Repetir y reescribir, la virtud de la infartonetta


Para el domingo 22 de junio de 1986, quien escribe tenía apenas 11 años y miraba el mundial en un televisor color Sanyo de 20 pulgadas, que en cuotas Tito había adquirido para poder ver el mundial en reemplazo del viejo Telemascope blanco y negro, que durante años había pedido el cambio.

En ese aparato, vi junto a mis viejos y mis dos hermanas como el mejor jugador del mundo le llevaba con su mano y sus pies, algo de justicia deportiva a una nación que necesitaba el triunfo…

Agosto de 1996. Otra vez en un 20 pulgadas, pero esta vez AIWA y con control remoto. La desazón me invadió cuando a los 21 años vi como mi esperanza de ver a Argentina como Campeón Olímpico, se desvanecía en Atlanta frente a el combinado de Nigeria…

Ya pasaron 40 años desde aquel triunfo y 30 desde la caída. Ahora tengo 51 y ya no lo veo en casa, sino en una redacción. Camino de un lado a otro sin poder mantener la calma y la ansiedad me carcome de a poco.

De pronto un tal Gordon sacude lo poco que quedaba de tranquilidad y los recuerdos de Atlanta 96 empiezan a poblar mi cabeza.

Pero no, no iba a dejar que los recuerdos de esa ciudad me invadan y la desesperanza me venza, así empecé a buscar coincidencias, puntos en común que en mi corazón, levantaran las chances de ganar.

Y me dí cuenta de que estaba viendo el partido en un viejo televisor de rayos catódicos. Y recordé que en México, tanto el técnico como el arquero suplente, habían sido jugadores de Estudiantes de La Plata. Imposible era no recordar que en ambas ocasiones la selección tenía al mejor jugador del planeta. Y empecé a entender que solo era cuestión de tiempo y que como si fuera un tetris mágico, las fichas caerían en su lugar.

Y cayeron. Y todo estuvo en orden. Primero, a 5 del final, con un zapatazo de Enzo Fernández. Y luego, apenas 7 minutos mas tarde y cuando iban 2 de los 9 que el norteamericano Ismail Elfath había adicionado, la justicia llegó en un cabezazo de Lautaro Martínez. En ambos casos, la asistencia fue de Lionel Messi.

Ahora hay que esperar, el domingo veré la sexta final de un mundial de fútbol en la que participa Argentina (la quinta en rigor a la verdad, porque de la del 78 no recuerdo nada) pero tras este triunfo este equipo dejó algo en claro: no solo repite hazañas, también reescribe la historia. Y no hay nada que me haga sentir más seguro para llegar tranquilo al domingo. Por lo menos hasta que empiece el partido.