Veinticinco mil voluntarios de remera amarilla, listos para recibir a León XIV
Desde Laferrere hasta Tierra del Fuego, miles de servidores se sumaron al operativo de la visita papal. Entre ellos hay desempleados, inmigrantes y familias que ya vivieron la visita de Juan Pablo II.
“Es la primera vez que hago un servicio y cuando lo vi por televisión dije: ‘Este es mi momento’”, relató emocionada a La Prensa Zulma Luna, una vecina de Laferrere que llegó en colectivo para sumarse como servidora en la ciudad de Luján. Es una de los miles de voluntarios que asistirán durante la visita apostólica, que comienza hoy en el país con la llegada del papa León XIV a la Argentina.
El aire en las calles y en los centros operativos está cargado de una electricidad particular, mezcla de vértigo organizativo, descanso postergado y una emoción incontenible que brota en cada voluntario que vestirá la remera amarilla, el color distintivo de este gran equipo. Durante semanas armaron kits, ensayaron protocolos y recorrieron kilómetros desde distintos puntos del país. Hoy viven la jornada como el amanecer más esperado de sus vidas, y la cuenta regresiva se transformó en una experiencia de fe y entrega.
El operativo nacional moviliza a 25.077 voluntarios inscriptos desde Humahuaca, Salta, Deán Funes, Corrientes, Tierra del Fuego, Marcos Paz y Laferrere, entre otras localidades. De ese total, entre 13.000 y 14.000 estarán abocados a la Ciudad de Buenos Aires, por las actividades que se desarrollarán en suelo porteño. Además, se espera la llegada de cientos de peregrinos de otros países que quieren aprovechar el viaje papal para conocer al Papa en la Argentina.
Servir por encima de todo
La entrega de los servidores se manifiesta en relatos donde el compromiso supera cualquier contratiempo personal. Silvia, una voluntaria porteña, cuenta que “me quedé sin trabajo hace 2 meses y en ningún momento dije ‘no me voy a anotar’. Por más que tengo uno nuevo, para mí esto era más importante que mi actividad laboral”.
Anabel Ahumada, voluntaria en Luján, expresó a La Prensa:
“En lo personal, a mí me despierta un montón de emoción, porque el voluntariado es acompañar al otro. También es tener la empatía y la cercanía de que viene el representante de Pedro”.
Con una alegría contagiosa, Anabel explicó que abrió su casa “para que se queden a dormir peregrinos. Todos somos hermanos y compartimos nuestras historias de vida. No se trata solo de cargar con una mochila, sino de encontrar sanación, fe y amor, con la ayuda del Papa, para llevarla más liviana. Desde nuestro voluntariado, asumimos el compromiso de acompañarlos. Por eso, aquí estamos, preparados y con mucha emoción”.
“Estoy muy feliz de la llegada del Papa a la Argentina. Ser voluntaria es parte de un servicio que cada uno lleva en su corazón y que ahora podemos llevar a la práctica”, resaltó Alejandrina Laprida.
Sin fronteras
La experiencia también reúne historias de inmigrantes que encuentran en esta misión un puente de hermandad continental. Para Arniza Lara, voluntaria venezolana radicada en la Argentina, “servir es maravilloso, más con las herramientas que Dios nos da a diario, pues es dar un poquito a tantos que también lo necesitan o que no tienen esa continuidad”. Y agregó: “Pienso que, aparte, es un momento muy importante para el país, porque hay pocos momentos en la vida en que esto se vive. Creo que esta visita muestra la fe, la constancia y la certeza de que hay un Dios vivo, y que hay mucha necesidad de eso en la comunidad y en el país”.
Una percepción similar tiene Luis Pulido, también venezolano y radicado en Buenos Aires desde hace diez años. Su principal motivación es “aprovechar la oportunidad de aportar desde mi trabajo y desde mi horario de vida para la visita del Papa León a la Argentina, con la esperanza de que caminamos juntos hacia una misión”.
Generaciones
Las vivencias de distintas generaciones también marcan esta vigilia dominical. Alejandro Arrúa, de 54 años y vecino de Marcos Paz, recordó con nostalgia a La Prensa:
“Me acuerdo del Papa Juan Pablo II cuando tenía 10 años, en plena Guerra de Malvinas, y esto me parece algo muy especial, como un cierre de ciclo de mi vida, y un ejemplo para mis hijos”.
En la misma línea, Victoria, vecina de Luján que se sumó espontáneamente a la convocatoria nacional, resumió el sentir general: “Es muy emocionante y movilizante. Mi mamá me trajo de bebé en 1982, cuando vino Juan Pablo II. Cuando pensé en eso, dije: ‘Si vine una vez, vengo dos’. Y hoy me toca estar acá de nuevo, pero ya con mis hijos y mi esposo”.
María Alejandra, en la Ciudad de Buenos Aires, reflexionó sobre su expectativa de que el mensaje de León XIV llegue a todos los miembros de su familia. “Espero que los jóvenes le abran el corazón, y yo misma le pido a mi hijo que lo haga. Le digo: ‘Tenés que ir a verlo, tenés que ir a la misa de jóvenes, tenés que escucharlo, porque su mensaje te va a llegar al corazón y va a despertar mucho amor en vos’. Y él me responde: ‘Mamá, yo rezo y agradezco, no necesito ir a ver al Papa’. Pero yo le insisto: ‘Tenés que ir, es una oportunidad muy importante para que los jóvenes participen’”.
Mensaje final
Más allá de la emoción del encuentro, los voluntarios también dejan un mensaje sobre los valores que debe construir la sociedad. “Me gustaría que esta visita deje una reflexión sobre que seamos más unidos como comunidad, más allá de cualquier religión. Que no haya discriminación ni egoísmo; lo veo mucho trabajando por mi cuenta y a veces me cuesta aceptarlo. Por otro lado, que haya trabajo. Porque cuando la gente trabaja, por más mínimo que sea el empleo, siente que avanza, y eso le devuelve la esperanza”, señaló Alejandro Arrúa.
Celina Caballero, por su parte, espera que de la visita apostólica de León XIV quede “paz entre nosotros y el mundo, y que recibamos la bendición del Papa que nos merecemos por ser un país hermoso. Con esto, yo creo que va a haber un poco más de unión entre nosotros”.
