Turismo: cuando el Estado confunde prevención con recaudación
POR JAIME SELSER *
La provincia de Córdoba es, sin discusión, uno de los destinos más bellos de la Argentina. Sus sierras respiran historia, sus ríos cantan entre las piedras y su gente -hospitalaria por naturaleza- suele recibir al visitante con los brazos abiertos. Sin embargo, para muchos turistas -entre los que me incluyo- el descanso prometido puede transformarse en una experiencia incómoda cuando la presencia del Estado se siente más como una sombra que como un abrazo.
Decidí viajar con mi familia desde Castelar, provincia de Buenos Aires, para pasar una semana en Río Ceballos, un rincón serrano donde la naturaleza parece escrita en verso. El plan era simple: desconectar, bajar el ritmo, dejar que el tiempo corriera al paso manso de la sierra. Pero el trayecto por rutas y accesos cordobeses se convirtió en una sucesión de controles vehiculares que, por su frecuencia y modalidad, terminan generando más fastidio que tranquilidad.
No se trata de cuestionar la necesidad de controles de tránsito -herramientas legítimas para prevenir siniestros- sino de advertir sobre un problema de percepción pública cada vez más extendido: la sensación de una maquinaria recaudatoria descontrolada que prioriza la multa por sobre la educación vial. Cuando la señalización de velocidades máximas resulta confusa o insuficiente y, al mismo tiempo, aparecen radares móviles en puntos poco visibles, el mensaje que recibe el conductor no educa: sorprende.
Y cuando el control se esconde detrás de un árbol, cámara en mano, la escena deja de parecer prevención y empieza a oler a emboscada administrativa. Una práctica que, lejos de ordenar el tránsito, erosiona la confianza del ciudadano que solo buscaba llegar en paz a destino.
Es difícil no recordar aquella advertencia de Montesquieu: “No hay tiranía más cruel que la que se ejerce a la sombra de las leyes y con apariencia de justicia.”
Para quienes vivimos en el conurbano bonaerense, la inseguridad ya es parte del paisaje cotidiano. Vivimos detrás de rejas, con alambres de púa, cercos electrificados y sistemas de alarma cada vez más costosos. Son casas que parecen fortalezas y barrios que aprendieron a dormir con un ojo abierto. Es la postal amarga de una sociedad que se protege del delito encerrándose en sí misma.
Por eso resulta especialmente frustrante que, cuando uno decide tomarse unos días para descansar y soltar tensiones, la sensación de vigilancia no desaparezca sino que cambie de uniforme.
Como si esto fuera poco, el recorrido por la provincia también expone otra realidad que golpea directo al bolsillo del viajero: la abundancia de peajes. Cada cabina es una barrera más en el camino del turista; cada ticket, una muesca adicional en el costo del descanso. El viaje, que debería fluir como río de montaña, avanza a saltos entre cabinas y controles.
La paradoja se hizo aún más evidente durante una caminata por la peatonal 9 de Julio, en la ciudad de Córdoba. Allí, en plena marea humana, la presencia policial brillaba por su ausencia. Fue en ese contexto donde sufrí un intento de arrebato de mi teléfono celular. El contraste es tan nítido que duele: abundancia de controles en ruta, escasez de prevención donde el delito urbano realmente acecha.
Como advertía Benjamin Franklin: “Quien sacrifica libertad por seguridad no merece ninguna de las dos.” El desafío del Estado moderno no es multiplicar multas, sino construir confianza; no es sorprender al conductor, sino cuidarlo.
Córdoba sigue siendo -y probablemente seguirá siendo- una provincia hermosa, de cielos anchos y sierras que invitan a volver. Precisamente por eso, el desafío para las autoridades no es menor: convertir el control en prevención visible, la multa en educación vial y la presencia estatal en una verdadera política de cuidado.
El turismo interno argentino no se construye solo con paisajes: se construye con experiencias, con sensaciones, con la memoria emocional que el viajero se lleva en la valija.
Cuando el visitante se siente cuidado, vuelve. Cuando se siente acechado, lo piensa dos veces.
Mi familia y yo ya tomamos nuestra decisión. Ojalá estas líneas -escritas más con preocupación que con enojo- sirvan para abrir una conversación necesaria sobre cómo lograr que el descanso vuelva a ser descanso y no una carrera de obstáculos en la ruta. Porque cuando el ciudadano debe, una y otra vez, invertir la carga de la prueba y demostrar en cada control que no es culpable de nada, algo del sistema está fallando. Convertir al viajero en sospechoso permanente no es prevención: es maltrato institucional. Y eso, sencillamente, debería avergonzarnos.
* Consultor en comunicación estratégica, creador de contenido digitales y analista de medios.
