HABÍA UNA VEZ...

Un pavo real

- Padrino, me dieron unos versitos para que invente una historia, ¿me ayudas?

- Intento; decímelos.

- Un pavo real mirando su cola / creyó que era un rey y solo era un pavo. /Gobierne, mi rey, le dijo su pueblo / sin ver que un pavo, aunque esté coronado, / es pavo siempre, destino marcado.

- Ja, parece una crónica contemporánea más que poesía. ¿Una fábula?

- Sí, simple.

- Manos a la obra, ¿cómo empezarías?

- “Había una vez un pavo real.”

- ¡Un clásico! ¿Dónde vivía? Alguna vez leí que es originario de la India, pero los hay por todas partes, así que podés elegir.

- Hay que hablar de lo que uno conoce me dijiste una vez, así que lo hacemos vivir por acá…

- En alguna estancia puede ser. Los llevaban como adornos y se aquerenciaron en muchos lugares.

- Muy bien

- Pinte la historia entonces. Yo haría una descripción del protagonista, del lugar; plantearía un problema que lleva a los otros animales a nombrarlo rey… y el caos que vino después al ser gobernados por un inútil. Buscate después una enseñanza buena para terminar con algo de esperanzas… Me la leés cuando esté terminada.

Pasó un tiempo y vino:

Había una vez un pavo real.

Hay muchos pájaros lindos en el mundo, pero este es quizás es más llamativo. Don Pavo, lo vamos a llamar así, para ser pájaro es grande, como un gallo; pero abriendo su cola parece gigante. Tiene todos los colores, pero sobre todo hay azules y verdes que brillan como joyas.

Don Pavo sabía que llamaba la atención, así que hacía todo un show cuando quería mandarse la parte.

- Por eso se dice “pavonearse”… - dije interrumpiendo. - Se mandaba la parte nomás. Ya sabemos que era un pavote. Dejame seguir…

- No hablo más.

- Vivía en un casco de estancia abandonado del sur bonaerense: La Primavera. Para el lado de las sierras. En otro tiempo había sido como un palacio o un castillo. Hoy estaba todo destruido. Si existiesen los fantasmas, allí abundarían.

Quedaban árboles lindísimos, gigantes, pero ya no había jardines, todo estaba cubierto de cardos espinosos.

Cuando la estancia funcionaba, los patrones la habían llenado de animales que vivían sueltos como en el paraíso. Al abandonarse, todo se hizo difícil. No les daban de comer, se tenían que arreglar rebuscándoselas. Los mismos frutales que antes se llenaban, con los años se fueron arruinando. Las manzanas eran chiquititas, abichadas; los duraznos, se pudrían. Una porquería. Una familia de zorros se había adueñado del lugar.

Un día, ya medio desesperados por el desastre que había por todas partes, el lechuzón, que tenía fama de sabio, propuso una reunión para ver qué podían hacer.

Allí fueron los bichos que habían quedado. Todos menos los gatos y la familia de zorros, porque a ellos solamente les importaba lo suyo.

“Tenemos que elegir un rey que ponga orden” – dijo un pony viejo que andaba desesperado de hambre. Como nadie cortaba el pasto, todo era un yuyerío bien alto y él, que era un chanchito redondo cuando era joven, hoy era una bolsa de huesos llena de abrojos. “El único rey que tenemos por acá es don Pavo”-dijo un poco en broma-. Y crean o no, así fue como casi de casualidad lo eligieron rey de La Primavera. O lo que quedaba de ella. Lo nombraron más por hartazgo a los zorros que por mérito, hay que remarcarlo.

Se creeyó un rey inglés, el pobre pavo, porque lo primero que hizo fue armarse una guardia de honor con seis pechos colorados. Se creyó que era un rey en serio, y empezó a nombrar ministros: un cuis ruidoso que le arreglaba las plumas, a una cotorra vieja, a una gata crenchuda, a una comadreja hedionda, en fin, a todo un rejunte de bichos raros que no entendían nada.

La cosa es que, al principio, muchos pusieron buena voluntad y creyeron que el rey iba a cumplir con su misión, pero … el pavo era un pavo. Hasta le tenían paciencia cuando los convocaba para que lo oyeran cantar y bailar como hacía Nerón. Y los pavos ni cantan, solo hacen ruidos…

La realidad se impuso en forma trágica. Un día, la peor tormenta de la historia pasó por La Primavera. Un viento huracanado tiró abajo árboles centenarios, y la poca gloria que allí quedaba, se transformó en una triste montaña de troncos y ramas. El agua inundó cuevas, derrumbó nidos… Fue una pesadilla. Tardó en salir el sol, y cuando al final se asomó, lo que vio era muy triste. Ni siquiera se oía el canto de los pájaros.

Al medio día se juntaron los sobrevivientes. No eran muchos. Y lo empezaron a llamar al rey con una esperanza ciega. ¡Y al final apareció! No parecía el mismo… Ni lo reconocieron, hasta que habló desplegando su cola. Empezó con un discurso que hizo que todos se miraran asombrados: ¡Se había vuelto loco! A veces es difícil distinguir entre un loco rematadamente pavo y un pavo rematadamente loco. En el medio del discurso se acercó volando el lechuzón y lo miraba fijo, enojado, como si no pudiese creer lo que oía. El pavo seguía con su discurso.

Sabemos que el lechuzón no brilla por su paciencia, así que de repente gritó con todas sus fuerzas: “¡BUHHH! Callate bicho tonto…” El pavo calló sorprendido. “Pero más tontos fuimos nosotros -siguió diciendo- porque lo creímos rey… Y pusimos en él nuestras esperanzas…

¿Qué podíamos creer? ¿Tenía capacidad de gobernar? No. ¿Tenía experiencia? Tampoco. ¿Cuáles eran sus virtudes? Fuimos tan frívolos como él... ¿A quién vamos a querer echarle la culpa?” Y al decir esto, levantó vuelo y se fue.

- Colorín colorado, La Primavera se ha terminado – dijo el viejo pony dándose la vuelta resignado.

- Y mi cuento también – concluyó mi ahijado. - ¿Te gustó?

- Mmmm… – le contesté –. ¿Y la Esperanza?

Como única respuesta se puso a cantar algo que yo no oía desde hacía años:

- “La vida te da sorpresas…”

- Sorpresas te da la vida, ay Dios… - respondí dibujando una sonrisa forzada en mi cara. Me parece que esa canción también terminaba mal.