Buena Data en La Prensa

Un mundo de fotos y videos


El apabullante desarrollo tecnológico de las últimas décadas nos ha facilitado, entre otras cosas, la posibilidad de registrar miles de imágenes, sean fotos o videos, que hace poco más de veinte años nos hubiera resultado engorroso lograr. En estos tiempos de tanta exposición de imágenes, parece que la foto tiene prioridad sobre lo que se está viviendo.

Días pasados, en la ceremonia de Viernes Santo en la Catedral Metropolitana, hubo quienes después de haber realizado una larga fila para poder rezar unos instantes ante la imagen de Cristo yacente, cuando les tocó el turno, prefirieron tomar una foto con su celular antes que rezarle a la imagen de Nuestro Señor. Hubo quien tomó una selfie de ese momento de gran recogimiento.

Es entendible que queramos llevarnos el recuerdo de algo importante o lindo que nos tocó presenciar, pero hay determinadas circunstancias que lo que se está protagonizando es tan fuerte, que tomar una imagen es perder el foco de lo que estamos viviendo.

Tomamos cientos de imágenes que quizás volveremos a verlas solo alguna vez o tal vez nunca, y que pasarán a engrosar nuestros archivos, hasta que un día nos veamos obligados a descartarlas o que por los continuos cambios tecnológicos se nos complique poder acceder a ellas.

Parece que hoy la fotografía y los videos tienen un sentido efímero, propio de una cultura enfocada en el presente, en el ahora. ¿Estamos viviendo o registrando nuestra vida con documentos pasajeros?

Esto nos lleva a preguntarnos si todo es fotografiable, registrable y publicable. El famoso caso Ponzetti de Balbín contra Editorial Atlántida fue un fallo histórico de la Corte Suprema de Justicia que, en 1984, condenó a la editorial a reparar los daños ocasionados a la familia de Ricardo Balbín por la publicación de fotos en su lecho de muerte aduciendo la violación al derecho a la intimidad. ¿Cuál es el límite ético?

Desde hace unos años existe un nuevo problema: la difusión y viralización de fotos íntimas o ridículas sin permiso. La propagación de imágenes que pueden ser motivo de escándalo o burla es una preocupación no solo de las posibles víctimas, sino también de sus familiares, amigos y de gran parte de la sociedad, porque tiene pocas posibilidades de solución. Una vez que se lanzan, la escalada es imparable.

IDENTIDAD

Varias veces la foto tiene un destino expansivo. Está dirigida al gran público en las redes sociales. No son solo imágenes, sino una forma de construir quién queremos ser o más específicamente, quién queremos que los demás crean que somos. Ahí es donde aparecen los filtros y todo tipo de camuflaje de la realidad. Lo cotidiano se “edita” en imágenes y video en un intento de hermosear la propia vida y hacerla envidiable. El efecto indeseado se produce cuando la imagen alterada convence y redunda en un golpe a la autoestima de los espectadores. ¿por qué yo no tengo una familia tan armoniosa? ¿por qué yo no logro tener ese aspecto? ¿por qué yo nunca estuve desayunando en un lugar tan bonito? La identidad real queda oculta tras una máscara o una puesta en escena cuidadosamente armada y retocada.

¿Expresión genuina o presión social?

El catedrático español Juan Martín Prada sostiene que “la ego-foto sería, en definitiva, más imagen para que imagen de; no tanto representación del individuo sino proyección de éste en la esfera de las interacciones sociales en red, siendo, de hecho, su definición apenas separable de su condición de imagen compartida en las redes sociales.”

Con la popularización de la inteligencia artificial la verdad de la imagen está en crisis.

LA IMAGEN DE NARCISO

El mito griego cuenta que Narciso, un joven de extraordinaria belleza y famoso por despreciar a sus pretendientes, fue castigado por su arrogancia. Murió ahogado en un arroyo espejado intentando alcanzar su adorada imagen. Una versión mucho más moderna en las redes aprisiona a quienes buscan la validación a través de los likes y su autoestima cae en picada cuando no los logran. Ni qué decir cuando el ansia por verse y mostrar la propia imagen pone en riesgo la vida o la libertad. Más de una vez delincuentes fueron apresados por registrar una imagen, con el trofeo del ilícito, que los incriminaba sin escapatoria. O turistas que, por tomarse una foto al límite de la audacia, terminaron heridos o muertos.

De todos modos, la fotografía es memoria, es vínculo con lo pasado, es testimonio. No todo lo que la rodea es banalidad. También hay belleza y arte en capturar instantes reales que de otra manera se perderían irremediablemente.

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