POR TOMÁS I. GONZÁLEZ PONDAL
Generalmente, un bastón sirve de ayuda para el que camina con dificultad, pero también, dada la ocasión, podría servirle a su dueño de objeto de defensa en caso de ser atacado. Incluso, admitiendo algo más aventurado, el artefacto podría llegar a ser utilizado para realizar alguna suerte de escape aéreo, en caso de que contase con un extremo curvado y hubiere algún cable lo suficientemente grueso que sirva como vía para el desliz. Ahora, todo cambia cuando el propietario del objeto recto saca punta en el extremo de apoyo, pues ha decidido matar con ella a su vecino. Es de sentido común que todo tiene un límite. Puedo acomodar el cuerpo de un muerto cruzando sus manos sobre su pecho o dejándolo de costado, puedo vestirlo con su mejor traje o con la ropa informal que usó días antes del deceso, pero no puedo usarlo de alfombra de entrada a la casa. Es de sentido común que todo tiene un límite.
Durante años y a propósito del tema de la obediencia, he escuchado hasta el hartazgo, que se atribuye a San Ignacio de Loyola el hacer de la obediencia una suerte de virtud sin límites, para lo cual no se cansan de repetir que el santo español decía que había que obedecer siempre, prontamente y a todo lo que mande un superior, y eso como si fuere “un cuerpo muerto” o como “un bastón de hombre viejo”.
TERGIVERSACION
Lo he escuchado, verbigracia, de religiosos pertenecientes a Órdenes que se jactan grandemente de seguir el espíritu ignaciano, de presentarse como muy conocedoras de las enseñanzas del amigo de Dios. Ahora bien, en referencia a estos últimos, diré lo siguiente: si en verdad alguna vez leyeron el texto completo donde el santo español dijo lo del “cuerpo muerto” y lo del “bastón de hombre viejo”, el recorte y tergiversación que efectuaron es de una bajeza muy grande, pues el santo, como se verá seguidamente, jamás hizo de la obediencia una virtud para ciegos del remate; y si nunca leyeron el texto completo, qué feo eso de darse de conocedores de algo que no solo no conocen bien, sino que, peor todavía, lo usan para confundir muchas almas.
En efecto, cuando San Ignacio de Loyola habló de obedecer como cuerpo cadavérico o como un bastón de anciano, siempre refería a la orden que emite un superior dentro de los límites de lo debido, y no, como algunos quieren hacer creer, abarcadora de lo que incluso presenta algún mal moral.
Vamos a las precisas palabras del varón de Dios, sin recortes, sin escamoteadas, sin silencios. En el N° 547 de las Constituciones redactadas por el santo, se lee: “En todas cosas a que puede con caridad estenderse la obediencia, seamos prestos a la voz della como si de Cristo nuestro Señor saliese (…), haciendo con mucha presteza y gozo espiritual y perseverancia quanto nos sea mandado, persuadiéndonos ser todo justo y negando con obediencia ciega todo nuestro parecer y juicio contrario en todas cosas que el superior ordena, donde no se pueda determinar que haya alguna especie de pecado, haciendo cuenta cada uno de los que viven en obediencia se debe dexar llevar y regir de la Divina Providencia por medio del Superior, como si fuere un cuerpo muerto que se dexa llevar a dondequiera y tratar como quiera, o como bastón de un hombre viejo” (Constituciones, Sexta Parte, Cap. I, n° 547. Cf. San Ignacio de Loyola, Obras Completas, ed. BAC, España, 1963, p. 563).
En resumen: obediencia ciega en “todas cosas a que puede con caridad estenderse”, pero no hay verdadera caridad que acepte el pecado; de ahí que hay un mirar de quien recibe la orden “donde no se puede determinar que haya alguna especie de pecado”.
Si alguno desconfía de lo anterior por resultarle complejo o por lo que fuere, tiene el N° 549 de las Constituciones, donde se vuelve a insistir con que no debe haber en lo ordenado para obedecer “manifiesto pecado alguno” (ob. cit. p. 562). No está demás en estos tiempos sobreabundar en luz, por tanto estampo también lo que dice San Ignacio en el N° 284 de las Constituciones ignacianas:
“Es muy expediente para aprovecharse y mucho necesario que se den todos a la entera obediencia, reconociendo al Superior, qualquiera que sea, en lugar de Cristo nuestro Señor, y teniéndole interiormente reverencia y amor. Y no solamente en la exterior execución de lo que manda, obedezcan entera y prontamente con la fortaleza y la humildad debida, sin excusaciones y murmuraciones, aunque se mandan cosas difíciles y según la sensualidad repugnantes, pero se esfuercen en lo interior de tener resignación y abnegación verdadera de sus propias voluntades y juicios, conformando totalmente el querer y sentir suyo con lo que su Superior quiere y siente, en todas cosas DONDE NO SE VIESE PECADO” (ob. cit. p. 505).
REGLAS
Hay quienes fundados en una obediencia mal entendida e ilimitada, agarran los Ejercicios Espirituales de San Ignacio, van al acápite donde se encuentran las “Reglas para sentir con la Iglesia”, y deforman groseramente la regla 13. Y digo que la desfiguran porque la aplican a cualquier cosa que diga un jerarca sin hacer las debidas distinciones. Vengamos primero a la regla aludida. Dice así:
“Debemos siempre tener, para en todo acertar, que lo blanco que yo veo, creer que es negro, si la Iglesia Jerárquica así lo determina, creyendo que entre Cristo nuestro Señor, esposo, y la Iglesia su esposa, es el mismo espíritu que nos gobierna y rige para salud de nuestras ánimas, porque por el mismo Espíritu y Señor nuestro que dio los diez mandamientos, es regida y gobernada nuestra santa madre Iglesia”.
