La sanción de la reforma laboral que comienza a tramitarse hoy en el Senado será, de convertirse en ley, más que un acto legislativo. Constituirá otra señal elocuente del cambio de época que se está gestando y de una nueva manera de hacer política que llevó a Javier Milei a la Presidencia de la Nación.
Hay dos antecedentes de gobiernos no peronistas que fracasaron en idéntico intento. Los de Raúl Alfonsín y de Fernando de la Rúa. ¿Por qué puede ser distinto esta vez?
La causa principal hay que buscarla en el debilitamiento del peronismo que obedece a varias circunstancias. Una, las derrotas electorales a repetición, otra la fragmentación interna, otra la falta de liderazgo y, para no extender innecesariamente la lista, la imposibilidad de mostrarse como una alternativa creíble al presente estado de cosas.
Más de dos décadas después de haber llegado al poder el kirchnerismo sigue idéntico a sí mismo. Está como el primer día, propone las mismas ideas, las mismas prácticas y las mismas recetas económicas con las que arrastró a la pobreza a más de la mitad de la población. Pero el problema no termina ahí; promete que si retorna a la Casa Rosada las repetirá con mayor entusiasmo; un entusiasmo marxista.
Tan así es que después de difundir por lo medios una presunta lucha interna, Cristina Kirchner y su ex ministro de economía, Axel Kicillof, se han reconciliado. El año que viene el lema de la campaña será “volvimos los mismos, pero mejores: nos acompañan Bregman y Solano”.
Ante semejante panorama no era de extrañar la diáspora de gobernadores y la decisión de quienes manejan importantes votos en la Cámara alta de colaborar con el oficialismo que tiene además un mérito indiscutible: maneja el Tesoro Nacional.
La respuesta de CFK no fue demasiado imaginativa. Amenazó con intervenir los partidos justicialistas de las provincias que hace ya largo tiempo no le responden. De eso se quejó el mandatario salteño, Gustavo Sáenz, que sabe de lo que habla porque el kirchnerismo ya le intervino el distrito. Se refería a “aprietes” contra sus colegas de Catamarca y Tucumán.
En situación similar están los sindicalistas. Se acusan de connivencia con el gobierno. No pudieron armar un paro general porque hubiese tenido baja adhesión. En gran medida son los responsables del problema porque son beneficiarios de una legislación obsoleta, de hace 80 años, que destruyó el trabajo en blanco. Además, entre ellos no faltan los empresarios.
En síntesis, ¿qué se hizo de Moyano denunciando que el oficialismo compraba votos en el Senado “con la Banelco”? ¿Qué del escándalo multiplicado por los medios? ¿Qué de las denuncias que la Justicia probó falsas cuando era demasiado tarde?
Los radicales fueron reemplazados por Macri y Macri por Milei. Lo que no pudo ser cambiado en los 80 y a principios de los 2000 parece más viable 40 años después, porque no sólo cambiaron los políticos; también lo hace según la mayoría de los indicios, la sociedad.
Hay dos antecedentes de gobiernos no peronistas que fracasaron en idéntico intento. Los de Raúl Alfonsín y de Fernando de la Rúa. ¿Por qué puede ser distinto esta vez?
La causa principal hay que buscarla en el debilitamiento del peronismo que obedece a varias circunstancias. Una, las derrotas electorales a repetición, otra la fragmentación interna, otra la falta de liderazgo y, para no extender innecesariamente la lista, la imposibilidad de mostrarse como una alternativa creíble al presente estado de cosas.
Más de dos décadas después de haber llegado al poder el kirchnerismo sigue idéntico a sí mismo. Está como el primer día, propone las mismas ideas, las mismas prácticas y las mismas recetas económicas con las que arrastró a la pobreza a más de la mitad de la población. Pero el problema no termina ahí; promete que si retorna a la Casa Rosada las repetirá con mayor entusiasmo; un entusiasmo marxista.
Tan así es que después de difundir por lo medios una presunta lucha interna, Cristina Kirchner y su ex ministro de economía, Axel Kicillof, se han reconciliado. El año que viene el lema de la campaña será “volvimos los mismos, pero mejores: nos acompañan Bregman y Solano”.
Ante semejante panorama no era de extrañar la diáspora de gobernadores y la decisión de quienes manejan importantes votos en la Cámara alta de colaborar con el oficialismo que tiene además un mérito indiscutible: maneja el Tesoro Nacional.
La respuesta de CFK no fue demasiado imaginativa. Amenazó con intervenir los partidos justicialistas de las provincias que hace ya largo tiempo no le responden. De eso se quejó el mandatario salteño, Gustavo Sáenz, que sabe de lo que habla porque el kirchnerismo ya le intervino el distrito. Se refería a “aprietes” contra sus colegas de Catamarca y Tucumán.
En situación similar están los sindicalistas. Se acusan de connivencia con el gobierno. No pudieron armar un paro general porque hubiese tenido baja adhesión. En gran medida son los responsables del problema porque son beneficiarios de una legislación obsoleta, de hace 80 años, que destruyó el trabajo en blanco. Además, entre ellos no faltan los empresarios.
En síntesis, ¿qué se hizo de Moyano denunciando que el oficialismo compraba votos en el Senado “con la Banelco”? ¿Qué del escándalo multiplicado por los medios? ¿Qué de las denuncias que la Justicia probó falsas cuando era demasiado tarde?
Los radicales fueron reemplazados por Macri y Macri por Milei. Lo que no pudo ser cambiado en los 80 y a principios de los 2000 parece más viable 40 años después, porque no sólo cambiaron los políticos; también lo hace según la mayoría de los indicios, la sociedad.
