EL PAPEL DE LOS INTELECTUALES EN LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA
Trincheras, mitos y palabras
La contienda iniciada hace 90 años movilizó a escritores y artistas como nunca había ocurrido hasta entonces. Los derrotados terminaron imponiendo su relato en la disputa por la historia.
Si, como sostiene el historiador estadounidense Stanley G. Payne, la guerra civil española es el conflicto moderno que más ha quedado envuelto en leyendas, los creadores de esa boscosa mitología fueron los escritores y artistas militantes. A noventa años de su comienzo, vale recordar que aquel combate encarnizado se disputó entre trincheras y barricadas, pero también con máquinas de escribir, micrófonos y cámaras de filmación.
La contienda fue la apoteosis de la propaganda, y las palabras, su arma favorita. Hubo mistificación en ambos bandos, pero uno, el republicano, venció en toda la regla: se impuso mientras atronaban los cañones y extendió su triunfo hasta un siglo más tarde.
Ya lo había intuido Antonio Machado poco antes de su muerte en febrero de 1939: “Para los estrategas, para los políticos, para los historiadores, todo está claro: hemos perdido la guerra. Pero humanamente, no estoy tan seguro. Quizá la hemos ganado”. Décadas más tarde lo confirmó el historiador británico Antony Beevor en The Battle for Spain: fue el relato de los vencidos el que se estableció como la versión “más persuasiva” de lo sucedido entre 1936 y 1939.
REDUCCIONISMO
El reduccionismo ideológico presentaba una lucha nítida entre buenos y malos. Era la cristalización de un conflicto que en esos años se creía “implícito”, recordaría el inglés Malcolm Muggeridge, comunista y agente de inteligencia antes de arrepentirse y convertirse al catolicismo. “Parecía -escribió- una disputa clara entre los defensores y los destructores de la Democracia, entre la autoridad constitucional y la arbitraria, entre la libertad y la servidumbre”.
Se vivía el auge táctico de los “frentes populares” que aglutinaban a socialistas, comunistas y centristas en alianza contra el “fascismo” que se juzgaba todopoderoso. La inspiración llegaba desde Moscú. En una carta a los comunistas españoles en octubre de 1936 el mismísimo Stalin, gran demócrata, había pregonado: “La liberación de España del yugo de los reaccionarios españoles no es sólo el cometido privado de los españoles, sino la causa común de toda la humanidad progresista”.
Legiones de voluntarios acudieron al llamado alistándose en las famosas Brigadas Internacionales, inspiradas y dirigidas por la Internacional Comunista (uno de aquellos milicianos sacrificados en la aventura fue Julian Bell, sobrino de Virginia Woolf, hombre de Cambridge y miembro del grupo de Bloomsbury y la elitista sociedad de los “Apóstoles”).
LOS NOMBRES
A la par de ellos se movilizaron algunas de las plumas más notables de su tiempo. Ernest Hemingway, André Malraux, John Dos Passos, George Orwell, Paul Eluard, Pablo Neruda, Nicolás Guillén, Louis Aragon, César Vallejo, Arthur Koestler (como espía comunista), Stephen Spender, Vicente Huidobro, Simone Weil, Antoine de Saint-Exupéry (enviado por diarios de izquierda franceses), y hasta un jovencísimo Octavio Paz junto con su esposa apenas adolescente, la brillante Elena Garro.
“Nunca antes, ni siquiera en la Revolución rusa, había arrancado una guerra tantas adhesiones de escritores e intelectuales, quizá porque jamás hasta entonces los pueblos habían tomado conciencia del papel determinante que las ideas publicitadas tenían en la marcha de la historia”, escribió Andrés Trapiello en Las armas y las letras, un ensayo notable que, pese al cómodo liberalismo del autor, trata de hacer justicia a todos los autores implicados, incluso a los nacionales hoy demonizados, como D’Ors, Pla, Montes, García Serrano, Ridruejo, Foxá, Rosales, Giménez Caballero, Laín Entralgo, Torrente Ballester o Sánchez Mazas.
