La captura de Nicolás Maduro representa un importante triunfo político para Donald Trump de cara a las próximas elecciones en los Estados Unidos y, en el plano internacional, la manifestación palpable de un nuevo orden hemisférico.
El triunfo es, de todas maneras, provisional, porque falta casi un año para esos comicios y el acierto -o no- de lo actuado en Venezuela depende del desenlace de un complejo proceso de transición hacia la democracia. El presidente norteamericano eligió no invadir el país y desmontar el régimen dictatorial con la colaboración de agentes del propio régimen, una maniobra de riesgo.
Por ahora no habrá entonces “marines”, ni tropas expedicionarias como sucedía en las aventuras geopolíticas estadounidenses del siglo XX. Por eso se equivoca la izquierda fósil cuando plantea la cuestión en términos de colonialismo, soberanía, liberación, etcétera. También se equivoca cuando compara, como hizo Cristina Kirchner, la extirpación del heredero de Chávez con el “big stick” de Teddy Roosevelt.
La situación histórica es otra, otra la naturaleza del conflicto internacional y otro el procedimiento elegido para resolver el problema de los enemigos instalados en el patio trasero. Lo único que no cambia es el hecho de que, si el presidente norteamericano no consigue resultados para las elecciones de noviembre, su actual éxito puede devenir en derrota.
La liquidación de Maduro es la primera manifestación “palpable” de los nuevos vientos que soplan en América latina, pero no la única. Otra, que causó menos estupor, pero resultó no menos extraordinaria, fue el auxilio financiero del Tesoro norteamericano al gobierno de Javier Milei cuando caminaba por la cornisa durante campaña. El viejo método del palo y la zanahoria. Todavía se puede elegir.
El mapa político de la región quedó dibujado en la reunión de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC). Allí diez países, entre ellos Argentina, hicieron fracasar el intento de la izquierda de sacar por unanimidad un comunicado de repudio. La declaración que pudo finalmente emitir el organismo fue liderada por Lula, un exsindicalista metalmecánico que quedó anclado en la Guerra Fría, época en que los autos se armaban a pulso.
Otro que se ubicó en el bando equivocado fue Axel Kicillof, que repudió lo actuado por los Estados Unidos invocando la violación del derecho internacional. Quedó del mismo lado de Cristina Kirchner, es decir, de la defensa de una mafia impopular y sangrienta que viola los derechos humanos y los principios democráticos más elementales.
Finalizada la Segunda Guerra Mundial el primer gobierno peronista quedó internacionalmente aislado porque había elegido el bando de los vencidos: los fascistas. Ese fue el primer paso en la larga decadencia del país que, por ejemplo, fue excluido del plan de reconstrucción de Europa. Hoy hay una nueva oportunidad para fijar su posición internacional y es de esperar que no se repita el trágico error de hacer causa común con los derrotados y con la barbarie.
