Todo no se puede
Dos noticias jalonaron la última semana: la confirmación de la estabilidad del superávit fiscal, una sana costumbre poco habitual en la historia argentina; y el aumento del índice de desocupación, que escaló al 7,5% de la población económicamente activa producto de la apertura de las importaciones y el ajuste sobre el empleo público.
Ambos datos son, de alguna manera, las dos caras de una misma moneda: el programa de estabilización que desde hace dos años ensaya el gobierno libertario de Javier Milei. Los resultados están a la vista. La heterogeneidad es una constante en su valoración. Algunas cosas sorprenden, otras provocan tirria.
En este país, atravesado por tanto descalabro económico, mirar el superávit fiscal como un simple dato macro sería cometer un error. En el equilibrio actual hay un simbolismo relevante vinculado a un cambio de cultura, a esto de hacer carne la idea de que no se puede gastar mucho más de lo que entra.
El objetivo se logró bastante más rápido de lo esperado, pero eso no dejará de ser una anécdota histórica. Quizás lo más relevante por estos días es que referentes del amplio abanico opositor hayan incorporado y den por sentado que la mecánica no debería alterarse en futuras administraciones.
El último gobierno que ostentó estos números saludables, que para la gestión libertaria son un estandarte innegociable, fue el de Cristina Fernández (hasta 2008), y previamente el de Néstor Kirchner. Pero el equilibrio se fue por la canaleta de los beneficios sociales mal instrumentados, como los subsidios energéticos indiscriminados, que favorecían al pobre de toda pobreza y también al rico que veranea en Punta del Este o se va a esquiar a Europa.
Quienes cuestionan la postura rígida del Gobierno en torno al superávit fiscal suelen destacar que la administración de un Estado nación obliga a adoptar posturas más flexibles. De hecho, apenas un puñado de países en el mundo tienen los números en verde: Noruega, Dinamarca, Suiza y Australia.
Es verdad que en general los equipos económicos manejan instrumentos que les permiten incurrir en niveles de déficit manejables con el fin de financiar obras o plasmar beneficios sociales. También es cierto que esta Argentina que heredó Milei no tenía ni acceso al crédito internacional ni la posibilidad de seguir imprimiendo billetes, a riesgo de que todo finalmente volara por los aires.
De allí el fervor de La Libertad Avanza por sostener a rajatabla el superávit fiscal que, al menos en el caso argentino, está atado directamente al incremento de la inflación. Sin emisión monetaria -uno de los factores inflacionarios, aunque no el único-, se logró que los precios desaceleraran el envión que llevaban en diciembre de 2023.
Es cierto también que el celo por hacer bien la tarea no ha traído el esperado reconocimiento de ese intangible llamado mercado. Tanto es así que, pese al esfuerzo, el riesgo país continúa orillando los 600 puntos básicos. ¿Cuántas pruebas de amor más deberá dar el Gobierno para que la plaza comience a creerle?
DESEMPLEO
La apertura de la economía, el incremento de las importaciones -casi un 25% durante 2025- y la merma del consumo impactaron debajo de la línea de flotación del sector manufacturero. El cierre de empresas iba a traducirse de manera inevitable en el nivel de empleo. De allí que no haya resultado extraño que en el último trimestre del año pasado el desempleo haya subido al 7,5%.
Según el último informe del Indec, 1,1 millón de personas “no tienen ocupación pero buscan trabajo activamente y están disponibles para trabajar”. El total de la Población Económicamente Activa -tienen trabajo o lo buscan- es de 14,6 millones en la Argentina.
“Las tasas de actividad y de empleo no registraron cambios significativos. La tasa de desocupación registró una suba de 1,1 punto porcentual respecto al mismo trimestre del año anterior (es decir, de 6,4% a 7,5%), lo que indica una diferencia estadísticamente significativa”, enfatiza el documento del organismo.
Herida, la industria se desangra en desempleo. De allí que las cifras más elocuentes se plasmen en los grandes núcleos urbanos. Por ejemplo, asciende al 8,6% en el Gran Buenos Aires -donde se concentra buena parte del parque industrial nacional-; a 4,9% en Cuyo; 5,6% en el Noreste; 4,2% en el Noroeste; 7,7% en la región Pampeana y 4,8% en la Patagonia. “Al considerar a la totalidad de los aglomerados de 500.000 y más habitantes, la tasa es de 8,0%”, dice el paper.
