Quien escribe estas líneas no pretende escapar del todo al calificativo tan adecuado a gran parte de nosotros, argentinos. Pero convengamos en que si es muy poco elegante hablar con superficialidad, es en cambio grave actuar de ese modo cuando tal actitud ligera puede afectar al prójimo. Y esa conducta imperdonable es la habitual tanto entre nuestros dirigentes políticos como entre quienes ordenan nuestros medios masivos de comunicación.
Así resultaba la excusa de un expresidente que ocultaba su falta de decisión frente a las consecuencias de la guerra antisubversiva bajo el pretexto de que en aquella época él “estaba en otra”. Y así sucede con las máximas figuras del gobierno actual cuando se permiten alardear con el exclusivo empleo de tres o cuatro reglas económicas teóricas en medio de un grosero vacío cultural.
Me quiero referir a la verdadera cultura y particularmente a la cultura política, no a ese ganapán que sirve de sostén económico a un conjunto de ignorantes disfrazados que sólo saben destruir los fundamentos espirituales de nuestra Patria.
EL GUSTO POR LA LECTURA
¿Cómo se obtiene la cultura? El primero y más accesible origen es la lectura. Pero, ¿cómo se descubre qué leer? Si en una época ayudaban los suplementos literarios de algunos diarios principales, ha de aceptarse que ese origen ha decaído casi hasta la extinción contaminado por una promoción económica abatida por los medios masivos, mucho más accesibles pero también mucho menos consistentes.
El verdadero origen del gusto por la lectura se combina entre la casa, la escuela y el colegio. Después la universidad, para quienes acceden, hace más específica, más profunda y -salvo para las Letras- también más aburrida la frecuentación de los libros profesionales. Pero para quien le ha tonado el gusto, la lectura recreativa es un hábito que no decae y, por el contrario, gana terreno con el paso de la vida.
Es cierto, así mostrada puede ser sinónimo de desorden; pero se trata de un desorden que no se sacia y, aunque pueda ser de a poco, conduce a la profundidad del pensamiento.
No quiero insistir sobre lo que resulta obvio. Pero, ¿dan la impresión de lectores nuestros dirigentes políticos? ¿Basan en verdaderas ideas generales su modo de observar al mundo?
Y aunque el déficit se extiende por todo el mundo y los hombres del pasado parecen gigantes apenas perceptibles tras la niebla de la modernidad, tal cosa no puede servirnos de consuelo.
En particular, la ahora mimada universidad pública es un inexcusable ejemplo de decadencia. Por un lado, ha casi desaparecido dentro de ella la investigación; pero más grave es comprobar que en sus ponencias nuestros universitarios -y me hago especialmente cargo de haber observado hasta el hartazgo esto entre los médicos- no hacen sino mostrar experiencias y trabajos ajenos, con frecuencia inspirados por la industria farmacéutica, sobre los que no les cabe el menor control propio.
Pero, además, han abandonado con vergonzosa complicidad burocrática la buena costumbre de los concursos de oposición para acceder a sus cargos, al punto que ya hay una generación entera que se ha jubilado en niveles por los que nunca se arriesgaron en verdaderas lides.
Tampoco la universidad privada brilla como reemplazo, si bien presenta algunos ejemplos que sería muy bueno seguir viendo progresar. Pero, cuidado, que no se trata de progreso edilicio ni de aumento en la captación de estudiantes. Porque con frecuencia sobresale la habilidad económica que -habiendo partido de los más modestos orígenes intelectuales- edifica modernos palacetes vidriados, pero funda vidriosas sucursales para captar alumnos desahuciados en el interior y los países vecinos.
En fin, que no va a ser sencillo escapar a esta navegación tan playita que viene impulsada desde hace más de un siglo por la Reforma Universitaria de 1918 bajo el nombre de la falsa democracia y avanza sin frenos a la vista, hermanando gobierno y oposición.
Sin embargo, no hay duda, subsiste entre nosotros una masa crítica de jóvenes inteligentes e inquietos que permite todavía una equilibrada esperanza de reconstrucción. Me consta.
