Zoran Mušič, el pintor de Dachau
A Zoran Mušič no le gustaba hablar de sus obras. No era como esos artistas que se extienden en definiciones, esteticismos o trifulcas filosóficas. Sus primeras pinturas eran simples y frescas. En ellas se reconocían las barcas venecianas, los paisajes de la costa dálmata, algunas calles de París… pero bruscamente irrumpieron en sus obras personajes envueltos en tinieblas, cuerpos desmembrados, luciendo gestos de horror. Con el tiempo y casi sin proponérselo, salieron de su pincel sus experiencias en el campo de concentración de Dachau, un recuerdo que exorcizó en cuadros y dibujos.
Zoran era esloveno, nacido en Bukovica, en Gorizia, un pueblo que, en 1908, año de su nacimiento, pertenecía al Imperio austrohúngaro. Desde hacía siglos esta era una zona de conflicto, un área de cruce de civilizaciones y credos.
La infancia de Zoran estuvo marcada por el desarraigo. Antes de la Primera Guerra su familia fue expulsada al valle de Arnače. Los Zoran se dirigieron hacia Carintia, Austria, lugar del que, una vez más, fueron expulsados. Al final, se establecieron en el Reino de los Serbios.
Por este periplo Mušič aprendió a expresarse en varias lenguas: italiano, serbio, esloveno, alemán y español, que aprendió después de haber asistido a la Escuela de Arte en Zagreb, donde quedó impresionado por la obra de Goya. Viajó a España para conocer sus pinturas, especialmente la serie de la “Quinta del Sordo”.
En Dalmacia se dedicó de lleno a la pintura hasta el comienzo de la guerra, cuando se trasladó a Venecia y Trieste. Allí sus relaciones con grupos contrarios al régimen fascista llamaron la atención de la Gestapo.
Los alemanes sospecharon de él, lo apresaron y fue enviado a Dachau en 1944. En medio del horror, guardó una serie de apuntes de cómo se vivía en ese campo de exterminio. Zoran contó, años más tarde, que cumplía como un autómata las tareas que le encomendaban los nazis, como transportar los cadáveres de las víctimas de una epidemia de tifus que mató a miles de reclusos durante la guerra.
“Sin Dachau hubiese sido un pintor ilustrativo; después me vi obligado a llegar al corazón de las cosas”.
Fue rescatado por las tropas americanas y, cuando recuperó sus fuerzas, se dirigió a Liubliana, pero el régimen comunista lo presionó y decidió establecerse en Venecia.
Allí se casó con la pintora Ida Cadorin.
En 1956 recibió el Gran Premio de la Bienal de Venecia y después el Gran Premio de París, ciudad en la que se estableció y donde llevó una intensa vida artística. Su obra fluyó hacia una abstracción lírica que fue premiada por la UNESCO y mereció una retrospectiva en el Grand Palais.
RECUERDOS DEL HORROR
Sus recuerdos de Dachau no afloraron inmediatamente en su obra. Es más, casi no tocaba el tema... pero de a poco comenzó a pintar esas cosas que acosaban su imaginación y brotaban casi por sorpresa, evocando el horror. Al igual que Goya, Zoran pudo decir: “Yo lo vi”.
Su paleta se volcó al blanco y negro y su obra se hizo más abstracta: los cadáveres que había visto irrumpían en su obra; los ojos, las bocas, los miembros destrozados... todo era una alucinación monótona de la barbarie y la impiedad.
“Uno veía tanto horror que se atontaba. Nos ponían en fila y nos decían ir a la izquierda o a la derecha. Un lado era la muerte en la cámara de gas; el otro lado era sobrevivir. Pero uno estaba tan indiferente que le daba lo mismo ir a un lado o al otro. De a poco aceptas este universo que se movía con raras, pero precisas reglas que se tornaban inevitables”.
