Trump, el Golem de Occidente
Cumpliendo quién sabe que profecía, o defendiendo qué intereses, el presidente estadounidense es hoy una peligrosa caricatura que se vuelve contra la sociedad que lo creó.
Como es harto sabido, prácticamente todas las democracias del mundo han venido sistemáticamente deteriorando ese sistema de gobierno, como si estuvieran empeñadas en destrozar la base de su identidad, de su filosofía, de su convivencia y de su progreso. Eso se debe a que los individuos van cambiando radicalmente el sentido de sus votos en la medida que el curandero charlatán que han elegido por sus promesas, (y al que han obligado a prometerlas, como advirtiera Tocqueville) no puede cumplirlas, lo que explica en buena parte lo que sucede en Sudamérica, donde las sociedades cambian drásticamente su ideología aparente cada cuatro años, algo que además torna sumamente difícil cualquier programa a largo o mediano plazo.
Justamente esa postura casquivana y acomodaticia es la que hace temer cualquier cambio de gobierno y transforma a los países en una especie de juego de azar, porque es imposible prever su rumbo. En términos económicos, eso es lo que hace que el riesgo país sea tan alto en tantos casos, y que la inversión huya. Sólo la izquierda extrema, ahora con su ropaje progresista y proterrorista, tal vez porque siempre fracasa, mantiene una coherencia en sus objetivos -y también una sistemática pobreza de votos.
Estados Unidos, que parece tener como misión transformarse en un país bananero y arrastrar a Occidente en esa tesitura, eligió y reeligió a Donald Trump para esa tarea. En el segundo caso, bajo el apotegma de “los otros son peores”, que lleva irremisiblemente a la mediocridad, confió en quien le prometía defender a las industrias obsoletas, a los trabajadores y empresas que preferían no hacer el esfuerzo de competir, y revirtió los 30 años de progreso universal generado por la libertad de comercio y globalización económica impulsados por Bill Clinton, a quien injustamente sólo se identifica por sus acciones ovales, y no por semejante logro.
Mi competidor es el enemigo
Es cierto que la sociedad americana no está acostumbrada a competir, lo que la ha llevado a tremendas crisis que siempre se proyectaron sobre Occidente y sobre el resto del planeta. Trump agregó otra pesa en la balanza: considera enemigo a quienquiera le compita.
Por eso usa la amenaza del riesgo de la “soberanía nacional”, (recurso bien conocido en Argentina) para impedir la arrasadora competencia china, a quien acusa de “robar” tecnología norteamericana, ignorando el colosal avance de la potencia oriental en materia de educación en todas las ciencias duras y sus impresionantes logros. Por eso usa el proteccionismo como arma de guerra y dispara tarifazos como el reciente 15% universal, con el aplauso de una parte del capitalismo que ya no quiere esforzarse y que por eso ama el proteccionismo. Su vicepresidente Vance, que luce más ignorante que el propio Trump, acaba de declarar ante una pregunta, que socialismo es querer reemplazar trabajadores americanos por extranjeros. Ambos creen infantilmente que los recargos de importación los soporta el país que exporta, cuando quien los soporta es el consumidor de su país.
Además de su amoralidad, de su historial empresario donde la quiebra es una estrategia de negocios de sus vínculos con Rusia y otras acusaciones peores que enfrenta y contrarresta con impudicia y además con dinero del pueblo americano y su poder de gobierno, Trump cree que sabe. Y ese es acaso el mayor peligro. El mal que hizo lo hizo bien, el bien que hizo lo hizo mal, el epitafio sarcástico que circulara a la muerte del peligroso Cardenal Richelieu, bien podría aplicarse a este seudo estadista, que aprendió a ser ridículo (y a creerse el personaje) en su rol de la serie El aprendiz, que él nunca comprendió que era una sátira. Lo lamentable es que tantos sectores hayan comprado esa misma imagen y la crean.
Eso explica sus poses y frases que pasan de la fantasía a la realidad con resultados dramáticos, como el manejo de la guerra en Ucrania, donde terminó humillando a su presidente y justificando a Rusia, o la farsa venezolana, donde se cambió un gran negocio de petróleo por la permanencia de la dictadura, abandonando una lucha de años que emprendiera su país en pos de la libertad de los venezolano, y que ahora se intenta repetir en Cuba. O la impericia en declarar la guerra a Irán, que rememora a la guerra contra Irak, que ya ha ganado como cuatro veces, una guerra en la que la supuesta potencia militar más grande de la historia no pudo con un país de tercer orden, casi un aviso publicitario para el islam.
Desprecio por todas las reglas éticas
El lector tiene todo el derecho a pensar que detrás de esta ignorancia y torpeza deliberadas se ocultan los intereses de diverso orden del mandatario republicano y sus empresas amigas, porque a lo largo de su vida ha demostrado su desprecio por todas las reglas éticas tanto en la vida privada como en su actividad pública. También puede pensar que hay algo en su pasado, en sus conductas, que lo hace vulnerable a los sistemas de inteligencia de las grandes potencias, supuesto que llena de zozobra.
Lo cierto es que ha amedrentado o dividido a todas las instituciones norteamericanas. La Corte, el Departamento de Justicia, el de Trabajo, todas las áreas que se ocupan de la inmigración y migración, la Bolsa, donde prohibió la cotización de empresas que supuestamente afectaban la seguridad del país, la Fed, como se verá enseguida, los bancos y fondos de inversión, a quien prohibió invertir en ciertos países y proyectos. El FBI, las fuerzas armadas, llevándolas a una guerra que nunca recomendaron ni aceptaron, lo que motivó la defenestración de 20 altos mandos irreemplazables por su experiencia y conocimiento.
