Ucrania: la niebla desciende sobre Kiev
Mientras el campo de batalla se vuelve cada vez más transparente, el desgaste de la infraestructura, las disputas dentro del poder ucraniano y las maniobras diplomáticas devuelven a la guerra toda su densidad política
La guerra en Ucrania presenta una paradoja. Nunca antes los ejércitos habían dispuesto de tantos medios para observar el campo de batalla. Satélites, drones, sensores, inteligencia artificial y sistemas de vigilancia permiten detectar movimientos, identificar objetivos y dirigir fuegos con una precisión desconocida. Sin embargo, cuanto más transparente se vuelve el espacio físico de la guerra, más difícil resulta comprender las intenciones políticas, las luchas internas y las negociaciones que pueden decidir su desenlace.
Ésta es la nueva niebla de la guerra 2.0. No nace de la escasez de información, sino de su abundancia: imágenes, declaraciones, operaciones encubiertas y versiones contradictorias forman una masa dentro de la cual resulta difícil distinguir el hecho de la interpretación y la señal verdadera de la maniobra de engaño.
En ese escenario, la guerra ha ingresado en una etapa de desgaste sistémico. Rusia continúa presionando sobre el frente terrestre, pero su esfuerzo no puede medirse solamente por los kilómetros conquistados. La infraestructura energética, los transportes, los centros logísticos, la producción de drones, las comunicaciones y la defensa aérea forman parte del mismo campo de batalla. El objetivo no consiste únicamente en derrotar unidades ucranianas, sino en degradar las funciones que permiten sostener la guerra.
EL ESTANCAMIENTO APARENTE
Los partes difundidos por el Ministerio de Defensa ruso describen una presión simultánea desde Sumy y Járkov hasta Donetsk, Dnipropetrovsk y Zaporiyia. Como ocurre con toda información proporcionada por una parte beligerante, sus cifras deben considerarse con prudencia. Más significativo que los números es el patrón operativo: presión sobre una gran extensión del frente, concentración del esfuerzo en el sistema defensivo del Donbass y ataques contra transportes, depósitos, talleres de drones y estaciones de guerra electrónica.
La estabilización relativa de la línea de contacto no significa que la guerra esté detenida. Puede indicar que la decisión se desplaza hacia otro nivel. Kramatorsk, Slaviansk, Druzhkovka y Konstantinovka forman un sistema defensivo cuyo valor excede a cada ciudad aislada. Para Ucrania, conservarlo significa mantener las posiciones fortificadas que protegen el interior de su dispositivo. Para Rusia, quebrarlo permitiría penetrar detrás de esas líneas y modificar las condiciones de cualquier negociación.
Pero la suerte del Donbass no depende sólo del combate terrestre. También depende de la capacidad ucraniana para abastecer a sus fuerzas, reparar equipos, mantener las comunicaciones, proteger las ciudades y sostener su economía.
Diversos analistas militares sostienen que Vladimir Putin está convencido de que el tiempo juega a favor de Rusia y de que Ucrania comienza a inclinarse progresivamente. Aunque el frente permanezca relativamente estabilizado, Moscú esperaría que el deterioro estratégico produzca aquello que todavía no consiguió mediante una ruptura operacional.
Rusia intensificó su combinación de drones a reacción, misiles de crucero y misiles balísticos contra objetivos estratégicos. Ucrania necesita munición para sistemas como Patriot, NASAMS, IRIS-T y SAMP/T, pero los tiempos industriales occidentales no permiten reponer rápidamente los interceptores consumidos. Cada ataque plantea entonces un dilema: qué proteger, qué sistema emplear y contra qué blanco gastar un misil costoso. Rusia puede combinar drones, señuelos y misiles para saturar las defensas y obligar al adversario a consumir recursos escasos.
Ucrania también incrementó sus ataques contra refinerías, instalaciones energéticas y objetivos militares rusos. Esas operaciones producen daños y obligan a Moscú a dispersar sus defensas, pero todavía no parecen suficientes para modificar su voluntad política. La pregunta decisiva no es quién realiza el ataque más espectacular, sino quién puede sostener durante más tiempo el ciclo de producción, lanzamiento, intercepción, reparación y reposición.
DESPUES DE RATCLIFFE
La visita del director de la CIA, John Ratcliffe, a Moscú introdujo un elemento nuevo. Un contacto de semejante nivel indica que Washington y el Kremlin mantienen canales reservados y que detrás de la guerra visible se desarrolla otra negociación, opaca y más compleja, sobre las condiciones de una posible salida.
Los ataques rusos aumentaron después de ese viaje. La coincidencia temporal no demuestra una relación causal, pero puede interpretarse como una señal: Moscú habría acompañado el diálogo con una demostración de fuerza para indicar que no considera suficiente lo ofrecido y que cree poder mejorar su posición durante el próximo invierno.
Donald Trump mantuvo luego una conversación telefónica con Putin y afirmó que el presidente ruso estaría interesado en alcanzar un acuerdo. Agregó que la paz sería posible si Volodímir Zelensky también estuviera dispuesto. El orden resulta significativo: Washington parece explorar primero con Moscú los límites de una solución y procurar después la aceptación de Kiev. Ucrania no ha quedado formalmente excluida, pues los enviados estadounidenses también visitaron su capital, pero aparece una creciente asimetría. El país que soporta la guerra puede resistir o rechazar las condiciones, aunque el marco estratégico comienza a ser definido por las potencias que poseen los medios para prolongarla o detenerla.
Diplomacia y escalada no son movimientos contradictorios. Cada parte intenta modificar sobre el terreno las condiciones de la mesa. La intensificación de los ataques puede ser, por lo tanto, una forma de negociación armada.