Sin embargo, el pintor dentro de Zoran no había desaparecido y se conmovía ante lo que llamaba “la trágica elegancia de los cadáveres”. Decía, casi sin rencor: “Esto pasó, hubiese sido mejor que no pasara, pero pasó”.
Y se formulaba la pregunta que lo atormentaba: “¿Por qué sobreviví?”.
Quizás la respuesta está en estos cuadros de Dachau y en esa experiencia hecha arte que se convierte en una memorable ocasión para creer en el espíritu del hombre.
NATURALEZA CÍCLICA DE LA CRUELDAD
En la comodidad de nuestro hogar, nos cuesta creer que el hombre pueda ejercer tanta crueldad. Y pensamos, o nos gusta pensar, que ese horror ha concluido para no volver.
Sin embargo, en una de sus obras, Zoran Mušič escribió: “Nosotros no somos los últimos”.
Y Zoran tuvo la oportunidad de confirmar que el horror de los campos de exterminio no se agotaba en Dachau, ni en Auschwitz, ni en las razias estalinistas o los campos de trabajo camboyanos, ni siquiera en la propia tierra de donde era oriundo, cuando la guerra de los Balcanes.
La crueldad es una tragedia reincidente. Y, en esa reincidencia, la crueldad se vuelve casi anónima.
Sin embargo, Zoran también conoció ese “espíritu del hombre” que puede crear y destruir, amar y odiar, construir y aniquilar, donde se encuentran la resiliencia y la catarsis.
LA ALOSTASIS
¿Qué es la resiliencia? Obviamente es un fenómeno complejo que no solo acepta explicaciones psicológicas.
Hay mecanismos biológicos para superar estos traumas, que no todo el mundo puede soportar. Cada persona tiene su umbral. ¿La resiliencia es simplemente fuerza de voluntad? No.
Cuando una persona se somete a un estrés crónico, los sistemas biológicos se saturan y simplemente colapsan.
El cuerpo tiende a una homeostasis, es decir, a permanecer en equilibrio.
Pero este concepto ha sido desplazado por la idea de la alostasis, que es la capacidad del cuerpo de adaptarse. Solo sobrevive quien se adapta. Y Zoran se adaptó.
LA RESILIENCIA Y LA BIOLOGÍA
El organismo no se queda quieto ante una agresión, sino que se adapta. Esto pone en marcha una “red de resiliencia”, una serie de sistemas trabajando juntos para superar la agresión y sobrevivir.
Dicha adaptación se da a nivel psicológico, neurológico, inmunológico y endocrinológico.
La respuesta es acorde a la interconexión entre los distintos niveles. Si el organismo tiene un estrés constante, el sistema se desgasta. Esto se puede medir por los niveles de cortisol, de neurotransmisores y de cambios en las inmunoglobulinas.
La voluntad y el consejo psicológico sirven, pero solo si el cuerpo, sus hormonas y neurotransmisores están en cierto nivel de equilibrio. Cuando este equilibrio se rompe, la resiliencia se quiebra. El cuerpo y la mente no pueden separarse.
Para mantener el equilibrio está la catarsis, que actúa como una válvula de escape. Al llorar, gritar, temblar, escribir o pintar, el cuerpo libera endorfinas que ayudan a relajar los músculos y, al cabo de un tiempo, permiten lograr claridad mental y la objetividad indispensable para la asimilación cognitiva y el aprendizaje, que nunca se acaba y sirve para compartir experiencias y ayudar a otros a superarse o evitar caer en los mismos errores.
Pero no siempre, y no todos, son capaces de aprender. Solo la repetición de los errores logrará que alguna vez los superemos... Y, aun así, la repetición no nos salva de caer en el mismo horror...
De allí el mensaje de Zoran: no somos, ni fuimos ni seremos los últimos en conocer la crueldad de la que el hombre es capaz.
Pero también veremos a quienes superan ese horror para seguir con su vida.
Porque estamos hechos de dolor y esperanza...
