En la apertura de temporada del Mozarteum Argentino

Una velada de rango cambiante


 


Mozart: Divertimento en fa mayor, K 138/125c, Sinfonía de Salzburgo N° 3; Haydn: Concierto para corno y cuerdas N° 1, en re mayor, Hob VIId:3; Britten: Sinfonía Simple, opus 4; Sinigaglia: Romance para corno y cuarteto de cuerdas, opus 3; Schubert: La muerte y la doncella, en re menor, D 810. Por: Prague Chamber Soloists (direc.: Radek Baborák). El lunes 4 en el Teatro Colón.



Fue desigual el programa que desenvolvieron los Solistas de Cámara de Praga, este lunes, en el Colón, en su primera presentación en nuestro medio. Porque en su transcurso alternaron llamativamente momentos por cierto olvidables, con otros que lucieron muy alta calidad en diferentes dimensiones. Ello, en la apertura de la 74ª temporada de abono de esa trascendente institución de nuestro mundo cultural que es el Mozarteum Argentino.

MOZART CLASICO

Conducida por el cornista Radek Baborák e integrada por catorce cuerdas, la velada comenzó con un Divertimento, de Mozart (el último de una serie de tres), pieza juvenil obviamente liviana, a la que algún panegirista exagerado calificó como Tercera Sinfonía de Salzburgo. Sin embargo, se trata de una obra elegante, impregnada de un melodismo y cadencias estrechamente emparentadas con el clasicismo vienés (para nada italianizante, como se lo ha querido ver), en cuya versión el grupo visitante reveló desde ya una sonoridad global tan diáfana como homogénea, pulcra entonación y excelente estilo (el andante fue especialmente delicado).

Luego, en el Concierto para trompa y arcos en re mayor, de Haydn (‘Concerto per corno di caccia’, 1762, que incluye un oboe que no estaba), un trabajo magnífico, airoso, objeto de diversas grabaciones, se echó de menos la presencia de un director que llevara el conjunto con mayor soltura y vuelo. Baborák asumió aquí ambos cometidos (maestro y solista), y abordó con superior seguridad su difícil y riesgoso instrumento, siempre propicio a una escrocada al menor descuido. Desde el punto de vista técnico, su labor fue impecable, tanto en notas agudas como en graves profundos, trémolos, gradaciones, escalas, así como también gruppetti, legati, variaciones: un virtuosístico tour de force. Ello no obstante, la ejecución, afectada en algunos trozos por un timbre más bien seco, desde el costado expresivo resultó globalmente fría y con escasa llegada efusiva.

UNA OBRA MAESTRA

Siguieron después dos composiciones insustanciales, que rebajaron el nivel de la función. La ‘Simple Symphony’, labor intrascendente, de los primeros pasos de Britten, un mero ejercicio que contiene esquicios diseñados en su niñez, sólo sirvió para acreditar el ajuste y las depuradas texturas y pizzicato de los Prague Chamber Soloists. El corto y anodino Movimiento (Romanza) para arcos y corno de un músico semi-ignoto, Leone Sinigaglia (Torino, 1868-1944), le vino como anillo al dedo al trompista, que pudo desplegar ahora mucha mayor calidez colorística y notas bien redondeadas.

El plato fuerte de la noche, como es de suponerse, fue ‘La muerte y la doncella’, espléndido capolavoro, de insondable belleza, que Schubert creó para Cuarteto de cuerdas (el N° 14), sobre la base de un poema breve de Matthias Claudius, volcado en uno de sus Lieder. La transcripción que se oyó, realizada por Mahler para una agrupación más grande, no sólo no enerva para nada la intimidad camarística del original, tan estremecedoramente sensible, sino que le confiere mayor potencia y espacio sonoro.

Con especial aporte de las cuerdas graves y la concertino Martina Bacová, la traducción de la entidad checa, se lo debe decir sin rodeos, pareció decididamente superlativa. Ahora con la batuta, su líder manejó las intensidades, transiciones y pausas con acabado refinamiento, vertió el andante con fraseo de conmovedora exquisitez y trazó un discurso penetrante, de notable simbiosis lírico-dramática en sus vehementes climas. Siempre medida, si se quiere introspectiva, aún en los períodos de máxima tensión dinámica, con acentuaciones naturalmente fluidas en un arco de continuado vigor aun en pianos y pianísimo, la exposición, tersa y plena de pasión, desbordó elocuencia y convicción de cabo a rabo.

Calificación: Muy bueno