UNA MIRADA DIFERENTE

…la gente está sufriendo…

¿Está fallando el supuesto plan, o simplemente es la realidad que no se quiere ver y que se impone?

Si hubiera que hacer el resumen de este momento nacional, ninguno explicaría mejor que la frase del título la situación. El propio Presidente se encargó de plasmarlo en su reciente discurso, en una deliberada muestra de comprensión y empatía, lamentablemente todo ello borrado con el codo con su afirmación de que el plan no está fallando ni requiere corrección alguna, sino que las fuerzas del mal, o sea la oposición, los malvados empresarios y los periodistas ensobrados están torpedeando la marcha del proceso tanto con acciones como con noticias y comentarios mentirosos y malintencionados. 

Hay algunas razones puntuales que justifican esa sensación o queja de la sociedad. Algunas circunstanciales, otra de fondo. El ajuste de motosierra y licuadora necesariamente es injusto por definición, porque se lleva a cabo justamente de modo brutal y sin análisis fino, como no es difícil comprobar.

Eso hace que se termine ajustando lo que es más fácil de ajustar. Sueldos, jubilaciones, prestaciones del estado, ayudas a hospitales, el Pami, las universidades, y similares. Eso tiene dos consecuencias principales: cuando se agotan los ahorros, las reservas o el aguante de los afectados, pasado ya el consabido período de romance y tolerancia de la sociedad con el gobierno, los factores miran hacia el poder y empiezan a reclamar las soluciones prometidas o al menos a hacer oír su reclamo por lo que consideran una injusticia. 

La casta inmune

Simultáneamente, y con bastante razón, la población percibe que el famoso ajuste a la casta, la abolición de cuyos privilegios iba a ser la fuente principal de la baja de gasto y el progreso, no ha pasado de ser un eslogan. Ni la casta política ni la casta empresaria y dirigencial han sufrido un ápice. Basta analizar los casos de corrupción que surgen cada vez que se levanta una piedra -que curiosamente se descubren en su gran mayoría por el accionar de la prensa maldita, no por denuncias del Estado- y aún las concesiones y nuevos negocios que son adjudicados o cedidos a los mismos privados que son una constante nacional de acomodo y dudas.

Que el mandatario acuse a un solo empresario de todos los males económicos nacionales no parece ser muy justo, sobre todo si se analiza la historia de los nuevos salvadores de la Patria que están emprendiendo los inminentes negocios de energía y minería, entre los que se destacan varios amigos presidenciales que no son exactamente ejemplos de nada. O de nada bueno. (Además del efecto negativo que tiene sobre la confianza que inspira el país). 

Necesariamente ambos efectos sumados, y el hecho de que las comparaciones con el nefasto gobierno anterior se van diluyendo en el tiempo y los efectos del ajuste, hacen que las clases medias y bajas hagan sentir sus reclamos. 

Hay otro elemento de fondo. La generación de empleo privado es simplemente un sueño. Ninguno de los emprendimientos va a producir aumento significativo en la creación de puestos de trabajo, ni directo ni indirecto. Es posible que se generen muchos dólares para el país, (suponiendo que el Gobierno continúe actuando como históricamente, creyendo que los dólares de exportación le pertenecen), pero eso no implica que esa imaginada montaña de divisas vaya destinada a crear demanda y trabajo relevantemente. No habría que apostar a la reinversión de esos dólares en el país por ninguno de los caminos posibles. 

La desaparición sin pausa de las Pymes y las acciones defensivas para sobrevivir de aquellas que no cierran, no presagian un auge de demanda laboral del sector más relevante por lejos en esa función. Ese efecto se percibe ya palpablemente en los empleados y proveedores de estas empresas, que están soportando el efecto devastador de esa reducción, no ajena al tipo de cambio manipulado. 

Por el momento, el Gobierno parece empeñado en su objetivo primordial de conseguir más dólares para pagar la deuda, a efectos de poder endeudarse más, lo que no es exactamente un plan parecido al que se prometió. No hace falta, entonces, ningún complot ni sabotaje, ni ataque de nadie para explicar esa sensación absolutamente justificada que invade a la sociedad. 

