NOVELAS EN CLAVE SOBRE LA GUERRILLA Y LA REPRESION

Verdades incómodas de los ‘70

Tramas conspirativas, cerebros ocultos, traidores y confesiones inesperadas. Una selección de títulos que contaron la década maldita con la libertad de la ficción.

A medio siglo del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, el ambiente cultural argentino alistó el previsible aluvión evocativo: nuevos libros, reediciones, muestras, ciclos, charlas, “debates”. La ocasión impuesta invita a ampliar la mirada y eludir el mojón obligatorio. A recordar el camino sangriento y tormentoso que llevó hasta ese día y ese año, y cómo lo reflejaron ciertas obras literarias que eligieron la mirada de la ficción para relatar lo que en su momento fue presente o historia no muy lejana. Novelas en clave sobre los años ‘70.

Las tramas sobre los inicios de la etapa suelen ser conspirativas, densas, a veces alucinatorias. Un primer ejemplo notable es Andá cantale a Gardel, de Alejandro Losada, que se publicó en el temprano mes de octubre de 1970.

El autor, un filólogo especializado en literatura gauchesca, había integrado hasta poco antes el gobierno militar de Juan Carlos Onganía en su ala “nacionalista”. La novela cuenta esa experiencia oscilando entre la confesión enmascarada, la parodia, el pastiche y unas “visiones” en las que el narrador en primera persona presenta hechos traumáticos recientes como el asesinato de Augusto Vandor y, tal vez, el secuestro y muerte del general Pedro Eugenio Aramburu. Lo hace como si hubieran ocurrido en el siglo XIX y con una prosa salida de “El matadero”, de Echeverría.

“Yo también estuve en el complot -le confiesa un personaje al protagonista-. Me aparté de ellos. Fue mi tentativa de retirarme. Todavía no sé si lo hice demasiado tarde. Ni siquiera sé si aún estoy conspirando”.

Más que cualquier otro de los títulos incluidos en este artículo, Andá cantale a Gardel ofrece un acercamiento velado a los grandes misterios que rodean el inicio de la década de la violencia. Es también una denuncia de cómo intereses en apariencia opuestos, algunos dentro del propio gobierno de facto de aquel tiempo, confluyeron para echar a andar una maquinaria de muerte que después ya no podría detenerse.

NUEVA IZQUIERDA

Otra novela conspirativa sobre los orígenes es Los pasos previos (1972), del poeta Francisco Urondo. La recorren un puñado de personajes designados con nombres bíblicos o de los cuatro evangelistas, un recurso que pretende subrayar el carácter “fundacional” de la historia.

Son intelectuales, periodistas, artistas de la “nueva izquierda” en tránsito al peronismo revolucionario. Viajan a Cuba, Praga y París y debaten, discuten, acuerdan o se enfrentan. El trasfondo es el auge del guevarismo, el régimen de Onganía, la ruptura de la CGT, el surgimiento de las primeras guerrillas y los tempranos atentados de 1969, el año del Cordobazo.

No es difícil identificar a algunos de los modelos de la vida real, como el periodista Emilio Jáuregui, abatido por la policía en junio 1969 durante una manifestación callejera, o el propio autor, que en ese tiempo hizo el mismo recorrido de sus creaciones literarias hasta sumarse a las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y después a Montoneros, cuyas filas integraba cuando fue muerto en 1976.

En 1990 el periodista Hugo Ezequiel Lezama condensó en unas 200 páginas su recreación literaria del ciclo íntegro de la guerrilla y la represión militar. Lo hizo en La guerra secreta de Buenos Aires, una novela que no quiso calificar de “histórica” aunque admitió que transcurría “dentro de un marco histórico” y con “personas que existieron o existen, junto a otras genuinamente ficticias que las acompañan”.