Trump ha utilizado la justicia como una herramienta para protegerse y librarse de los juicios por su pasado comercial, su pasado personal, su pasado sexual y su presente arbitrario. Utiliza los juicios contra periodistas o quienquiera se le oponga como un arma. Los juicios en EE UU son carísimos, y una estrategia conocida es la que usan las grandes empresas contra los individuos: les inventan juicios que cuestan una fortuna para defenderse, y los saturan de peticiones, documentos, pruebas, acusaciones, que hacen que la persona en cuestión se rinda y ceda. En este caso, se usa la administración y los dineros públicos y la presión política contra individuos, un formato despótico escondido por la complicidad de sus huestes.
Así ha atacado y silenciado a funcionarios, periodistas, organizaciones que lo denunciaron. Así ha paralizado juicios que lo comprometen en varios planos. Ahora lucha con las mismas herramientas para modificar la constitución o conseguir vía la Corte una norma que le permita reelegirse, como Roosevelt, el trágico proteccionista que desparramó la miseria por el mundo durante 10 años.
La Fed en la mira
Tras el fallido intento de amedrentar o hacer renunciar al presidente de la Fed, el 10 de agosto la reemprendió con sus ataques contra Lisa Cook, la gobernadora de la Reserva Federal cuyo voto es clave en la fijación de tasas. Un año antes la había acusado de fraude hipotecario, sin prueba ni elemento alguno. Intentaba removerla de su cargo, y designar alguien de su confianza. Hace 113 años que no acontece que el Poder Ejecutivo despida a un miembro de la Reserva Federal. Cook se opone a la delirante baja de tasas que pretende el mandatario, obvio. La Corte falló en su momento que la causa no procedía. Ahora Trump insiste mandándole un comunicado pidiéndole un descargo. No existe ninguna prueba ni se ha presentado ningún documento hasta ahora. Un ensañamiento en influir a la Reserva, en un país que ha impuesto su catecismo de la independencia de los bancos centrales al mundo entero, piedra basal de todos los acuerdos financieros de posguerra.
La cruzada por la baja de tasas de Trump es, además de una intromisión grosera en otro poder, una medida que reclama el gobierno y una parte de los fondos de inversión. Se supone alegremente que esa medida bajaría el gasto de las empresas y del estado. El autócrata abogó esta semana por una tasa de 0.5% o menos. Doble o triple ignorancia. La tasa que fija la Reserva es referencial, no obligatoria. Eso significa que las empresas o el mismo gobierno, si cuando emitan sus bonos de deuda estipulan un cupón (tasa) de 0.5% los inversores reaccionarán retirando su demanda de letras hasta que el precio del papel sea menor a su valor impreso, lo que significa que la tasa será la que establezca la oferta y demanda del mercado.
Todos estos factores, los de inseguridad jurídica, la inestabilidad de los funcionarios, los juicios inventados, el debilitamiento de las instituciones públicas y de la administración, las barbaridades que se profieren, el aumento de proteccionismo, conspiran contra la confianza, elemento central en las finanzas mundiales. Afectan no sólo los negocios sino el costo de vida, la inflación y el valor del dólar. Al respecto, Trump ha declarado que no le importa si el dólar se devalúa: “Hasta sería bueno para Estados Unidos”, dijo. Massa es un aprendiz al lado del presidente.
Se apagó el faro
Con estos pasos irresponsables, Estados Unidos ha perdido el liderazgo que ejercía sobre Occidente y su enorme importancia como custodio del Orden Mundial, y ha dejado de ser el centro financiero del mundo. La seguridad jurídica no puede ser garantizada, otro apotegma del catecismo americano. Los inversores sufrirán pérdidas gravísimas, que inexorablemente repercutirán en las sociedades. La inflación, en la concepción de la precariedad de las charlas de living, ayudará a pagar la estrafalaria deuda americana, creen Trump y sus seguidores. El déficit reina. El punto es que arrastrará a todo Occidente en esta aventura de improvisados.
Lo que lleva a reformular el título. ¿Será Trump un Golem amasado por sus propios votantes, o será un Frankenstein fabricado por el enemigo? Una de las estrategias que pergeñó el comunismo posStalin fue la de destruir a Occidente con sus mismas herramientas. El operador chapucero de esas herramientas occidentales es hoy Donald Trump.
Dos frutillas del postre se conocieron en la semana que cierra. Una fue la denuncia de que el presidente estaba usando dineros públicos para financiar sus avisos. La respuesta de los asesores trumpistas fue indicar que se suspendería ese accionar y que los avisos en el futuro serían pagados de su patrimonio por el magnate. Consultados por los gastos ya realizados dijeron que no serían reembolsados, ofreciendo una serie de argumentos increíbles para justificar el accionar. Estilo Trump.
Doble delirio
La otra noticia, doblemente delirante, fue protagonizada por la jurista indosudafricana Navanethem Pillay, ganadora del premio Nobel de la Paz al que aspiraba Trump por haber terminado con todas las guerras. Pillay presidió una comisión investigadora que, al calificar de genocidio la represalia Israelí por el ataque artero y deliberado de Hamás sobre civiles en territorio israelí, convalidó el terrorismo de todo tipo y sus acciones criminales sobre vidas y bienes de civiles. Al ser aplaudida por el galardón, Pillay dijo en tono burlón: “Si siguen aplaudiendo tal vez comparta el premio con Donald Trump”. Curioso, el mismo concepto de Corina Machado, que sufrió la traición del estadounidense. Pero que muestra el poco respeto que inspira el líder de la máxima potencia bélica del planeta, según él mismo.
Hay sociedades, como la ucraniana, capaces de votar por un payaso y convertirlo en presidente. Otras hacen lo opuesto. La diferencia es que el clown americano se parece en sus facciones y acciones al terrible y maligno It de Stephen King.
