Solo queda contar la historia
Un Mundial más, una Copa América más. Aunque sea que juegue las Eliminatorias. Esa era la fantasía. Un poquito más de Messi. Ese era el sueño cuando caminaba con la Copa del Mundo en sus manos y se la mostraba al planeta, al final de la gesta de Qatar. Messi había alunizado tras la victoria infartante 4-3 sobre Francia y le regalaba el trofeo dorado a los hinchas. Que juegue un rato más, pedían, como si fuera una quimera, algo imposible. Somos insaciables.
Pasaron tres años y medio, su salida del fútbol grande de París, su viaje a Estados Unidos y sus goles en el soccer-country de las canchas sintéticas. Sintético todo: el césped, el público, los equipos, los sponsors. Todo parecía conspirar contra su continuidad en el la elite del fútbol mundial.
Sin embargo, en el medio siguió jugando y jugando. Y ganando y ganando también. Messi no se bajó ni de los botines ni de la Scaloneta ni del primerísimo primer plano con el que le apunta la lente desde hace más de dos décadas. No se bajó porque no quiere aún bajarse. No se bajó porque le da para más. No se bajó porque le sobran ganas y fútbol y talento.
Messi está. Y se agotaron los elogios. Ya fueron vertidos todos los posibles. Relatores, escribas e influenceres ya no saben qué decir: dios, goat, genio, superhombre. Y, veces, para hallar algún adjetivo original, recurren al opuesto. Es decir, a bajarle el precio a los demás, a los colegas de Messi quienes, en la comparación, no parecen colegas. Porque no puede ser que se dediquen a lo mismo que Messi. Todos quedan en ridículo a su lado. Y está mal. Los demás también juegan y son buenos, pero Messi…
Por eso, porque como ya no queda manera de describirlo al tipo, porque todo está exprimido, lo que resta es contar lo que sucede. El comentario, desde ahora, debería ser una crónica nomás. Un relato cronológico de sus logros. De lo que vaya haciendo pelota al pie, partido tras partido. La propuesta podría ser, simplemente, decir lo que vaya pasando. Lo que vaya haciendo. Transmitir la información sin necesidad de elogios. Porque lo que abunda sobra.
Messi ya batió todos los récords. En la noche del martes alcanzó, en la cima de la tabla de goleadores de los mundiales, al alemán Miroslav Klose. Marcó 16 y está al tope. Ya jugó 200 partidos con el Seleccionado campeón del mundo, fue el capitán casi siempre, fue el mejor casi siempre, la rompió casi siempre.
Por eso ya no habrá que esforzarse en esa búsqueda absurda del adjetivo calificativo distinto. Tiene aura, es un verdadero chad dicen los más pibes. Quizá no estén mal esas definiciones...
Quizá las nuevas generaciones consigan decir algo original. Pero, la verdad, me inclino por pensar que, de ahora en más, solo deberíamos preocuparnos por contar y mirar. Enumerar y tratar de no perdernos las obras de arte que seguirá pintando el artista, escribiendo el autor, esculpiendo el escultor con sus pies. No hay más. Ya se lo pedimos a eso más. Un partido, el próximo, el que venga. Todo será yapa. Y habrá que contarlo nomás.
