Vagabundeos de un desesperado

Hambre

Por Knut Hamsun

Nórdica Libros. 249 páginas

 

Publicada en 1890, Hambre del noruego Knut Hamsun (1859-1952) es una de las grandes novelas de finales del siglo XIX gracias a la original voz de su protagonista y narrador, ese personaje anónimo que con tanta elocuencia expresa la enajenación de la vida moderna.

Las penurias de ese vagabundo atormentado, su miseria material y también sus taras temperamentales atraparon a generaciones de lectores y dejaron huella en notables escritores posteriores. Stefan Zweig, Thomas Mann, Henry Miller, Isaac Bashevis Singer, Charles Bukowski y Paul Auster, entre muchos otros, vieron en aquel libro temprano de Hamsun un modelo que habría de inspirar sus propias experimentaciones con la narración.

Suele decirse que Hambre fue la primera novela moderna aparecida en Escandinavia. En sus páginas el realismo deja paso, de manera imperceptible, a una lectura simbólica o metafórica. El enigma que rodea a la pobreza del protagonista fortalece la ambigüedad. ¿Son reales las humillantes peripecias que se acumulan y repiten a lo largo de las cuatro partes de la novela? ¿O sólo ocurren dentro de la mente perturbada del narrador, quien más de una vez se muestra hábil para la mentira y la simulación?

El libro no lo aclara. La trama, repetitiva pero no aburrida, sigue las andanzas de este misterioso escritor/periodista según las va relatando en primera persona. La suya es una batalla cotidiana contra el hambre y la soledad. Cada jornada se presenta como una amenazante incógnita. Vagabundea sin rumbo por el centro de Christiania (antiguo nombre de Oslo), el puerto ferroviario, el ayuntamiento (donde a veces le permiten dormir), sus cementerios, las plazas y el bosque cercano. La noche puede sorprenderlo en la calle o en el banco de un parque. Sufre el frío, la lluvia, la nieve.

Por alguna razón este hombre letrado y diestro con las palabras, no consigue empleo ni ingresos estables. Escribe artículos o folletines que cada tanto le aceptan en algún diario. También imagina escritos de mayor aliento que no logra desarrollar. Pero algo lo mantiene atrapado en un círculo vicioso del que no puede huir.

“¿Por qué los últimos meses me habían tratado tan mal? -se pregunta en uno de sus frecuentes soliloquios-. Ya no reconocía mi espíritu alegre y sufría de las molestias más extrañas. No podía sentarme en un banco, ni mover un pie, sin que se me vinieran encima detalles insignificantes, lamentables bagatelas que penetraban en mi mente y dispersaban mis fuerzas a los cuatro vientos. Un perro que me rozara al pasar o una rosa amarilla en el ojal de un caballero podían poner a vibrar mis pensamientos y ocuparme durante un largo rato. ¿Qué me estaba sucediendo? ¿Me había señalado a mí el dedo del Señor? ¿Por qué precisamente a mí?”

En sus penosas caminatas este hombre se cruza (¿o imagina que se cruza?) con personas que lo desprecian o lo ignoran pero también con algunas que tratan de ayudarlo. Hasta conoce a una mujer, a la que llama “Ylayali”, con la que tiene algún trance más o menos amoroso.

Los pesares del narrador no sólo son físicos. En momentos convulsos afloran su paranoia, su inseguridad, su desconfianza. Siente vergüenza por su situación y a la vez se muestra orgulloso y altivo. Se humilla pidiendo ayuda a Dios, pero luego despotrica contra el Todopoderoso, lo desafía y al final lo niega.

Alejado de toda forma de realismo social, a Hamsun (seudónimo de Knud Pedersen) le interesaba retratar el calvario, tal vez autoinfligido, de esa alma sufrida. Su innovación literaria descansaba sobre ese giro de la mirada hacia lo que, a falta de un término mejor, podría llamarse “novela psicológica”. Y también sobre un estilo conciso, nervioso, fecundo en neologismos y en extrañas metáforas que, apuntan Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo, las traductoras de esta nueva y muy legible edición en castellano del sello español Nórdica, habían sido omitidas en versiones anteriores.

Galardonado en 1920 con el Premio Nobel de Literatura, Hamsun ahondó su crítica a la modernidad con una serie de obras (Pan, La bendición de la tierra) en las que exaltó la naturaleza y la vida rural, en oposición a los vicios incubados en las grandes colmenas urbanas.

Durante la Segunda Guerra Mundial llevó ese credo al extremo de simpatizar con el nazismo, traspié que minó su renombre literario y le ganó la acusación de traidor durante la ocupación alemana de Noruega. Su avanzada edad justificó el retiro de los cargos.