Por sus páginas desfilan algunos de los hechos más impactantes del período, desde la toma de Garín y el secuestro y asesinato de Aramburu, al atentado en el comedor de la Policía Federal en 1976 y la infiltración del joven teniente de corbeta “Pedro Ortiz” en las Madres de Plaza de Mayo. En todos los casos el libro ofrece una visión alternativa y acaso más ajustada a la verdad de esos episodios gracias a la libertad que permite la literatura fundada en experiencias concretas, inconfesables en otro registro.

La trayectoria de Lezama explicaba el porqué de esa estrategia. Hombre vinculado a la Armada y ex director del diario Convicción (1978-1983), al comienzo de la novela agradecía al almirante Edgardo Otero y al capitán de fragata Raúl Scheller “por su desinteresada sinceridad y su inestimable colaboración profesional”. También reconocía por sus apodos o “nombres de guerra” a tres “ex miembros de la secretaría militar de la conducción nacional de Montoneros, quienes con madura serenidad me suministraron valiosa información”.

EN EL ERP

Los compañeros (2000), de Rolo Diez, reflejó desde adentro las experiencias de un oficial del Ejército Revolucionario del Pueblo. Y no de un oficial cualquiera: el protagonista, Roberto, alter ego del autor, integraba la estructura de inteligencia del grupo dirigido por Mario Roberto Santucho.

Las situaciones que “Roberto” relata en primera persona se alternan con otra sección, “Los compañeros”, asignada a un narrador omnisciente. La historia comienza a fines de 1975 pero avanza y retrocede en el tiempo para reconstruir la entera trayectoria revolucionaria de Roberto desde que en 1968 se decidió a practicar la “lucha armada”.

Los compañeros fue la primera novela de Diez, que con ella inauguró en el exilio mexicano una prolífica carrera en el género policial. Casi todos los hechos que narra ocurrieron: seguimientos, infiltraciones, atentados, asesinatos, traiciones, agentes doblados, negociaciones bajo cuerda entre enemigos. También existieron los personajes, que aparecen encubiertos por los seudónimos o “nombres de guerra” que usaban en la vida real.

En Cinco balas para Augusto Vandor (2005), el periodista y abogado Alvaro Abós dotó de carnadura literaria a la versión del asesinato del líder sindical que estamparon sus presuntos autores casi cinco años después de cometido el magnicidio de 1969.

La obra, que sigue tres líneas narrativas en paralelo, vuelve al crimen pero también recorre momentos centrales de la vida del jefe de la Unión Obrera Metalúrgica, el “Lobo”, hasta su presunta intención de disputarle el poder al exiliado general Perón.

Un proyecto que la novela relativiza y atribuye en cambio a los caprichos del periodismo que practicaban las revistas política de la época, tipo Primera Plana, con su “arte de contar cuentos para adultos”. Lo mismo valía para la acusación de corrupto que siempre pendió sobre el jerarca gremial. “Se decía que el Lobo tenía caballos, algunos hablaban de un haras. La verdad es que no habían podido encontrar nada”, confesaba, en la ficción, uno de los conjurados que tramaban su muerte. Pero el crimen debía seguir adelante: “No importa mientras el mito se difunda”.

GUEVARA

Un par de novelas de Abel Posse merecen integrar esta lista. La primera, Los cuadernos de Praga (1998), exploraba una de las etapas más misteriosas en la vida de Ernesto Guevara: los tres o cuatro meses que pasó recluido en la capital checoslovaca a partir de marzo de 1966.

Para entonces el Che había regresado de su fallida experiencia guerrillera en el Congo y se disponía a marchar a la campaña igualmente fracasada que al año siguiente lo llevaría a la captura y el fusilamiento en Bolivia.

De ese último Guevara, Posse aspiró a sondear “su intimidad. Su diálogo final con la muerte, la extraña naturaleza de su última transfiguración y su soledad transformada en desafío casi desesperado. Desafío de suicida sublime, de quien, quizá, matándose nace”.

