Hace dos siglos, el martes 2 de mayo de 1826 la Gaceta Mercantil daba a conocer el banquete que el Director Supremo de Chile, Ramón Freire, había ofrecido al ministro plenipotenciario de las Provincias Unidas general Ignacio Álvarez Thomas.
La quinta del canónigo Gerónimo Herrera había sido en escenario del encuentro al que concurrieron, según el cronista, “todos los primeros funcionarios del Estado, y otras varias personas el primer rango”. El clima fue propicio y “el lujo de la mesa, y lo delicado de los manjares y vinos exquisitos puso el colmo a la alegría y satisfacción”.
LOS BRINDIS
Como era corriente comenzaron los brindis, para los cuáles era necesaria mucha resistencia, primero el del Director Freire, al que el homenajeado contestó con el deseo que el Congreso próximo a reunirse fijara “su atención sobre la política del único trono que existe en América, obre con la previsión y energía que nos ha salvado en la guerra de la independencia, y que la amistad de ambos pueblos se consolide como las soberbias moles de los Andes”, en clara referencia al imperio del Brasil.
Siguieron elevando las copas con esos mentados vinos el ministro de Relaciones Exteriores, Ventura Blanco Encalada; el coronel Vázquez, el ministro de Hacienda, Manuel José Gandarillas; el cónsul de Holanda, el general Borgoño, Tomás Guido, “el ciudadano colombiano” Luis López de Méndez, el dueño de casa, y algún otro, cerrando el Director Supremo con el deseo: “Que los triunfos adquiridos por las provincias argentinas contra el poder español puedan segundarse con mayor gloria contra el enemigo que actualmente las invade”.
Luego de esto que debió desarrollarse en los jardines la concurrencia pasó al salón donde estaba servido el café, dándose cuenta que el representante de la legación norteamericana no había podido concurrir por una ligera indisposición”.
Quienes leían la noticia sabían que desde hacía unos meses estaba en Santiago de Chile, que nuestro país estaba al borde de un conflicto bélico con el Imperio del Brasil, y que para la guerra se necesitaba comprar material y obtener la colaboración chilena.
Aquel gobierno dispuso poco después la venta de tres barcos de su escuadra, que Álvarez Thomas los adquirió en subasta pública la fragata Buenos Aires y las corbetas Montevideo, y Chacabuco, que a las órdenes del coronel Ventura Vázquez zarparon rumbo al Plata el 5 de agosto para unirse a la escuadra comandada por Brown.
La adquisición no fue lo mejor, pero era con lo que se contaba, las naves eran viejas e inservibles para la larga navegación que debían enfrentar, especialmente al cruzar el cabo de Hornos. Sólo la Chacabuco pudo incorporarse a la escuadra.
El 20 de noviembre se firmó el Tratado de Amistad, alianza, comercio y navegación, por el que tanto había trabajado Álvarez Thomas, para volver poco después a Buenos Aires.
EL PROCER
Nuestro personaje tenía 39 años, había nacido en Arequipa en el Perú hijo de don Antonio, un brigadier del ejército español y de Isabel Thomas, cadete de niño en el Regimiento de Milicianos de Lima, cuando en 1799 la familia pasa transitoriamente por Buenos Aires rumbo a la metrópoli, su padre obtuvo que ingresara al Regimiento Fijo de Buenos Aires, continuando su carrera militar. La Primera Invasión es su bautismo de fuego y luego en la defensa de Montevideo en febrero de 1807, una herida de bala y diez bayonetazos le dejan un recuerdo en su carne, pero esas laceraciones le evitan ser transportado prisionero a Inglaterra. Estuvo junto a los que apoyaron a Liniers en la asonada del 1º de enero de 1809 y luego la Junta de Mayo reconoció su mérito y lo hizo teniente coronel.
Su padre gobernador de la isla de Chiloé, hombre de rígidos principios le advirtió pensando en su futura carrera: “Espero no te hagas faccionario por más que te inciten, no te unirás a los partidos corruptos; vive sin unión de aquellos, no de amistades, que te perjudiquen”.
Un párrafo más adelante en tono amenazante decía: “Si por desgracia (que no lo espero) te separases de este ilustre modo de pensar olvídate de quien te dio el ser después de Dios, considérate desde aquel desgraciado momento abandonado de los tuyos, los que continuarán con firmeza defendiendo hasta la muerte los sagrados derechos de nuestra Santa Religión, Rey y Patria”.
La madre a su vez le señaló con terrible crudeza: “Cuidado en acordarte de que, eres hijo de un padre que el honor le sobra, que primero morirá que faltar a su legítimo Rey y sus descendientes, que yo pienso lo mismo, que a pesar de lo mucho que te quiero, mejor quiero llorarte muerto que con nota de infamia, y que si tú piensas de otro modo, no me escribas, no quiero saber más de ti ni de tus progresos”.
Deseando recomponer la relación con su madre, Ignacio le escribió a su hermano Antonio pidiéndole: “Has de tu parte para que la buena madre me deje ser buen americano, sin hacerme por ello un mal hijo”.
Ella continuó las quejas y en 1811 le reprochaba “preferir los consejos de un amigo, que deberías avergonzarte de tratar… has envilecido tu sangre y tu patria, cuéntate solo en el mundo, no tienes padres ni hermanos, ni jamás me volverás a ver y contribuirás a mi muerte, y serás el odio y execración de los tuyos”.
El amigo a que se refería era Manuel Belgrano, con cuya sobrina María del Carmen Ramos Belgrano habría Ignacio de casar el 3 de mayo de 1812. Ese homenajeado diplomático del banquete, llevaba esa cicatriz en el alma había antepuesto el amor a la patria al filial, soportándolo con entereza y resignación.

Dos retratos suyos se conservan, que se reproducen en este artículo: uno de Gil de Castro que lo muestra en la apostura del maduro oficial y un daguerrotipo en el que se notan las huellas de los años, luciendo junto a su corazón una medalla que cuelga de la cinta nacional.
