Buena Data en La Prensa

Sobre estar de rodillas (Reflexiones de un papá joven)

Querido Benedicto:

El 4 de julio fuiste bautizado, día de Nuestra Señora del Refugio, una advocación que hasta hace poco no conocía, pero a la que hoy tengo aprecio, y memoria de san Pier Giorgio Frassati, un joven que supo vivir la alegría del Evangelio.

Cuando nos encontrábamos cercanos a esa fecha me puse a discurrir sobre lo que había significado para mí la entrada a la vida de la Iglesia. Una imagen se me hizo presente: el estar arrodillado. Primero comencé a pensar en qué momentos la fe se vive de rodillas: en la Consagración, ante el Santísimo, en alguna confesión o en una oración repentina en uno de esos momentos en los que pasamos frente a una Iglesia y entramos a saludar al Amigo que nos espera. Esa resultó ser mi primera certeza: uno solo se arrodilla ante Dios. Pero luego comencé a recordar otros momentos de mi vida en los que también me arrodillé ante otras personas y me di cuenta de que también podían ser, de otro modo, formas de postrarme ante Él.

Podría decirse que la vida del cristiano transcurre de rodillas ante Dios, unas veces de forma literal y el resto del tiempo en espíritu. Esto es lo que significa vivir en una constante presencia de Dios.

VOCACION A LA SANTIDAD

Esta es la primera y más evidente ocasión que uno tiene para arrodillarse: el encuentro con Dios. Él quiere que seamos felices y gocemos de la alegría eterna, por eso nos abre las puertas de su Reino, nos adopta como hijos suyos mediante el bautismo y nos invita al banquete celestial. La vocación de todo hombre es la santidad. El hermano Lorenzo lo sintetiza de un modo muy bello: “El fin que debemos proponernos es el de convertirnos, en esta vida, en los más perfectos adoradores de Dios que podamos ser, como esperamos ser durante toda la eternidad”. Cuando uno reconoce su lugar en el mundo y descubre que es barro y, aun así, que este barro es profundamente amado, surge la necesidad de dar una respuesta. Este amor que recibimos debemos vivirlo, expresarlo y compartirlo. Esto solo es posible con la gracia de Dios.

Quiero detenerme por un momento en una idea que quiero que recuerdes: todo hombre se rinde ante algo. Rendir está relacionado con devolver, entregar, restituir. Pero rendirse también significa someterse al dominio de alguien. De nuevo, todos, de un modo u otro, nos rendimos ante algo a lo que reconocemos por encima nuestro y le ofrecemos el tiempo que se nos ha regalado. Pero quien no se rinde ante el Padre termina entregándose a modas, políticos, ideologías y filosofías que hasta le son ajenas. En definitiva, ídolos que están destinados a morir. Dicho rápidamente, el que no se arrodilla ante Dios termina arrodillado ante todo lo demás. En cambio, la fe en Dios ofrece un atractivo particular: una verdad inmarcesible, perenne, que no depende ni cambia con el paso del tiempo y nos permite reconocer quiénes somos y qué está bien más allá de lo que diga la mayoría o promuevan quienes pretenden adueñarse del mundo. Nos da plenitud, identidad, un hogar al que volver.

En el fondo, ese algo al cual nos rendimos termina siendo un alguien: Dios, que nos ama infinitamente o, detrás de los ídolos, aquel que busca apartarnos de Él. “El que no está conmigo, está contra mí”, dice el Señor. Elegir a quién se sirve es la gran decisión de la vida.

LA VOCACION PARTICULAR

Después de Cristo, de María y de los santos que interceden en el Cielo, la primera persona ante la cual me arrodillé con conciencia de lo que ello significa fue mi novia. Hoy, esposa mía y madre tuya. Uno de mis más hermosos recuerdos es el de estar arrodillado frente a ella presentándole una cajita de pana roja que descubría un anillo de compromiso.

Con el tiempo comencé a comprender realmente lo que este paso implicaba. San Pablo dice: “Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella”. Es decir, amar hasta la entrega total. Solo cuando comprendí que el compromiso con ella significaba la entrega a Dios, estuve preparado para recibirla en el altar. Una de las mayores alegrías de mi vida. Aunque parezca paradójico, a la luz de la Resurrección, la vida entera se transformó en una síntesis entre el sacrificio y el júbilo.

Con esto quiero decirte que la vida del cristiano no se da en fórmulas abstractas, sino en un compromiso estable con Él que se manifiesta de forma concreta en nuestra historia.

Entonces, cuando me pongo de rodillas ante alguien estoy diciendo que me pongo a su servicio. Esto me lleva a otra vez que me arrodillé frente a alguien. Recuerdo una clase en la que un alumno me pidió que volviera a explicar un tema al grupo en el que se encontraba. Tratar correctamente ese contenido demandaba que me quede un momento con ellos a dialogar y, como eran algo bajos y estaban sentados, me pareció cómodo arrodillarme de modo que pudiera apoyar mis codos sobre el pupitre.

Ahora que lo pienso, esa escena también sintetiza el significado del trabajo. El trabajo no es alienación ni solamente producción: es un medio para subsistir, pero también para plenificarse, practicar la caridad y cooperar con el perfeccionamiento de la creación.

Y LLEGASTE VOS

Todavía me queda hablarte de la vez más reciente en la que me arrodillé: hoy, y cada uno de los días que juego con vos. No es por nada que Dios nos dio el sano instinto de hacernos chiquitos frente a los niños. Cuando nos abajamos y servimos a los más pequeños podemos ver el mundo como don y contemplar maravillados su inmensidad.

Entonces, sí: uno solo se arrodilla ante Dios para adorarlo; y ante los hombres, para entregarse y servirlos. Porque quien aprende a arrodillarse ante Dios aprende también a hacerse pequeño ante los demás. Si te tuviera que decir qué significa vivir como cristiano, quizás podría resumírtelo así: aprender a estar de rodillas.

Con amor, tu papá.

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