A PROPOSITO DE ‘TAL VEZ LLEGUE CAMINANDO’, DE SANTIAGO SYLVESTER
Síntesis entre cosmovisiones
De solo estar, es un libro de prosa poética y materia no ajena a la añoranza del salteño Manuel J. Castilla, publicado en 1957. Curiosamente o no tanto, ese “estar no más” de la frase inicial, bien puede coincidir con la actitud propia de los pueblos originarios del Noroeste Argentino que tanto conocía y celebraba Castilla en sus canciones. El “estar siendo”, que no se corresponde con el abandono, sino que implica abrirse a la interioridad acogedora del ser. Sin que ese asentarse sobre la intimidad sea obstáculo para el tránsito físico por el afuera, haciendo equilibrio en la resbaladiza realidad dura y excluida de los que “pisan el suelo, encerrados en América”, al decir del antropólogo y filósofo Rodolfo Kusch.
Esa forma de instalación en el “sí mismo” que describió y caracterizó Kusch, al menos en una primera aproximación, cabe interpretarla como opuesta al no siempre firme y quizá errático “status viatoris” atribuido por Pieper a la condición humana: en tránsito como imagen metafísica de la existencia, nómade por la inmensidad del misterio con la guía solo de la Esperanza religiosa. Una marca y también un marco tan instigador de afanes como desde las fuerzas humanas cerrado a las posibilidades reales de llegar más allá, es decir a la comprensión del sentido del viaje emprendido al nacer. El inevitable “andar y andar” sobre fondo de “un cielo gris”, embellecido en la Rima LV de Gustavo Adolfo Bécquer.
DOS VISIONES
Los párrafos antedichos vienen sugeridos por la última entrega poética de otro creador comprovinciano de Manuel J. Castilla: Santiago Sylvester (1942), veinticuatro años más joven que el autor fallecido en 1980 de Cantos del gozante, de frecuente trato y particular afecto con el hoy miembro de número -desde 2015- de la Academia Argentina de Letras.
La reciente obra de Sylvester se titula Tal vez llegue caminando, título tomado del último verso octosilábico de una copla anónima. A partir de él y de varios segmentos del contenido del poemario pareciera establecerse una síntesis entre ambas cosmovisiones precedentemente esbozadas. Así dirá, como si se afirmara sobre la infinitud del quieto ser del presocrático Parménides: “Mi vida es estar en muchos sitios.”
Y esa síntesis se refiere por un lado a echar raíces interiores, sustento para un viaje tendido a la elevación en el territorio firme y dinámico a la vez del lenguaje, esa heideggeriana “casa del ser” con sus aguas bautismales que pueden ahogar el silencio y comunicar los espíritus, cuando acorde con su convite: “No estoy diciendo frases: propongo una conversación”. (Años atrás tituló La Conversación a su antología publicada en Madrid en 2017). Y por el otro, sortear sin ignorar ni menospreciar la dificultad -y vastedad- de su empeñada aventura expresiva, sumisa, resignada en esta ocasión al “tal vez”, como sinónimo del adverbio “quizá” con su carga de incertidumbres.
Versión laica del escolástico “aún no” aparece el sintagma “tal vez”, el que internalizado, ha de haber disipado en el poeta todo cargo de conciencia cuando lentificó los pasos hasta detenerlos frente al grafiti advertido en la pared de una calle lugareña: “No sé por dónde empezar”. Todo un disparador para intuir que “allí se oculta un poema”. Revelación que le permitió de una anónima premisa, concluir silogístico en el acatamiento al verbo “estar” en la acepción de perdurar hasta la posibilidad de eternizarse, porque: “un poema que se oculta en la pared de una calle/ merece estar donde está.”
Sylvester unge a las palabras con un universo de pálpitos: “Cualquier hecho esconde un vínculo/ y los vínculos dicen algo.” Y les anuda y desanuda recuerdos, memorias, rescates para las nostalgias: “Hace años que no entro a un galpón,/ pero la palabra galpón tiene olor a campo en la noche”.
