Un ejemplo de liderazgo global

Hace un año la Iglesia Católica y el mundo perdían otro Papa. Había fallecido Jorge Mario Bergoglio, que eligió llamarse Francisco para asumir el mandato del sucesor de Pedro. Sus últimos años al frente de la catedral petrina los padeció en medio de tremendos problemas de salud, sometido a varias intervenciones y padeciendo el dolor físico contínuamente haciendo real el sentido de asumir la cruz de Nuestro Señor Jesús y seguirlo.

Había gobernado la Santa Sede durante doce años en los que la historia de la Iglesia Católica Apostólica Romana cambió para siempre. El 13 de marzo de 2013 el Cónclave de Cardenales (los príncipes electores de la Iglesia) eligió al primado argentino Jorge Mario Bergoglio (SJ) como Sumo Pontífice.

Contaba siempre Bergoglio que cuando ya en la quinta votación del segundo día salían las papeletas que iban a alimentar la fumata blanca y que inexorablemente anticipaban su elección como Pontífice por parte sus hermanos, el cardenal Hume (brasileño) que se sentaba a su lado le dijo: "¡No te olvides de los pobres!" y que esa frase lo orientó en la elección del nombre.

Desde entonces se empeñó en enfocar la labor de la Iglesia Católica en los pobres, la justicia social y la reforma institucional siempre resistida por la Curia romana.

FUERZA Y FIRMEZA

Su presencia en el mundo se hizo notar con fuerza y firmeza. Su llamado a los jóvenes a “hacer lío” a veces desvirtuado por interpretaciones maliciosas no era otra cosa que impulsar al espíritu naturalmente rebelde de la juventud para provocar un cambio en la conciencia mundial. Su período al frente del Vaticano fue relativamente corto, pero determinante e influyente. Supo plantar cara a los mandamases globales de la política y de la economía y también advirtió sobre las desviaciones materialistas y el relativismo moral de los tiempos que corren.

Las constantes especulaciones de los vaticanólogos y los opinadores de ocasión, convertidos de pronto en "especialistas en la nada" inundaron de lugares comunes y afirmaciones de mal gusto y fuera de lugar durante las semanas de su última internación, llegando incluso a difundir una "lista" de probables sucesores de Francisco cuando aún estaba vivo. Milagrosamente o porque sabía de su inexorable destino salió del policlínico con el alta médica apenas para proclamar la “Buona Pasqua” e impartir la bendición Urbi et Orbi y realizar un inesperado rally por Piazza San Pietro que fue su auténtica despedida de pastor con olor a oveja.

Las circunstancias que rodearon el Cónclave convocado luego de su deceso dejaron evidente que nada dejó Francisco librado al azar sino más bien previendo las convulsiones planetarias así como los intereses dispuestos a silenciar a la Santa Sede luego de su paso nada desapercibido por la conducción del Estado soberano más pequeño del mundo, la última monarquía absoluta - aunque de carácter electivo- sobreviviente en el viejo continente y que ello suma además otros componentes como la inclinación a teorías conspirativas, imbatibles inspiraciones novelescas y desde luego intereses políticos y económicos.

Para ello es imprescindible y didáctico el magnífico libro “El último cónclave” de Elisabetta Piqué y Gerard O'Conell, quienes desmenuzan la sorpresa final de Francisco y su legado en la sucesión del Papa León XIV.

Francisco se ha constituído por derecho propio y no sólo por su condición de Papa en un ejemplo de liderazgo global reconocido y admirado por mandatarios de distintos países, CEOS de grandes corporaciones económicas, pensadores de las más variadas tendencias ideológicas y conductores de otros credos y religiones.

En las universidades y grandes centros de estudio y del pensamiento, el Papa Francisco es cada vez más citado en libros y artículos académicos sobre gestión y liderazgo.

