UNA MIRADA DIFERENTE
Tras su manto de neblinas
Sea deliberadamente o no, simplificar la estrategia y el accionar geopolítico en la causa de Malvinas puede llevar a una gran desilusión y a graves costos.
No debe haber un solo argentino que no sienta que las Islas Malvinas son parte de su patria. Así lo dice la Constitución, además, y lo reclama la memoria de los heroicos compatriotas muertos, heridos y marcados de por vida durante la guerra de 1982.
La causa por la soberanía no es meramente una cuestión económica, política ni siquiera estratégica, es la defensa misma de la identidad como pueblo y como nación, el soplo de grandeza que une a todos bajo el común rótulo de compatriotas. Eso no es privativo de Argentina, sino que es válido para todos los países de la tierra, en especial aquellos que han sufrido un cercenamiento de parte de su territorio. Por eso fue tan reconfortante para muchos que el presidente Milei recordara súbitamente ese hecho y sostuviera que potenciaría los esfuerzos para abogar por la recuperación de las Islas.
Es, sin embargo, difícil no advertir una alta cuota de oportunismo en la entrega presidencial, que para muchos recuerda al “traigan al principito” de Galtieri, probablemente una injusticia. La disminución de su nivel de aceptación, la queja de una parte importante de la sociedad y de muchas empresas que conforman el aparato productivo y generador de empleos, la constante aparición de casos que se tapan por la magnanimidad de los jueces y de las bandas de trolls, evidentemente han preocupado al oficialismo, y la causa de Malvinas, como en todos los casos de reivindicaciones del mundo, es un modo de salir por la ventana, de abrir un nuevo frente, de saltar por sobre todos los obstáculos cambiando el eje de discusión.
La apelación del mandatario convocando a deponer toda diferencia ideológica, partidaria, social, económica o de cualquier tipo, puede ser una buena muestra de lo afirmado en el párrafo anterior. Ciertamente, habría sido mucho más creíble si se hubiera permitido participar del acto-conferencia de prensa a la vicepresidente Villarruel, que habrá que aceptar ha tomado desde siempre la bandera de la soberanía sobre las islas y hasta el accionar de las Fuerzas Armadas durante la guerra. Lamentablemente pudo más el desprecio de la hermana presidencial. Villarruel, evidentemente, no es considerada parte de la patria.
Factor Trump
Pese a que el Presidente se ocupó deliberadamente de afirmar que se venía trabajando “durante meses” en el nuevo plan de lucha, es difícil no conectar esta súbita embestida con las recientes declaraciones (más bien insinuaciones) de Donald Trump, que dejaban traslucir su enojo con el Reino Unido por su falta de apoyo en la gesta contra Irán. Sería bueno recordarle a Milei que el presidente norteamericano no se caracteriza exactamente por mantener su palabra ni su discurso ni su manera de pensar o actuar en ningún tema, de modo que habría que tener cuidado con dar por hecho cualquier política, promesa, gesto o accionar del magnate, que ha demostrado en abundancia su inconstancia y sus vaivenes en la política internacional, que maneja como si fuera un partido de truco o de póker.
También cabría tener precaución con la particular concepción de la amistad entre países de su colega, que ataca, humilla y desprecia a sus aliados espasmódicamente, y que ahora declara que es amigo de Putin y Kim Jong-un. En ciertos aspectos, el presidente argentino y el estadounidense comparten esa volubilidad de afectos. Eso y la posibilidad de que tampoco los votantes se inclinen por el partido de Trump en las elecciones de medio término, más las evidentes discrepancias con la cúpula militar, mueven a tener prudencia para tomar decisiones confiando en su apoyo o influencia.
El caso Venezuela es una vergonzosa muestra de la conducta del yanqui y sus asociados, donde directamente se ha pactado con los dictadores en pos de un gigantesco negocio privado, pese a que muchos lo consideren muy ventajoso para EE UU. (Por cualquier duda consultar con Corina Machado).
Este tipo de vaivenes, incumplimientos, deserciones, cambios súbitos de apoyos, retiro de soporte bélico y similares no es exclusivo del rústico presidente estadounidense. Lo ha hecho su país durante muchos años y en muchas guerras. Casi una política de Estado. No sería recomendable confiar en el soporte de la primera potencia mundial en retirada. Sería bueno interpolar la decisión de Países Bajos de retirar su reserva de oro de EE.UU. Lo que otrora era el centro financiero y de negocios del mundo perdió su condición de santuario en la medida en que su gobierno adoptó la política de confiscar fondos de gobiernos enemigos o que no lo complacen. La confianza es lo primero que pierde un líder antes de dejar de serlo.