LAS FISURAS DENTRO DE KIEV
Mientras crece la presión rusa, dentro del aparato de seguridad ucraniano aparecieron tensiones difíciles de ignorar. El enfrentamiento armado entre integrantes del Servicio de Seguridad de Ucrania, el SBU, y la inteligencia militar, el GUR o HUR, dejó heridos y obligó a Zelensky a ordenar una investigación.
El episodio ocurrió durante una operación relacionada con Stepan Kaplunov, integrante del Cuerpo de Voluntarios Rusos que combate del lado ucraniano. Las versiones sobre su detención, las acusaciones de colaboración con Rusia y la intervención de miembros de la inteligencia militar siguen siendo contradictorias. Lo comprobable es que integrantes armados de dos organismos estatales se enfrentaron entre sí en Kiev. No alcanza para hablar de una guerra civil, pero tampoco puede reducirse a un incidente irrelevante: revela rivalidades, superposición de competencias y dificultades en la cadena de autoridad.
En el centro de ese entramado aparece Kyrylo Budanov, antiguo jefe de la inteligencia militar y actual responsable de la Oficina del Presidente. Su nombramiento lo colocó en el núcleo del gobierno de Zelensky, pero no eliminó su base de poder en los servicios ni su relación histórica con las agencias estadounidenses. Algunas interpretaciones sostienen que Washington lo considera capaz de facilitar una salida negociada. Es una hipótesis todavía no demostrada. Lo cierto es que Estados Unidos necesita interlocutores que puedan dialogar con Moscú, conservar ascendiente sobre el aparato militar y obtener aceptación interna para un acuerdo probablemente doloroso.
Por eso, la búsqueda de la paz también puede provocar nuevas disputas dentro de Kiev. Cuando comienzan a revisarse los objetivos de la guerra, se discute al mismo tiempo quién conducirá la transición y quién cargará con el costo político de las concesiones.
LA MARAVILLOSA TRINIDAD DE CLAUSEWITZ
El general prusiano describió la guerra mediante una “maravillosa trinidad”: el pueblo, las Fuerzas Armadas y el gobierno. El pueblo aporta las pasiones y la voluntad; el ejército se mueve en el terreno del valor, el azar y la creatividad; el gobierno debe someter la guerra a la razón política. La fortaleza de una nación depende de la articulación entre esos componentes.
En Ucrania todavía no puede hablarse de una ruptura general de esa trinidad. La sociedad ha soportado enormes sacrificios, las Fuerzas Armadas mantienen sus posiciones y el gobierno conserva capacidad de conducción. Pero aparecen síntomas de tensión. El desgaste de las unidades, las dificultades de movilización y la insuficiencia de la defensa aérea afectan al componente militar. Las disputas entre los servicios y las divergencias sobre una negociación repercuten en el gobierno. Los ataques contra la energía, los transportes y las ciudades trasladan el costo de la guerra a la población.
La estrategia rusa parece orientada a desarticular esos elementos: separar al pueblo del gobierno, debilitar la confianza en las Fuerzas Armadas y convencer a la conducción política de que continuar la guerra producirá condiciones peores. Moscú busca acumular desgaste hasta que los componentes de la trinidad dejen de moverse con idéntica voluntad y hacia un fin político compartido.
LA BATALLA POR LA VOLUNTAD
La dimensión informativa completa ese proceso. Desde esta columna hemos advertido que el espacio informativo se convirtió en uno de los campos de batalla centrales del siglo XXI. Allí se procura desmoralizar a una sociedad, desacreditar a sus autoridades y presentar al enemigo exterior como menos peligroso que las divisiones internas.
Sería un error atribuir toda contradicción social o política a una operación rusa. La guerra cognitiva no crea necesariamente las fracturas: con frecuencia identifica las existentes, las profundiza y las orienta. La propaganda utiliza las dificultades de movilización, las disputas institucionales, la corrupción, los apagones, las bajas y el cansancio para construir una interpretación general: que el sacrificio perdió sentido y que el verdadero adversario se encuentra dentro del propio gobierno.
EL UMBRAL POLITICO
Ucrania no está necesariamente ante un colapso inmediato. Rusia tampoco consiguió una victoria decisiva y continúa sufriendo pérdidas, ataques contra su infraestructura y los costos de una guerra prolongada. La resistencia ucraniana conserva capacidad de adaptación y las potencias occidentales todavía podrían modificar el equilibrio mediante nuevos suministros.
Pero el frente militar, la infraestructura, la producción industrial, la defensa aérea, la diplomacia y la estabilidad interna no pueden estudiarse por separado. Forman un único sistema. Una guerra de desgaste alcanza su momento decisivo cuando las pérdidas materiales comienzan a transformarse en consecuencias políticas: cuando la escasez de munición condiciona al gobierno, los apagones modifican la disposición de la población, las derrotas alteran las relaciones entre las instituciones y los aliados preparan una salida distinta de la proclamada públicamente.
La tecnología ha hecho visible casi cada movimiento sobre el campo de batalla. Pero no puede revelar con la misma claridad qué se habló en Moscú, qué busca Washington, cuánto tiempo está dispuesta Europa a sostener el esfuerzo ni cómo evolucionará la relación entre Zelensky, Budanov y los organismos armados ucranianos.
La niebla no ha desaparecido. Se ha desplazado. Ya no cubre solamente las trincheras: desciende sobre Kiev, Moscú, Washington y las capitales europeas. Y es allí, en la relación entre la voluntad de los pueblos, la resistencia de los ejércitos y los cálculos de los gobiernos, donde probablemente se decida la próxima fase de la guerra.
