Regreso desde las cenizas

Olimpo

Por Blas Matamoro

Blatt & Ríos. 221 páginas

 

Despojar a un libro de su contexto histórico es, como mínimo, un grave error. Es desde su lugar en el tiempo que algunos textos cumplen su misión reveladora, la de cuestionar la sociedad de su época, si esa fue la intención del autor.

Abordado en otras circunstancias, tal vez desde un futuro impensado, las conclusiones pierden fuerza y hasta corren el riesgo de tornarse sesgadas, extremas, inverosímiles. Han pasado ya 50 años desde la publicación de Olimpo y su trama expresa un raro tono de voz para estos tiempos.

Es verdad también que la reedición responde más al aniversario con números redondos y a su extraño mérito de ser uno de los primeros libros quemados por la dictadura, que a las honduras de sus reflexiones políticas y sociales.

Su autor, Blas Matamoro, logró la publicación de la obra y, poco después, se enteró de que las páginas que conformaban el trabajo habían ardido en una hoguera. Sólo algunos ejemplares lograron escapar a la caza de brujas. Para cuando todo era ceniza, Matamoros ya estaba exiliado en Madrid, adonde aún tiene residencia.

El escritor pone una lupa sobre la ciudadanía argentina y escoge algunos referentes en particular desde los cuales destila su filosofía. A estas personas las considera “olímpicas”. Pero, ¿qué es un olímpico? “En la sociedad capitalista, son personajes que la sociedad propone como modelos de comportamiento y a los cuales rodea una aureola de sacralidad que los hace identificables”, explica.

Bajo este concepto desfilan entonces múltiples personajes de la farándula, el deporte y la política argentina como Rosas, Irigoyen, Perón, Monzón, Susana Giménez, Robledo Puch y la Coca Sarli, atravesados todos por una mirada social que encuentra en cada caso la posibilidad para plantear la lucha de clases, el machismo, el autoritarismo, el sexo por placer, la democracia, la revolución marxista y el fascismo.

Cada uno de ellos se engarza casi de manera natural en la narrativa de Matamoro para oficiar de espejo de una realidad que surge mucho más compleja de lo que aparenta.

Transcurridos ya 25 años del siglo XXI el análisis del escenario social de 1976 se agrieta y cruje. Olimpo ha dejado en el camino su profundidad sociológica para ser, en cambio, una curiosidad de época. Matamoro reclama, es exigente. Pero esos reclamos son ahora extemporáneos, casi excéntricos.

Tanto que le endilga a una revista histórica como El Gráfico su pecado de cosificar al deportista como un objeto de consumo carente de entorno, contexto y contradicciones. Los olímpicos del deporte no tienen clase, ni luchas sino que viven su vida de gloria, de apogeo y caída, como si fueran extraños seres al margen de un mundo marcado por las tensiones sociales.

Olimpo tenía su destino marcado. ¿Qué otro final podía depararle la irrupción de la dictadura? ¿Cómo iba a salir ileso un libro que cuestiona a la Iglesia y a los poderosos, y que traza un paralelismo entre la aristocracia y los vampiros por considerarlos a ambos criaturas parasitarias?

Queda la sensación, tras la lectura, de que el autor podría haber narrado lo mismo sin caer en el encandilamiento de su propia retórica. Pudo haber evitado la dinámica de volver una y otra vez, como en arabescos literarios, sobre ideas que ya habían quedado en claro. A veces, menos es más.