Pasmosa ignorancia

Por otra parte, el ajuste, hecho con pobre análisis de cada situación por el uso de la motosierra y la licuadora y porque los equipos de gobierno no conocen demasiado el funcionamiento de cada área y mal pueden entonces practicar una sintonía fina que mejore la equidad en las medidas, en especial luego de desaprovechar deliberadamente a muchos exfuncionarios del gobierno de Macri que tenían probada experiencia en áreas específicas clave, y reemplazarlos por una avalancha de viejos peronistas, kirchneristas, camporistas, arribistas, que, salvo declaraciones conventillescas en el Congreso y las redes no parecen entender demasiado de lo que hacen. 

A eso se agrega la pobre comunicación en casos como las universidades, las pensiones por discapacidad, los hospitales, donde el Gobierno tenía razones valederas en muchos aspectos, pero no fueron plasmadas ni con medidas inteligentes y precisas, ni en una comunicación sólida y clara que fuera comprendida por la sociedad. Eso también tiene que ver con el desconocimiento. 

Es sabido que, durante décadas en las reparticiones públicas a todo nivel, cada partido gobernante fue incorporando personal de su riñón o amistad, y lo hicieron las distintas facciones de los partidos en el poder. Los nuevos gobiernos incorporaron e incorporan a sus leales, parientes, amigos, amantes y entenados, sin prescindir de los similares de los gobiernos anteriores. Eso ha creado un sistema de capas tectónicas de inútiles que se obstaculizan ente ellas, lo que ha logrado que todas las áreas estén manejadas por incapaces.

Hasta hace unas décadas regía una ley que determinaba que todos los cargos de la administración, incluyendo el de Director, debían ser ocupados por personal de carrera elegidos con un riguroso sistema de admisión. Eso ponía a la administración a salvo de las designaciones de favor, de compromiso o de nepotismo de los políticos, que sólo podían dar los lineamientos que debían guiar el accionar de cada área. Esa legislación fue conveniente y obviamente derogada. Por eso, entre otras razones de honestidad, es posible sostener, mitad en tono liviano, mitad en serio, que si el país estuviera administrado por la Inteligencia Artificial, el gasto del estado bajaría a no menos de la mitad sin reducir sus prestaciones. Ese sería el auténtico ajuste justo, con perdón de la cacofonía. 

Y esto lleva a la razón de fondo de la actual coyuntura. El ajuste (suponiéndolo sostenible) se hizo muy rápido, probablemente porque la situación heredada era verdaderamente dramática, y por otra porque el miedo al gradualismo se justificaba por lo ocurrido durante el gobierno de Macri, quien luego en su libro Segundo Tiempo acusó a varios de sus colaboradores más importante de haber suavizado la aplicación de sus políticas de reducción del gasto y eficientización de la administración, justamente para evitar un shock social. 

En tren de recordar, Javier Milei fue entonces un fuerte defensor del gradualismo, junto a Sturzenegger, entonces presidente del Banco Central, de quien sostuvo que era el mejor presidente de un Banco Central de la historia, fiel a su costumbre de rimbombancia de juicio. Hoy diría que es el mejor desregulador del mundo, lo que tampoco sería acertado.

El cuarteto trágico

El ajuste instantáneo es esgrimido y utilizado por temor a que un próximo gobierno “tire para atrás” los efectos positivos de cualquier cambio que se practique, o que no continúe con la línea de seriedad fiscal. Ese temor no es sólo privativo de un sector de politólogo y políticos, la prensa y parte de la sociedad. También los inversores y los banqueros le temen a la política gradual por las mismas razones. Eso se une a la percepción de inseguridad jurídica que genera un sistema de Justicia corrupto, politizado y disolvente que, junto con el gremialismo, los empresarios prebendarios y los políticos configuran el cuarteto trágico que se conoce como, la casta, la “nueva clase” de la que hablaba Milovan Djila en 1950 cuando se refería al comunismo. 

La necesidad de hacer un ajuste rápido y mágico, en lo que coincidieron Milei y sus votantes por las razones válidas ya explicadas, tiene dos contrapartidas dramáticas: la gran cantidad de injusticias, errores e inequidades que se cometen en un achique de apuro y sin tiempo ni conocimiento para pensarlo adecuadamente, y más de fondo, el hecho de que como la economía y su funcionamiento no es inmediato, los efectos negativos de un cambio se sienten de inmediato y en cambio, los beneficios van ocurriendo gradualmente, a veces mucho más allá del término de vida de sectores importantes de la población. 

