Ucrania: cuando comienzan a faltar los hombres
Durante cuatro años y medio hemos hablado de drones, misiles y todo tipo de “ingenios militares”, también hemos seguido avances y retrocesos sobre mapas. Paquetes de ayuda occidental, sanciones económicas y nuevas tecnologías. Pero detrás de esa extraordinaria transformación de la guerra comienza a reaparecer una realidad tan antigua como la guerra misma: los hombres.
Y los hombres no son infinitos.
John Mearsheimer acaba de colocar nuevamente esta cuestión en el centro del debate. El profesor de la Universidad de Chicago, regresó recientemente de Rusia y el 17 de septiembre mantuvo una extensa conversación con Glenn Diesen. Tres días después publicó “What Is An “Ugly Victory”?, donde profundizó algunas de aquellas ideas. Su diagnóstico es particularmente duro: el problema ucraniano ya no debería observarse solamente en términos de territorios conquistados o perdidos, sino desde la capacidad misma de la nación para sobrevivir al desgaste acumulado de una guerra prolongada.
Conviene detenerse aquí porque Mearsheimer no está hablando simplemente del Donbass. Durante buena parte de la guerra el debate occidental se concentró en cuánto territorio podía conquistar Rusia y cuánto podía recuperar Ucrania. El conflicto parecía poder medirse sobre un mapa. Pero una nación no es solamente territorio. Es población, economía, infraestructura, capacidad industrial, instituciones, familias, nacimientos y hombres capaces de defenderla.
Mearsheimer introduce precisamente esa dimensión. Lo hace apoyándose, entre otros elementos, en un reciente análisis de Iuliia Mendel, primera secretaria de prensa del presidente Volodímir Zelenski, que presenta un panorama extremadamente sombrío sobre la situación demográfica y social ucraniana. Mearsheimer retoma el planteo y considera que continuar indefinidamente una guerra de estas características puede comprometer el futuro mismo del país. Se trata de su interpretación y como tal debe ser considerada, pero los interrogantes que plantea merecen atención.
Ucrania ya había llegado a 2022 con un serio problema demográfico. La guerra agregó muertos, heridos, desplazados, refugiados, emigración y una caída adicional de los nacimientos. Una parte significativa de quienes abandonaron el país son mujeres y niños. Nadie puede saber hoy cuántos regresarán cuando terminen las hostilidades. Éste es el verdadero significado estratégico de la demografía: un puente puede reconstruirse, una central eléctrica puede repararse, un sistema de armas puede volver a fabricarse. Una generación perdida es mucho más difícil de reemplazar.
No es ésta una preocupación nueva para quienes seguimos esta guerra desde sus comienzos. El 4 de febrero de 2024, en estas mismas páginas de La Prensa, escribíamos en ´Guerra en Ucrania: la cuestión demográfica´: “Y el factor determinante es el recurso humano escaso”. Advertíamos entonces que poco se hablaba del factor demográfico y señalábamos que “la composición de la población, su estructura y su dinámica están fuertemente interrelacionadas con el recurso humano disponible para la defensa de una nación”. Dos años y medio después, aquellas palabras adquieren una significación mucho más inquietante.
En este contexto debe leerse una reciente declaración del primer ministro polaco Donald Tusk. No proviene de Moscú ni de un medio ruso. Proviene del jefe de gobierno de Polonia, uno de los países europeos más comprometidos con el sostenimiento de Ucrania. El 17 de septiembre, ante el Parlamento polaco, Tusk afirmó que sus interlocutores ucranianos le habían informado de alrededor de 27.000 militares muertos y heridos por mes, una cifra que presentó como excepcionalmente elevada.
Conviene mantener la prudencia. Las bajas constituyen uno de los datos más difíciles de verificar independientemente en cualquier guerra y, en ésta particularmente, las cifras forman parte de la batalla informativa. Pero precisamente por quién transmite esta estimación y por la fuente a la que la atribuye, no debería ser ignorada.