AUTOBIOGRAFIA
Como suele serlo toda creación literaria, es la suya en muchos momentos una poesía recorrida por hitos autobiográficos, sin abrumar con subjetivismos para la interpretación psicológica. La mayoría de las veces su materia prima son las experiencias y más aun las vislumbres, pulidas con su lenguaje hasta darles la brillantez de joyas líricas.
Aunque uno de los rasgos más originales de la estética de Sylvester apunta, precisamente, a obviar las metáforas y otros recursos de la preceptiva y no a buscar apoyo en el muro de ningún lamento. Algunas de sus prácticas son observar, deducir y en la mayoría de las ocasiones, rendirse a evidencias desconcertantes.
Ante ellas en función de antídoto, dice: “yo voy tanteando la pared como un ciego”. Al tiempo que sin apelación a la magia, acepta antes que el absurdo y el sin sentido, la posibilidad de otras lógicas convivientes con nuestra milenaria estructura de pensamiento. Lógicas a las que son ajenos los principios de identidad, no contradicción y tercero excluido.
Sucede que “lo perfecto/ pierde perfección por todas partes” y da argumentos: “estaba por llover/ y no llovía,/ alguien llegaba, y no podía llegar;/ alguien que moría no lograba morir;/ alguien viajaba pero el viaje no empezaba;/ un avión que venía no terminaba de llegar./ Lo que debe ocurrir/ hace planes pero espera un momento.”
Percepciones, modos de captar su entorno y contorno, que también y “tal vez” sonando como “leitmotiv”, lo sean sin la sucesión de continuidad destacadas en sus versos libres y blancos que apuntan a lo falible de la relación causa-efecto cuando se interpone erróneo el tiempo. Intuiciones singularísimas, como que afinando otro entendimiento, un integrante de su misma generación, el platense Rafael Felipe Oteriño, acató en cambio y ya desde la denominación de uno de sus volúmenes poéticos: El orden de las olas (2000).
PIES EN TIERRA
Aquí y allá Sylvester da cuenta y hace gala de tener los pies sobre la tierra que gira. Por ejemplo al enumerar con la fría belleza de un paisaje de picos nevados sin formular juicio de valor, la simultaneidad de un orden rígido, arduo, compensatorio, de seguro más matemático que amable para dejar expedito el camino de las querellas a los lectores: “Un tren empieza el viaje mientras otro descarrila./ Un río fertiliza una orilla y socava la opuesta.”
No hay escepticismo ni pesimismo a lo Schopenhauer en las páginas de Tal vez llegue caminando. Sí certeza realista de que “todo canto tiene cosas que no sabe cómo decir”, o sea y por volver a Bécquer, que al sentimiento, inmaterial receptáculo de goces y padecimientos: “no hay cifra capaz de encerrarlo”.
Empero se reconoce en este volumen de sesenta páginas, el evidente intento de ubicación lo más ajustada o saludablemente posible tanto en el “sí mismo” cuanto en el mundo, con la consiguiente toma de distancia de las confirmaciones establecidas y de las seculares ortodoxias, proponiendo y proponiéndose entre paradojas con algo de un Chesterton al revés: “Que las creencias sean por matices más que por certezas:/ que una emoción/ sea sin llanto;/ una charla,/ sin euforia;/ una religión, sin mucha fe.”
Otra característica de Santiago Sylvester es ontologizar sin intelectualizar su poética, es decir tener a mano -y en acto- el verbo ser. Y entonarlo al ritmo de los latidos de su corazón y las conexiones de su cerebro. Para memorizarlo, incorporarlo hasta acceder a su pleno y último sentido, con la pedagogía de cuando se enseñaba a los niños a recitar las tablas de multiplicar en las escuelas de antaño: “Y allá vamos todos, bregando con el verbo ser”.
