Una visión del mundo que se erige entre silencios y retazos
‘Monólogo’, de Samuel Beckett, en El Excéntrico de la 18.
‘Monólogo’ (‘A Piece of Monologue’). Autoría: Samuel Beckett. Traducción: Jenaro Talens. Dirección: Martín Dimarco, Joaquín Tomassi. Escenografía y vestuario: Uriel Cistaro. Actuación: J. Tomassi. Duración: 30 minutos. Las sábados a las 18 en El Excéntrico de la 18 (Lerma 420).
‘Un fragmento de monólogo’ (‘A Piece of Monologue’, 1979) nace de una escena imaginada por el actor inglés David Warrilow, uno de los intérpretes más sensibles del teatro de Samuel Beckett. Le escribió al dramaturgo para pedirle una pieza breve que pudiera actuar él solo. La imagen que propuso era extremadamente simple: un hombre de pie en el escenario, iluminado desde arriba, casi inmóvil, cuyo rostro permanece en sombra mientras habla de la muerte. Ese punto de partida no era un argumento ni una historia, sino una visión teatral muy precisa. Warrilow conocía el modo de trabajo del Beckett tardío y sabía que el drama podía surgir de una imagen mínima sostenida por una voz.
Beckett comenzó entonces a escribir un texto que en su primer borrador llevaba el título ‘Desaparecido’ (‘Gone’). Durante un tiempo lo dejó inconcluso y más tarde volvió al manuscrito para transformarlo en la pieza que finalmente se estrenó en diciembre de 1979 en el La MaMa Experimental Theatre Club de Nueva York, interpretada por el propio Warrilow. El origen del texto revela algo decisivo: la obra surge de una imagen escénica antes que de una trama, y ese gesto inaugura un tipo de teatro donde la palabra se vuelve materia casi desnuda.
CONCENTRACION EXTREMA
La pieza pertenece a la etapa final de Beckett, desarrollada entre comienzos de los años setenta y principios de los ochenta. En ese período su escritura dramática alcanza una concentración extrema. El intercambio entre personajes desaparece y la escena queda ocupada por una sola figura que habla o recuerda. En ‘No yo’ (‘Not I’, 1972), ‘Ese tiempo’ (‘That Time’, 1976), ‘Pasos’ (‘Footfalls’, 1976) y ‘Un fragmento de monólogo’ (‘A Piece of Monologue’, 1979), el discurso se organiza mediante repeticiones, pausas y pequeñas variaciones. La voz regresa sobre ciertas imágenes y las examina desde distintos ángulos. Cada evocación abre una escena breve y la interrumpe de inmediato, de modo que el pasado se presenta como una suma de fragmentos.
La puesta que actualmente puede verse en Buenos Aires se apoya con claridad en esa lógica austera del Beckett tardío. ‘Monólogo’, con actuación de Joaquín Tomassi y dirección de Martín Dimarco junto con el propio Tomassi, construye un espacio deliberadamente despojado. La escena se organiza alrededor de una ventana sugerida y de una tela blanca que emerge del cuerpo del actor. Esa tela adquiere un sentido ambiguo a lo largo de la función. Puede recordar una cuna y también una mortaja, de modo que nacimiento y muerte quedan reunidos en una misma imagen escénica.
El monólogo gira alrededor de escenas ligadas al origen y a la desaparición. El personaje recuerda el momento en que llegó al mundo al atardecer, cuando el sol se ocultaba detrás de los alerces, y ese recuerdo se convierte en una suerte de imagen inaugural a la que la voz vuelve una y otra vez. A partir de allí aparecen otros episodios: habitaciones en penumbra, lámparas encendidas durante la noche, funerales familiares. El texto avanza mediante frases breves que regresan sobre esas escenas, interrumpidas por silencios que dejan suspendido el sentido.
La ventana sugerida por la puesta adquiere relevancia en el recorrido verbal. El personaje parece dirigir hacia ese punto sus evocaciones, como si la memoria se abriera hacia una zona exterior desde la cual vuelven ciertas imágenes del pasado. La iluminación acompaña ese movimiento con transiciones muy sutiles que modifican la atmósfera del escenario y delimitan distintos momentos del monólogo.
LA PALABRA
Beckett plantea aquí un desafío considerable para cualquier actor. La acción visible es mínima y el sentido depende casi exclusivamente de la interpretación del texto. Tomassi construye su actuación a partir de la precisión del decir. Cada pausa, cada repetición y cada variación del ritmo modifica la percepción de las palabras. El personaje no relata una historia cerrada: parece buscar las palabras mientras las dice.
El espacio escénico permanece casi vacío y cada elemento adquiere un peso particular. La luz, la tela y la dirección de la mirada del actor organizan un territorio donde la memoria se manifiesta como un ámbito habitado por presencias que regresan.
‘Monólogo’ propone una visión del mundo atravesada por la conciencia del tiempo y por la dificultad de convertir la experiencia en un relato continuo. La vida aparece dispersa en recuerdos que irrumpen de manera fragmentaria, en imágenes que sobreviven incluso cuando el sentido general de la historia se vuelve incierto. En esa voz que evoca una y otra vez se percibe una reflexión sobre la fragilidad de la memoria y sobre el esfuerzo de la palabra por sostener algo frente al avance de la oscuridad.
La puesta recupera ese núcleo del texto sin intentar explicarlo. La escena ofrece apenas un cuerpo, una voz y un espacio despojado donde las palabras encuentran su resonancia. A partir de ese gesto austero, el monólogo despliega una intensidad inesperada.
Calificación: Muy buena
