a la cima del fútbol mundial.
