SIETE DIAS EN EL GLOBO
Tierras raras, el insumo geopolítico del siglo XXI
Los movimientos militares de Estados Unidos en el Mar Caribe para presionar a Venezuela con el argumento de la lucha contra el narcotráfico encierra una puja de fondo con China por el control de los minerales críticos. La sugestiva visita del Jefe del Comando Sur a Argentina.
Las turbulencias de la política interna de Argentina dejaron de costado un hecho relevante que sucedió la semana pasada en el contexto de la geopolítica regional y el alineamiento con los Estados Unidos. Se trató de la llegada de Alvin Hosley, jefe del Comando Sur de Estados Unidos.
La visita del enviado norteamericano, que reemplazó a Laura Richardson, a Sudamérica condensa un movimiento más profundo que una visita protocolar. En momentos donde Estados Unidos ha desplegado su flota en el Mar Caribe para presionar al régimen de Nicolás Maduro y la creciente influencia de China en la región, ninguna de estas acciones pasan desapercibidas por el radar de las autoridades de defensa, seguridad e inteligencia de Argentina, quien esta semana decidió declarar al Cartel de los Soles como organización terrorista. Juatamente sucedió luego de la visita del funcionario norteamericano.
Especialistas consultados sostienen que la presencia del Alvin Hosley en América del Sur “marca el momento en que el tablero internacional deja de ser una constelación difusa de polos para inclinarse hacia una nueva bipolaridad. Es una competencia que se juega en planos como el comercio, pero sobre todo en la tecnología”. En otras palabras, la acción militar o la persuasión a través del despliegue militar obedece a la puja por el control de los recursos vinculados al desarrollo tecnológico, la verdadera pelea de fondo entre Estados Unidos y China.
El trasfondo inmediato es el de las tierras raras, convertidas en el insumo geopolítico del siglo XXI. Pekín monopoliza la refinación global y Washington intenta revertir esa dependencia con aranceles, acuerdos y relanzamiento industrial. La presencia militar en la región funciona como un recordatorio de que, en esa pulseada, Sudamérica no puede quedar como retaguardia de nadie. El viaje de Hosley busca blindar a los socios frente a inversiones chinas en minería, infraestructura y recursos estratégicos. Argentina es uno de esos países que Washington ha incluido en su lista de amigos. Pero claro, requiere de gestos recíprocos.
La hoja de ruta ya había quedado clara en Medio Oriente, cuando Donald Trump firmó acuerdos de peso en energía e inteligencia artificial. Estabilizar para ordenar los flujos de capital y de tecnología es la estrategia mostrada hasta aquí por el Presidente de los Estados Unidos. De allí que sea muy poco factible un desembarco en Venezuela como agita el régimen de Maduro y Diosdado Cabello a los efectos de crear una épica de la lucha contra las “fuerzas de ocupación”. En Sudamérica se ingresa ahora en esa misma lógica. Seguridad, defensa y ciberinteligencia pasan a ser concebidas como engranajes de un esquema mayor que es la protección de los minerales críticos, el litio y las cadenas de innovación que garantizan autonomía frente a Pekín.
El mensaje implícito es doble. Estados Unidos ofrece cooperación en defensa como contrapeso a la penetración de actores extra hemisféricos, visibles en la Triple Frontera con redes vinculadas a Hezbollah. Al mismo tiempo proyecta a la región como pieza de la arquitectura global de innovación yenergía. Sudamérica pasa a convertirse en terreno de disputa concreta.
Para la Argentina, ese giro supone la necesidad de repensar su inserción. Deberá articular seguridad, recursos y diplomacia tecnológica como parte de una estrategia de Estado. La llegada de Hosley viene a recordarlo. En el nuevo orden, lo militar y lo comercial se entrelazan y obligan a definiciones que no admiten neutralidad.