San Martín y la tradición militar española

Cuando se recuerda a José de San Martín solemos imaginar al conductor del Ejército de los Andes, al vencedor de Chacabuco y Maipú o al Protector del Perú. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar qué hombre era antes de convertirse en el Libertador y, sobre todo, cuáles fueron las ideas que moldearon su carácter durante los veintidos años que sirvió como oficial del ejército español.

Esa pregunta no es menor. Ningún gran conductor aparece de improviso. Antes de conducir hombres, San Martín fue un joven oficial que se educó en una de las instituciones militares más prestigiosas de Europa. Entre 1789 y 1811 sirvió en el ejército español, combatió en África, Portugal y en la Guerra de la Independencia española contra Napoleón. Aquellos años no fueron solamente una escuela de armas; fueron también una escuela de pensamiento y de carácter.

La historiografía ha destacado la influencia de la experiencia napoleónica. Sin embargo, suele olvidar que el joven San Martín se formó dentro de una tradición intelectual mucho más antigua: la del ejército español heredero de los Tercios y del Siglo de Oro. Allí convivían la lectura de tratados militares con las obras de Cervantes, Calderón de la Barca y los grandes autores de la literatura española. Estrategia y cultura no eran mundos separados; ambas contribuían a formar el carácter del oficial.

Uno de los libros fundamentales de ese ambiente fue las “Reflexiones Militares” del Marqués de Santa Cruz de Marcenado. Publicada en el siglo XVIII, esta obra constituye uno de los grandes tratados de estrategia anteriores a Clausewitz. Lo llamativo es que Marcenado no comienza hablando de batallas. Su primer libro está dedicado a las "virtudes morales, políticas y militares de un generalísimo". El mensaje es claro: antes que táctico, un conductor debe ser un hombre virtuoso. La guerra no puede separarse de la política ni la política de la moral. El ejército existe para servir al bien del Estado y no a la gloria personal del caudillo. Esa concepción integral de la guerra anticipa muchas ideas que un siglo después desarrollaría Clausewitz.

Resulta difícil no advertir la semejanza con la conducta del propio San Martín. Nunca buscó batallas por prestigio personal. Preparó responsablemente un regimiento modelo, como el regimiento de granaderos a caballo, planificó y ejecutó una de las campañas más difíciles de la historia militar como fue en cruce de los Andes y finalmente logro dotar a una  flota de  poderío y de unidad de mando para poder dominar el Pacifico y llegar al Perú.

Pero el universo intelectual del joven oficial no terminaba en los tratados militares. La España de fines del siglo XVIII seguía respirando el aire del Siglo de Oro. Allí aparecía la figura de Pedro Calderón de la Barca, quien dejó una de las definiciones más profundas del ejército en aquellos versos inmortales:

“Este ejército que ves

vago al hielo y al calor,

la república mejor

y más política es

del mundo, en que nadie espere

que ser preferido pueda

por la nobleza que hereda,

sino por la que él adquiere;

porque aquí a la sangre excede

el lugar que uno se hace

y sin mirar cómo nace

se mira cómo procede.

Aquí la necesidad

no es infamia; y si es honrado,

pobre y desnudo un soldado

tiene mejor cualidad

que el más galán y lucido;

porque aquí a lo que sospecho

no adorna el vestido el pecho,

que el pecho adorna al vestido.

Y así, de modestia llenos,

a los más viejos verás

tratando de ser lo más

y de aparentar lo menos.

Aquí la más principal

hazaña es obedecer,

y el modo cómo ha de ser

es ni pedir ni rehusar”.

 

No era simplemente poesía. Calderón describía al ejército como una comunidad fundada en el mérito, la disciplina y el honor, donde la dignidad del soldado dependía de su conducta antes que de su riqueza o de su origen. Esa concepción ética parece reflejarse en toda la vida de San Martín: la disciplina del Ejército de los Andes, el respeto a la población civil, la austeridad de su vida personal y su negativa a convertir el triunfo militar en poder político permanente paras sí mismo .

 

MIGUEL DE CERVANTES

La tercera gran referencia cultural era Miguel de Cervantes. No solo el novelista universal, sino el soldado de Lepanto, cuya experiencia militar impregnó buena parte del Quijote. En el célebre "Discurso de las armas y las letras", Cervantes pone en boca de Don Quijote una defensa apasionada del oficio militar. Allí sostiene que el fin de las armas no es otro que alcanzar la paz y afirma que "no hay otra cosa en la tierra más honrada... que servir a Dios... y luego a su rey y señor natural, especialmente en el ejercicio de las armas".

 

CLIMA INTELECTUAL

No sabemos con certeza cuáles fueron los libros que San Martín leyó personalmente. La prudencia histórica obliga a distinguir entre lo demostrado y lo probable. Pero sí sabemos cuál era el clima intelectual del ejército español en el que se formó. Un oficial culto de aquella época difícilmente podía ignorar a Marcenado, a Calderón o a Cervantes. Más importante aún, respiraba una misma concepción del honor, del deber y del servicio.

La historia no puede demostrar la acción de la Providencia; eso pertenece al orden de la fe. Pero sí puede registrar las coincidencias significativas. Y pocas resultan tan sugestivas como ésta: el joven oficial que combatió bajo la protección de la Virgen del Carmen en la Armada española fue el mismo que, años después, la proclamó Generala del Ejército de los Andes antes de emprender la campaña que sellaría la independencia de América. Si ello fue una simple casualidad o un signo de la Providencia, pertenece al juicio íntimo de cada lector.

 

COHERENCIA MORAL

Quizá por eso la figura del Libertador conserva todavía hoy una singular coherencia moral. Después de liberar medio continente no buscó coronarse, ni fundar una dinastía, ni perpetuarse en el poder. Cuando comprendió que su presencia podía convertirse en un factor de discordia, se retiró silenciosamente. Ese gesto, tantas veces presentado como una simple decisión política, puede leerse también como la culminación de una educación militar donde el servicio estaba por encima de la ambición y el honor por encima de la gloria.

En tiempos en que la tecnología parece dominar todos los aspectos de la guerra, conviene recordar que los grandes ejércitos nunca se sostuvieron únicamente por sus armas. Se sostuvieron, sobre todo, por las ideas que daban sentido a su existencia. San Martín fue un estratega brillante, pero antes de ello fue un hombre formado en una tradición intelectual que unía las armas con las letras, la estrategia con la virtud y la disciplina con el servicio.

Tal vez esa sea una de las lecciones más actuales del Libertador. Las naciones no se defienden solamente con recursos materiales. Se defienden, sobre todo, formando hombres capaces de poner el deber por encima del interés y el bien común por encima de la ambición personal. Ese fue el mundo intelectual que recibió San Martín. Y, probablemente, una de las herencias más valiosas que dejó a la Argentina.