Ucrania: el frente, Odesa y la escalada que viene

De acuerdo a nuestros análisis, la guerra en Ucrania ya no puede comprenderse observando únicamente los movimientos diarios sobre el mapa. La conquista de una localidad conserva importancia táctica, pero el conflicto ha superado esa dimensión. Después de más de cuatro años de combates, el resultado depende crecientemente de la capacidad de cada contendiente para reponer hombres, sostener sus redes logísticas, proteger sus infraestructuras y adaptar sus tecnologías.

Como ya hemos dicho, Ucrania no enfrenta necesariamente un colapso operacional inmediato. Sin embargo, sobre ella converge un conjunto de presiones que se refuerzan mutuamente: dificultades para completar las unidades, creciente exigencia sobre la defensa aérea, ataques contra la profundidad logística y una campaña cada vez más intensa contra los puertos del mar Negro.

El frente sigue siendo el lugar donde se combate, pero las condiciones de la victoria o la derrota se preparan mucho más atrás.

 

UN FRENTE SOMETIDO AL DESGASTE

Los partes militares continúan informando combates en distintos sectores, avances locales, contraataques y ataques sobre concentraciones de tropas. Como ocurre con toda información proveniente de los beligerantes, las cifras de bajas y destrucciones deben considerarse con prudencia.

Sin embargo, la reiteración de determinadas categorías de objetivos permite reconocer la orientación del esfuerzo ruso. Moscú mantiene la presión sobre el frente terrestre mientras golpea depósitos, centros de distribución, estaciones ferroviarias, instalaciones energéticas, puertos y buques vinculados con el abastecimiento ucraniano.

La lentitud de los avances rusos no significa ausencia de efectos estratégicos. En una guerra de desgaste, el territorio conquistado durante una jornada puede ser menos importante que los hombres, las municiones y las reservas que el adversario debe consumir para impedir ese avance.

El problema ucraniano es también humano. La evasión del reclutamiento, las ausencias sin autorización y la dificultad para mantener una presencia suficientemente densa a lo largo de una extensa línea de contacto crean espacios vulnerables. Rusia intenta explotar esas brechas mientras utiliza su superioridad de fuego para castigar las concentraciones, las rotaciones y los movimientos logísticos.

La guerra no debe medirse solamente por los kilómetros recorridos, sino también por la capacidad de cada parte para infligir daños, absorber pérdidas y reponer los medios consumidos.

 

LA BATALLA POR EL CIELO

A la presión terrestre se suma una campaña aérea en expansión. El coronel Markus Reisner, analista militar de las Fuerzas Armadas austríacas, advirtió recientemente en una intervención para la cadena alemana n-tv que las señales provenientes de Ucrania apuntan hacia una escalada.

Reisner llamó la atención sobre el aumento de los ataques, la aparición de variantes más veloces de los drones rusos y la creciente presión sobre la defensa aérea ucraniana. La combinación de drones, misiles balísticos, misiles de crucero y bombas planeadoras obliga a Kiev a distribuir recursos escasos entre la protección del frente, las ciudades, las centrales energéticas, los nudos ferroviarios y las instalaciones industriales.

El problema no consiste solamente en poseer sistemas antiaéreos, sino en disponer permanentemente de interceptores. Rusia parece buscar la saturación de las defensas mediante amenazas de distinto costo, velocidad y trayectoria.

Derribar un dron relativamente barato con un misil sofisticado puede ser operacionalmente necesario, pero resulta difícil de sostener si el atacante puede producir amenazas con mayor rapidez que aquella con la cual el defensor repone sus interceptores.

La escasez también alcanza a los patrocinadores de Kiev. Como señala el periodista Riccardo Renzi, asignar fondos no equivale a producir inmediatamente misiles y sistemas defensivos. La distancia entre la decisión presupuestaria y la entrega efectiva se convierte así en parte del equilibrio militar.

 

ODESA: CONSERVAR LA COSTA Y PERDER EL MAR

Dentro de esta campaña, Odesa y los restantes puertos ucranianos del mar Negro adquieren una significación decisiva. Ucrania necesita el mar para exportar su producción agrícola e industrial, obtener divisas y conservar canales logísticos alternativos a las rutas terrestres occidentales.

La presión rusa sobre Odesa, Chornomorsk y Pivdennyi no parece una sucesión de ataques aislados. Puertos, buques, depósitos, accesos ferroviarios y centros de distribución forman parte de un mismo sistema. Su degradación reduce el volumen de las operaciones, aumenta los costos del transporte, eleva el riesgo para las aseguradoras y desalienta el ingreso de embarcaciones comerciales.

El Ministerio de Defensa ruso explicitó esa lógica en su parte del 31 de agosto. Moscú informó sobre ataques contra centros logísticos en las regiones de Kiev y Odesa, depósitos utilizados —según la versión rusa— para almacenar drones y distribuir suministros occidentales, y un buque de carga en el puerto de Pivdennyi.

La naturaleza militar de cada cargamento no ha podido comprobarse. Algunas de las instalaciones alcanzadas también cumplían funciones civiles. Pero la selección de los objetivos permite reconocer un patrón: enlazar en una misma campaña los buques, los puertos, los depósitos y las vías de distribución que abastecen al frente.

El propósito excede la destrucción de una instalación. Se busca degradar el proceso mediante el cual la ayuda exterior se transforma en capacidad militar. Un sistema de armas entregado por Occidente todavía debe atravesar fronteras, puertos, estaciones ferroviarias, carreteras y depósitos antes de producir algún efecto sobre el campo de batalla.

La presión sobre los grandes puertos del mar Negro también obliga a desviar cargas hacia el Danubio y hacia corredores terrestres. Esas alternativas permiten conservar un flujo parcial, pero no necesariamente pueden sustituir el volumen, la velocidad y los costos del transporte marítimo.