Ese tiempo de transición fue también una etapa clave para la futura violencia en la Argentina. Algunos de los primeros grupos armados del país se formaron para sumarse a esa segunda operación guevarista en territorio boliviano, que al final no llegó a desplegarse en toda la magnitud prevista, al menos no en 1967.

La otra novela de Posse es Noche de lobos (2011). Su personaje central es una ex montonera de alto nivel, antes fundadora de las FAR, sobreviviente de la ESMA y conocida del autor, que mientras estuvo cautiva entabló una relación sentimental con un oficial de los grupos de tareas de la Armada.

El vínculo, que fue de los más resonantes entre los muchos que se dieron en cautiverio entre guerrilleras y represores, ya había sido ventilado por Miguel Bonasso en Recuerdo de la muerte (1984), un libro capital en la construcción del primer “relato” sobre los años ‘70 que también cabalgaba entre la historia y la literatura en código. En 1996 lo retomó Liliana Heker en El fin de la historia, aprovechando el hecho de que la protagonista, una mujer que “estaba hecha para beberse la vida hasta el fondo de la copa”, había sido su amiga personal desde la infancia.

DOS VERSIONES

Más discursivo, Posse amplía la mirada y navega por otros episodios de aquella época cruenta que exceden la relación entre la montonera (Greta Carrasco en la ficción) y el marino (Armando). Heker, que hace una apuesta mayor por la experimentación literaria, escarba en los actos y las contradicciones íntimas de la mujer que llama Leonora Ordaz, la amiga admirada que fue académica, combatiente marxista, traidora y amante de un torturador.

Ambos autores registran que el cambio de la guerrillera estuvo dictado por una sincera conversión religiosa. También pesó el agradecimiento en medio del horror: el marino enviado a capturar al esposo montonero de Greta/Leonora, al que hirió mortalmente en combate, cumplió su promesa de salvar la vida de la hija pequeña y entregarla a sus abuelos maternos. Así nació el amor entre adversarios.

El libro de Posse es más indulgente con su protagonista y, hacia el final, se permite darle voz al marino enamorado, cuyo modelo de la vida real fue juzgado y condenado por delitos de lesa humanidad (hoy sigue en prisión al borde de los 80 años). “Yo no fui un criminal. Fui un soldado -aclara-...los que nos llamaron desde el gobierno democrático para aniquilar son quienes nos aniquilan. Es como la historia de los samurais vagabundos de la película de Kurosawa: los llaman para que frenen a los bandidos que saqueaban y mataban y cuando son liberados, echan, humillan, matan a los samurais”.

En su novela Heker es más inflexible con el personaje femenino (“Tiene mucha fuerza. Iba a decir pasión pero no es más que el simulacro de la pasión: en el fondo es fría y calculadora. Una mujer peligrosa.”) y se queda con la imagen de una guerrillera transformada que, pasados los años, hizo propios los argumentos de sus antiguos enemigos:

“No es que yo apruebe la tortura o que tiren a la gente al mar, dice, pero a veces hay que dejar de lado los sentimentalismos y analizar los hechos con la cabeza fría. Que con juicios en regla nunca hubiesen podido probar gran cosa porque la guerrilla actuaba en la clandestinidad y no dejaba rastros personales, y que prisioneros eternamente no iban a poder tener. Que mataban inocentes, eso era cierto, pero qué otra posibilidad cabía no habiendo juicios. A veces hace falta ponerse en el lugar de los otros, dice, y que nadie tiene la verdad absoluta, solamente Dios”.

Eso pensaría en la literatura. En la vida real, la montonera conversa que amó al torturador recompuso su vida, formó una nueva familia y desde 1980 se radicó en el Perú, donde ejerció una respetada carrera en áreas técnicas del gobierno. También volvió a doblarse: largamente anhelado por fiscales y organismos de derechos humanos, el suyo fue uno más entre los testimonios utilizados para condenar a marinos como el que décadas antes salvó su vida y la vida de su hija.