Veintisiete mil muertos y heridos mensuales, si ese ritmo reciente se mantuviera, representarían 324.000 bajas en apenas un año. No sería serio proyectar retrospectivamente esa cifra sobre los cuatro años y medio de guerra. Tusk está hablando de un nivel reciente de pérdidas. Tampoco corresponde confundir muertos con heridos ni bajas temporarias con pérdidas definitivas. Pero, la situación es grave y el problema permanece.
GUERRA DE DESGASTE
En una guerra de desgaste, la pregunta decisiva deja de ser solamente cuánto territorio puede conservar un ejército. Pasa a ser cuántos hombres puede perder, recuperar, reemplazar y entrenar sin comprometer su propia estructura. Aparece entonces un concepto que pocas veces figura en los mapas militares: la tasa de reposición.
Si las pérdidas se aproximan o superan sostenidamente la capacidad de reclutar, formar y desplegar nuevos hombres, el problema deja de ser puramente táctico. Cada reemplazo llega inicialmente con menos experiencia que el hombre al que sustituye. Cada veterano perdido se lleva consigo años de aprendizaje. Cada oficial o suboficial experimentado que desaparece obliga a acelerar la formación de quien ocupará su lugar.
Porque la guerra no consume solamente hombres. Consume experiencia.
Una brigada puede recibir nuevos drones en pocas semanas. Formar un buen suboficial lleva años. Un vehículo destruido puede ser sustituido mediante un paquete de ayuda exterior. Un jefe de sección muerto después de tres años de combate no llega dentro de un paquete de ayuda militar.
PARADOJAS
Ésta es quizás una de las grandes paradojas de la guerra ucraniana. Probablemente nunca haya existido un conflicto convencional donde la innovación tecnológica avanzara a semejante velocidad. Ucrania y Rusia han demostrado una extraordinaria capacidad para incorporar drones, comunicaciones satelitales, software, inteligencia artificial y nuevos procedimientos. Cada innovación provoca una contramedida y cada contramedida obliga a una nueva innovación.
Sin embargo, cuanto más tecnológica se vuelve la guerra, más claramente reaparece la importancia del hombre. Un dron puede sustituir determinadas misiones. No sustituye una nación. La inteligencia artificial puede contribuir a reconocer un objetivo, pero no ocupa una posición. Un satélite puede observar centenares de kilómetros cuadrados, pero no releva a una compañía agotada después de semanas de combate. Las comunicaciones satelitales pueden mantener enlazada una unidad en condiciones que hasta hace poco parecían imposibles, pero alguien debe permanecer sobre el terreno.
La tecnología multiplica al hombre. No lo ha eliminado.
Mearsheimer amplía el cuadro desde otro ángulo. Después de su reciente viaje a Rusia afirma no haber encontrado las señales de colapso económico que durante años formaron parte de determinadas expectativas occidentales. Él mismo reconoce implícitamente las limitaciones de una observación realizada principalmente en Moscú y San Petersburgo. Una visita no permite diagnosticar la totalidad de un país de semejantes dimensiones. Pero su apreciación resulta relevante porque pone nuevamente sobre la mesa el problema fundamental de toda guerra de desgaste: la capacidad comparativa de los contendientes para soportarla.
La pregunta, entonces, deja de ser solamente quién puede golpear más fuerte. Pasa a ser quién puede soportar durante más tiempo el desgaste. Allí entran la demografía, la industria, la energía, la producción de municiones, el financiamiento, la capacidad de movilización, la reposición de pérdidas y, finalmente, la voluntad política.
Clausewitz reaparece inevitablemente. La guerra sigue siendo un choque de voluntades. Su maravillosa trinidad -pueblo, ejército y gobierno- continúa vigente, aunque hoy esté atravesada por satélites, algoritmos, drones y redes digitales. Detrás del arma continúa existiendo una sociedad que debe fabricarla; detrás del soldado, una familia; detrás del ejército, una economía; detrás de la decisión política de continuar la guerra, una nación que debe soportar sus consecuencias.
