Mi nieto Liam, 8 años, rompe en llanto. A no demasiados kilómetros de distancia, su padre deja de ver el partido y retoma a paso cansino su rutina laboral (en el ámbito privado no hay asuetos ni permisos especiales). A ambos no puede reprochárseles ánimo derrotista ni falta de fe. El reloj apremiaba y los buenos lapsos futbolísticos del primer tiempo se habían tornado más esporádicos. Lo que sucedió después es historia conocida. Pero la vida de Liam no es pública, así que voy a contarles su metamorfosis emocional: no solo recuperó la sonrisa, sino que la llevó a pasear a la Plaza de Morón junto a miles de vecinos.
Su tragicomedia se repitió ante el tanto inglés, aunque ese miércoles acabó deparando otro festejo, el más memorable. Lágrimas y euforia en ese orden.
Al día siguiente se armó un picado en el patio de casa entre 2 equipos conformados por mis 5 pequeños nietos y una amiguita (4 mujeres y 2 varones).
Con mi arbitraje semiautomático (ignoro si es el adjetivo adecuado para describir mis aún robotizados movimientos tras una reciente operación de cadera, pero la jerga mundialista ha invadido nuestra cotidianeidad y de hecho, en un momento, la agotada Martina suplicó por una pausa de hidratación), el trámite del match era trabado, a cara de perro (cada tanto, la inquieta mascota Titán amenazaba con morder la pelota), con más entusiasmo que técnica. Hasta que Viky despachó de sobrepique un derechazo furibundo que pedía irremediablemente destino de red, en este caso, de hierro, porque el portón oficiaba de arco. Era el 6 a 4 que valía el triunfo para el trío femenino.
Pero debajo de los 3 fierros estaba Liam, con sus guantes de Independiente que le bailan un poco en sus manitos diminutas. Mientras Dante y Francesca se agarraban la cabeza presagiando la victoria rival, los 28 kilos del esmirriado guardameta se extendieron de forma horizontal para arriesgar su físico (hasta ese instante clave, la verdad que dudaba bastante a la hora de tirarse) y terminar conteniendo, sin rebote, la maltrecha número 5 (cundieron reclamos al abuelo para que les compre una nueva). “Atajó el Dibu”, gritó desaforado sin la claridad del texto escrito, revelando ciertas cuentas pendiente con la Fonoaudiología. Sin embargo, yo lo entendí perfectamente. Como entendí, sea con Copa o sin ella, que la Scaloneta ya ha ganado muchísimo más que un título.
¿Quién se impuso en el reñido duelo? Créanme qué, con seis décadas vividas, no es lo más importante. Todos han/hemos aprendido, que no hay que guardarse nada, vencer temores y confiar. Que la resignación nunca es opción y debe lucharse siempre hasta el final.
