Por José Luis Rinaldi
Es un instrumento necesario para conocer el rumbo adecuado, si bien los avances de la técnica la han reemplazado por sistemas más sofisticados.
Pero para estas líneas, nos es suficiente con la brújula tradicional, aquella que nos orienta mostrándonos el norte magnético terrestre.
Pese a que tiene cerca de mil años de existencia, los argentinos no hemos sabido utilizarla correctamente; me refiero claro está a la falta de rumbo de las políticas de los diversos gobiernos que se han sucedido.
Para justificar lo dicho, es necesario que realicemos un ejercicio previo: levantar nuestra mirada de las diarias preocupaciones, de si hubo insultos emitidos desde el gobierno, de si tal o cual funcionario ha sido o es corrupto, de si fulana puede llegar a ser candidata, si hay candidatos opositores o acuerdos preelectorales, del crimen sanguinario, de la inoperancia de la justicia, etc. etc.
Si superamos ese mínimo y chato horizonte y nos asomamos por sobre él, nos encontraremos con poco o nada; y ese estimo es el gran problema de la Argentina de hoy.
NUESTRAS RAICES
Debemos buscar en nuestras raíces, en nuestra historia para con honestidad intelectual descubrir (o redescubrir) nuestro “ethos”, lo que somos y adónde queremos llegar; las virtudes vigentes y las perdidas; cuál es nuestra situación en el mundo actual, si somos conscientes de dónde estamos y cómo podemos servir al bien común internacional, cuál es nuestro destino como nación.
Y por eso creemos válido que nos interroguemos acerca de cuáles son las políticas actuales que guían a nuestros gobernantes. ¿Tenemos una política exterior? ¿Tenemos una política educativa? ¿Tenemos una política de defensa? ¿Y de salud? ¿Una visión geopolítica? ¿Una política de seguridad? Acaso, y pese a los esfuerzos y sacrificios, ¿contamos con una política económica?
En otras palabras, ¿existe un norte al cual los sucesivos gobiernos deban apuntar pese a las diferencias momentáneas? ¿Tenemos políticas de Estado? ¿Estamos pensando en veinte o treinta años vista? Esta carencia excede por cierto a cualquier gobierno circunstancial, pero sí obligaría, una vez consensuadas, a su mantenimiento más allá de los modos y formas particulares de sus ejecutores.
MAQUINA DE IMPEDIR
Es cierto que para un funcionario el día a día le impide quizá ver todo el conjunto; pero no es así para un gobernante con aspiraciones y perfil de estadista. Esta diferencia es importante y la ausencia del último hace que crezca la máquina de impedir que vuelve a un Estado contradictorio, inoperante, falto de objetivos, ignorante, indiferente cuando no despreciativo de las legítimas aspiraciones de los gobernados.
Si la labor diaria agobia y obnubila, si la Administración se parece más a un elefante dormido que a una pantera al acecho, siempre puede recurrirse a ciudadanos probos, formados, capacitados en las diversas áreas para que -fuera de la función pública-, preparen, sugieran y corrijan las políticas de cada área, y las compatibilicen entre sí.
Y luego buscar el consenso de la ciudadanía -a través del diálogo y las explicaciones debidas- que es al fin su destinataria. Porque como bien dijera Edmund Burke y luego seguido por Alexis de Tocqueville, el primer derecho del hombre es a ser bien gobernado. Y por ello puede y debe el ciudadano exigir la existencia de sanas políticas coherentes y permanentes en el tiempo, que le permitan su realización plena como persona.