Aunque haya quienes no quieran admitirlo, no solo contra dicha “regla 13” marcha el Modernismo y cuantos a él se hayan abrazado, sino que han roto con las otras 17 reglas ignacianas para “sentir con la Iglesia”, sea mediante rotundas afirmaciones y gestos indubitables ejecutados por altísimos jerarcas en los que manifestaron derechamente renunciar a ejercicios antiquísimos de autoridad tal como siempre se han aprobados y tenidos por buenos; sea dando lugar a una democratización nunca vista que ha tendido a trastocar la jerarquía de siempre (por caso se ve eso con la colegialidad y en las conferencias episcopales); sea con posiciones contenidas en textos emanados de autoridades claramente rupturistas con el Magisterio de la Iglesia (por ejemplo, el infernal documento Mater Populi Fidelis firmado por el actual Papa y el Prefecto, Víctor M. Fernández, ¿recuerdan?).
Las anteriores enseñanzas ignacianas nos recuerdan las lecciones que Santo Tomás de Aquino impartió tocante a la obediencia, pues, con otras palabras, el Doctor Angélico enseñó lo mismo: contra la obediencia puede pecarse por exceso o por defecto. Vaya que el santo español era tomista, que en el capítulo 14 de sus Constituciones, más precisamente en el N° 464, disertando sobre los libros que los alumnos de teología debían leer, sostuvo:
“En teología, leerse el viejo y el nuevo Testamento, y la doctrina escolástica de Sancto Tomás” (ob. cit. p. 543).
SANTA MISA
Dos expertos en las obras de San Ignacio, a saber, el R.P. De Guibert y el Dr. Suquía, manifestaron el amor eucarístico-litúrgico y el amor a la Santa Misa que siempre embargó el alma del santo español. Dice De Guibert: “la mística de San Ignacio, notada con razón por todos los que han estudiado su espiritualidad, es la de ser una mística esencialmente eucarística y litúrgica, centrada en el sacrificio de Jesucristo. La misa de cada día es el centro de todas las gracias. Y aun las que recibe durante el día aparecen casi siempre como la prolongación y complemento de las de la mañana” (ob. cit. p. 328).
Y el Dr. Suquía afirmó en su libro La Santa Misa en la espiritualidad de San Ignacio: “Para mí que Iñigo de Loyola forma coro de los santos sacerdotes que, como San Vicente Ferrer, San Vicente de Paul, el Santo Cura de Ars, hicieron de su misa de todos los días centro único de toda su espiritualidad” (ob. cit. p. 328).
San Ignacio ponía sumo cuidado en abrevar de la sana doctrina, y así, a la Compañía de Jesús no podían entrar los que hubieren renegado “de la fe” o hubieren incurrido “en errores contra ella” (Constituciones, N° 22), ni tampoco quien fuere “sospechoso de alguna opinión errónea en cosa que toca a la fe católica”. También se interrogaba a quien quería ingresar en la Orden para ver “si ha tenido o tiene algunas opiniones o conceptos diferentes a los que se tiene comúnmente en la Iglesia y doctores approbados della” (N° 47).
Concluyendo con cosas de San Ignacio, dejaré expuestas aquí unas palabras de él sobre la misión de la Santísima Virgen María en la Santa Misa de siempre, lo cual si
se profundiza, hace lucir con claridad la Corredención y la Mediación de María. En el Diario Espiritual escrito por San Ignacio, en el N° 31, dejó escrito lo siguiente:
“Al preparar el Altar y después de vestido, y en la misa, con muy grandes mociones interiores, y muchas y muy intensas lágrimas y sollozos; perdiendo muchas veces la habla, y así después (…) en mucha parte deste tiempo de la misa, del preparar, y después, con mucho sentir y ver a nuestra Señora mucho propicia delante del Padre, a tanto, que en las oraciones al Padre, al Hijo, y al consagrar suyo, no podía que a ella no sintiese o viese, como quien es parte o puerta de tanta gracia, que en espíritu sentía. (Al consagrar mostrando ser su carne en la de su Hijo) con tantas inteligencias, que escribir no se podría”.
LEFEBVRE
En Monseñor Marcel Lefebvre y la Orden por el fundada, la FSSPX, brilla el verdadero amor a la Santa Misa de siempre, a la sana doctrina, a la Corredención y Mediación de María Santísima y, aunque a muchos resulte paradójico, brilla la virtud de la verdadera obediencia.
Ha sido Monseñor Lefebvre –lo fue y sigue siendo la Orden por él fundada- obedientes al Papa como bastón de viejo, vale decir –y ya quedó bien aclarado-, en la caridad y en amor a la Tradición Católica, a la Iglesia Católica. No hicieron tranzas con los males, tranzas que el modernismo hizo y sigue haciendo en grados descollantes.
El bastón tiene algo de solemne: ciertamente sirve de apoyo al anciano, pero también es indicativo bajo modo figurado de la ayuda, la guía, en que un hombre entrado en años debería haberse transformado gracias a la experiencia y a la sabiduría.
Hay jóvenes que utilizan algo parecido, me refiero a los pastores de animales y a sus cayados: no solo se apoyan en estos últimos, no solo lo utilizan para conducir al rebaño, sino que, dado el caso, les sirve de instrumento de defensa. Finalmente, encuentro un objeto que tiene algo de los dos anteriores, y dicho objeto es el báculo episcopal, de suma solemnidad: figura el apoyo, la guía, la sabiduría, la defensa que debe haber en el pastor de la grey católica, sosteniendo la sana doctrina y apartando a los lobos que quieren dañar almas; por eso pienso en Monseñor Marcel Lefebvre. Por eso también pienso que, en otro vuelo y asido a la frase ignaciana, sostengo que:
“Hay que obedecer como báculo de obispo amante íntegramente de la Tradición Católica”.