Rusia no necesita ocupar inmediatamente toda la costa para producir un efecto estratégico. Puede intentar reducir su utilidad mediante ataques reiterados contra terminales, depósitos, buques y conexiones terrestres.

Ucrania conservaría formalmente su litoral, pero podría aproximarse progresivamente a la condición de un país funcionalmente mediterráneo: un estado con costa en el mapa, pero con su acceso efectivo al mar severamente restringido y cada vez más dependiente de corredores controlados o condicionados por sus vecinos occidentales.

Esto último, nos parece una interesante conclusión que podemos tener en cuenta como lección aprendida para estas pampas: un país puede conservar sus costas y, sin embargo, haber perdido el mar como instrumento de poder.

 

LA ADVERTENCIA DE MEARSHEIMER

Este diagnóstico operacional coincide parcialmente con la interpretación formulada por John Mearsheimer en una reciente conversación con Daniel Davis, difundida por el canal Daniel Davis Deep Dive Español.

Mearsheimer sostiene que la dificultad ucraniana ya no puede atribuirse a una sola carencia. Es el resultado de la acumulación de problemas humanos, defensivos, económicos y logísticos que el apoyo occidental no consigue compensar plenamente.

Según el académico estadounidense, los ataques ucranianos en profundidad pueden destruir instalaciones, afectar temporalmente la producción rusa y generar imágenes de gran repercusión comunicacional. Sin embargo, difícilmente provoquen por sí mismos la rendición de Rusia o una modificación decisiva del equilibrio militar.

Las campañas aéreas rara vez consiguen por sí solas la capitulación de un Estado. Rusia lleva años golpeando a Ucrania sin haber logrado su rendición. Resulta, por tanto, poco razonable suponer que una campaña ucraniana de menor escala, basada principalmente en drones, pueda derrumbar a una potencia territorial, demográfica e industrialmente mayor.

No es necesario compartir todas las conclusiones de Mearsheimer para reconocer la pregunta que plantea: ¿puede una estrategia sostenerse indefinidamente cuando sus medios disponibles disminuyen y sus objetivos políticos permanecen fuera de alcance?

 

STARLINK ENTRA EN LA BATALLA

La dimensión tecnológica agrega otro nivel. Durante buena parte de la guerra, Starlink proporcionó a Ucrania una importante ventaja en comunicaciones, conducción de operaciones y empleo de sistemas no tripulados.

Pero ninguna ventaja tecnológica permanece invulnerable por mucho tiempo, la historia militar nos enseña que tarde o temprano aparecen las contramedidas.

Rusia anunció la producción en serie del sistema de guerra electrónica Volna–Kupol–Garant, concebido para perturbar localmente los enlaces utilizados por terminales Starlink. La existencia y el despliegue del sistema fueron mencionados también por fuentes ucranianas, que informaron ataques contra algunas de sus instalaciones.

No estamos en condiciones de afirmar que Rusia haya neutralizado Starlink. El sistema tendría cobertura limitada, presenta una firma detectable y puede convertirse en objetivo de los drones ucranianos. Su importancia es otra: demuestra que la arquitectura satelital comercial también ha ingresado en el ciclo de medidas, contramedidas y adaptación propio de la guerra.

Starlink ya no es únicamente una red comercial de telecomunicaciones. En el campo de batalla conecta sensores, operadores, drones y unidades militares. Por eso también se transforma en objetivo de la guerra electrónica.

La degradación de los enlaces impulsa, además, una mayor autonomía de los drones. Cuanto más vulnerable resulta la comunicación con el operador, mayor es el incentivo para trasladar al propio artefacto funciones de navegación, reconocimiento y selección de objetivos.

Reisner ha advertido sobre el peligro de delegar decisiones letales a algoritmos. La inteligencia artificial puede acelerar el ciclo sensor–decisor–efector, pero no posee responsabilidad moral ni capacidad para comprender plenamente el contexto humano de una acción.

La guerra electrónica y la inteligencia artificial aparecen así como dos caras de una misma transformación: la primera intenta cortar el vínculo entre el hombre y el arma; la segunda permite que el arma continúe actuando cuando ese vínculo ha desaparecido.

 

LA GUERRA DETRÁS DEL FRENTE

Ninguno de estos factores, considerado aisladamente, anuncia una derrota inmediata de Ucrania. El peligro surge de su acumulación.

La falta de hombres obliga a recurrir más intensamente a la tecnología. La tecnología depende de comunicaciones que Rusia intenta perturbar. La protección de las ciudades, los puertos y las infraestructuras requiere interceptores ( que son escasos). Y la degradación del sistema portuario aumenta la dependencia de corredores terrestres más lentos, costosos y vulnerables.

Ésa es la lógica del desgaste sistémico: cada presión incrementa el costo de responder a las restantes.

La guerra continúa resolviéndose en el campo de batalla, pero ya no termina allí. Se extiende desde las trincheras hasta Odesa; desde Odesa hasta los corredores europeos; y desde las comunicaciones satelitales hasta los centros industriales que deben reponer las armas consumidas.

El objetivo ruso parece consistir no solamente en destruir lo que llega a Ucrania, sino en impedir que aquello que llega pueda transformarse en poder militar sobre el frente.

En esa competencia, Ucrania no lucha únicamente por conservar posiciones territoriales. Lucha también por preservar el cielo sobre sus ciudades, el funcionamiento de sus redes logísticas y su acceso efectivo al mar.

Porque una nación puede continuar figurando como país marítimo en los mapas y, sin embargo, haber comenzado a perder el mar como instrumento de soberanía, comercio y poder.