DOS CLASICOS QUE IMAGINARON UN CONFLICTO TOTAL CON LA RUSIA SOVIETICA
Versiones literarias de la Tercera Guerra Mundial
Las obras del general británico Sir John Hackett y el estadounidense Tom Clancy se publicaron en la última etapa de la “guerra fría”. Sus hipótesis cobraron nueva relevancia a partir de la contienda en Ucrania.
Desde la invasión rusa de Ucrania en 2022 es habitual escuchar voces alarmistas que alertan sobre el estallido de un conflicto más amplio que podría involucrar a las tropas del Kremlin con las fuerzas de la OTAN en países de la Europa central u occidental incluso. Los dos bandos en pugna llevan años agitando ese espantajo, ya sea como arma de acción psicológica o como eventual recurso de negociación. Las hipótesis, fogoneadas con entusiasmo en la prensa británica o estadounidense, llegaron al extremo de imaginar un intercambio nuclear, posibilidad que, jugando el mismo juego, no ha sido descartada por el líder ruso Vladimir Putin.
Décadas atrás un par de libros notables, hoy no siempre recordados, ensayaron ese ejercicio bélico conjetural, bien que situados en el tiempo de la “guerra fría”.
En 1978 se publicó el primero de ellos, La Tercera Guerra Mundial, obra colectiva firmada por el general británico Sir John W. Hackett; ocho años más tarde, en agosto de 1986, el estadounidense Tom Clancy, best-seller del momento, dio a conocer Tormenta roja.
Las dos obras abordaban el mismo tema: un enfrentamiento general entre los aliados occidentales nucleados en la OTAN y las tropas de la entonces Unión Soviética y sus estados satélites o clientes del Pacto de Varsovia y más allá.
El trabajo de Hackett (1910-1997) adopta la estructura ficticia de un ensayo histórico escrito tras la conflagración librada en el verano boreal de 1985; el de Clancy (1947-2013), que no precisa fechas, es una novela en toda la línea que sigue las reglas imprescindibles del género en su variante del thriller político o de espionaje.
AGRESIONES
En ambos casos la agresión parte del lado ruso, aunque como respuesta a una situación de presunto peligro real o inminente.
Los jerarcas soviéticos inventados por Hackett quieren impedir el resquebrajamiento del poder comunista en la Europa oriental, a la vez que tratan de contener el expansionismo de una China que se ha asociado comercialmente con Japón, su enemigo histórico, en una “esfera de co-prosperidad”.
Imitando a la inversa el precedente de Bahía de Cochinos, en 1961, los dirigentes comunistas buscarán probar la capacidad de reacción de un nuevo presidente norteamericano, sureño y republicano, que acaba de asumir luego de dos mandatos erráticos del demócrata Jimmy Carter.
Clancy comienza su novela con un acierto de futurología. Infiltrados islamistas atentan contra un inmenso complejo petrolero soviético en el oeste de Siberia. El golpe terrorista desata una vasta crisis en la provisión petrolera y de energía del gigante soviético. Para remediarla, el Kremlin apela a una solución extrema: maquina una invasión relámpago de la Alemania occidental y los Países Bajos (el plan “Tormenta roja”) que distraiga a la OTAN de su verdadero objetivo, que es la intervención en el Golfo Pérsico en busca del anhelado oro negro.
El falso ensayo de Hackett se prodiga en anexos documentales, mapas y fotografías reales de armas y soldados con epígrafes acordes al relato de fantasía. La contienda que presenta es de veras mundial, y se libra por tierra, mar, aire y hasta en el espacio exterior.
Aunque su foco de atención es el centro y el norte de la antigua República Federal de Alemania, sus páginas despliegan combates en Yugoslavia, Italia, Sudáfrica, el Golfo Pérsico (donde un Irán anterior a la revolución islámica es el aliado clave de la OTAN), el Océano Indico, el Golfo de Adén, las costas y los bosques de Noruega, la península de Kola y, por supuesto, el Océano Atlántico norte.
EL ATLANTICO
La novela de Clancy, poblada por decenas de personajes que representan distintas líneas narrativas que se van cruzando y complementando, fue pensada a partir de otra premisa.
Su idea, explicada en la “Nota del autor”, era recrear una nueva “Batalla del Atlántico” adaptada a la década de 1980 y a la “guerra fría”. La semilla estaba en ciertos juegos de guerra que Clancy ya había empleado para escribir La caza del Octubre Rojo, su primera novela aparecida en 1984. A ello le sumó la colaboración con otro aficionado al tema, Larry Bond, quien después también probaría suerte por su cuenta como autor de novelas de imaginación bélica.
Si bien no elude relatar los combates en territorio germano, la columna vertebral de Tormenta roja pasa por el Atlántico. Varios de sus personajes, siempre estadounidenses, encarnan la acción en ese teatro de operaciones: son comandantes de fragatas o submarinos nucleares, hay un analista de inteligencia embarcado en portaaviones y el piloto de un caza F-15 apostado en Islandia.
La importancia de estas acciones aeronavales, admitida en la vida real por los planificadores de ambos bandos, radicaba en que, tal como había sucedido en la Segunda Guerra Mundial, a través del Atlántico deberían llegar los cruciales refuerzos estadounidenses y canadienses enviados a fortalecer al Reino Unido y decidir el resultado de la batalla en la Europa continental. Quien se impusiera en esa batalla estaría en condiciones de ganar la guerra.
