Monina Bonelli protagoniza ‘La diabla, o cómo destruir el mundo’ en Timbre 4

“Un fantasma es siempre un deseo”

La actriz y gestora cultural analiza el proceso creativo detrás de su potente unipersonal y reflexiona sobre el significado de los fantasmas en escena.


Monina Bonelli es actriz, directora, curadora y gestora cultural. Ahora regresó a los escenarios con ‘La diabla, o cómo destruir al mundo’, un unipersonal musical escrito y dirigido por Emiliano Dionisi y Martín Rodríguez (la dupla creadora del multipremiado musical ‘Los monstruos’). Su personaje en la obra, Mónica Cristina María Beatriz Ruiz, se mueve entre la locura, la lucidez y los fantasmas durante una conferencia perturbadora que le valió una nominación a los Premios ACE.

Acompañada por el pulso de un piano en vivo, Bonelli compone a esta mujer que habita los márgenes y se carga al hombro un texto complejo y desafiante. “La obra es una invitación a pensar en los propios fantasmas. Su tesis está en la primera frase, donde se pregunta qué es un fantasma y empieza a recorrer lo que significa para Lacan, Freud, la física, la religión o el Dalai Lama. Yo creo que la obra no es la historia de una médium trucha que viene a contar sus andanzas; eso es sólo una excusa. A partir de ahí se montan diferentes capas”, dice la artista mientras toma mate.

TRABAJO DE CAPAS

-Para Monina, ¿qué es un fantasma?

-Un poco lo que es para Mónica. Ella dice en el texto que un fantasma es un deseo, porque ¿quién no desea escuchar una voz una vez más o sentir ese último abrazo? El deseo es lo que hace aparecer a esos fantasmas, ya sean figuras reales de otros planos, como un padre que ya no está, o una simple creación. Creo que el fantasma es una invención de lo humano y, como tal, existe.

-¿Cómo trabajó la construcción de esta Diabla teniendo en cuenta la precisión que exige el teatro musical?

-La labor fue muy ardua y se dio por capas. Hicimos una primera etapa de ensayos junto a Emiliano (Dionisi); luego él tuvo un viaje y yo aproveché para profundizar en los aspectos musicales y físicos con Martín Rodríguez, el compositor; con Lucila Gandolfo, mi preparadora vocal, y con Valeria Narváez, mi preparadora física. Después vino una tercera etapa de ensamble donde se sumó Gretel Cortés (la pianista). Su rol es muy importante, hay una amalgama muy fuerte con el piano en vivo, que luego toma forma de personaje durante las funciones. Fue un trabajo de mucha precisión y de mucho ensimismamiento porque la exigencia es alta. Cuando comenzó el proyecto, antes de que Emiliano empezara a escribir, él propuso trabajar sobre los fantasmas del Teatro Cervantes. De hecho, hay un cuadro musical que se había hecho originalmente para el Cervantes sobre el fantasma de María Guerrero; eso se modificó y por eso la obra continúa viva en ese sentido. Al principio hablábamos de que tuviera ciertas canciones, pero cuando llegó el material nos encontramos con un producto puramente musical. No es que la obra simplemente tiene canciones: lo musical ocupa mucho espacio y, además, funciona a nivel narrativo. Si le sacás las canciones, la obra no se cuenta; narrativamente las necesita.

-Gretel se termina convirtiendo en un personaje más. ¿Siente que llega a ser como una coprotagonista?

-No, pero sí tiene una entidad propia, precisamente porque juntas estamos canalizando esos sonidos y eso está totalmente justificado en la obra. Es como un personaje mudo; no es simplemente un pianista que toca de fondo.

‘La diabla, o cómo destruir el mundo’ se presenta los sábados a las 18.30 en Timbre 4 (México 3554).

FINAL ABRUPTO

-¿Cómo conviven en usted la actriz que se entrega a la dirección de otro, con la Monina gestora, que sabe cómo funciona todo detrás de escena?

-Súper bien. Primero, que cuando uno está en cada posición empieza a performar ese rol. En el momento en que estoy actuando y ensayando estoy en eso; después, cuando te corrés un poquito podés tomar una distancia y entender algunos procesos. Siempre ocupar diferentes roles te da una visión más amplia, te permite no estar atrapado dentro de tus propias ficciones tanto como actor como productor. Siento que cuando estoy actuando tengo las epifanías y los dolores propios de ese rol, es la posición subjetiva la que te construye, y cuando producís o cuando sos gestora tenés una visión más macro.

-Por otro lado, estuvo participando hasta hace pocas semanas de ‘La revista del Cervantes’, con un final abrupto y muchos rumores en relación a eso. ¿Qué puede decir sobre esa situación?

-Como yo llegué para esta última parte (entró al elenco en reemplazo de Alejandra Radano), hay toda una historia previa de ‘La revista’ que no viví. Carlitos Casella me decía que la temporada anterior había sido muy gozosa, y sí, esta segunda vuelta fue bastante abrupta. Para mí fue hermoso trabajar con esos compañeros y en ese teatro donde la relación con los trabajadores fue siempre muy amena y de mucha unión. Había mucho orgullo, tanto de los trabajadores del teatro como de los artistas, por estar haciendo eso juntos. Era una tarea titánica porque había una cantidad impresionante de personas trabajando. Siento que me subí a un caballo que estaba galopando fuerte y con muy buena recepción. Luego hubo muchos traspiés en esta temporada: primero porque tardó en reincorporarse la Compañía Nacional de Danza Contemporánea, y después, con los problemas técnicos que surgieron, la situación se volvió inesperada. Eso, sumado a la noticia de que no se continuaba más allá de esta temporada, hizo que fuera muy sorpresivo el final para todos.

FOTOS: GENTILEZA AILEN GARELLI