Reacher, en manos del FBI

La visita

Por Lee Child

Blatt & Ríos. 505 páginas

 

La visita es la cuarta novela de la saga Jack Reacher. Lee Child (Coventry, 1954) la entregó a la imprenta en 1998, aunque en España y Latinoamérica llegó más tarde, y en Estados Unidos se publicó con el título Running Blind. Incluye un par de novedades importantes.

En primer lugar, el héroe tiene novia: una exitosa abogada de Nueva York, hija de un antiguo jefe del mayor (R) Reacher en la Policía Militar. El viejo León Garber también le legó una casa de medio millón de dólares a orillas del Hudson, frente a West Point, para más señas. Se trata, naturalmente, de una situación inestable. Como recordarán los amigos de este diario, Reacher es un trotamundos con la fuerza (y el aspecto) de Hércules: “Mide 1,95 metros, pesa 115 kilogramos y tiene ojos de color azul hielo”. Desde que abandonó el Ejército de Estados Unidos va por el mundo resolviendo entuertos, sin equipaje y solitario como un ronin que ya no tiene un amo a quien servir.

El segundo aspecto novedoso es la caracterización negativa de los agentes del FBI. Vemos gente inescrupulosa que parece sacada de la era siniestra de J. Edgar Hoover. A Bill Tench y Holden Ford (¿vio la serie Mindhunter?) les habrían rechinado los dientes si hubieran leído el desdén de la novela por la famosa Unidad de Análisis de Conducta, también conocida como "Oficina de Perfilamiento del FBI".

El Buró recurre al chantaje liso y llano para obligar a Reacher a ayudarlo a encontrar a un asesino en serie que está liquidando a mujeres exmilitares por toda la geografía de la Unión. Las víctimas aparecen muertas en su bañera, sumergidas en litros de esa pintura verde que usan las Fuerzas Armadas para camuflar sus enseres. El homicida es extremadamente inteligente: no deja huellas y los forenses son incapaces de determinar la causa de la muerte.

TREPIDANTE

Como todos los eslabones de la saga que comentamos en este Suplemento (van 31 novelas), La visita magnetiza los dedos. Se devoran con deleite las más de quinientas páginas. Se trata de una cacería humana, repleta de pistas falsas, entre Portland, Nueva York, Quántico, Spokane (estado de Washington) y Trenton. Esta vez no hay esa abundante profusión de sangre que, a veces, rebaja el producto. Es un Reacher más cerebral; que resuelve un caso a lo Poirot.

Hay una sola escena, en rigor, de “violencia razonada”, especialidad de la casa, algo rarísimo en el género policial. Mientras narra una pelea entre Reacher y dos matones sirios, Child te explica como parar un golpe con un bate. Quién sabe. El consejo, amigo lector, puede que le resulte útil alguna vez.

Desde que Amazon Prime convirtió en una serie aceptable las novelas de Child (cuyo verdadero nombre es James Dover Grant), el rostro y la apariencia del Quijote de las carreteras estadounidenses han quedado ligados, de manera indisoluble, al actor Alan Ritchson. Pero los libros son mejores que las adaptaciones televisivas.

Hay algo que nos atrae con fuerza de Reacher. ¿Quién no ha soñado alguna vez con romper todos los lazos (voluntarios e involuntarios) que nos asfixian, para recorrer el mundo que Dios nos ha entregado?