EN SU TIERRA NATAL

¿Y en su tierra en Argentina? Acá la cosa es más compleja. Al convertirse en Francisco, Jorge Bergoglio pasó a ser el argentino más importante de la historia, superando a cualquiera de las grandes figuras que nuestro país dio a la civilización ya sea en materia deportiva, cultural y política.

Aquél joven enfermizo e introvertido nacido el 17 de diciembre de 1936 que abrazó la fe y la causa de la Compañía de Jesús fundada por San Ignacio de Loyola que fue señera en la historia del cristianismo en el mundo especialmente en América, fue ordenado sacerdote el 13 de diciembre de 1969 y llegó a ser Superior provincial de su orden en los llamados años de plomo, cuando se jugó su autoridad y su vida para salvar a algunos de sus hermanos perseguidos por los escuadrones de la muerte.

Aquellas circunstancias fueron tergiversadas y falseados los hechos buscando desprestigiar a Bergoglio y poner bajo sospecha su actuación, todo lo cual fue reiteradamente desmentido incluso por víctimas y testigos de aquella trágica historia. Muchos años más tarde y luego de un período bastante extenso en que estuvo casi retirado dedicado a la predicación, la reflexión y la enseñanza, convocado por el entonces Cardenal Quarracino, Bergoglio fue designado obispo auxiliar de Buenos Aires y finalmente Arzobispo y creado cardenal de la Iglesia por Juan Pablo II en 2001 desde entonces liderando -no sin dificultades internas en el episcopado argentino- posiciones pastorales humanistas bien enraizadas en principios evangélicos.

AGRAVIOS INACEPTABLES

Muchas veces sus posiciones fueron leídas en clave política según el cristal del intérprete y en la era de la revolución de las comunicaciones y la posverdad la difusión de fake news, infamias y calumnias están a la orden del día. Su decisión de no viajar jamás a su Patria como Pontífice fue motivo de polémica, campañas difamatorias y agravios inaceptables.

Los argentinos además solemos ser autorreferenciales. Como si hubiéramos olvidado que Francisco al ser consagrado el 266 Sumo Pontifice de la historia de la Iglesia Católica se convirtió además de Jefe de Estado del Vaticano en el líder de más de mil millones de católicos del mundo, no solamente de sus compatriotas.

Sin embargo y en gran medida por el esmerado empeño de algunos escribas, comunicadores y hasta políticos se había puesto de moda exhibirlo como a un vil puntero suburbano, omitiendo y a veces falsificando gestos y acttitudes del Papa como auténtico vicario de Cristo.

Dicen los especialistas que un auténtico líder basa su liderazgo en cuatro pilares que a su vez son penacho de la orden religiosa a la que pertenece Francisco, la Compañia de Jesús. Estos son: amor, ingenio, valentía y autoconocimiento. De los cuatro ha dado sobrado testimonio el Papa Francisco. Y de alguna manera ha conmovido no solo a sus fieles por la fe, sino a aquellos no católicos o no creyentes a los que también había destinado su prédica y su mensaje, para atraerlos a partir de su ejemplo, testimonio y compromiso al establecer enérgicamente un nuevo rumbo en la conducción de la Iglesia a través de reformas administrativas, financieras y pastorales de alguna manera más alejada de los oropeles y del poder y más cerca de los que sufren en la carne y en el espíritu.

Su muerte hace ya un año conmovió al mundo que ha crujía, a los líderes mundiales que en tropel concurrieron a sus magníficas exequias; pero también al pueblo llano de todos los rincones de la tierra que rindieron su último homenaje al más auténtico líder del siglo XXI. Aquél que supo despojarse de todo y tomar la cruz para hacerla suya, despreciar las comodidades de su cargo y de su rango para compartir con los más pequeños a semejanza de Jesucristo. Esa actitud, ese gesto, esa vocación le merecieron objeciones y críticas injustas y maniqueas.

Dejó para los tiempos el mensaje de la entrega, del amor fraternal imprescindible para la humanidad en esta hora triste de odios y guerras de exterminio por conseguir más riquezas y más poder.