Por Liliana Broggi Spiazzi
Llueve sobre el puerto de Nuestra Señora del Buen Ayre. Una mesa vacía y un café negro. Me siento a leer Malvinas, a sangre y fuego de Nicolás Kasanzew. En realidad, releo frases, pero las encuentro nuevas, como velas de naves recién divisadas.
El autor confiesa: “Cincuenta y seis días son, quizá, un lapso breve en la vida de un hombre. No estoy seguro. Los cincuenta y seis días que estuve en las Malvinas bastaron a no pocos argentinos para convertirse en héroes. Yo los vi volverse inmortales”.
Tenemos, pues, un narrador testigo, no inventado como sucede en muchas novelas. Él vivió junto a los protagonistas, él vio sus acciones y, al volver, siente “el deber de testimoniar”.
Más adelante, dice que “la guerra es como abandonar la vida, cerrarla y esconder la llave”. ¡Nunca había visto una metáfora así, para hablar de la guerra!
Es cierto que un periodista sabe redactar, pero no todos son escritores.
Kasanzew se ganó ese título. Leeré su libro, sin prisa, como si desgranara espigas.
Cae fría, la noche de Olivos. Cambié de mesa y cambié las páginas. Un nuevo café acompaña mi silencio. Me fui al final del libro.
¿Qué lleva a un cronista a ser poeta? Quizás los sentimientos ahora galopan más rápido y piden el verso. El autor busca la rima y la encuentra; busca la métrica y logra el ritmo; busca imágenes y las metáforas aparecen.
“¡Honrar! ¡A quien fue a batallar! ¡Honrar! ¡A quien no fue a llorar!” Alguien tenía que gritarlo: Veterano es un grito de alabanza a esos leones que fueron a Malvinas.
En otro poema, el autor usa un tono elegíaco, para decir que los caídos “son albatros rumbo al sol” (¡hermosa metáfora!). Y se queja porque “la tal Nación los ha olvidado”.
Alguien tenía que decirlo…
La madre del soldado es un canto de dolor. La amada del Halcón es un canto de amor. Alguien tenía que cantarlos.
En Los ojos del Cóndor, recuerda la hazaña de “los tres del Biguá” (¡qué bien rima con mamboretás y chajás!). La historia que protagonizaron Daghero y sus soldados se hace poesía. El ritmo de los hexasílabos acompaña el escape.
Cuatro artilleros es el momento heroico de Blanco, Diarte, Dachary y Llamas. Repite sus nombres al final de cada estrofa, cambiando el orden y hallando siempre la rima adecuada. El autor narra y, a la vez, apostrofa al lector: “puedes huir o copiar lo que han hecho”. Siete estrofas alcanzan para relatar catorce segundos que los llevan a la gloria.
Las anáforas dan énfasis a una idea. “Vuela el halcón” se repite en casi todos los versos de Guadagnini. Ese recurso retórico nos ayuda a seguir las maniobras en el aire y la entrega patriótica del piloto.
No quiero seguir analizando poesías, pues prefiero disfrutarlas.
Por último, recuerdo que, en la Edad Media, los vecinos de una villa iban a la plaza a escuchar a los juglares, quienes recitaban los cantares de gesta.
Escuchar no es una acción pasiva: es una elección de la voluntad, es sinónimo de querer aprender.
Los argentinos necesitamos despejar los ruidos que creó la desmalvinización, recuperar el silencio y escuchar al que sabe.
¿Quién se atreve a decir que conoce más que el único corresponsal que cubrió toda la guerra de Malvinas?
Ya es domingo; me acompañan el mate y el sol.
Observo la dedicatoria, escrita con letra cursiva, y la palabra “esperanza” se agiganta.
Sigo leyendo al narrador y al poeta.