Algunos viajaron honrando un compromiso sincero con la “causa”; otros, más de lo que sería recomendable, actuaron como meros turistas revolucionarios. Concluidas las arengas, los congresos y las visitas al frente de combate en la Madrid asediada, la mayoría pudo retomar sus vidas, a prudente distancia de la horrenda matanza entre españoles que duraría casi tres años. No erraba Ezra Pound (simpatizante de Franco) cuando resumió toda la impostura: “España es un lugar emotivo para un puñado de diletantes sin cabeza”.
DESGARRAMIENTO
En la península el desgarramiento del mundo de la cultura fue más profundo, pero también más injustificado. Hasta 1936 los adversarios habían sido colegas cordiales, compañeros sinceros, amigos fieles. Federico García Lorca había compartido comidas y reuniones fraternas con José Antonio Primo de Rivera (los dos fueron fusilados en 1936, uno por cada bando). Católicos, socialistas y falangistas publicaban en las mismas revistas y se cruzaban sin odios en librerías, estrenos teatrales, tertulias. “¡Qué cerca nuestra sangre! Que aclararon / Las mismas frutas, que encendieron, roja,/ Primaveras y labios parecidos”, escribió el falangista Agustín de Foxá.
La guerra destruyó esa armonía y fracturó amistades, amores y familias. Los hermanos Machado, Antonio y Manuel, quedaron en bandos opuestos, republicano el primero, franquista el segundo, pero no eran fanáticos y tal vez podrían haber compartido ideas si los combates no los encontraban en regiones diferentes.
“¿Qué habría ocurrido si a Antonio, en vez de sorprenderle la guerra en Madrid, le hubiera sorprendido en Burgos, como a su hermano? ¿Qué habría ocurrido si ambos hubiesen pasado juntos la guerra? ¿De haber podido salir de España, hacia dónde se habría dirigido y qué habría hecho?”, se preguntó Trapiello en Las armas y las letras. La duda queda flotando.
Algunos de los grandes inspiradores de un ideal republicano moderado, Miguel de Unamuno, José Ortega y Gasset, Gregorio Marañón y Ramón Pérez de Ayala, se desencantaron pronto del engendro que habían contribuido a parir. No tardaron en expresarlo, incluso antes de que empezara la batalla. Luego marcharon al exilio, que en el caso de Unamuno fue interior y también en disidencia con los nacionales triunfantes en Salamanca, a los que en un comienzo apoyó. En esa ciudad murió a fines de 1936, marginado y desdeñado por las dos fuerzas en pugna.
Como tantos otros arrepentidos, Ortega, Marañón y Pérez de Ayala habrían de adherir, con matices, a la campaña de Franco por razones fundadas o de conveniencia, pero también por otras más íntimas: los hijos de estos tres ilustres padres fundadores de la república revistaban en las tropas nacionales, y en sus filas se batieron en combate.
EL DESENCANTO
Desarrollada en el terreno de la propaganda, la guerra española iba a ser también la gran cantera del desencanto en el siglo XX. Las purgas de anarquistas por agentes comunistas en Cataluña espantaron a George Orwell, voluntario republicano, que a partir de entonces dedicó lo mejor de su obra a alertar sobre la realidad del peligro soviético.
También Arthur Koestler, agente del Comintern, inició en España su ruptura con la maquinaria que había engendrado a Stalin y la NKVD. Al estadounidense John Dos Passos el entusiasmo izquierdista se le derrumbó cuando, al llegar a la península en 1937, descubrió la horrible muerte inferida a su traductor al español, José Robles Pazos, funcionario republicano eliminado por los esbirros moscovitas, que lo acusaban de espía y doble agente. La francesa Simone Weil, miliciana anarquista en Aragón, asistió con espanto al fusilamiento de un joven falangista. Después confesó: “los nuestros han derramado bastante sangre. Soy moralmente cómplice”.
En 1937 el mexicano Octavio Paz, de apenas 23 años, fue uno de los 66 asistentes al Segundo Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, que sesionó en Valencia, para después trasladarse a Madrid, Barcelona y París. “Estábamos unidos por el sentimiento de la justicia ultrajada y la adhesión a los oprimidos -recordó medio siglo más tarde-. Fraternidad de la indignación pero también fraternidad de los enamorados de la violencia”.