Era de esperarse que las cifras del desempleo naturalmente se incrementaran si a lo largo de los últimos meses la actividad productiva se retrajo y creció la cantidad de empresas que bajaron sus persianas. En algún momento esa realidad iba a impactar en la estadística.
Sin ir más lejos, la actividad metalúrgica registró una baja del 10,3% interanual en febrero, exhibiendo su peor nivel en los últimos cuatro años. Con respecto a enero, la merma es de casi el 2%, aunque aquí pueden afectar las paradas técnicas que realizan algunas plantas durante el verano.
El sector productivo, entre ellas muchas pymes, no logran acomodarse en el nuevo escenario para generar renta. De allí que en diciembre pasado, según datos de la consultora Fundar, cerraron 670 empresas en la Argentina, mientras que la cantidad se eleva a 10.392 cuando se realiza el recuento anual. Con respecto a noviembre de 2023, cerraron 22.608 firmas. “Es la peor caída en los primeros 25 meses de un gobierno”, enfatiza Fundar.
El cierre de empresas incrementó naturalmente el flujo de trabajadores en busca de empleo, a los que se agregan los jóvenes que intentan sumarse al mercado laboral y, novedad, los jubilados que vuelven al ruedo porque no llegan a fin de mes.
Tanto es así que en el tercer trimestre de 2025 subió un 11% interanual la tasa de actividad en mayores de 66 años, según el dato detectado por el Instituto Argentina Grande (IAG) en base a informes del Indec. Se trata de la figura del “trabajador adicional”, encarnada en jóvenes que dejan de estudiar para ir a trabajar y ayudar a la familia, o bien jubilados que salen a la palestra con el mismo fin.
El quebranto de las empresas surge de haber incurrido en un error ya antes visto en la historia económica argentina: abrir la economía antes de realizar las reformas pertinentes -entre ellas el alivio impositivo-, lo cual vuelve a las compañías escasamente competitivas frente a sus rivales de allende los mares, adonde se trabaja con otra normativa laboral.
“Para dejar atrás la degradación laboral acumulada durante años también es necesario avanzar con rapidez en el resto de las reformas estructurales que impulsen la productividad y competitividad, y consolidar un régimen monetario definitivo que garantice estabilidad macroeconómica. Solo así, con más producción y mejores instituciones laborales, será posible revertir de manera sostenida el deterioro del empleo”, recalca el último informe del Ieral de la Fundación Mediterránea.
La versión libertaria de la Argentina debería generar empleo genuino a partir de la oferta de servicios -rubro que requiere de un mayor nivel educativo-, dejando atrás la idea de un país productivo al calor de la industria tradicional, los fierros, el mameluco y el reloj para marcar la entrada y la salida. ¿Soplarán nuevos vientos?
MUNDO EN GUERRA
Dron va, misil viene, Medio Oriente se sigue desintegrando. El coletazo económico, que es adonde enfoca esta página, ya se hizo sentir en la actividad global a partir del súbito incremento del precio del barril de crudo. El potencial encadenamiento de perjuicios a partir de este hecho es por demás peligroso.
La suba de precios generalizados de la economía deviene inexorablemente en inflación. En el caso de los Estados Unidos, podría disparar la suba de la tasa de interés, lo cual encarecería el crédito y enfurecería a los norteamericanos hipotecados. En un año con elecciones legislativas, esas no son buenas noticias para Donald Trump.
En caso de prolongarse el conflicto las consecuencias serán cada vez más graves, de allí que el factor temporal sea relevante. Irán está demostrando tener una inusitada capacidad de resistencia. ¿Qué pasará con la Argentina?
Aliado a ultranza de Estados Unidos e Israel, el Gobierno libertario se suma a la primera línea de fuego -aún sin enviar efectivos ni material, que no lo hay-, allí adonde otros aliados de antaño, como Francia o Gran Bretaña, rechazaron el convite. En el plano de la política internacional caminamos innecesariamente por la cornisa.
El tiempo dirá si la suba del precio del petróleo y el inevitable aumento de los costos de logística y producción terminan por producir un latigazo inflacionario global. Y si la frágil economía doméstica está en condiciones de soportar embiste semejante, aunque haya cortado el chorro de la emisión monetaria y haga un culto del cercenamiento del gasto público.
