Suerte y miserias del caudillo

Los golpistas

Por Jaime Bayly

Galaxia Gutenberg. 239 páginas

La última novela de Jaime Bayly, Los golpistas, nació de una pregunta: ¿por qué fracasó el golpe militar de abril de 2002 contra el líder venezolano Hugo Chávez?

Para tratar de responderla, el escritor y periodista peruano nacionalizado estadounidense buscó información en archivos de prensa, consultó a todos sus conocidos entre el exilio venezolano, especialmente algunos dirigentes de la oposición al chavismo, y conversó de manera reservada con ciertos jefes castrenses, quienes le acercaron las pistas más convincentes.

A partir de ese conjunto de datos, echó a volar la imaginación. Y el humor, un sello de su literatura reciente, como lo había demostrado en Los genios, su divertida recreación de la pelea a puñetazos que en 1976 puso fin a la entrañable amistad entre Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez.

En Los golpistas, Bayly (Lima, 1965) depuró el tono y la estructura que había utilizado en la novela de los escritores. Esta vez eligió seguir dos líneas narrativas bien definidas: la primera reconstruye el golpe de 2002 desde el momento en que el jefe del Ejército se planta ante Chávez y la exige la renuncia; la segunda, que se intercala a la primera, retrata algunos momentos decisivos en la vida del caudillo bolivariano antes de la asonada desastrosa.

La clave del libro está en el tono. Aunque su tema es dramático, o incluso trágico según la opinión posterior expresada por el propio autor, el trazo con el que fueron pintados casi todos los personajes es el de la caricatura. Sus acciones, lastradas por dudas, vacilaciones, el destino cruel o la mala fortuna, se leen como si pertenecieran a una comedia de enredos.

Los conjurados castrenses, obesos, recelosos y torpes, no estaban a la altura del golpista por excelencia. Bayly imagina a Chávez como un intrigante nato, obsesionado por el poder, un suertudo que siempre se las había ingeniado para caer parado, incluso después de sus dos fallidas intentonas de 1992 contra el presidente Carlos Andrés Pérez.

Pero el Chávez de Bayly también es un cobarde que le teme al agua (nunca aprendió a nadar), un fumador y bebedor empedernido de café con debilidad por las mulatas cubanas y las jovencitas vírgenes que se le entregaban en las campañas electorales, y un alumno obediente del maquiavélico Fidel Castro, el único personaje importante que se salva de la sátira implacable.

Los golpistas funciona como una máquina bien aceitada. Merecen destacarse sus diálogos de cómica precisión, las breves descripciones demoledoras y una variedad de escenas, a cuál más desopilante, en las que el autor se permite humillar con recursos literarios a viejos adversarios ideológicos.