Y aquí Ucrania comienza también a hablarnos a los argentinos.
Debido a las grandes carencias y crisis post-1982, durante mucho tiempo hemos pensado la Defensa en términos presupuestarios y de adquisición de sistemas: cuántos aviones, cuántos buques, cuántos blindados. Todo ello importa. Sin medios no existe Defensa. Pero esta guerra demuestra que existe un capital estratégico mucho más difícil de adquirir: el capital humano.
Una Nación que pretenda defender un territorio enorme, una extensa costa marítima, la Patagonia, sus recursos naturales, el Atlántico Sur, sus intereses antárticos y sostener su reclamo soberano sobre Malvinas necesita radares, satélites, aviones, buques, drones, comunicaciones e inteligencia artificial. Pero antes necesita hombres y mujeres.
Necesita oficiales, suboficiales, soldados, marinos y aviadores. Necesita ingenieros, técnicos, científicos y especialistas. Necesita formarlos, retenerlos y lograr que la experiencia adquirida pase de una generación a la siguiente. Y necesita comprender que la Defensa Nacional no comienza cuando estalla una guerra. Para entonces, muchas de las capacidades fundamentales ya deberían existir.
Si una nación pierde durante décadas su cultura de Defensa, sus cuadros experimentados, sus especialistas y su capital humano, reconstruirlos puede demandar una generación. Ésa quizá sea una de las enseñanzas más duras que llegan hoy desde Ucrania.
Durante años observamos fascinados la revolución de los drones, la aparición de la inteligencia artificial, los sistemas autónomos, las redes de sensores y la creciente transparencia del campo de batalla. Todo ello está transformando la guerra y sería absurdo ignorarlo. Pero quizás estuvimos mirando solamente una mitad del problema. La otra mitad sigue siendo el hombre. Sus virtudes, sus valores patrióticos y su hidalguía. No son maquinas, son alma y materia.
Y mientras el mundo discute algoritmos, enjambres de drones y armas autónomas, la vieja aritmética de la guerra continúa formulando preguntas mucho más incómodas: cuántos hombres tiene una nación, cuántos puede perder, cuántos puede reemplazar, cuánto tarda en formarlos y durante cuánto tiempo puede continuar haciéndolo. Cuando esa ecuación deja de cerrar, ya no está solamente en juego una batalla ni una línea sobre el mapa. Puede comenzar a estar en juego el futuro mismo de una nación.
TAMBORES DE GUERRA EN EUROPA
Antes de cerrar esta nota, una advertencia. En Europa comienzan a acumularse señales que obligan a observar otra dimensión de esta guerra: el riesgo de que el desgaste termine desembocando, deliberadamente o por error, en una escalada difícil de controlar.
En los últimos días, Polonia volvió a adoptar medidas preventivas ante incidentes y ataques próximos a sus fronteras, mientras la OTAN incrementa su atención sobre las denominadas amenazas híbridas.
Nada de esto demuestra que Europa se encuentre a las puertas de una guerra general. ¿Existen pruebas suficientes para afirmar que esté en marcha una operación de “falsa bandera”? No lo sabemos, pero el espacio entre la guerra ruso-ucraniana y el territorio de la OTAN parece cada vez más sensible.
Un dron que atraviesa una frontera, un misil desviado, una incursión aérea, un sabotaje, una provocación o simplemente un error de identificación pueden adquirir consecuencias muy superiores al acontecimiento que los originó.
Ésta es también la niebla de la guerra 2.0: no solamente ocultar lo que ocurre, sino dificultar la distinción entre accidente, provocación y agresión deliberada.
Una guerra de desgaste puede terminar por agotamiento. Pero también puede transformarse en algo mucho peor por provocación, escalada o error de cálculo. Y hoy Europa tiene razones suficientes para prestar atención a los tres.