La base en Tierra del Fuego
Hay quienes han puesto el énfasis en las cuestiones estratégicas de la geopolítica, imaginando lo valioso que son las islas para controlar el acceso al Pacífico y la Antártida, y lo riesgoso que sería una base de cualquier aspirante a nueva potencia hegemónica. Esto lleva a otras dudas y otras cuestiones. La idea de la base militar en Tierra del Fuego, (que pareció atribuirse el Presidente en su discurso,) es, además de costosa y casi irrealizable, un eventual prolegómeno al establecimiento de una base militar norteamericana en esa isla, con lo que surge el riesgo de que se pase de una posesión británica en el área a una posesión norteamericana, lo que sería lo mismo o peor en términos de soberanía.
Si EE UU estuviera interesado en una base militar en la zona, no descartaría un acuerdo con el Reino Unido para establecer una base en Malvinas, como ocurre con la tristemente recordada isla Ascensión, también posesión británica, pero con un acuerdo irrevocable del establecimiento de una base norteamericana, usada por Gran Bretaña como punto de concentración y ataque durante la guerra de 1982.
Y profundizando en el tema, ¿no estará alguien pensando o reclamando una compensación a Estados Unidos por la base China en Patagonia? No es cuestión de saltar de la sartén a las llamas. Elegir el amo no cambia la condición de sumiso.
El resto del discurso es pura cháchara. El país no tiene ningún poderío bélico y está a merced de cualquiera que quiera invadirlo, profanar su mar, poner bases en las islas, pescar indiscriminadamente, explotar petróleo o cualquier otra cosa. Muchos años de autosabotaje al sistema de defensa nacional, con el remate de la motosierra y licuadora, han dejado a la república sin poder disuasivo, ni siquiera de patrullaje. De modo que todo lo que se diga en tal sentido está vacío de seriedad.
Pasando a las prohibiciones, sanciones y similares enunciadas por Milei, ayer fueron suficientemente comentadas por periodistas, legisladores y especialistas, que se ocuparon de puntualizar que todas las medidas anunciadas fueron dictadas bastante antes de este mandato, de modo que todo lo que se puede legislar es sólo un refuerzo de esas leyes. De todos modos, será difícil hacerlas cumplir en el territorio tomado.
Tampoco hay que confiar demasiado en el descontado apoyo de los países de la región. Recordar lo ocurrido durante la guerra del 82. Pueden cambiar los gobiernos y los intereses de cada uno y en consecuencia cambiar los apoyos o el respaldo.
No es fácil de imaginar sobre qué se ha estado trabajando arduamente en los últimos meses, pero sí es fácil imaginar su poco efecto y viabilidad de aplicación y de obligar al cumplimiento de las normas, prohibiciones y sanciones.
Es cierto que rápidamente surgieron los elogios y respaldos al “proyecto”, a veces de ciudadanos de buena fe que se conmueven ante el concepto en sí, más que por el análisis del contenido, otras veces por esa nueva y amplia categoría de buscadores de cargos y prebendas que ha florecido más que nunca en este período presidencial, desde niveles pasados que parecían imposible de superar.
Una Galtieri sin guerra
Es comprensible y hasta emocionante la reacción del sector de población que se conmovió ante el discurso e imaginó una recuperación que, aunque anhelada por todos, no está tan cercana como puede imaginarse. También peligrosa. Se recordará que esta columna se refirió hace poco a la necesidad de los dictadores de encontrar un enemigo, una guerra, una causa por la cual luchar y en nombre de la que se reclaman esfuerzos y resignación de libertades. Un Galtieri sin guerra, en pocas palabras.
Habría de cuidarse también de la cancelación y silenciamiento de ideas que significaría pensar que disputar o dudar de la acción o el mensaje del gobierno es una traición a la patria por oponerse a reivindicar la lucha por Malvinas. También una excusa de muchos totalitarismos.
Se debe ser muy cuidadoso, cauteloso y serio en todas las acciones que se encaren para recuperar la soberanía. Tal vez enarbolar y agitar esa bandera haga olvidar a la sociedad que muchos no llegan a fin de mes. Pero se corre el riesgo de estar llevando al pueblo argentino a una nueva decepción con costos aún más altos. No olvidar que, cual una premonición, las islas se denominaban originalmente Decepción y Soledad.
Las Malvinas son argentinas y se recuperarán. Tomará mucho tiempo, habrá que evitar el oportunismo y el triunfalismo de los ciudadanos y no mezclar esa gesta con necesidades de otra índole.
Entretanto, como dijera aquel poeta José Pedroni, “hasta que el barco patrio no ancle entre sus alas, ella se llama Soledad”.
