Trama de efectismo artificial

Pequeños secretos 

Por Jennifer Hillier 

Motus, 376 páginas 

 

“Solo se necesita un pequeño secreto para destruir una vida”, dice, ganchera, la tapa de Pequeños secretos, el último best seller de la escritora canadiense Jennifer Hillier.

En esta era digital, podría asegurarse que se trata de un libro que, tal como su tapa, parece concebido bajo la fórmula del algoritmo: capítulos hipercortos, tragedias extremas usadas como decoración y un giro final absurdo pensado solo para generar impacto en redes sociales, operando más como un guion de streaming clase B que como una obra literaria digna de análisis.

El thriller psicológico contemporáneo sufre, a menudo, de una enfermedad predecible: la obsesión por el giro de tuerca final a costa de la coherencia interna de la historia. Pequeños secretos es un claro ejemplo de este fenómeno. Lo que comienza como el desgarrador retrato del secuestro de un niño en un mercado navideño, rápidamente se desvía hacia un melodrama de infidelidades, obsesiones y decisiones que desafían la lógica del lector.

La novela arranca con una premisa potente. Marin Machado pierde a su hijo Sebastian en un descuido de cuatro minutos. Quince meses después, sumergida en el duelo y la desesperación de una investigación policial estancada, descubre que su vida perfecta era una ilusión ya que su esposo la engaña con una mujer más joven. A partir de allí, el foco de la narrativa cambia de manera abrupta. La búsqueda desesperada del hijo se mezcla con una trama de venganza conyugal, donde la protagonista decide tomar medidas drásticas para defender lo poco que le queda. 

El verdadero problema de la obra radica en su estructura y en la resolución de sus misterios. En su afán por sorprender a toda costa, la autora recurre a revelaciones que resultan inverosímiles y que caen en un efectismo artificial. Se sacrifica la profundidad psicológica de los personajes para construir un rompecabezas donde las piezas encajan a la fuerza solo para cumplir con la cuota de suspenso requerida. Los hilos de la trama quedan demasiado expuestos, revelando trucos de autor que subestiman la inteligencia del público.

En conclusión, Pequeños secretos funciona como un producto de entretenimiento rápido para quienes buscan giros comerciales sin importar la verosimilitud. Sin embargo, para el lector que exige consistencia y una exploración real de la tragedia humana, la novela se desploma bajo el peso de sus propias conveniencias narrativas. Una propuesta que promete complejidad, pero que termina perdiéndose en el absurdo de sus propias trampas literarias.

Alejandro Pigman