La experiencia iba a dejar recuerdos más prosaicos y descarnados en quien entonces era la esposa de Paz, Elena Garro. “Se procuraba no hablar de los ‘paseos’, aunque todos sabíamos que se practicaban -apuntó con engañosa inocencia en sus Memorias de España 1937- (...) Tampoco era grato hablar de las chekas, pues la sola palabra producía terror (…) Cuando lo preguntaba todos guardaban un silencio estremecedor y me miraban como si estuviera un poco tocada de la cabeza. Por eso me gustaba recordar México, allí no pasaba nada terrible, todos hacíamos lo que nos daba la gana y hablábamos también de lo que nos daba la gana”.
LAS SECUELAS
Como toda guerra, la de España suscitó heroísmos, sacrificios, injusticias, vilezas, traiciones, remordimientos. No fue distinto en el ambiente cultural. Lorca ha pasado a la historia como el símbolo del poeta inocente fusilado. No menos inocente era el popular dramaturgo Pedro Muñoz Seca, católico y monárquico, eliminado en la matanza de Paracuellos del Jarama, un crimen que, se asegura, fue celebrado por su coterráneo Rafael Alberti, quien se negó a interceder por su vida.
La diferente reacción ante la ejecución de Robles Pazos quebró para siempre la amistad entre Dos Passos y Hemingway. Jorge Guillén, poeta refinado próximo a los republicanos, colaboró con la causa nacional más de lo que le habría gustado recordar. Luis Rosales, escritor falangista, ocultó en su casa de Granada a García Lorca, viejo amigo personal, pero no logró impedir su arresto y fusilamiento, fracaso que habría de perseguirlo por el resto de su vida.

Algunas supervivencias serían difíciles de explicar en la posguerra. Como la de Rafael Sánchez-Mazas, fundador en 1933 de Falange Española e intelectual de cabecera de José Antonio Primo de Rivera, que de manera misteriosa se salvó de ser fusilado por los “rojos” en enero de 1939.
Superado el horror quedó un fecundo legado literario. A pesar del célebre “Spain 1937” de W. H. Auden, y de “A los mártires españoles”, de Paul Claudel, con sus versos “Nos ponen el cielo y el infierno en la mano, y tenemos cuarenta segundos para elegir (…) Once obispos, diez y seis mil sacerdotes asesinados, y ni una sola apostasía”, suele decirse que la poesía bélica que escribieron autores extranjeros es inferior a sus narraciones.
La novela más famosa publicada fuera de la península, Por quién doblan las campanas, de Hemingway, no supera en intensidad y realismo a La esperanza de Malraux, que relató en ella su experiencia como líder de una escuadrilla de la aviación republicana. Más influyente sería Homenaje a Cataluña, de Orwell, crónica de una amarga desilusión, que suele cotejarse con la equivalente de Georges Bernanos, aunque en el bando opuesto, Los grandes cementerios bajo la luna.
Más prolífica fue la literatura escrita por autores españoles. La lucha no había terminado cuando apareció la estremecedora Madrid de Corte a checa, del falangista Foxá. En su exilio británico Arturo Barea escribió la trilogía de La forja de un rebelde, autobiografía novelada del intelectual que atendía y censuraba a la prensa extranjera en el Madrid republicano.
Años después un combatiente del bando nacional, José María Gironella, produjo su propia trilogía bélica (Los cipreses creen en Dios, Un millón de muertos y Ha estallado la paz, luego ampliada con un cuarto volumen). A diferencia de Barea, eludió la autobiografía para presentar un vasto fresco narrativo que revisa las causas, el desarrollo y las consecuencias de la guerra con intención ecuánime
.Otros nombres admirados abordaron diferentes aspectos de la gran tragedia española: Ramón J. Sender, Max Aub, Rafael García Serrano, Joan Sales, Carmen Laforet, Camilo José Cela, Francisco Ayala, Mercé Rodoreda, Ana María Matute, Francisco Umbral, Juan Benet, Juan Marsé, Luis Goytisolo, Javier Marías.
El siglo XXI se inició con un clásico imprevisto, Soldados de Salamina, de Javier Cercas, la novela “sin ficción” que, al indagar en el episodio enigmático del fusilamiento fallido de Sánchez Mazas, uno “de esos momentos inconcebibles en que toda la civilización pende de un solo hombre y de ese hombre y de la paga que la civilización reserva a ese hombre”, aportó una nueva mirada, acaso más conciliadora, al conflicto que fracturó a España.