OFENSIVA BLINDADA
También el libro de Hackett reconoce a su manera indirecta esa perspectiva, aunque la relega a un segundo plano detrás de los choques terrestres entre enormes fuerzas blindadas y motorizadas en Alemania y los Países Bajos.
En su hipótesis literaria la temida ofensiva soviética, pensada para durar tres semanas, incluye el uso de armas químicas y, hacia el final, la detonación de ojivas atómicas, dos posibilidades que no aparecen en la obra de Clancy, que solo desarrolla las alternativas posibles de una guerra estrictamente “convencional”.
Hackett, quien fue subjefe del Estado Mayor Imperial y comandante del Ejército Británico del Rin, contó con la colaboración intelectual de un puñado de jefes militares de alto rango, más un par de civiles, incluido un periodista de la revista The Economist. Su trabajo se detiene -demasiado, tal vez- en las causas del conflicto hipotético, plantea en detalle la situación político-militar de los dos bandos en vísperas del enfrentamiento y practica una narración panorámica desde el punto de vista estratégico, no táctico.
El general británico escribe guiado por un clara motivación docente y alarmista. Insiste una y otra vez en las falencias de las conducciones políticas del bloque occidental a fines de la década de 1970, y subraya el declive en el grado de alistamiento y preparación militar de sus principales ejércitos. Su versión ficticia imaginaba una reversión a tiempo de esa aparente decadencia, algo que efectivamente ocurrió en la vida real.
LA TECNOLOGIA
Clancy evita interrumpir la trama con opiniones. Sus ideas, propias de un autor conservador y reaganiano de la década de 1980, quedan expresadas a través de las acciones y los diálogos de sus personajes, que son mayoritariamente norteamericanos o soviéticos. Pero los verdaderos protagonistas son, por momentos, las “máquinas de guerra”. Buques, aviones, tanques, helicópteros, proyectiles, torpedos, cañones, radares, sonares, satélites parecen tener vida propia y se adueñan del relato una vez que se desatan las hostilidades.
Por dicha erudición técnica Clancy fue considerado el inventor del llamado “tecno-thriller”. En Tormenta roja exhibe sus conocimientos al punto de mostrar en acción a sistemas de armas que, para la fecha de su novela, no habían tenido su bautismo de fuego, como los misiles de crucero lanzados desde submarinos o el entonces secreto cazabombardero “stealth” (“furtivo”) que iba a tener su debut en la primera guerra del Golfo Pérsico (1991).
Para ambos autores la tecnología era el factor decisivo en sus guerras imaginarias. Clancy lo demuestra en sus vibrantes escenas de combate; Hackett lo pregona con su estilo ensayístico.

“El período de hostilidades a gran escala entre las fuerzas de la Alianza Atlántica y el Pacto de Varsovia fue corto, de hecho, no más de tres semanas -se lee en el penúltimo capítulo de La Tercera Guerra Mundial-. Aun así fue suficiente para mostrar de manera harto asombrosa hasta qué punto la tecnología electrónica de Occidente había superado a la del bloque oriental. La razón era muy simple y estaba más allá de toda disputa. La ventaja de Occidente residía en la competencia comercial”.
CONTRADICCION
Ambos libros coinciden en que una hipotética tercera guerra mundial nunca podría durar demasiado tiempo, incluso en su variante convencional. De ahí que en las dos novelas los jerarcas soviéticos se decantan por una ofensiva relámpago, buscando evitar la sangría de una prolongada guerra de desgaste (que es lo que terminó sucediendo en Ucrania a partir de 2022).
Desgarradas entre la información verídica, las licencias literarias y el credo atlantista, las dos novelas pintan a un coloso ruso intimidante por su poderío en armas y soldados, pero en el fondo ineficiente y agobiado por insalvables carencias técnicas y económicas. Un diagnóstico contradictorio, vigente hasta hoy, que comparten la ficción y el discurso cotidiano de gobernantes y gacetilleros de la OTAN en el mundo real.
Más allá de las cambiantes vestiduras ideológicas, los dos libros toman partido por la supremacía anglosajona, manifestada en su histórico dominio del mar, por encima de los estados terrestres, como el vasto imperio zarista o soviético.
Clancy lo deja en claro desde el comienzo, en el epígrafe que abre Tormenta roja, que es una cita de un ensayo del oficial naval y escritor estadounidense Edward L. Beach Jr.,:
“Desde tiempo inmemorial, el propósito de una marina de guerra ha sido influenciar, y a veces, decidir, situaciones en tierra… El mar ha prestado movilidad, capacidad y apoyo a lo largo de toda la historia de Occidente, y quienes han fracasado en la prueba del poder marítimo -en particular Alejandro, Napoleón y Hitler- han fracasado también en la de la longevidad”.
Casi lo mismo que, con otras palabras, señala Hackett en el capítulo 23 de su obra: “Toda gran nación que sin el beneficio del poder marítimo ha buscado humillar a otras en luchas intercontinentales, al final se ha visto ella misma humillada por el poder marítimo”.
