Sin salida (de la cuarentena)

Por Javier Szulman

Se temía que la cuarentena se renovara recurrentemente, como sucedió el año pasado, sin un horizonte temporal preciso. Con la reciente extensión, esa preocupación se muestra plenamente justificada. Así, surgen dos preguntas: ¿son estas restricciones útiles? y, ¿tendrán un fin cercano?

Existe una fuerte contradicción entre los largos meses de restricciones y los pésimos resultados actuales. Superamos en mortalidad a Chile y Suecia -países que no implementaron restricciones draconianas como las nuestras- y estamos cerca de alcanzar a España -que fue fuertemente golpeada en la primera ola-. Además, en el último promedio semanal duplicamos a Brasil y triplicamos a la India -países devastados por el virus-. El problema en la Argentina es que las falencias cometidas durante el 2020 se repiten este año: no hay una estrategia de salida de la cuarentena.

Una estrategia de salida de la cuarentena implica el desarrollo e implementación de un grupo de medidas coherentes que ataquen de manera sistemática al problema, que obtengan resultados mensurables y cuyos logros lleven a la reducción de las restricciones. En la actualidad sólo hay propuestas aisladas y de deficiente implementación.

Algunas herramientas que deben integrarse de manera coherente con una cuarentena son: testeos masivos -como los realizados por Corea del Sur desde comienzos del 2020-, un seguimiento y rastreo de contactos -como el realizado desde un primer momento por Alemania-, la realización de cuarentenas individualizadas y selectivas a los contagiados que se identifican y también a sus contactos estrechos -siempre resguardando su dignidad y sus garantías constitucionales-, además del desarrollo, entrenamiento, implementación y fiscalización efectiva de protocolos adecuados.

La Argentina sólo realiza unos 84 mil testeos diarios -promedio diario de mayo-. Para estar a la altura de, por ejemplo, el Reino Unido, ajustado por nuestra población para ser comparable, la Argentina debería realizar más de siete veces los testeos realizados actualmente. Los testeos masivos son necesarios para detectar no sólo a los contagiados con síntomas, sino también para identificar a los asintomáticos. Esto es vital, ya que una vez detectado el asintomático -y adecuadamente aislado- se corta la cadena de contagios más peligrosa, ya que los contagios generados por los asintomáticos son contagios sigilosos que se esparcen sin control. Esta cuestión fundamental no se está atacando en la Argentina. Minutos después de la cadena nacional de Fernández, Santiago Cafiero, su Jefe de Gabinete, dijo a un programa de televisión que los testeos en la Argentina se realizan a quienes tienen síntomas y se acercan espontáneamente a los centros de testeo. Si bien esto ya es sabido, lo que hizo con su declaración fue reconocer que no buscan aumentar los testeos de manera considerable, ni cambiar su instrumentalización para detectar a los asintomáticos. Un grave error de estrategia.

En los comienzos del 2020, la estrategia de testeos fue limitada debido a la falta de tests, lo cual se debió a una precaria preparación previa. Mientras que ya en enero del 2020 el Hospital Charité de Berlín había desarrollado un test y había compartido la fórmula en internet para su uso gratuito, dos meses más tarde la Argentina conformó una Unidad de Coronavirus entre el Conicet, el Ministerio de Ciencia y Tecnología y otros para empezar a desarrollar lo mismo. Así, mientras que en abril del 2020 Alemania ya testeaba a más de 350.000 personas semanalmente, en la Argentina sólo se testeaban a 3.500. Recordemos que para ese momento ya nos encontrábamos dentro de una cuarentena general. Es decir, no había herramientas para salir de ella.

Algo similar ocurrió con el seguimiento de casos. En Alemania se llamaba telefónicamente a cada uno de los contagiados y se les hacía cuestionarios intensivos, para saber dónde habían estado y con quién. Eso permitía encontrar posibles contagiados de covid que fuesen asintomáticos y realizar su aislamiento. Aún hoy, más de un año después, la Argentina no realiza este seguimiento intensivo de casos de manera sistemática en el país, ni implementó protocolos adecuados de detección y aislamiento individualizado.

Como no se han realizado cuarentenas individualizadas -por la incapacidad argentina de detectar casos o de aplicar la ley en los casos detectados-, se implementan cuarentenas generalizadas. Y son estas cuarentenas generalizadas las que tienen un terrible impacto en la economía. Asimismo, como no hay fiscalización adecuada -algo a lo que los argentinos nos hemos acostumbrado- hay amplios sectores donde la cuarentena no se cumple. La cuarentena generalizada es una herramienta que nace muerta. Y, al no tener más herramientas, la única reacción del gobierno es extenderla.

Una mención aparte merece la cuestión de las vacunas. Desde el gobierno esperan que las vacunas logren superar esta pandemia. Si bien la intención es acertada, precisaba de planificación previa. En la Argentina, en vez de moverse con celeridad para asegurar contratos con múltiples proveedores de vacunas, se demoraron las conversaciones con los fabricantes de vacunas, mientras que el proceso de compra se ha envuelto en un manto de sospechas de corrupción y abuso de poder. Desestimaron realizar un contrato con Pfizer por 13 millones de vacunas, dejaron de lado la posibilidad de obtener el quíntuple de vacunas mediante la alianza Covax y nunca contactaron a Moderna. A último momento sólo pudieron comprar una vacuna que nadie quería debido a su falencia en transparencia -tanto en su diseño como también en su producción-: la vacuna Sputnik V, que aún no ha sido aprobada por la Agencia Europea de Medicamentos, ni la FDA norteamericana, ni por la Agencia de Inspección Sanitaria (ANVISA) de Brasil. Asimismo, en referencia al recordado estudio publicado en The Lancet que fuese tan utilizado como mecanismo de propaganda de la Sputnik V, cabe recordar que los datos primarios que lo sustentaban jamás fueron provistos para ser contrastados. Recientemente The Lancet realizó una publicación dando cuenta de la información deficiente, con discrepancias y de limitado acceso -posiblemente fraguada- provista por Rusia en el ensayo clínico de fase III. En cuanto a la vacuna china Sinopharm -cuya baja efectividad hoy ha quedado expuesta-, también fue parte de una reacción tardía de la Argentina que ya se enfrentaba a una limitación para el acceso a vacunas.

Vacunar a la población es fundamental. Pero no se debe esperar una solución milagrosa de las vacunas cuando hay insuficiente cantidad -sólo se ha vacunado al 5% de la población con las dos dosis- y las aplicadas tienen dudosa efectividad.

La cuarentena actual sucede como consecuencia de no haber planificado ni actuado a tiempo. No nos cuidan, porque su cuidado es incompleto e inadecuado, porque cuidar la vida debe ser parte de un esfuerzo integral y de un cuidado constante, algo que no se ha cumplido. La cuarentena en Argentina es sólo una brazada al aire de alguien que se está ahogando: se utiliza políticamente para tapar errores de planificación e implementación junto a la carencia de una estrategia integral. Mientras que en otros países se implementa una cuarentena general porque ya se ha probado todo, en la Argentina se realiza porque se olvidaron de actuar a tiempo y ahora no se les ocurre nada más. Gran parte de la reacción adversa de la sociedad se genera porque ven a esta herramienta -la cuarentena- no sólo como un esfuerzo desmedido, sino también como un esfuerzo inútil.