Eso ocurre, por ejemplo, cuando se dice que las empresas deben adaptarse o morir, y serán reemplazadas por nuevas empresas más eficientes con nuevas actividades, nuevas tecnologías y nuevos productos que generarán un mayor bienestar y riqueza. Es cierto. Pero ambas cosas no ocurren simultáneamente.  Los efectos negativos se sienten de inmediato y son sufridos por la sociedad hoy mismo. Los positivos pueden tardar años, y plasmarse luego de grandes penurias. ¿Y en el interín? 

Eso es más dramático en países como Argentina, que ha vivido casi un siglo apartándose rigurosa y prolijamente de la sensatez y la seriedad económica, de la honestidad y el conocimiento. El cambio puede llegar a ser muy duro, aunque sea imprescindible. 

Pero como los políticos (aún los recién llegados) dependen de la decisión popular, que está siempre en busca de milagros, suelen prometer cualquier magia instantánea y, lo que es peor, luego intentan cumplir la promesa, o hacer creer que la cumplen. El resultado es siempre catastrófico. 

Tómese la inflación por caso. Los países con alta inflación crónica que lograron controlarla y reducirla, lo hicieron con procesos de varios años y, sobre todo, con políticas de Estado, que garantizaban la continuidad del proceso. Perú, Ecuador, Uruguay son buenos ejemplos regionales. Pero para que eso ocurra, es necesario un consenso no sólo en la sociedad, sino entre las distintas fuerzas políticas y los políticos en general. También la justicia. Y aquí está la esencia del problema. Una política de Estado de esa naturaleza evitaría un ajuste instantáneo con todos sus efectos y al mismo tiempo daría confianza a los inversores, las empresas globales y al sistema financiero mundial. Ese sería el verdadero y único plan viable, que iría mostrando progresos paulatinamente y permitiría reinventarse de modo mucho menos traumático. 

Pero ¿cómo hacer eso en Argentina, que tiene una historia de defaults, trampas, robos, expropiaciones, prohibiciones, control de cambios, mentiras y coimas a nivel mundial? ¿Cómo hacer confiables a Cristina Kirchner, Kicillof, Pichetto, Bregman, Massa, al radicalismo copado por sus fantasmas y monjes negros históricos, a la Cámpora, aún al PRO de Macri, lleno de tránsfugas actuales y futuros, y hasta Milei y sus desequilibrios tourettianos y su incontinencia verbal, además de la regencia de su hermana? 

También se podría preguntar ¿cómo hacerlo con un gobierno que tiene en sus filas a sectores horribles del peronismo, el kirchnerismo y La Cámpora y les confía posiciones clave en la administración y también en su andamiaje político formal e informal y nada menos que en la justicia? 

Famoso y difuso plan

El famoso y difuso plan de Milei tiene dos mandatos del FMI que sabe todo lo que esta nota dice: la obligación de bajar el gasto a lo que dé, y la obligación de comprar dólares para pagar algo de la deuda cercana. Única manera en que el sistema devolverá una pizca de confianza. Como es habitual, el Fondo no tiene una particular sensibilidad social. Esas órdenes son en cierto punto contradictorias y pueden generar otra crisis de deuda interna y cambiaria. 

Como decoración de la torta, algunas acciones de los integrantes del Gobierno le quitan credibilidad, en especial en su papel de Catón de la República. Eso se agranda cuando se intentan dar explicaciones infantiles o, en otros casos, se esconden tras jueces amigos. 

Por esta mezcla de razones, sólo algunas atribuibles al gobierno de LLA, es que hoy crecen las dudas. La idea de Macri de unir fuerzas hubiera sido un paso a una política de Estado. Lamentablemente los asesores no calificados del Presidente le hicieron ir por otro rumbo. Prefirió rodearse de varios de aquellos que llevaron al país a su triste situación, de la que tanto cuesta y costará salir. Y, para colmos, soporta una división salvaje entre sus tutores. 

La gente está sufriendo. Ese hecho no se reflejará solamente en los resultados electorales, que preocupan al oficialismo. Si el Gobierno quiere, puede seguir culpando a la guerra, la oposición, al complot contra “el plan” y a la prensa comprada, o a la sociedad que no percibe lo que los indicadores económicos dicen, y refrendarlo con insultos a diestra y siniestra. Es difícil que eso cambie la realidad. Afortunadamente, el mejor ministro de economía del mundo y de la historia se ocupará de ello.