Saqueos, miedo y memoria traumática

Existe una saga cinematográfica, y también con secuelas llevadas a la televisión, en la que en un futuro no muy distante en el tiempo se vive una sociedad en la que el crimen ha disminuido en algunos casos hasta casi desaparecer y eso habría sido luego de la instalación de un día muy especial que adquiere el nombre de “La Purga”. Ese proceso presentado en los diferentes episodios de la franquicia, ya que se trata de varias películas con ambientaciones y temáticas de fondo diferentes, tiene un leit motiv central, brutalmente claro en el título, que lleva a la eliminación, a la catarsis por métodos radicales de algo que obstaculiza y que debe ser eliminado. Una vez al año se decreta un estado en el que se libera a la población de la penalización de todo tipo de crímenes y en el imaginario esa descarga fundamentalmente homicida de tensión elimina las del resto del año, contrabalanceando pulsiones y tensiones. Así, esta licencia, ese día apocalíptico, permite la barbarie a todos, desde delincuentes hasta los ciudadanos respetuosos de la ley durante todo el resto del año. Se puede tratar de cobrarse venganza contra alguien que pudo hacernos un mal o simplemente nos molesta, ya que en el centro del foco no están solo los delincuentes de hecho, sino el ciudadano “normal”, respetuoso, correcto, pero que en ese día puede sacar a la luz los monstruos que guarda durante todo el año en vaya saber qué oscuro rincón del interior de su psiquismo. Permite también liberarse de las frustraciones acumuladas en un vaivén pendular en el cual el sujeto luego será un respetuoso observante de la ley: el descontrol programado y autorizado como costo para una vida en paz. 
Interesantemente, la saga que comienza en 2013 sale al mercado el 4 de julio, el día de la independencia de Estados Unidos, quizás como mensaje de liberación en una sociedad sometida a la violencia con armas constantemente y en la que en ciertas regiones el ciudadano, creyendo estar en el país más seguro de la tierra, por momentos es presa del terror y la violencia urbana. La saga valida la hipótesis tentadora de ser uno mismo el vehículo el cobrador/recolector/vengador (palabras frecuentemente usadas en los diversos episodios) de ese terror padecido. Así, ilustra en diferentes escenarios cuestiones profundas como los instintos y pulsiones básicas y en ese sentido toma la característica de recrear el núcleo conceptual de diversas sagas e historias, pero esta vez míticas. El hombre que se transforma en ese animal asesino, el “hombre lobo del hombre”, la ira homicida, fratricida, la furia de los dioses, está presente en toda la historia, mitología y literatura, inclusive los del origen de la humanidad mítica en la tradición grecorromana con Urano y Cronos que devoran a sus hijos. Es decir, es algo que forma parte de nuestro acervo cultural como seres humanos en las diferentes tradiciones y culturas, pero esa es la clave, la cultura. El caos destructor (hacia los demás, pero inevitablemente hacia sí mismo) está encapsulada de alguna manera a modo de advertencia en la cultura. Esas historias míticas nos muestran y nos dicen sobre aspectos que no somos proclives a ver y especialmente a aceptar. Aquello que no queremos ver y que nos parece lejano, la tradición, la historia, la cultura, la religión, el mito, nos dicen y nos advierten que forma parte de nosotros mismos. Como dice el aforismo, cuando cede la cultura, es decir la red de contención que nos permite saber quiénes somos, dónde estamos y una ubicación madura de la realidad, emerge el caos. El origen del mundo míticamente se da por el proceso inverso, el caos es controlado, al emerger la cultura.
En el proceso que hoy recuerdan varios en redes sociales de la saga “La Purga”, en función de los saqueos, es una metáfora a las fiestas míticas como las bacanales o los carnavales o diversos rituales de sacrificio, en los cuales el descontrol era de alguna manera ordenado y controlado. Desafortunadamente, en la realidad esto no ocurre así y es allí donde se ve el descuido de quienes, en el rol de referentes y dirigentes, creen poder escapar de ese proceso de liberar las cadenas que retienen el infierno. El grito guerrero de “liberad el infierno”, o a las bestias, en una batalla, es fácil de ver en una película cómodamente sentado en un lugar seguro, pero en la realidad implica la destrucción.
La referencia a los saqueos trae a colación lo que conocemos en psicología del trauma como memoria traumática y es aquella fracción de memoria que queda adherida a un suceso traumático del pasado, pero que se reactualiza con diversos estímulos presentes. Es eminentemente sensorial, o prerracional si se quiere y por ello las imágenes de saqueos, hoy videos viralizados, infunden temor y despiertan ese recuerdo “dormido”. El problema es que unido a la memoria van unidas emociones y como siempre podemos quizás identificarlas, pero difícilmente guiarlas. Las acusaciones de políticos entre sí, la repetición de datos, de imágenes, no hacen más que multiplicar ese efecto, edificando minuciosamente un constructo cognitivo que se manifestará luego en la consecuencia emocional y especialmente comportamental. Así, comerciantes se arman, locales cierran, y toda la escenografía que nuestra mente guarda de épocas pasadas, quizás el 2001. De allí la viralización de imágenes desde ya extemporáneas, pero de alto impacto e inclusive la del helicóptero del ex -presidente De La Rúa. Toda imagen despierta emociones. Se sugiere el estado de sitio, se buscan responsables conspiradores y todo esto en el contexto de un proceso eleccionario, en un país con la mitad de la población en estado de pobreza y especialmente desesperanza. Alguien dirá que la barbarie, el delito, está justificado por la pobreza. Esta última emoción, la desesperanza, es particularmente preocupante porque aquel que cree ya no poder esperar nada, es el sujeto que atenta contra su propia existencia y la de otros, no necesariamente o únicamente la física, sino la de creer que la única salida es el caos y por eso la solución es incrementarlo.
El tercer episodio de la saga de “La Purga”, su nombre ya nos habla del lugar escatológico que recurre en el imaginario, es de 2016 y se llama “El día de las elecciones”. En ésta un líder mesiánico, que se llama el líder de “los padres fundadores” se opone a otro -que habiendo perdido a un hijo en otro año de “La Purga”- cobra conciencia del caos y sus consecuencias. Es que, en la ausencia de visibilizar las consecuencias, fruto del pensamiento emocional, se instala la doctrina del mal menor, algo que parece ser el lugar en el que estamos instalados en este espacio preelectoral tan confuso y peligroso, ya que, en toda la saga, lo que permanece de fondo es el conteo de muertos. Esto nos hace recordar y volver a “agradecerle” a los comunicadores que durante dos años nos hicieron lo mismo con la pandemia y su parte diario de muertos. El culto a lo tanático no empezó en este momento y no está relacionado únicamente con un proceso político, sino que es parte de ese entramado cultural. Solo que, en su faz perversa, se puede visibilizar bien en ese conteo de muertos que recibíamos como parte del frente en la distopía de 1984.
Los creadores del film lo entendieron mostrando cómo una sociedad que se desensibiliza frente al caos, a la muerte, alimenta los peores demonios, la sombra que todos llevamos en alguna parte de nuestro ser, pero la diferencia entre la película y lo que está pasando son dos elementos sustanciales: en la ficción, la purga es en su descontrol controlada y normatizada, la otra es que es parte de un proceso acotado, limitado en el tiempo y con la seguridad de que al amanecer del nuevo día se volverá a gozar de 364 días de paz y estabilidad. Es una ficción, pero señala varios aspectos que nos advierten sobre los peligros de jugar con el caos. 
Quizás tengamos que tomar debida nota de estos aspectos en estos momentos de tanta convulsión. La última diferencia es que es una ficción, nosotros decidimos si deja de serlo.