Retorno a un pasado que está en carne viva

 

El testigo

Por Roberto Kozulj

Ediciones Diotima. 222 páginas

 

Cinco décadas pasaron y el rescoldo de la dictadura, la represión y el exilio tiene todavía algunas brasas encendidas. De allí que cada tanto aparezca algún nuevo título que evoca aquella época signada por el sufrimiento. Siempre hay otra puerta por donde entrar a un tema que se clava en nuestra historia como un poliedro.

La muerte es el telón de fondo, el denominador común de estas historias. A partir de allí es que se cuenta algo. Esa es la punta del ovillo. En torno a la muerte está la desaparición, el terror, la huida o la resistencia, el vano intento de los sobrevivientes por empezar de nuevo.

En El testigo se encuentran todos estos ingredientes. Quien se asome a las páginas escritas por Roberto Kozulj quizás no halle nada realmente novedoso. Obras como esta o similares habitan en las bibliotecas de buena parte de los argentinos lectores. Pero, sin embargo, siempre hay algo diferente.

En este caso un hombre procura reconstruir su vida, demolida por oleajes de fatalidad. Primero debió exiliarse en Venezuela junto a su esposa e hijo tras la desaparición forzada de su cuñado. Poco después la mujer, embarazada, fallece en un accidente vial. Muere ella, sobrevive la criatura.

Con dos hijos a cargo, el protagonista nada contra la corriente. Conoce a otra mujer, emigra nuevamente -esta vez a Italia-, fracasa en su intento de formar una familia, sufre y, finalmente, un día retorna a la Argentina para afincarse en Bariloche.

Ha pasado el tiempo, vive en una ciudad que le agrada. Tiene otra pareja. Ya no intenta pegar los fragmentos dispersos de su existencia. Sólo se mira en los pedacitos como si fueran los restos de un espejo roto. Cultiva cierta espiritualidad pero duda de los hombres y de las ideas que en ellos anidan.

Quizás uno de los puntos más llamativos de la novela sea su narración en segunda persona, un estilo poco frecuentado en la literatura argentina. El protagonista -no sabemos su nombre, sólo aparece registrado como D.- se dirige a sí mismo cuando habla y en esa cadencia, en su manera de contar, hilvana recuerdos, resignifica un pasado que todavía está en carne viva.